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En "modo fin de año": consejos para cuidar la mente sin perder la calma

Llega el último tramo de 2025 y sube la adrenalina de una montaña rusa de emociones. Los balances, aquello que quedó pendiente y el estrés laboral. Tres licenciadas en Psicología lo analizan en profundidad.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

A medida que se acerca diciembre, empieza esa época del año en la que todo parece urgente. Las calles se llenan de movimiento, los grupos de WhatsApp explotan y la agenda parece no tener espacios en blanco. Entre los cierres laborales, los balances personales, los brindis, los compromisos y ese clásico “¡tenemos que vernos antes de fin de año!”, las últimas semanas se convierten en una verdadera maratón emocional. 

En medio de ese torbellino, muchos sentimos que el cuerpo pide descanso, pero la cabeza sigue corriendo. Lo que pocas veces notamos es que el agotamiento de fin de año no es solo físico: también es mental y emocional.

Tres licenciadas en Psicología, Agustina Méndez, Martina Ribot y Noeli Casariego, fueron consultadas por la redacción de LA BRÚJULA 24 para conocer los argumentos que invitan a reflexionar sobre los días agitados que se avecinan.

El cerebro en “modo pulpo” 

Durante noviembre y diciembre, nuestro cerebro entra en una especie de piloto automático, tratando de atender muchas cosas al mismo tiempo: pendientes del trabajo, responsabilidades familiares, proyectos, reuniones, emociones y planes para el próximo año. En ese ritmo, el cansancio físico se mezcla con una sensación de saturación mental, que no siempre es solo estrés, sino también una señal de que necesitamos descansar y bajar un cambio. 

A nivel emocional, diciembre activa una suerte de “evaluación de desempeño personal”. Sin darnos cuenta, repasamos lo que hicimos, lo que no, lo que logramos y lo que quedó pendiente. Ese repaso puede despertar emociones intensas: nostalgia (por lo que fue), frustración (por lo que no fue), ansiedad o culpa. 

En ese proceso, también aparecen síntomas emocionales y físicos nombrados anteriormente, que muchas veces pasamos por alto: ansiedad, culpa por lo que no se logró, irritabilidad o dificultad para relajarse incluso en momentos agradables. Algunas personas sienten una especie de “vacío” o tristeza sin motivo claro; otras, una necesidad de controlarlo todo. Estas reacciones son comunes cuando el estrés se acumula y la mente intenta cerrar ciclos sin tener tiempo real para procesarlos. Reconocer estos estados no es un signo de debilidad, sino una forma de escucharnos antes de que el malestar se vuelva más profundo. 

Si el balance se hace desde la autoexigencia, puede aumentar la presión; pero si lo hacemos desde la aceptación, se convierte en una oportunidad de mirar el recorrido con más compasión. 

Cuando el entorno acelera y el cuerpo pide pausa 

El contexto tampoco ayuda: todos corren, todos cierran, todos se despiden. Y el estrés es contagioso. La neurociencia lo explica: nuestro cerebro replica los estados emocionales del entorno, especialmente cuando ya está cansado. 

En ese escenario, el cuerpo empieza a pedir pausa. Cuando no lo escuchamos, se activan respuestas típicas del estrés: alteraciones del sueño, irritabilidad, ansiedad o cambios de humor. Es entonces cuando aparecen las decisiones impulsivas: anotarse en tres despedidas seguidas, decir que sí a todo o querer cerrar el año “perfecto”. 

Claves para llegar mejor 

La buena noticia es que podemos transitar el fin de año sin colapsar. No hace falta cerrar todo antes del 31 de diciembre ni prometer una vida nueva el 1° de enero. Lo que necesitamos son prácticas realistas que nos devuelvan calma y conexión: 

• Tomarse pausas: parar un momento también es avanzar. 

• Decir algunos “no”: poner límites también es salud mental. 

• Bajar la exigencia: no todo tiene que salir impecable. 

• Habilitar el cuerpo: descansar, moverse, respirar y alimentarse con amabilidad. 

• Poner intención, no presión: los propósitos pueden nacer desde la calma, no desde la obligación. 

Reaprender a descansar 

Vivimos en una época en la que todo va rápido y descansar parece un lujo. Sentarse un rato sin hacer nada, apagar el teléfono o simplemente quedarse en silencio a veces genera culpa, como si parar fuera perder el tiempo. Pero descansar no es no hacer nada: es una forma de cuidar la cabeza y el cuerpo para poder seguir bien. 

Cuando pasamos mucho tiempo en modo “hacer”, el cansancio se acumula. Dormimos peor, estamos más irritables o todo nos cuesta el doble. Es el cuerpo avisando que necesita una pausa, aunque a veces insistimos en seguir. Y si no lo escuchamos, aparece esa sensación de saturación que no se soluciona con dormir una noche más, sino con bajar un poco las revoluciones. 

Descansar no siempre es dormir o tomarse vacaciones. A veces es cambiar el ritmo: decir que no a un plan, salir a caminar sin auriculares, cocinar sin apuro o tener una charla sin mirar la hora. Son pequeños gestos que nos ayudan a volver al presente y a reconectar con lo simple. Y, a veces, incluso cuando intentamos frenar, sentimos que el cansancio no se va. Que el cuerpo descansa, pero la cabeza sigue girando. 

Y ahí es donde aparece algo importante: saber cuándo necesitamos un poco de ayuda.

Cuándo hace falta pedir ayuda

Hay momentos en los que el agotamiento se vuelve más profundo. Nos sentimos sin energía, con ganas de aislarnos, con el sueño alterado o con pensamientos que no paran. En esos casos, no siempre alcanza con descansar o “ponerle onda”: puede ser una señal de que necesitamos acompañamiento profesional. 

Pedir ayuda no significa estar mal ni ser débil. Al contrario, es una forma de cuidar lo que sentimos con la misma atención con la que cuidamos el cuerpo. Así como vamos al médico cuando algo duele, también podemos buscar a un psicólogo o una psicóloga cuando algo nos pesa por dentro.

El espacio terapéutico puede ayudar a ordenar, descargar y entender qué está pasando. Otras veces se trata de un proceso más largo, pero siempre es un espacio para sentirnos acompañados y aprender a estar mejor. 

Buscar ayuda no es rendirse: es elegir no seguir cargando solo lo que duele, y empezar a hacerlo más liviano. 

Un cierre más amable 

“Este fin de año bregamos que el propósito sea no perder la cabeza tratando de tenerlo todo bajo control. A veces cuidar la salud mental es simplemente frenar, respirar y decir: ‘ya está bien por hoy’”, coincidieron las tres profesionales consultadas.

A las licenciadas Méndez, Ribot y Casariego se las puede leer en @lohablamosenterapia_ sobre bienestar emocional, vínculos y vida cotidiana.

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