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De Ayer a Hoy

"El atletismo es escuela de vida, te enseña a convivir con la frustración"

Flavia Ressia es una referente del rubro en el país. Su metamorfosis hasta ser entrenadora. El duro trance cuando quedó viuda. Y el objetivo logrado: “Ir a un Mundial fue un antes y un después en mi carrera”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Durante décadas, Flavia Ressia edificó el respeto incuestionable en la comunidad deportiva. Su recorrido empezó en el atletismo, disciplina en la que se destacó por constancia, entrega y una fortaleza que la convirtió en un ejemplo. A fuerza de sacrificio y resultados, se ganó un lugar propio en un ámbito que la vio crecer, competir y dejar una huella difícil de igualar.

Su mayor legado llegó desde el rol que abrazó con la misma pasión: el de entrenadora. Allí multiplicó conocimientos, formó talentos, impulsó carreras y se transformó en una referente indiscutida de la preparación física. Con una mirada integral del deporte y un compromiso absoluto con cada atleta, marcó un camino para los que tuvieron la suerte de aprender a su lado. Su historia en “De Ayer A Hoy”, la sección de los sábados de LA BRÚJULA 24.

Nacida hace 62 años, la protagonista de este ida y vuelta conserva una memoria nítida de sus primeros días en el barrio Napostá, sobre la calle Yrigoyen al 700. “Ahí pasé toda mi infancia, en la casa materna y paterna”, recuerda. “Era un barrio tranquilo, de amigos, de tardes jugando en la vereda y de vecinos que se conocían todos”, esgrimió.

“Sin embargo, esa misma zona sufrió el 7 de marzo último las destructivas consecuencias de las inundaciones. “Fue muy triste, ese sector quedó castigado. Esa casa ya no está, ahora hay un edificio. Ver que el lugar donde creciste desapareció te genera una sensación muy fuerte. Una mezcla de nostalgia y resignación”, dice con voz pausada.

Los recuerdos familiares aparecen enseguida. “Tuve una niñez muy feliz, con padres que me dieron mucho más que un nombre y un apellido. Mi mamá, Charito Beatriz, era un ser increíble, alegre, charlatana, muy protectora. Y mi papá, Juan, médico traumatólogo, más serio y parco, pero con una calidez que se le notaba en los ojos. Ellos me enseñaron el valor del esfuerzo y la responsabilidad”.

Sus padres fallecieron, un golpe que es parte de la ley de la vida y que debió asimilar con entereza: “Mi mamá hace dos años y mi papá un tiempo antes. Los extraño muchísimo. Cuando uno llega a cierta edad, entiende cuánto de ellos sigue en uno”.

Flavia es la mayor de tres hermanos: Marcela y Mariano completan el trío. “Siempre fui la más estructurada, la que organizaba todo, la que cuidaba a los otros. Y sigo siendo así, con más canas y más arrugas”, bromea. La escuela ocupó un lugar central en su vida. Estudió en el colegio Claret, tanto primaria como secundaria.

“Fui buena alumna, quizás no brillante, pero sí cumplidora y escolta de la bandera en los actos patrios. Tengo que reconocer que siempre me gustó aprender, pero también admito que disfrutaba del movimiento, del aire libre, salir los fines de semana a la noche y correr”, dice entre risas.

Desde chica, el deporte empezó a ocupar un espacio importante: “Me dediqué al atletismo desde temprano. Mis padres me acompañaban a todos los torneos, y aunque nunca fui una figura nacional, amaba competir. Lo hacía con muchas ganas y con una entrega total”.

Esa inclinación por el deporte derivó naturalmente en su vocación: la educación física. “Terminé el secundario y me metí de lleno en el profesorado. A la par, trabajaba en colonias, en escuelas, en cualquier lugar donde pudiera enseñar o moverme. Era una persona muy inquieta”, recuerda.

En ese derrotero apareció Carlos Pacheco, un referente del atletismo bahiense, que fue clave en su formación: “Me dijo: ‘Flavia, necesito que me des una mano con los chicos’. Acepté y no paré más. Ahí descubrí que enseñar era mi verdadero lugar. Dejaba atrás mi etapa de atleta y nacía la entrenadora. Desde entonces, una pista de atletismo se volvió mi casa. Es mi refugio, mi cable a tierra y, sin dudas, mi lugar en el mundo”.

Aunque su vida estuvo siempre vinculada al deporte, Ressia también se permitió explorar otros caminos. “Hace unos ocho años me animé a diseñar ropa. Fue algo muy loco. Quería un pantalón corto para una fiesta, no hallaba el que quería y así decidí hacerlo yo misma”.

“Mi mamá me había regalado una máquina de coser, y empecé a experimentar. Nadie me enseñó, seguí las instrucciones de los manuales y me animé. Me encantó. Siempre digo que me equivoqué de profesión, porque amo transformar materiales, coser, crear. Es una manera distinta de expresarme”, desarrolló con énfasis.

Durante un buen lapso de tiempo, combinó esa pasión con su trabajo en el atletismo, aunque luego la vida la llevó por otros caminos. “Quizás en algún momento retome. No lo descarto. Pero hoy mi foco sigue siendo el deporte, que me dio todo”.

Su carrera como entrenadora tuvo momentos inolvidables, especialmente en 1996, cuando acompañó a Gustavo Aguirre, uno de sus atletas, al Mundial de Sídney: “Fue una experiencia impresionante. Él era alumno de mi escuela. Lo vi correr una vez en educación física, flaco, liviano, con una zancada distinta, y supe que tenía algo especial”.

No obstante, acotó que “le propuse entrenar y aceptó rápidamente. Lo trabajamos con mucho compromiso, con una mezcla de disciplina y cariño. Logró la marca clasificatoria para el Mundial y allá fuimos. Fue un antes y un después en mi vida”.

Cuatro años después, Aguirre participó de los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. “Yo ya no era su entrenadora, pero viajé igual. No podía no estar. Trabajé todo un año para juntar el dinero; mi mamá me ayudó con dólares, mi papá me sacó un préstamo. Estuve un mes allá. Fue un sueño cumplido. Sídney es la ciudad más mágica del mundo. Todavía la tengo grabada en el alma”.

Con la misma pasión con la que vivió esos años, Ressia analiza cómo cambió el deporte. “No me gusta caer en eso de que todo tiempo pasado fue mejor, pero algunas cosas sí lo eran. Antes los chicos tenían más entrega, más hambre de superarse. Hoy hay muchas distracciones: la tecnología, las redes, la vida sedentaria. Cuesta sacarlos de esa burbuja. Pero el atletismo sigue siendo una escuela de vida. Les enseña a proponerse metas, a ser constantes, a convivir con la frustración. No es solo competir: es aprender a vivir”.

Su tarea como entrenadora, asegura, no se limita a lo físico. “A veces siento que soy mitad profe y mitad psicóloga, con perdón de los psicólogos”, ríe. “El deportista tiene que ser, antes que nada, una buena persona. Trato de acompañarlos no solo en lo deportivo, sino también en lo emocional. En ocasiones llegan con problemas personales, con frustraciones, con tristeza. Mi objetivo es que el atletismo los ayude a superar eso. Siempre les digo que el deporte es una herramienta para la vida, no un fin en sí mismo".

Muchos de sus atletas comenzaron con ella en la infancia y hoy son adultos. Algunos incluso participan en torneos máster. “Tengo exalumnos que ahora tienen 40, 50 años, y siguen corriendo conmigo. Es hermoso ver cómo el deporte se transforma en parte de su identidad”.

La entrevistada sostiene que el atletismo es, además, un camino de autoconocimiento. “A diferencia de otros deportes, acá competís contra vos mismo. No hay un rival directo, como en el tenis o el fútbol. Tenés que ganarte a vos, bajar tus propios tiempos, superar tus propios límites. Por eso la cabeza es tan importante como el cuerpo. Yo trabajo mucho en eso con ellos. Intento enseñarles que la verdadera victoria es personal”.

En el plano familiar, Flavia se define sin dudar: “Mi mejor versión es ser mamá”. Tiene dos hijos: Santiago, de 34 años, y Martina, de 27. “Son mi orgullo. Ellos son el motivo por el que me levanto cada día. Me encantaría ser abuela algún día, pero no los apuro. Lo importante es que sean felices y sigan su propio camino”.

Su vida cambió profundamente hace doce años, cuando falleció su esposo, Alfredo. “Fue un golpe muy duro. Santiago tenía 22 y Martina 15. Tuve que ser fuerte por ellos. Aprendí a vivir con el dolor, a que la tristeza se vuelva parte de vos”.

“Hay cicatrices que no cierran, pero uno aprende a seguir adelante. A veces, incluso en los momentos más felices, siento esa ausencia. Pero también creo que él nos acompaña desde otro plano, y eso me da paz”, aseguró, promediando el ida y vuelta con el cronista.

Con el tiempo, volvió a encontrar la compañía y a vivenciar el amor en Pablo, su actual pareja, para quien tuvo palabras elogiosas y quien debió asimilar la vulnerabilidad de quien tenía que reconstruirse después de tanto dolor: “Él es la brújula de mi vida. Me ayudó a volver a sonreír, a creer en el amor y a disfrutar del presente”.

Con serenidad, reconoce que su historia ha estado marcada tanto por la pérdida como por la superación: “La vida me enseñó a no rendirme. Es algo que supe canalizar con el devenir de los acontecimientos. Lo mismo que me toca enseñar en la pista. Todo lo que viví, lo bueno y lo malo, me trajo hasta acá”.

Hoy, con más de seis décadas de vida y una energía intacta, sigue entrenando, enseñando y acompañando a nuevas generaciones: “El atletismo me dio todo: amigos, aprendizajes, viajes, alegrías. Me enseñó que no hay edad para superarse. Cada vez que piso una pista, siento que vuelvo a ser esa chica que corría soñando con llegar lejos.

Aunque los años se noten, las ganas son las mismas. Mientras tenga fuerzas, voy a seguir. Porque este es mi lugar en el mundo”, concluyó, con entusiasmo, tratando de sintetizar cada uno de sus pensamientos sin dejar ninguno de ellos sin expresar.

El paso de Flavia Ressia por el deporte deja una impronta que trasciende el tiempo. Su modo de trabajar, la dedicación con la que acompañó cada proceso y la forma en que impulsó el crecimiento de quienes confiaron en ella consolidaron una trayectoria singular. Más allá de marcas o triunfos, perdura el impacto humano. Su influencia continúa inspirando a nuevas camadas y reafirma el valor de quienes entregan su vida a la formación.

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