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De Ayer a Hoy

Laura Hernández: "Todo es mucho más fácil si uno baila con el corazón"

La reconocida coreógrafa repasó su dilatada trayectoria. Los inicios siendo solo una niña. El día que dejó la universidad. Un viaje a España la nutrió. Cuando fue sede para el casting de Tinelli. Y su actualidad.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
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El devenir de Laura Hernández puede leerse como una coreografía sostenida en el tiempo: empieza en una calle de barrio, se afirma en las aulas, cruza el océano en busca de nuevas respuestas y vuelve convertida en escenario y legado. Coreógrafa, docente y referente del baile flamenco, construyó un camino atravesado por la disciplina, la intuición artística, la transmisión generacional y una certeza que la acompaña desde siempre: cuando la música empieza a sonar, algo en ella vuelve a encontrar su lugar.

“Si bien mi primer domicilio fue una casa de España al 500, buena parte de mi niñez la pasé donde vivía mi tía que estaba a la vuelta, en esa misma calle, en la esquina con Thompson. Era del estilo antiguo de las viviendas tipo chorizo, con muchos árboles de higueras, de uva, de durazno”, recordó en diálogo con “De Ayer A Hoy”, al reconstruir su pasado.

Aquella postal de la niñez aparece en su memoria con la nitidez de los veranos compartidos en la vereda, cuando la calle todavía era una extensión natural de la casa. “Fue una infancia maravillosa, tengo dos hermanos varones más chicos que yo y en las noches de los meses de calor, todos los vecinos sacaban las reposeras afuera. Incentivada por todo mi entorno, me hacían bailar. Eran años de mucha comunidad, en los que la gente no debía cuidarse por la inseguridad”, relató.

Este sitio cotidiano fue, de algún modo, su primer escenario. Antes de los salones, los teatros, los viajes y las academias, estuvo esa niña inquieta que encontraba en el movimiento una forma propia de expresión. “Comencé a bailar cuando tenía tres años y ya nunca más dejé de hacerlo”, resumió, con una frase que parece ordenar todo lo que vino después.

La familia tuvo un peso decisivo. Laura reconoce especialmente la influencia de su madre, una mujer que dejó una fuerte huella en el ámbito educativo y social. “Su apellido era De Salvo y estuvo durante muchos años dedicada a institutos de menores, fue jefa de personal de la Municipalidad, también se desempeñó como directora de la Escuela Alborada, tenía una capacidad increíble y sabía mucho sobre la temática de discapacidad”, señaló.

Fue ella quien interpretó, antes que nadie, que esa energía infantil necesitaba encontrar un cauce. “Mi mamá me llevó a bailar porque veía que era una niña inquieta y creo que, en cierta forma, también heredé de ella la vocación de la docencia”, afirmó Hernández, al establecer un puente entre la enseñanza, la sensibilidad social y la danza como herramienta de transformación.

Su biografía familiar también estuvo atravesada por pérdidas y nuevos comienzos. “Mi papá falleció cuando yo tenía 14 años, después mi madre conoció otro ser de luz que fue mi segundo padre, Rodolfo, un santafesino maravilloso que, siendo soltero, se hizo cargo de una mujer que ya tenía dos hijos. Luego nacería mi hermano menor fruto de ese amor tan bello que ambos se tenían. Hasta se casaron por Iglesia y yo fui la madrina, un recuerdo que jamás podré borrar de mi mente”, expresó.

La educación formal transitó por instituciones tradicionales. “Hice la primaria en la Escuela Normal y la secundaria en el Ciclo Básico. Estudié cinco años Licenciatura en Bioquímica en la UNS, pero nunca dejé de bailar y de dar clases”, contó. Sin embargo, mientras avanzaba en una carrera universitaria, la danza seguía ocupando un lugar central, casi imposible de desplazar.

La imagen que elige para explicar esa etapa es elocuente. “Iba a hacer las prácticas de anatomía patológica y en el bolso llevaba unos zapatos de flamenco, no era compatible”, admitió. Esa contradicción terminó obligándola a tomar una decisión que, en aquel momento, no resultó sencilla para su entorno.

“Hablé con mis padres, les dije que lo mío iba por otro lado y no fue fácil para ellos aceptar que quisiera vivir del arte porque tal vez no era una profesión que asegure una estabilidad económica. Al principio se enojaron, pero al mes, con 20 años, vieron que ya estaba dictando clases, me entendieron y me acompañaron incondicionalmente”, recordó.

Años más tarde, la historia pareció repetirse en su propia familia. “Más acá en el tiempo, mi hija que hoy es mi mano derecha repitió la misma historia, primero estudió Psicología, luego Chef, hasta que en un momento me encaró y me dijo que su vocación era el baile. No podía negarme si yo hice exactamente lo mismo a su edad”, reconoció.

En ese recorrido, Laura fue construyendo una identidad artística. “Mi esencia es el baile español, flamenco, clásico, aunque un viaje en 1994 me abrió la cabeza. Fui a España a cerrar el círculo de lo que había aprendido a la distancia”, indicó. Ese viaje representó un antes y un después, no sólo en términos técnicos, sino también en su manera de comprender el género.

En España se encontró con maestros, espacios y compañías que le permitieron completar la formación. “Tuve la suerte de trabajar con coreógrafos increíbles, como la gente del ballet de Cristina Hoyos y Juan Paredes, un amigo con el cual nos seguimos contactando y al que pude traer al país a dictar seminarios. Otra referente a quien conocí fue a Carmela Greco, una gran profesora del histórico centro Amor de Dios de Madrid”, detalló.

La experiencia, según contó, fue reveladora. “Me voló la cabeza porque una cosa es lo que uno puede llegar a incorporar en materia de conocimientos de este lado del charco y otra cosa es estar allá. Estuve unos meses trabajando, me fui con unas alumnas y entendí un montón de cosas que cerraron esa cadena que tenía incompleta”, sostuvo.

El regreso a Bahía también implicó un desafío: convertir todo ese caudal de aprendizaje en una propuesta pedagógica posible, ordenada y transmisible. “Volví con la cabeza reventada de tanta información, preguntándome cómo iba a hacer para transmitir tanto conocimiento. Tuve que ordenar la cabeza y lo pude hacer por rodearme de gente con la que he tratado de que transiten este proceso, saliendo de la zona de confort”, explicó.

Esa búsqueda la llevó a trabajar con una mirada amplia, lejos de una idea rígida o detenida en el tiempo. “Les he mostrado todo tipo de flamencos, del más tradicional hasta uno más nuevo como el de Rosalía y C. Tangana. Es un género musical que ha avanzado mucho y ha experimentado cambios, inclusive hasta el día de hoy”, analizó.

Para Hernández, enseñar flamenco supone invitar a escuchar, investigar y sensibilizar. “El desafío es que mis alumnos abran la cabeza, que no se queden con un único cantaor o un estilo exclusivo porque estamos hablando de temas que no vamos a encontrar a la vuelta de la esquina. Es un ritmo que hay que estudiarlo, ir a buscarlo. Si bien hace 30 años, las grandes compañías de baile han salido de España y hoy vienen a Buenos Aires, no es lo que más abunda, pese a esa apertura innegable”, afirmó.

En el presente, reconoce que otros géneros ocupan un lugar mucho más visible entre las nuevas generaciones. “Hoy están en la cresta de la ola los ritmos urbanos, que cuadruplican las clases de flamenco, pero en el caso de este último estilo, aquel que empieza a bailarlo, no lo suelta más”, aseguró.

Uno de los momentos que también marcó su trayectoria llegó de manera inesperada, con una convocatoria vinculada a la televisión nacional. “Un golpe de suerte se dio hace algo más de 20 años, cuando la productora de Marcelo Tinelli se puso en contacto conmigo para hacer los castings para los realities del estilo Bailando por un Sueño que se hacían en distintas localidades del interior”, recordó.

La repercusión fue mucho mayor a la prevista. “Cuando Ideas del Sur me propuso ser una de las sedes nunca creí que dos días antes de la convocatoria iba a haber dos cuadras de cola, fue un caos total. En ese entonces, tenía la academia en calle Mendoza y los vecinos no entendían nada porque veían gente acampando en la vereda para audicionar”, relató.

No obstante, aquella experiencia, además de convertirse en una anécdota popular, abrió nuevas posibilidades profesionales. “Eso me acercó a coreógrafos talentosos, empecé a interiorizarme mucho en comedia musical y aprendí zapateo americano, tap, ritmos de los que también comencé a dar clases. Me hice de una agenda muy interesante de productores y coreógrafos merced a esa puerta que se abrió”, señaló.

Pero más allá de los vínculos, escenarios y oportunidades, Hernández vuelve una y otra vez a la enseñanza como centro de su vida. “Los alumnos admiran mi paciencia y no es algo que lo diga yo, sino que son ellos los que lo manifiestan a menudo, rescatan el método de entrenamiento que aplico para que la gente aprenda a bailar porque si bien hay una parte de técnica, cuando uno pone el corazón, se hace más fácil”, expresó.

En ese punto, la historia personal vuelve a cruzarse con la herencia materna. “Cuando mi mamá dirigía la Escuela Alborada me propuso que les enseñe a los chicos con síndrome de down o con algún problema mental. La única condición que puse es que vinieran ellos al estudio para que puedan compartir con el resto”, recordó.

La propuesta derivó en una de las experiencias más significativas de su carrera. “Fueron casi tres años maravillosos, una de las mejores experiencias de mi vida porque comenzaron pocos y después se fueron sumando hasta terminar con más de 50 alumnos. Una vez por semana venían en un colectivo, se dio la posibilidad de llevarlos al Teatro Municipal, compartieron los camarines con el resto, muchos estaban interesados en tocar el cajón flamenco”, contó.

Esa etapa fortaleció una convicción que todavía sostiene en cada clase. “Cuando uno baila con el corazón, es difícil que esté errando en el camino. Enseñar tampoco es tan complejo, alcanza con mirar a los ojos del que busca aprender y entender que cada uno de ellos tiene tiempos diferentes”, sostuvo.

Con el paso de los años, la academia se convirtió también en un espacio de pertenencia familiar y generacional. “Actualmente me encuentro con tres generaciones que han sido parte de mis staff de baile, madres con hijas y nietas que a una le hacen notar a una que el tiempo transcurre y no se detiene”, dijo.

En la tarea coreográfica, Hernández identifica uno de los grandes desafíos de la disciplina: lograr que distintas personas, con habilidades y tiempos diversos, formen parte de una misma construcción escénica. “Dentro de un grupo, lo más complejo para un coreógrafo es hilvanar y unir a todos en la misma secuencia. Hay gente que es más rápida, otra es más lenta, gente que tiene más o menos oído, por eso considero que son indispensables las clases teóricas porque si no se entiende la música en el concepto básico, no podés bailar”, explicó.

Para ella, la coordinación no depende únicamente de repetir pasos, sino de comprender la música y sostener el trabajo constante. “No es difícil que todos se muevan de manera armónica cuando el grupo sigue la música a tiempo, sumado a las horas de ensayo que son la clave”, remarcó.

El presente la encuentra al frente de una estructura grande, intensa y en permanente movimiento. “Una de las mejores cosas que me han pasado es trabajar con gente joven, lo digo no solamente por mi hija con quien nos miramos y nos entendemos de inmediato, hay días que vengo a las 8:30 y llego a mi casa a las 23, son más de 300 alumnos y 27 profesores”, describió.

Esa vorágine le exige una organización cotidiana que Laura asume como parte del oficio. “Tengo mucha disciplina en mi rutina diaria ya sea dormir, la alimentación, doy 14 clases semanales y tengo que estar a la altura, el día que no pueda, estaré acá atrás del escritorio ayudando”, afirmó.

Después de tantos años, su vínculo con la danza parece mantenerse intacto, aunque con nuevas formas, nuevos grupos y nuevas generaciones. Lo que comenzó en una calle de barrio, entre reposeras, vecinos y noches de verano, se transformó en una vida dedicada a enseñar, formar, dirigir y acompañar.

“El amor de la gente es otro pilar fundamental, sumado a que cuando uno entra en un estudio de baile y hay música es imposible pasarla mal”, concluyó Hernández, como quien no necesita explicar demasiado aquello que todavía la mueve cada día: el baile, la docencia y esa certeza íntima de haber encontrado, desde muy temprano, su lugar en el mundo.

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