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DE AYER A HOY

Arias sabe una “Bocha”: “La actividad física es una herramienta inclusiva”

Referente en educación especial, recordó la niñez en General Pico. Quiso ser abogado, pero luego fue “profe”. El sueño olímpico. Y pide “un Estado presente para deportistas con discapacidad”.

Por Leandro Grecco
[email protected] – Instagram: @leandro.grecco – Twitter: @leandrogrecco

El paso del tiempo modificó la percepción respecto de la discapacidad, entendiéndola ya no como un desvalor, sino como una característica propia del ser humano, alejada de todo tipo de discriminación o sentimiento de lástima, son capacidades diferentes las que no convierten a la persona en alguien inferior.

Se trata de un cambio total de paradigma que denota la transversalidad que atraviesa a la sociedad. Sobran los ejemplos de inclusión y adaptabilidad que, en esencia, sostienen la dinámica de lo tradicional e instaurado, sobre todo para quienes se resisten al cambio. El presente aún requiere de una tarea cultural en la que las futuras generaciones pareciera que tomaron la delantera en la vanguardia de pensamiento.

Bahía Blanca es un ejemplo en tal sentido, con una labor a cargo de profesionales que le dieron luz verde a la nueva lógica imperante. Uno de ellos es un histórico, conocido por buena parte de la población, que le ha puesto el cuerpo y dedicado su vida a la difícil tarea de instaurar un régimen en el cual todos puedan tener acceso a las actividades, más allá de su condición. Y esa es una batalla ganada por nuestro entrevistado.

“Me llamo Carlos Horacio Arias, o simplemente ‘Bocha’, apodo por el cual me conocen muchísimo más. Comparto el primer nombre con el de mi abuelo y mi papá. Nací el 6 de octubre de 1957 en Bahía Blanca, aunque mis padres tenían su lugar de residencia en General Pico, pero tomaron la decisión de venir a que mi mamá dé a luz acá porque teníamos a nuestra familia”, rompió el hielo en La Brújula 24 mientras preparaba el mate en el domicilio en el que reside del barrio Los Teritos.

Y dejó en claro un aspecto distintivo, que pocos ostentan: “El apodo viene desde mi nacimiento y se lo debo a mi abuela Julia, una mujer entrañable que siempre está presente en cada recuerdo, porque al verme en el moisés, con apenas cuatro días de vida, se sorprendió por mi cabeza redonda. En escuelas en las que he trabajado, cuando se controlan los listados, hasta les cuesta recordar que soy Carlos, para todo el mundo soy ‘Bocha’”.

“Mi papá era personal militar de la Fuerza Aérea, trabajaba como radio-operador en Pico y era piloto civil; mientras que mi mamá era maestra. Tengo un hermano tres años menor y hasta que terminé la secundaria, viví en aquella localidad pampeana. Como alumno era aplicado, nunca me llevé una materia, fui abanderado. En 1975 nos radicamos en Bahía con mi madre y, al poco tiempo también se instaló aquí mi padre”, resumió, sobre esos primeros pasos en la vida.

El cambio no lo afectó, por el contrario, era algo que deseaba: “Yo quería instalarme acá porque disfrutaba mucho de la ciudad cuando venía de adolescente a pasar los veranos en la casa de mis tíos en lo que hoy es el Barrio Banco Provincia (Sócrates casi al 3000), a tal punto que tenía mi barra de amigos con la que formamos un equipo de fútbol. Sin embargo, aquella primera estadía aquí fue muy corta porque en el 76 me fui a Buenos Aires para rendir el ingreso en la carrera de Abogacía”.

“Vivía con un primo, pero eran épocas muy difíciles porque aquel tiempo coincidía con el Golpe Militar y para alguien de 18 años que se había criado en un pueblo de 25 mil habitantes era un desafío. Había operativos por todos lados, la Facultad cerrada por meses y cuando la abrían tenías al Ejército adentro, por eso la adaptación me costó mucho y fue uno de los detonantes para que pegue la vuelta. Permanecí en Capital hasta el 77, que decidí ya afincarme definitivamente en Bahía Blanca, un poco desilusionado por la situación”, admitió “Bocha”, sobre uno de los momentos de más incertidumbre.

Tal es así, que no le costó encontrar su vocación: “Siempre me gustó el deporte, como cualquier chico en un pueblo, jugué al fútbol en Pico FC hasta la Reserva, pero además me gustaba practicar tenis, ir a la pileta, todo lo que muchos jóvenes solían disfrutar y hoy en parte se ha perdido. En el 79 se abre el Profesorado de Educación Física, una carrera que se cursaba en el Instituto Avanza, pero no logré ingresar por factores económicos”.

“Por eso me puse a trabajar, en el rubro venta de repuestos: estuve un año en Bahía Automotores, en Sosa y Cía, luego me fui con un amigo que abrió su propio local y me tomó como empleado, hasta que en el 82 rindo el examen de ingreso para Educación Física. Fue una prueba teórica y práctica muy rigurosa de la que tomaron parte 25 varones y 25 mujeres”, analizó, con relación a aquel reto que asumió para encontrar lo que luego fue su medio de vida.

En el camino, como en todos los órdenes de la vida, hubo sacrificios: “Fueron tres años de cursada intensivos en los que no podías tener un empleo paralelo por lo que implicaba el estudio en triple turno. La docencia es algo que heredé de mi mamá, una maestra de las de antes, apasionada y capaz de dar la vida por enseñar. Ella ponía gran empeño para dar clases, preparar los actos y ocuparse de sus alumnos, algo que humildemente fui incorporando”.

“En el 85 me recibo de ‘Profe’. Mi primer trabajo fue en el Centro Luis Braille, de calle Thompson 44, sin tener prácticamente conocimiento de lo que era la problemática de la discapacidad visual. Sin embargo, cuando me llamaron me animé sin dudarlo y mi labor iba enfocada a lo que tiene que ver con movilidad y relajación de la persona ciega. Aprendí junto a ellos y dos años más tarde pude hacer los primeros cursos específicos, uno de ellos en Buenos Aires, de los pioneros en el país”, estableció Arias, sobre la incertidumbre de lo desconocido.

A partir de allí, una puerta fue abriendo a la otra: “En paralelo, ingresé a la Escuela Especial y comienzo a hacer las primeras experiencias en el deporte adaptado, años en los cuales no existía nada para personas ciegas o disminuidas visuales. Me inicio haciendo atletismo en la pista del Club Estudiantes que estaba en el Parque de Mayo. Acomodaba la metodología sobre la marcha, con los conocimientos que uno podía traer porque no existía bibliografía que me respalde”.

“El punto de inflexión se dio en el 87, cuando en un Congreso en Lomas de Zamora, muchos profesores nos juntamos e hicimos el primer torneo nacional de ciegos y disminuidos visuales al que asistimos con ocho atletas bahienses. Ese fue mi arranque en el camino del deporte adaptado”, sostuvo, mientras se disponía a volver a calentar el agua en la pava.

Es así que llegaron las experiencias más nutritivas en materia deportiva: “En 1990 hice mi primer viaje para un campeonato mundial en Holanda, en el 92 fue lo máximo cuando acompañé a los Juegos Paralímpicos de Barcelona al atleta bahiense Miguel Cibelli, siendo su guía en la prueba de los 100 y 200 metros. Una trayectoria de la cual ya no me separé nunca más”.

“En mis clases no hago diferencia entre la persona con o sin discapacidad, más allá de las adaptaciones de un determinado deporte. Si hablás con un chico en silla de ruedas con una movilidad reducida uno tiene que tomarlo en consideración, pero en lo que respecta al entrenamiento en sí mismo aplicado al atleta con discapacidad es idéntico”, añadió “Bocha”, demostrando su compromiso con cada alumno que entrenó.

Y agregó: “Es allí donde entra en juego la superación propia, en especial cuando hablamos de marcas en atletas de alto rendimiento que compiten a nivel nacional e internacional. No obstante, siempre mi idea fue trabajar con aquella persona que no va a llegar a planos elevados, pero que encuentran en el deporte un ámbito propicio para la contención e inclusión, más allá de que lo máximo que pueda aspirar sea una medalla en un certamen local, que para esa persona es tocar el cielo con las manos”.

“Siempre estoy pensando en cómo poder incluir a todos en espacios que exceden lo deportivo, porque el espectro social y laboral son los pilares fundamentales para el desarrollo de la persona con determinada discapacidad y eso es algo que aún me desvela”, reconoció, con su espíritu inquieto y empático.

También, describió el vínculo que fue generando con cada atleta: “Uno no solo es el profe, se convierte en el hermano, el papá, sin importar la marca que haga el atleta, uno se involucra desde un plano superior, en la victoria o la derrota uno tiene que mantener esa integridad que se requiere, más allá de estar a la altura de las frustraciones, aunque claro está que en el alto rendimiento lo que importa es el resultado, sea una persona con o sin discapacidad”.

“Más allá de que llegué a la cúspide, nunca dejé de trabajar en la Escuela Especial, el Taller Protegido, el Centro de Día o en Las Tres Villas, siempre tratando de aconsejar y buscando nuevos caminos, más allá del hecho de haber alcanzado a ser técnico nacional en el alto rendimiento”, afirmó, manteniendo la humildad como parte de su forma de manejarse en la vida.

Luego, subrayó que en poco tiempo consiguieron varios logros dirigenciales: “Cuando empecé en la alta competencia era todo a pulmón, nos teníamos que pagar los pasajes, recién en Atenas 2004 recibimos una ayuda y en Beijing 2008, a través de la Secretaría de Deportes y el Enard, se instauraron las becas. El Estado tiene que estar presente y tiene con qué, pero las ayudas económicas no siempre están dirigidas correctamente, se necesitan proyectos e iniciativas para diferenciar el apoyo al deporte, sea social, competitivo o recreativo”.

“Sin una política deportiva es imposible y estoy convencido que con el proyecto que estamos trabajando en la Subsecretaría Deportes se le está brindando el espacio a la gente, con los profesores que son planta permanente del municipio, las instalaciones, piletas y eventos, todo abierto a la comunidad”, recalcó, en lo que respecta a la realidad bahiense en este ámbito.

Arias dejó un pensamiento elocuente: “La actividad física es una de las herramientas más inclusivas que logró mayor auge en el último tiempo, sin dejar de lado otros aspectos como lo educativo, lo laboral y lo social. Los profesores de educación física debemos entender que es una actividad que pretende socializar, ya sea un deporte grupal o individual porque uno interactúa con la gente, más allá del resultado”.

Parados de izq. a der.: Emilio Ranieri (DT), Alfredo González Muñiz, Raúl Dumrauf, Julio Neveu, Omar Pizarro, Gustavo Terraza, Guillermo Ponte, Alberto Peralta, Dardo Martínez y Javier Saune. Hincados: Hugo Berto, Carlos Airas, Marcelo Katz, Daniel Abraham, Cristian Ballistreri, “Chino” López y Daniel Tomaselli.

“El deporte resulta sumamente terapéutico en una persona con discapacidad, a nivel orgánico y físico, donde varios factores se conjugan, siempre apoyado en profesionales idóneos que conozcan la problemática para que una emseñanza no termine siendo contraproducente para el bienestar del que se acerca a tomar clases”, replicó.

Y dejó en claro que todos pueden intentarlo, más allá del nivel de discapacidad: “En general, siempre hay algo para hacer, los ejercicios acuáticos en pileta sirven para todos, independientemente de la problemática que el alumno pueda arrastrar, en especial en lo que respecta a la movilidad. El agua es, sin lugar a dudas, un medio relajador, motivador, placentero y terapéutico por excelencias”.

“Mi primera esposa se llama Laura, una profesora de Educación Física que también se dedicó con mucho ímpetu al área de la discapacidad. Fruto de esa unión tuvimos dos hijas: Guillermina de 35 años que hace un año y medio nos convirtió en abuelos de Beltrán y Jazmín de 25”, detalló emocionado al momento de hablar de sus afectos.

Y luego explicó cómo reconfiguró su porvenir: “En el 99 nos separamos y conocí a María, quien está jubilada y es licenciada en Trabajo Social y ejerció en escuelas especiales, además de desempeñarse en el Taller Protegido Santa Rita, donde creó un centro de día. Nos casamos el año pasado después de más de 22 años de convivencia y somos papás de Catalina, de 17 años”.

“Toda la vida usé pelo largo, solo me lo tuve que cortar cuando fui a estudiar a Buenos Aires y me dicen que si me corto la colita dejo de ser ‘el Bocha’, por eso creo que cuando me muera será con este mismo look”, concluyó, entre risas, firme en su convicción de mantenerse lejos de las tijeras para modificar un rasgo distintivo de su apariencia que lo acompaña desde siempre.

“Bocha” Arias tiene múltiples compromisos, se prende en cuanto “picado” con amigos surja, despuntando el vicio de patear la pelota y disfrutando de los momentos que la pandemia le había quitado. Un formador con todas las letras, de los que siempre están disponibles cuando de tender una mano se trata y la premisa es contribuir para la generación de conciencia.

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