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DE AYER A HOY

“Por mi trabajo tan cercano al de los intendentes siempre fui sordo y mudo”

Recientemente jubilado, Eduardo Escobar desglosó sus años sirviéndoles el café o en el rol de chofer de las máximas autoridades de la ciudad. Linares, su preferido. Con cuál no tuvo afinidad. Anécdotas y revelaciones imperdibles.

Leandro Grecco / [email protected]
Instagram: @leandro.grecco – Twitter: @leandrogrecco

Curioso resulta, en los tiempos que corren, encontrar ejemplos de personas que hayan hecho el recorrido de la edad activa, laboralmente hablando, en un mismo ámbito. Aquel que encuentra “su lugar en el mundo” o “su segunda casa” tiende a aquerenciarse en un empleo, sin sentir la necesidad de recorrer nuevos caminos o, como se dice en estos casos, cambiar de aire.

Se potencia aún más el reconocimiento si se trata de una personalidad que se convierte en entrañable, querible y capaz de despertar todo tipo de sentimientos positivos en los que la rodean. Y todavía resulta más atractivo conocer su historia si se trata de alguien que convivió en el día a día con ocho intendentes, ya sea sirviéndoles café en su despacho, o bien haciendo las veces de chofer en el automóvil oficial del municipio.

Eduardo Escobar completó 45 años en Mayordomía de la comuna bahiense. Hasta se dio el lujo de firmar junto a Héctor Gay el acta de asunción de su segundo mandato en 2019 por ser el empleado más antiguo de ese entonces. Conocedor de todos y cada uno de los protocolos, se animó a dar un paso más y divulgar algunos secretos de su vida laboral, siempre manteniendo la compostura.

“Mi padre trabajaba en el Puerto de White y, cuando lo cerraron, no le quedó más remedio que irse a trabajar al de Buenos Aires. Ahí conoció a mi mamá, se casaron y formaron la familia. Nací en Lomas de Zamora, soy el mayor de cuatro hijos y el único varón. Cuando reabre el Puerto acá, lo llamaron de nuevo. En aquel entonces tendría seis años, por eso junto a mis papás y la única de mis hermanas que había nacido nos radicamos en el barrio Saladero”, comenzó relatando “Eduardito”, como se lo conoce aún en el ámbito municipal.

Sobre aquella niñez tan humilde como feliz, recordó que “la primaria la hice en la Escuela Nº 40 y a los 14 años cuando egreso, entro directamente a trabajar en la Municipalidad, donde permanecí de manera ininterrumpida hasta hace unos pocos meses que me jubilé. Ingresé como cadete hasta los 18, gracias a Aldo J. Chiavari, un contacto que me allanó el camino para poder acceder al puesto”.

“Salí a trabajar por necesidad, porque en ese tiempo al Puerto local le sacaron la fruta y el pescado para llevarlo a Río Negro. Y mi viejo, que era un simple changarín que cargaba los barcos, se vio afectado laboralmente. Me tocó hacer el servicio militar en Río Gallegos por espacio de un año, pero como tenía un empleo del Estado, me siguieron pagando medio sueldo de la Municipalidad. Ese dinero se lo dejé íntegramente a mi mamá mientras yo hacía la conscripción en el área de Aeronáutica”, puntualizó mientras recibía el pocillo de café en el bar donde se pactó la entrevista.

En paralelo, Escobar prosiguió con la cronología de lo acontecido: “Al regreso, siendo mayor de edad, retomé mi trabajo y pasé a ser ordenanza, para luego llegar a la Secretaría Privada, donde estuve prácticamente toda la vida laboral, conociendo a todos los intendentes que pasaron. Me tocó desempeñarme allí desde los últimos meses de Eugenio Martínez hasta hace apenas unas semanas atrás”.

“Siempre me gustó la gastronomía, disfruto de atender a la gente, soy un apasionado que paralelamente era mozo en mis tiempos libres, a tal punto que hoy conservo mi empleo con la concesión de uno de los salones del predio del Sindicato de Trabajadores Municipales”, consideró, abriendo el juego y admitiendo que sus pasiones fueron dos, a las cuales estuvo muy apegado.

Sobre lo vivido en el Palacio Municipal, aportó las primeras aproximaciones: “Por el despacho de un jefe comunal pasan gobernadores, embajadores y distintas personalidades del arco político. Un compañero de trabajo me enseñó a quién tenía que servirle primero el café y cómo debía hacerlo, toda una serie de protocolos a seguir en función de quién fuera el invitado”.

“Con 20 años me vine a vivir solo a Bahía para acortar distancias. Cuatro años después me casé, nacieron nuestros dos hijos y formé una familia hermosa que al día de hoy, junto a mis dos nietos mayores (tiene cinco), me ayuda en los emprendimiento y me aguanta incluso desde tiempos donde además de mi labor en el municipio, por la noche era empleado en restaurantes. Por ejemplo en Belgrano y Lamadrid en el que se llamaba La Tribu y se comía realmente muy bien. También aprendí mucho haciendo extras en servicios de lunch y catering, una tarea que lejos de resultarme una carga, la disfruté mucho”, sostuvo orgulloso Escobar, con la certeza de no haberse arrepentido de nada.

No obstante, marcó un punto de inflexión: “Cuando cumplí 30 años me propuse hacer un cambio en mi vida y pedí pasar al área de Tránsito municipal y justo el secretario de Gobierno de aquel entonces al que le comenté me otorgó el pase. Fue una década allí durante buena parte de la gestión de Juan Carlos Cabirón y en coincidencia con la conformación del Cuerpo de Inspectores de Transporte que se creó por la aparición de los remises en la ciudad”.

“Éramos un cuerpo conformado por no más de siete personas que tenía que controlar que todos los coches tengan la correspondiente identificación para trabajar. Con el paso del tiempo me di cuenta que me costaba labrar una infracción, no era lo mío. Un día tuve un problema en la calle, con un señor al que le tuve que secuestrar su auto porque tenía una denuncia en su contra”, describió, con el pesar de saber que estaba haciendo algo que le dolía.

Y lo argumentó: “Sentí tanta pena por esta persona que era mayor que yo y con lágrimas en los ojos me decía que le estaba destrozando la vida porque la exigencia era que los trabajadores de taxis y remises renueven la flota y no circulen con autos de una determinada antigüedad. Se veía un hombre honesto, laburante, pero en mi función no podía hacer la vista gorda y le terminé pidiendo disculpas porque me dolió casi tanto como a él”.

“Días después de aquel episodio, un trabajador de Mayordomía que estaba a punto de jubilarse se enteró que yo quería volver a esa área y me ofreció ser el chofer de Jaime Linares que estaba en su primera etapa como intendente. La función era manejar el auto oficial, ir a buscarlo a su casa, traer gente importante que llegaba al aeropuerto y visitaba la ciudad y hasta llevarlo a las reuniones ya sea en Bahía como en cualquier otro punto del país, porque a él le gustaba mucho ir en auto más que en avión”, agregó.

Sobre el particular, el empleado más antiguo que tuvo hasta hace unas semanas el municipio resaltó: “A Jaime le gustaba viajar mucho, lo cual era un escollo para mí porque debía acompañarlo y con mi esposa justo había logrado alquilar el salón de La Casa de España para hacer fiestas. Le planteo la situación al Intendente, le aclaro que quería seguir en Mayordomía, sin tener que salir de la ciudad”.

“Las paradojas del destino hicieron que justo en ese entonces se jubilara un trabajador con una categoría que era muy buena e incrementaba mi sueldo entonces era la ocasión justa para proponerle a Linares ese cambio, además porque fue con el jefe comunal con el que mayor afinidad tuve e incluso conocía a su familia. A tal punto que sabía cuándo le tenía que hablar y cuando no era el momento apropiado, por eso esperé la ocasión, semanas antes a una de sus reelecciones, y me tiré el lance. Le dije que el cambio era por mi futuro, por mi jubilación y finalmente lo convencí de asumir ese rol, el mismo que desempeñé hasta el último día”, enfatizó, durante otro tramo de la charla.

Es allí donde defendió la figura del intendente: “No es fácil sentarse en el sillón de Bordeu y muchos suelen criticar su función desde afuera, pero tenés que estar al pie del cañón atendiendo infinidad de contingencias que se van presentando. He visto familias en la puerta de la casa de Jaime pidíendole algo para comer”.

“Una vez me pasó de ir a buscarlo a su domicilio particular y encontrarme con una pareja con cinco hijos a la cual él conocía desde muy jóvenes y les había ido mal en la vida. Cuando Linares subió al auto se puso muy mal y me reconoció que esas eran las cosas que más le dolían por la relación de años que lo unía con quiénes en ese momento le estaban solicitando una ayuda. En el trayecto a la Municipalidad no habló una palabra más, pese a que le pudo tender una mano a esa gente sin hacer alarde de eso”, subrayó, a modo de anécdota.

Luego, ponderó la figura del jefe comunal que gobernó el Pago Chico entre 1991 y 2003 admitiendo que fue su predilecto: “Se metía en cada uno de los barrios y conocía a todos los integrantes de la Sociedad de Fomento y ni hablar si le hablabas de una calle en el punto más recóndito de la ciudad, la tenía en la cabeza”, al tiempo que agregó: “Con los demás intendentes me he llevado, en líneas generales, muy bien. A todos les serví café, le preparé mate y cada mañana acondicioné su lugar de trabajo”.

“Recuerdo cuando en 2007 quemaron el cuadro en el interior del despacho, estaba de guardia y fui el primero al que llamaron porque tenía las llaves de todas las oficinas. Fue muy triste llegar y ver a los bomberos, patrulleros de la Policía y peor aún cuando ingresé, observar el panorama me provocó una enorme amargura”, admitió, sobre uno de los momentos más angustiantes en su paso por el ámbito público.

Consultado sobre si tiene algún tipo de ideología, Escobar no vaciló: “No estoy afiliado a ningún partido, nunca me gustó porque mi política siempre fue trabajar en mis dos empleos para lograr tener lo mío sin pedirle nada a nadie. Creo que eso lo heredé de mi padre y tenía mucha razón, me recomendaba que trate de mantenerme al margen de cualquier bandería”.

“Conocí a Menem y a Duhalde, pero no desde mi rol en el municipio, sino en tiempos en los que fui mozo y me tocó atenderlos en dos reuniones muy privadas con otros políticos de la ciudad. Necesitaban seis personas que sean muy discretas, se encarguen de servir las mesas rápidamente y retirarse, para volver a los 15 minutos a reponer la bebida”, manifestó, en tren de sumar una nueva anécdota a la conversación.

En relación con esos eventos, explicó que “eran comidas entre dirigentes de alto rango de los que ni el periodismo se enteraba. Las fotos con los dos ex presidentes las tengo porque uno de los que trabajó junto conmigo era muy peronista, pero no se animaba a pedirle que posen con él. Entonces yo, que soy muy extrovertido, fui el nexo y conseguí aquella imagen con la cámara de ese entonces, no como las de ahora que son digitales y ves el resultado en el momento”.

“Recuerdo en una ocasión, haciendo las veces de chofer de Linares en un Volkswagen Passat recién sacado a la calle, fuimos al Hospital Penna porque inauguraban una salita cerca de la morgue. Para ingresar, había que transitar por un sector complicado de tierra, tal es así que me encajé con el auto oficial en lo que aparentaba ser un charquito y resultó ser un pozo profundo lleno de barro”, infirió Eduardo, aún algo avergonzado por aquella contingencia.

Pero la historia no quedó ahí: “No te puedo explicar lo que transpiré aquel día pese a que era invierno, hacía mucho frío y estábamos vestidos de traje, pero después de varias maniobras en las que el propio Intendente me tranquilizaba e indicaba que avance y retroceda, lo pude sacar. Menos mal, porque la verdad es que la incomodidad de esos minutos fue enorme, por mi autoexigencia, no porque los que me rodeaban me presionaran”.

“Con ese mismo auto, en la esquina de 12 de Octubre e Yrigoyen, llevaba a Jaime a su casa y en el semáforo para al lado nuestro una Rastrojero que se caía a pedazos. En la camioneta iban no menos de siete personas de mi edad que eran del barrio de mi infancia. Cuando los miré, por dentro pensé que me iban a decir algo; dicho y hecho, uno me gritó ‘negro, mirá el auto que tenés, como estás robando’”, disparó, en relación a otro capítulo de los recuerdos con los que, sin dudas, podría escribir un libro.

Sin embargo, la anécdota no quedó ahí: “Al ser el vehículo oficial y no ver al Intendente que venía atrás leyendo y pensaban que era mío. Me quería morir, porque ellos no sabían que era chofer, hasta que en un momento, fue el propio Linares el que me dijo ‘che, Eduardo, me parece que los muchachos te conocen bien’”.

“Esa frase descomprimió la situación y me sentí aliviado porque realmente estaba incómodo y solté la carcajada, aclarándole que eran mis compañeros de fútbol los que me gritaban. Días después, los crucé y les dije que en el asiento de atrás iba nada más y nada menos que la máxima autoridad de la ciudad en aquel entonces”, resumió, reproduciendo las mismas risas con las que terminó aquella situación embarazosa.

Al estar tan expuesto y cerca de la máxima autoridad de la ciudad, pudo haber quedado en medio de un momento trascendental, sin embargo, eso no ocurrió: “En todos mis años sirviendo café, nunca me tocó presenciar in situ alguna discusión fuerte o pelea dentro del despacho del Intendente. Uno intuía cuando la cosa podía pasar a mayores porque se cerraba la puerta y sabía que no había que entrar, que la reunión podía derivar en intercambio de opiniones o gritos”.

“A Rodolfo Lopes lo traté poco pero me llevo de él una buena imagen, solo me pedía que le prepare mate y no me exigía nada extraño. Cristian Breitenstein fue una persona con la que me costó muchísimo empatizar, al menos en lo que respecta a mi experiencia y la de varios de los compañeros, porque se encerraba y no le podías hablar al punto de que le llevabas mate y ni siquiera levantaba la cabeza para saludarte o darte las gracias”, afirmó el mayordomo de los intendentes.

Siguiendo con la cronología, agregó que “Gustavo Bevilacqua era un tipazo y como persona una barbaridad porque se ponía de pie y te daba un abrazo o la mano. Y con Héctor Gay nos conocíamos de su época de periodista y siempre tuvimos una relación amena que continuó cuando ingresó al municipio donde se mostró siempre muy atento con el personal y no tengo nada para decir en su contra”.

“Mi función en Mayordomía siempre fue la misma, casi rutinaria. Entraba a las 6, les abría la ventana para ventilar el despacho y hacía café y mate, aunque rara vez me pasó de llegar y encontrarme con algún intendente ya en su puesto de trabajo”, detalló, sobre el día a día de su labor habitual.

En el segmento final se le consultó cómo lleva su nueva vida: “La primera semana después de jubilarme la pasé mal, me despertaba a las 5:30 porque en mi cabeza rondaba la idea de que podía haberme quedado uno o dos años más, pero mi otro trabajo y la familia prevalecieron en la balanza para tomar la decisión de la cual no me arrepiento”.

“Mi otro empleo se intensifica los fines de semana y más en meses como diciembre, entonces terminaba muy agotado y le restaba tiempo a la posibilidad de compartir con mis seres queridos. Sigo yendo al municipio a firmar papeles de la obra social o documentación propia de mi jubilación y lo tomo como algo natural, salvo la primera vez que regresé y sentí un cosquilleo en la panza y algo de angustia porque un ex compañero me dijo cosas muy lindas que me emocionaron”, esgrimió.

Escobar también mostró su don de gente al reconocer el gesto que tuvieron para con él: “Soy un agradecido de Miguel Agüero y su Comisión Directiva que cuando inauguró el salón de fiestas del Sindicato de Trabajadores Municipales no dudaron en darme la concesión, a modo de agradecimiento por haberlos acompañado siempre y con mi señora cocinarles en cada reunión”.

“El chofer que estuvo antes que yo, en tiempos en los que el auto oficial era un Valiant, me enseñó a que en el trato con los intendentes tenía que ser sordo y mudo, porque en definitiva es gente que tenía sobre sus espaldas una presión distinta a la de cualquiera de nosotros y si uno cometía una indiscreción contando algo que había escuchado podía afectar negativamente a la gestión. Creo que por eso me mantuve mucho tiempo”, resaltó, a sabiendas de lo importante de su tarea.

Con la educación que lo caracteriza, Eduardo Escobar se tomó unos minutos más después de que terminara la grabación para cordialmente interesarse en la vida del entrevistador y, minutos después, se retiró. Lo esperaban sus múltiples obligaciones, porque la gastronomía demanda de mucho tiempo, ese que ganó luego de elegir el momento exacto en el que pasar a retiro como uno de los hombres más cercanos del intendente.

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