De Ayer a Hoy
Susana Matilla: la bahiense que confrontó al tango con mirada feminista
Nació artísticamente con el folklore, pero supo reinventarse. La simbiosis con su pareja para vivir la misma pasión. Y la ponderación de la mujer: “Anhelo una deconstrucción desde hace más de tres décadas”.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco
Si de sentido de pertenencia se trata, los barrios en Bahía Blanca llevan una amplia ventaja por sobre el resto de los sectores más cercanos a la Plaza Rivadavia. La identificación de los vecinos con su terruño es motivo de orgullo y no se negocia, ese amor por las raíces, cada rincón, olores y texturas remiten a recuerdos y mantiene viva la nostalgia.
Bella Vista, o “La Loma” para los propios, es uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad. Susana Matilla vive en dicha barriada desde hace ya varias décadas. Nació, creció y forjó su propio destino en las calles (muchas de ellas tan angostas como llenas de historias) rodeada de personajes representativos.
Allí, producto del legado de sus ancestros, conoció a partir de la música el camino que la iba a acompañar en adelante. Primero con el folklore y luego con el tango, desandó el derrotero que la ubicó en un sitial de privilegio entre artistas del sudoeste bonaerense. Tal como rezan las letras de las canciones de una de sus idolatradas, “Con las alas del alma, desplegadas al viento”, nuestra protagonista de “De Ayer A Hoy” se dedica a “Honrar la vida”.

“Soy de Bella Vista, ‘La Loma’ es mi país. Nací en Garay y lo que hoy es avenida Napostá, sobre el entubado. Cuando tenía tres años me mudé a una casa sobre D´Orbigny y luego, al casarme, con mi marido compramos un lote y construimos nuestra vivienda en esta misma calle y donde aún actualmente resido”, expresó en la fría tarde de invierno desde el living de su hogar.
Y agregó en tal sentido que “tengo una hermana menor que vive hace varios años en Carmen de Patagones, mi papá era ferroviario, por lo que mi vínculo con el ferrocarril es muy fuerte, recuerdo que lo íbamos a buscar con mi mamá porque trabajaba a una cuadra”.

“Él también era metalúrgico y todavía tengo presente cuando me sentaba en lo que luego fue el café de la estación y yo, con apenas tres o cuatro años, cantaba a viva voz. Cuando volvíamos por Brandsen, él hacía su parada clásica en el club del sector y otra vez esta niña inquieta volvía a entonar sus canciones”, resaltó, mientras con los dedos de su mano rozaba suavemente la mesa.
No obstante, aseveró que “la pasión por el canto creo que la heredé de mi madre, que era ama de casa y tenía un talento innato para ese arte. Me resultaba grato concurrir a la zona cercana al puente del arroyo, íbamos a pescar mojarritas con mi primo, pese al peligro que representaba ese lugar en aquel entonces”.

“Concurrí a la Escuela Nacional N° 7, ubicada en calle Sargento Cabral que es la cortada totalmente inundada que hoy desemboca en el Napostá. Dicho establecimiento, con el paso de los años se transformó en la Provincial N° 62 que está en la esquina de mi domicilio actual”, sintetizó, en otro tramo de la rica entrevista.
Consultada sobre su desempeño escolar, refirió que “fui una muy buena alumna, la vida me hizo más traviesa creo (risas) y el secundario lo cursé en el Colegio Nacional, en una época en la que cantar no figuraba en el radar de mi vida. Solo en alguna guitarreada con mis tíos maternos me daba el gusto de despuntar el vicio, pero lejos estaba de convertirse en lo que luego fue”.

“Una vez que terminé con la etapa escolar, allá por 1977, conseguí trabajo en Molinos Río de La Plata y Nestlé, empresas grandes en las que me dedicaba hacer el relevamiento de cómo estaban ubicadas las promociones en la góndola. Era una suerte de estudio de marketing, muy avanzado para la época porque casi no se hablaba de esta terminología”, infirió, con indisimulable satisfacción.
El destino le tenía preparado un futuro propicio: “Cuando tenía 24 conocí a quien fue mi compañero de vida, con el cual compartí 33 maravillosos años, Juan Carlos Valiente, que tenía en común conmigo la pasión por la música. Juntos formamos lo que fue el maravilloso Dúo Contemporáneo con el que ganamos en Cosquín, lo que nos permitió recorrer toda la provincia de Buenos Aires”.

“Mi esposo falleció en 2022 y provenía de la primera formación de ‘Los Charabones’ y, en la última etapa de su vida, fue un virtuoso arreglador vocal de las agrupaciones Raíces y Sendero. En mi primera etapa dedicándome de lleno a la música abracé el folklore porque es el género que amo y me identifica”, exclamó Matilla con firmeza.
Su talento la invitaba a una suerte de salto al vacío: “Quizás por mi timbre de voz, Juan Carlos me decía que interpretara un tango. Una vez me escuchó Mario Grossi y fue él quien me abrió la puerta para incursionar en esa variante musical. El primer disco en el que participé se llama ‘El Corazón al Sur’ y francamente fue un placer ser parte del proyecto de Grossi, un gran maestro para mi”.

“Mi referente del folklore fue inevitablemente Mercedes Sosa, pero en lo particular me otorgaba placer escuchar a Supay, Los Andariegos, Los Nocheros de Anta, Cantoral y Opus 4. De hecho, hice una experiencia vocal en el coro de la UTN que dirigía el maestro (Carlos) Sellan”, rememoró Susana en LA BRÚJULA 24.
Agradecida, evocó que “con el dúo tuve la suerte de recorrer distintos puntos del país, representamos a la provincia en un festival muy grande en Trelew, nos dimos el lujo de presentarnos en el Teatro San Martín en Buenos Aires, en Neuquén, Lago Puelo y Bariloche. Con el tango, lo nuestro fue más zonal”.

“Mi marido siempre repetía que era músico de profesión y contador de vocación (risas) por lo que también trabajé dándole una mano en su estudio contable. Mis hijos, Maite y Fernando, se llevan apenas 13 meses entre sí, por lo que la maternidad me insumió un tiempo considerable, aunque fue una elección de vida”, describió, en el momento en el que el ida y vuelta fluía naturalmente.
Sobre el volantazo en su carrera artística, admitió que “llegué al tango sin conocerlo, no era algo que cultivaba, solo lo escuchaba por una cuestión generacional, pero en casa se escuchaba folklore. Mi ciclo de formación culmina en el momento en el que me incorporo a las filas de (Lucio) Passarelli, un cuarteto que formó y en el que permanecí 24 años”.

“Pude tomarle la mano a ese estilo musical, lograr que me representara porque no es nada fácil elegir las letras de las canciones que una mujer tiene que interpretar. Estamos hablando de un género muy machirulo, no puedo obviar decirlo, nací feminista, ya me planteaba hace 35 años que había temas que no podía interpretar”, confesó sin vacilar.
Asimismo, ahondó en la cuestión: “A mi me salvó Eladia Blázquez, pese a lo cual debo admitir que siempre he mantenido una excelente relación con los hombres, tengo muchos amigos varones, no tiene nada que ver con el hecho de que había luchas por dar. Ni hablar de lo que llamamos deconstrucción, la cual hoy se está dando, y que desde hace tres décadas vengo hablando”.

“Esto es algo que me ocurre cuando escucho las letras de las canciones que hoy están de moda, el reggaeton es muy denigrante en la voz de un varón. El perreo es una elección que puede hacer una mujer, subirse arriba de una mesa no autoriza a que un hombre pueda hacer lo que quiera”, ratificó con una mirada aggiornada, impropia de su generación.
Con cierto dejo de resignación, Susana apuntó que “hoy hay chicas que lo cantan y son ellas las que deberían plantearse por qué lo hacen, quizás todavía no llegaron a esa lucha que comentaba anteriormente. Las melodías son muy simples y básicas, no las escucho, y menos aún las divulgo”.

“Por fortuna, mis hijos ya son grandes, pero en el caso de Fernando, él es un desaforado de la música clásica y hace sus incursiones brillantes con el piano. Maite, si bien es una mujer que tiene la mente más abierta, va más por el lado del folklore”, consideró, satisfecha por el legado que supo edificar.
En el segmento final, Matilla fue tajante: “Si vuelvo a hacer presentaciones públicas va a ser de la mano de algún ritmo de ‘Cuchi’ Leguizamón (risas), el tango ya fue, me contuvo, lo disfruté porque estuve en un grupo que era una zona de confort y me permitió elegir mi propio repertorio”.

“Este es un género que cuenta historias personales y que me permitió dejar un testimonio de cinco discos grabados de manera profesional, con un trabajo serio y que dejó 40 temas afuera. Todo fue replicado en Buenos Aires y con una gráfica hermosa, lo cual me hizo muy feliz y hoy me da orgullo”, aseguró.
Lejos de buscar excusas, aportó un dato alentador: “No me molesta en lo más mínimo que el folklore no sea masivo, pese a que en este momento hay un revivir en los chicos que acuden a espacios culturales para cantar, tocar y bailar. No son como las clásicas peñas, si bien casi todos esos niños y niñas se vincularon con el género a partir de la danza”.

“Eso me parece algo maravilloso, el tango tuvo su momento de esplendor hace 15 años con el baile y esto ahora está sucediendo con este otro ritmo tan arraigado a nuestras raíces, lo que me pone muy contenta porque siento que es algo que reconforta”, finalizó.
A Susana Matilla la define su valor para trascender, una filosofía de propagación espiritual que le aporta el vigor indispensable para tener todos los días más de un motivo para sonreir, pese a los golpes inexorables de la realidad. En más de una oportunidad se ha escuchado la frase: cantar sana el alma. De eso, ella puede dar fe.

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