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Raúl Richotti: "Disfruté de la docencia por mi cercanía con los alumnos"

Durante casi 35 años dio clases de educación física a miles de bahienses del nivel primario. Su “rebeldía” con el fútbol. Y la vertical, como marca registrada en el recuerdo de cada una de sus cátedras.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Raúl Richotti nació el 24 de enero de 1945 en una casa ubicada en Castelli 1032, justo enfrente de donde hoy se encuentra la cancha de básquet de Pacífico. En aquellos tiempos, cuando los partos domiciliarios eran una práctica habitual, llegó al mundo en la vivienda de un tío, aunque su hogar familiar estaba en la misma manzana, en Charlone 375.

A sus 81 años, conserva intactos los recuerdos de una infancia que transcurrió entre calles de tierra, juegos improvisados y una vida de barrio muy diferente a la actual. También mantiene el entusiasmo con el que durante casi 35 años enseñó educación física en el Colegio Don Bosco, institución en la que dejó una huella que todavía reconocen varias generaciones de bahienses.

"Tuve una niñez hermosa, en tiempos en los que no había prácticamente nada. Recuerdo que íbamos con la familia Salvatori a remontar barriletes al lado de un manzano. Ellos eran más grandes y me enseñaban la técnica para que levantaran vuelo", cuenta con una nostalgia que no disimula.

Por entonces lo conocían como "Tachuela", un sobrenombre que se había ganado por su baja estatura. El paisaje de aquellos años incluía las quintas de los alrededores, las banderas argentinas que flameaban en las propiedades y una libertad para jugar que parecía no tener límites.

Cursó sus estudios primarios en la Escuela Nº 22 España, que funcionaba en Almafuerte al 900, y luego ingresó a la Escuela Industrial Ingeniero César Cipolletti, de donde egresó como técnico mecánico. Aquella formación, aunque inicialmente lo llevó por caminos laborales alejados de la docencia, terminaría acompañándolo durante toda su vida.

En una familia identificada con el básquet, Raúl eligió una disciplina diferente. "Fui la oveja negra porque jugué al fútbol y llegué a la Primera de Pacífico. Era marcador de punta, medio picapiedra y metedor, pero por mi enjundia a veces ocupaba otros lugares de la cancha", recuerda entre risas. Allí, construyó una estrecha amistad con el arquero Néstor Ramadori, con quien compartía entrenamientos y buena parte de sus jornadas deportivas.

La relación de los Richotti con la actividad física también se proyectó hacia las siguientes generaciones. Tuvo dos hermanos varones, Jorge y Marcelo, este último ampliamente reconocido por su trayectoria en el básquetbol. Sin embargo, antes de convertirse en uno de los profesores más recordados de Bahía Blanca, debió recorrer un largo camino.

A los 16 años consiguió su primer empleo en una tornería de calle Mitre, donde completaba parte de las prácticas exigidas por la Escuela Industrial. Dos años después ingresó a Casa Iuale, una conocida rectificadora de motores, y posteriormente pasó por la Corporación Argentina Productora de Carne (CAP), en General Cerri.

Más tarde llegó a los Talleres Noroeste del ferrocarril, donde comenzó como peón. Eran tiempos en los que el trabajo y las obligaciones se combinaban con su pasión por el fútbol. Fue precisamente esa actividad la que protagonizó una de las anécdotas más curiosas de su juventud. Inclusive, se animó a contarlas.

Cuando le tocó realizar el servicio militar obligatorio, el sorteo determinó que tendría que trasladarse a El Hoyo, en la provincia de Chubut. La posibilidad de alejarse de Bahía Blanca preocupaba también al director técnico de Pacífico, el teniente coronel Antonio Murga, que no quería perder a uno de sus jugadores.

"Me dijo que no me iba a salvar de la conscripción, pero que había una manera de hacerla acá. Debía demostrar que un familiar estaba enfermo", relata. La solución fue tan insólita como efectiva. "Enfermé a mi padre, que era más sano que yo", confiesa con una picardía propia de alguien que utilizó un artilugio.

Richotti acudió en moto al entonces Policlínico, actual Hospital Penna, donde un médico le confeccionó un certificado que indicaba que su padre, Lorenzo, padecía una importante afección cardíaca y necesitaba permanecer en reposo durante al menos 40 días. Todo ocurrió a contrarreloj: consiguió la constancia un sábado y debía presentarse el lunes.

En la Plaza de Armas presenció cómo separaban del grupo a Alberto Pedro Cabrera, quien también había presentado documentación para justificar su permanencia en la ciudad por ser sostén de su madre viuda. "Cuando dijeron mi nombre fui con el certificado en la mano. Me ubicaron cerca de Cabrera y de otros muchachos. Terminamos todos destinados al distrito militar de avenida Colón 360", rememora.

Todavía quedaba un inconveniente: le asignaron actividades de tiro los sábados, justamente cuando Pacífico disputaba sus partidos de fútbol. Finalmente, logró solucionar el conflicto y recibió la baja a los diez meses. Pero el verdadero cambio de rumbo llegaría algunos años después y de una manera que jamás había imaginado.

Mientras trabajaba en la secretaría de la Escuela Industrial, comenzó a colaborar con Alcides Ottoboni, profesor de Historia que cumplía funciones en la regencia hasta altas horas de la noche. "Me preguntó si quería ayudarlo y acepté sin dudar, aunque apenas sabía escribir a máquina. Mi aporte en esa oficina fue bastante limitado", reconoce.

Ottoboni sabía que aquel joven era inquieto, que disfrutaba del movimiento y que tenía una marcada inclinación por las actividades deportivas. Por eso le sugirió estudiar el profesorado de Educación Física. La primera respuesta fue negativa. "No quería saber nada porque tenía que irme a San Fernando. Pero él me contó que iba a abrir un instituto en Viedma con alumnos becados y me escribió una carta de presentación", explica.

Cuatro meses después llegó la aceptación para rendir el examen de ingreso. Tenía 25 años cuando tomó la decisión que modificaría definitivamente su futuro. Su mamá, sin embargo, no recibió la noticia con el mismo entusiasmo. "Lloraba porque veía que me iba a vivir lejos de casa", recuerda.

Durante tres años cursó la carrera en Viedma. Solo regresaba a Bahía Blanca para Semana Santa y aprovechaba las vacaciones de verano para trabajar en la colonia de El Cóndor. Finalmente, en 1972, volvió con el título de profesor y la expectativa de comenzar una nueva etapa. El destino volvió a intervenir mediante una conversación casual.

"Un muchacho con el que había estudiado me contó que se iba de baja de la Base Naval porque se había peleado con la novia. Me preguntó si quería trabajar en el Colegio Don Bosco y sentí que se abría una puerta enorme", señala. Sin perder tiempo, se reunió con el sacerdote Francisco Calendino. Era viernes cuando mantuvieron aquella charla que definiría buena parte de su historia personal. 

"Me preguntó cuándo quería empezar. Arreglamos para el lunes siguiente, con nueve horas semanales en primero, segundo y tercer grado", relata. Lo que parecía una oportunidad laboral terminó convirtiéndose en casi 35 años de permanencia ininterrumpida en la institución salesiana. Solo tuvo que alejarse durante algunos meses en 2005, cuando fue operado de una cadera.

En ese extenso recorrido vio pasar generaciones enteras de estudiantes, atravesó todas las modificaciones en los programas educativos e inclusive fue testigo de la transformación del establecimiento, que dejó atrás las aulas exclusivamente con alumnos varones para concretar la incorporación de cursos mixtos.

"Francamente, no fue un cambio que modificara mi metodología para dar clases, al menos en mi caso", asegura. La vertical, el medio test de Cooper y el handball quedaron grabados en la memoria de muchos de aquellos chicos que hoy son adultos y todavía lo recuerdan por las exigencias, las enseñanzas y las situaciones compartidas.

"Me gusta la docencia, disfruto de ver el aprendizaje de un chico. Creo que de ahí viene también la tradición salesiana. Mi impronta siempre estuvo marcada por la cercanía con el alumno", sostiene. Richotti reconoce, de todas maneras, que las formas de enseñar no permanecieron ajenas a los cambios sociales y políticos que atravesó la Argentina.

"Había un régimen de disciplina muy ligado a la ejercitación física, emparentado con el momento del país en el que comencé a desarrollar mi tarea, en tiempos de los militares en el poder. Después se pasó a cierto libertinaje, en el que un chico podía darle su impronta a un esquema de gimnasia", analiza.

Pese a las diferencias entre las épocas, considera que la evolución de la actividad nunca consiguió disminuir su entusiasmo por transmitir conocimientos. Esa vocación también lo llevó a desempeñarse durante dos décadas como profesor de Práctica de la Enseñanza en el Instituto Superior de Formación Docente Nº 86 Cacique Valentín Sayhueque.

Allí dictaba materias teóricas, pero al mismo tiempo, recorría los diversos establecimientos educativos para acompañar a quienes realizaban sus primeras experiencias al frente de un curso. Muchos de esos jóvenes que ayudó a formar hoy, paradójicamente, ya están al igual que Raúl jubilados.

También encontró espacio para seguir vinculado con el deporte competitivo. A finales de los años 70 fue el preparador físico de un enorme plantel de básquet del Club 9 de Julio que era dirigido por Elsio Tarabelli y del que formaban parte, entre otros, elementos de la talla de Norberto Laguzzi y Alberto Facetti.

Al mirar hacia atrás, entiende que una de las transformaciones más significativas se produjo en la participación de las mujeres dentro de las clases. "Hoy la enseñanza de la educación física se convirtió en algo más inclusivo. A las niñas antes se les permitían movimientos delicados y ahora participan de los mismos ejercicios que los varones, siempre contemplando las capacidades de cada uno", reflexiona.

El retiro de las aulas no significó para Raúl una ruptura traumática con su rutina. Por el contrario, encontró la oportunidad de recuperar otras aficiones que habían quedado relegadas durante sus años de actividad profesional. "No me costó dejar de trabajar. Siempre disfruté de ponerme a soldar o agarrar una herramienta para arreglar cualquier cosa de la casa. Es algo que me quedó de mi paso por la Escuela Técnica", afirma.

Otra parte de su tiempo transcurre en un terreno familiar de Villa Aeropuerto, donde construyeron una pequeña cancha de fútbol que aprovechan cada vez que las condiciones del tiempo lo permiten. Allí, entre reuniones familiares, herramientas y recuerdos, sigue encontrando motivos para mantenerse activo.

A los 81 años, aquel chico inquieto, curioso y que disfrutaba de jugar en las calles cuando ese espacio territorial era un lugar seguro y vinculador con otros niños conserva la misma convicción, aquella que lo acompañó desde que decidió abandonar los talleres para dedicarse a la enseñanza.

"Soy un defensor de la frase mens sana in corpore sano (una mente sana en un cuerpo sano). Considero que lo primordial para estar en este mundo pasa por allí, por cuidarse de cualquier exceso para que el organismo responda y nos brinde una mejor calidad de vida. No existe otra opción", concluye.

Es, acaso, la última lección de un profesor que dedicó una buena parte de su existencia a enseñar que el movimiento, la constancia y el entrenamiento responsable también son una manera de entender la vida. El afecto que todavía hoy le demuestran a diario corrobora esa máxima de su vida.

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