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DE AYER A HOY

Con el sello de la risa: Los Mosquitos tienen la dosis para seguir picando

El dúo sobrevoló la etapa de gestación artística y exploró los distintos momentos de la extensa carrera. El “no” a Marcelo Tinelli. La ovación antes de un show de Valeria Lynch. Y el nuevo modo inclusivo de entender el humor.

Por Leandro Grecco, redacción La Brújula 24
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La risa es una expresión emocional positiva que no sólo contribuye a que una persona sea menos propensa a contraer enfermedades, sino que además permite enfrentar más eficazmente situaciones desagradables de la vida. Cuando se convierte en carcajadas se ejercitan aproximadamente 400 músculos, entre ellos, algunos ubicados a nivel del abdomen.

La angustia de la actualidad, en un tema tan trillado como inevitable que ocasiona trastornos psicológicos vinculados con los estados de ánimo. A partir de esa coyuntura, la sociedad comprendió el verdadero valor de las pequeñas cosas y dimensionó al humor como una vía de escape a la dura realidad.

Hace más de tres décadas, la ciudad cuenta con dos talentosos artistas que hacen las delicias de grandes y chicos, cruzando transversalmente distintas generaciones para convertirse en una propuesta de culto con el humor como estandarte y bandera. Creando personajes icónicos, componiendo desopilantes canciones y tomando a Les Luthiers como referentes, forjaron un recorrido al que, aún, le quedan caminos por surcar.

Este diario digital rinde homenaje y exhibe el presente de Los Mosquitos, una marca registrada que fue referencia de grandes valores surgidos en esta región. Una amistad que perdura en el presente y se solidifica con el paso del tiempo, transitando escenarios y eventos sociales con la solvencia que les da la trayectoria y el saber, casi sin mirar al otro, lo que está pensando.

El primero en tomar la palabra fue Eduardo Canale: “Llevamos 32 años y medio de carrera. La cuestión sanitaria obligó al cierre de salas y la suspensión de las reuniones sociales que eran una pata fundamental de nuestro trabajo. Los primeros meses sentimos el cachetazo, pensamos que se trataba de un corto período. Recién ahora empiezan a surgir algunas posibilidades en lo que respecta a los teatros con aforos más pequeños. Mientras tanto, nos encontramos proyectando el regreso en lugares amplios, pero con muy poca cantidad de público. Estamos cerrando esos números para volver a la nueva normalidad. En este tiempo hicimos algunas cosas en las redes, para mantenernos vigentes”.

“Fueron exactamente 9 meses y 23 días sin trabajar. Tuvimos una gira que terminó el 29 de febrero de 2020 y recién nos volvimos a presentar el 23 de diciembre del año pasado en Médanos. Luego vinieron dos actuaciones el 12 y 13 de marzo de 2021 que nos salió una doble presentación en La Pampa y en Pigüé, aprovechando que se habían abierto las actividades. Históricamente, verano es la estación del año en la que menos nos presentamos”, sostuvo Gerardo Gutiérrez, entre risas, sabiendo que lo sabático de estos tiempos fue más una obligación que pura convicción.

Sin embargo, coincidieron en el siguiente concepto, clave para mantener la mente en calma pese al contexto: “Ambos fuimos bendecidos porque, paralelamente, tenemos una actividad que nos permite llegar a fin de mes. Pero sabemos que mucha gente la pasó muy mal. Desde el que alquila los baños químicos, pasando por la persona que arma escenarios, el encargado de la seguridad, hasta el que vende panchos, ha vivido un contexto muy difícil al no poder desarrollar su actividad en los festivales. Los dos somos empleados del Estado. Termina el mes y sabemos que cobramos nuestros haberes, haciendo home office o, eventualmente, tareas presenciales”.

Canale tomó la palabra para recordar los comienzos: “Nacimos en una localidad pujante del sur de la provincia de Buenos Aires llamada Saldungaray, pueblo pequeño que no se detiene, va para atrás, para atrás, para atrás (risas al compartir una de las bromas que componen el show). Tenemos casi la misma edad porque nacimos entre 1963 y 1964 y nuestras familias eran vecinas. La reunión de los domingos era obligatoria. Nuestros padres eran del palo del floklore, nunca faltaban la guitarra y el bombo, algo que nos atravesó desde la infancia”.

“Con Gerardo compartimos desde el jardín de infantes hasta buena parte de la secundaria, cuando él se radicó en Bahía Blanca para finalizar sus estudios. Se generó entre los dos una comunión en lo artístico y se dio sin querer, desde los actos patrios escolares en los que nos disfrazábamos de gauchos con un bigote pintado con corcho quemado”, sentenció, con un dejo de nostalgia en su voz.

Fue “Poroto” quien prosiguió con la cronología de la crónica de un éxito anunciado: “Mi abuelo materno y mi papá eran muy histriónicos que hicieron que desde chico me guste el humor. Corría el año 1989, era el mes de enero, y Jorge Daniel García con quien compartíamos trabajo en el mismo juzgado de Tribunales, me llevó a un asado que organizaba la gente de LU2”.

“Escucharon unos cuentos y Raúl Galán y Rubén González le dijeron al “gallego” que tenía que llevarme a la radio. Para ese entonces ya estaba casado con mi señora que es de Saldungaray. En una oportunidad visitamos a mi suegro y Eduardo estaba trabajando de showman en el Hotel Provincial de Sierra de la Ventana. Me plantea si quería ir a contar unos cuentos y acepté para sumarme al fin de semana siguiente. En los días previos, él se encargó de hacer la promoción como si el que iba a llegar era un humorista brillante”, añadió Gutiérrez, respecto a la gestación de una de las sociedades más cómicas y desopilantes de la historia bahiense.

En tiempos donde compartían el jardín de infantes.

Con lujo de detalles, indicó: “Cuando llegó la fecha, la confitería, que siempre trabajaba bien, estaba más que colmada de público, gracias a la expectativa que se había generado. A los siete días regresé a acompañarlo y nos llegaban comentarios sobre la buena movida que se estaba generando a partir de eso en lo que respecta al turismo. Un día salimos del Provincial y fuimos a tomar algo a una confitería clásica de Sierra junto con Néstor, hermano de Eduardo, y coincidimos en que se estaba gestando algo que podía ser muy fuerte en el futuro”.

“De ahí surgió la idea de encararlo profesionalmente, pero siempre haciendo hincapié en el humor. El primer nombre que se puso sobre la mesa fue ‘Los del Saldungaray’, rápidamente desestimado porque era muy folklórico. Para aquel entonces se nombraba mucho a La Pandilla de Los Mosquitos que tenía a Eduardo junto a unos chicos de la comarca serrana haciendo presentaciones. Usufructuamos ese nombre y empezó este camino. Nos convertimos en dúo después de la tercera o cuarta presentación, cuando Néstor ya no continuó siendo parte del grupo”, finalizó, a modo de reseña.

Consultado respecto a los comienzos formales, Canale acotó que “la primera actuación con una rutina fija, para la cual tuvimos la invalorable ayuda de Osvaldo Somoza fue el 25 de marzo de 1989 en el salón de bomberos de Sierra de la Ventana. En aquel entonces Gerardo se encargaba más de la parte de los chistes y de algunos personajes, donde tomábamos melodías de Pimpinela o Julio Iglesias a los que les cambiábamos las letras. En ese tramo del show era su partenaire. No obstante, en otro segmento de la presentación y junto a mi hermano hacíamos canciones de Hugo Varela o Gato Peters”.

Entrevistados por Juan Alberto Badía.

“Eso duró poco porque notamos que la propuesta era demasiado amplia. Fue en ese entonces que empezamos a escribir nuestros temas, en letra y música. Guido Christensen que empezó como productor, se sumó a la empresa para posteriormente formar parte activa de los ensayos semanales, a los cuales llevábamos una idea, para armar el libreto humorístico”, evocó, a sabiendas de que el camino elegido era el correcto, una suerte de prueba y error a la que todo ser humano se somete al comienzo de un proyecto.

Gutiérrez marcó un punto de inflexión: “Ya para 1991 habíamos tomado un vuelo propio importante, donde las interpretaciones humorísticas, adaptando temas de César Isella, Juan Luis Guerra, entre otros, comenzaron a pegar en el público. Eso le dio lugar a las canciones propias que se transformaban en un sketch, salvando las distancias y con todo respeto, del estilo Les Luthiers que tenía una presentación que podía ser grabada o no y se cerraba con un tema musical”.

“Hemos tenido actuaciones a las que concurrieron ocho personas y uno las recuerda como las mejores. La Fiesta de la Ganadería de Río Colorado de 1994 fue una de las primeras en las cuales nos impactó la gran cantidad de público. Nosotros nos presentábamos antes de Valeria Lynch y en la devolución notamos que para la gente no resultó un lastre tener que vernos antes del show de ella. Éramos unos perfectos desconocidos que logramos sorprender, habiendo cobrado un cachet mucho más bajo”, ponderó Eduardo, admitiendo que hubo tiempos donde fue inevitable pagar derecho de piso.

La mejor anécdota surge de ese mismo episodio y la relató Gerardo: “Al ser dos, había momentos en los cuales uno se quedaba en el escenario y el otro estaba haciendo un cambio de vestuario. En aquella ocasión en Río Colorado llegaba el momento de hacer un tema de Pimpinela al que llamábamos ‘el DIU’”.

“Faltaban 20 minutos para el final del show, bajé del escenario a ponerme el vestido y la peluca. Desde la escalera y en el instante previo a que vuelva a escena, uno de los presentadores me dice que en 10 entraba Valeria. Me puse nervioso y traté de explicarle que habíamos sido contratados para un espectáculo de una determinada duración. Pero esta persona se mantenía firme en su postura, desafiándome con que el público iba a clamar por ella”, explicitó, con la tranquilidad de alguien que la pasó realmente muy mal en aquel episodio cargado de tensión,

Pero la historia aún no había tocado su punto de ebullición: “Eduardo me dio el pie de la canción para que entre. Aparecí frente a los espectadores sin la peluca y recién me di cuenta cuando terminaba la canción que me desprendí el vestido y puse mi mano en la cabeza. No había más que mi pelo. Me acerqué a mi compañero, le dije que vayamos directamente al último tema y que después le explicaba”.

“Fue semejante el éxito que el otro locutor empezó a tirarnos flores, admirando‘lo que hicieron estos chicos de Saldungaray’. La gente pedía otra, pero estaba retobado y no quería salir más. Uno de los chicos de la empresa de sonido que era de Azul, al que nunca había visto en mi vida, me dijo ‘qué culpa tiene el público’. Hicimos un bis que duró siete minutos y nos aplaudió de pie toda la masa, hasta un señor mayor con bastón se levantó de su asiento para felicitarnos”, cerró entre carcajadas, admitiendo que luego vino Valeria Lynch y, la rompió como gran artista que es.

Daniel Rabinovich y Los Mosquitos.

Uno de los grandes interrogantes de la afición pasa por saber qué les deparaba el destino en caso de apostar un pleno al humor, dejando sus vidas establecidas en Bahía Blanca. Fue allí que Canale reconoció que “si hubiéramos tomado la decisión de instalarnos en Buenos Aires, sin nuestras familias y mandándole unos mangos de vez en cuando por ahí la carrera artística del dúo hubiera sido otra. Esa era la única forma de hacerlo, sobre todo por la edad en la que comenzamos”.

“Los dos teníamos esposa e hijos y es distinto a cuando uno está solo. Era ir allá para después hacer giras por los teatros del Interior. El éxito uno lo busca y lo obtiene o no, pero la gloria viene por la condición que uno tenga. Quizás si hubiésemos tomado aquella opción seríamos mucho más conocidos, probablemente tendríamos más solvencia económica, un mejor auto o un campo”, señaló con la firmeza del que no se arrepiente de la decisión tomada.

Y lo argumentó: “Nosotros disfrutábamos del llamado de un oyente del programa de radio en el que estuviéramos y nos decía que tenía una enfermedad terminal y lo único que lo hacía feliz era un chiste nuestro. Recibíamos y aún hoy nos llegan, mensajes muy cariñosos que nos demuestra que el camino transitado fue el correcto. En lo que respecta a lo musical, donde somos muy críticos con aquellos artistas que no nos gustan, no se puede discutir el éxito de cantantes como ‘El Chaqueño’ Palavecino o Soledad”.

“En el rubro del humor, creo que lo que hacen Los Mosquitos está buenísimo. En Bahía y la región logramos reconocimiento y amplia repercusión, pero si te parás en la avenida Corrientes y preguntás si nos conocen, lo más probable es que la respuesta sea un ‘no’. Si nos íbamos, indiscutiblemente hubiéramos sido muy famosos”, sintetizando en pocas palabras la sensación que perciben a partir de una mirada en perspectiva hacia atrás.

Al cerrar su respuesta, el propio Eduardo no vaciló un instante: “Hubo artistas de nuestro mismo palo que estuvieron en los programas de Jorge Guinzburg, Mirtha Legrand o Susana Giménez. Alguna vez vinieron a buscarnos del programa de Marcelo Tinelli y no aceptamos. Ni siquiera íbamos a hacer el casting. Pero en ese momento teníamos muy en claro que no queríamos formar parte de cámaras ocultas o sketchs donde la gracia era burlarse de una persona. Jamás hubiésemos hecho algo así”.

Pero en el detalle de lo positivo, “Poroto” rescató el haber sido ternado para el Martín Fierro del Interior por la labor humorística en 1996: “Ese mismo año decidimos, por primera vez, producir íntegramente un espectáculo nuestro y llenamos literalmente el Teatro Municipal. Vendimos 766 entradas, más los invitados y para nosotros fue una sorpresa tremenda”.

“Un año más tarde conocimos a Les Luthiers, nos hicimos amigos de (Daniel) Rabinovich, nos invitaron a un Festival Internacional en Venezuela, lo que fue la primera y única salida del país del dúo, representando a Argentina. En 1998 conocimos a (Juan Alberto) Badía, fuimos a una despedida que le hacían en Radio Madryn y, posteriormente, concurrimos a Imagen de Radio en Buenos Aires y casi paralelamente en Pinamar nos convocó para estar una semana en su programa Estudio Playa”, recalcó, sobre los tiempos en los que la convocatoria era permanente.

Aunque, retomando parte de lo expuesto antes por su compañero y amigo, Gutiérrez trajo al presente una charla que los hizo entender el ambiente en el que se movían: “En una reunión con Cipe Fridman (representante de Enrique Pinti y Antonio Gasalla) nos planteó si queríamos ir a la mesa de Mirtha, ella nos llevaba porque cuando (Carlos) Rottemberg la llamaba para pedir a uno de los consagrados, le decía que la condición era que vaya un dúo, a lo cual el productor del programa de TV iba a acceder. Pero nos aclaró que estábamos equivocados si pensábamos que nos iba a servir, porque nosotros volvíamos a Bahía y si no nos establecíamos en Capital, quedábamos en el olvido”.

Una de las preguntas que caía de maduro apuntaba hacia los nuevos paradigmas para despertar risas. Y Eduardo no esquivó el compromiso: “Con esta nueva mirada de la sociedad y, en especial, de la manera de hacer humor fueron muy pocas las cosas que tuvimos que cambiar y habrá algunas otras que deberán ser modificadas. Son guiones escritos en otra época y uno lo hace porque resulta innecesario chocar con la gente”.

“Hoy ponemos el foco en desterrar los chistes que hacen alusión a alguna deficiencia física o a la cuestión de género. No hay necesidad habiendo miles de posibilidades de despertar una risa sin herir. Hacer una broma de un judío ya tenía sus límites porque jamás lo abordamos desde lo antisemita, sino desde su postura ahorrativa. Pero a la vez conozco un montón de personas re contra pijoteras, que no son de la colectividad. Lo mismo cuando uno trata de bruto a un gallego o un vasco desde el humor, cuando en Argentina tenemos muchos peores que incluso ocupan altos cargos en la política”, explicó.

Ya en el cierre, “Poroto” enfatizó un reconocimiento que les llenó el alma: “En 2007 enviaron un demo y fueron uno de los once elegidos entre unos 200 grupos de Chile, Uruguay y Argentina para actuar en la Expo Les Luthiers por sus 40 años que se hizo en el Centro Cultural Recoleta de Capital Federal”.

Y se adentró en la nueva ola: “No me gusta mucho el stand up porque es un formato demasiado yanqui. Me cuesta entender que hagan un chiste e inmediatamente después una pausa para que la gente se ría de manera forzada. Alguien que viene de ese palo pero, para mi logró salir de ese estereotipo y me encanta es Roberto Moldavsky. Lo propio ocurre con el “Oficial” Gordillo que es un cuentista que se metió en este estilo más moderno y lo hace desde una visión diferente al standupero estándar”.

La ronda terminó, cada cual con su mate, ensayaron un brindis con el termo como testigo y aquella charla que comenzó a plena luz solar, terminó entrado el atardecer y con la satisfacción de haber transcurrido un momento ameno, el grabador se apagó, para darle paso a la ansiedad de ver plasmado en el portal digital lo expuesto por dos icónicos humoristas bahienses por adopción, verdaderos embajadores de la risa en cuanto auditorio se presenten.

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