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De Ayer a Hoy

"Lo más lindo es hacer lo que te gusta", dijo un mítico comerciante local

Reynaldo Cardozo es el dueño de una icónica cadena de heladerías y ensayó un repaso de su vida. Su arribo a Bahía y cómo llegó al rubro. “No tengo la fórmula mágica ni la receta de la abuela”, afirmó.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco

El helado es un producto noble que a fuerza de sabores suaves y con la dulzura justa se ha ganado el paladar de los bahienses. La ciudad no ha sido la excepción respecto del cambio de paradigma al convertir a este artículo en un alimento que se comercializa casi en idéntico volumen tanto en invierno como en verano, además de desterrar la idea de que se consume solo después del almuerzo o la cena.

Uno de los cultores de este hábito irresistible acredita una extensa trayectoria en el rubro y se ganó el respeto de sus pares, pero principalmente de los clientes que valoran la excelencia y calidad. Ya es sabido que quien reside por estos lares suele ser sumamente exigente, capaz de dejarse seducir por las modas y, en ocasiones, se obnubila por toda esa oferta foránea, marcas que llegan de afuera con ínfulas de grandeza.

Reynaldo Cardozo cuenta con un itinerario que lo respalda. Pese a ello, como cualquier otro hijo de vecino, registra un pasado quizás poco conocido y que vale la pena examinar para lograr comprender cómo se fue gestando el proceso para convertirse en un empresario con predicamento. En La Brújula 24, el titular de una tradicional cadena local de heladerías deja sus impresiones sobre el curso de su vida en “De Ayer A Hoy”.

“Soy oriundo de San Juan y allí permanecí hasta que cumplí 18 años. Un año antes mis padres se mudaron a Buenos Aires, pero mi intención era no despegarme de mis amigos de la escuela. Una vez que me recibí de Técnico Químico en la secundaria me radiqué en Capital Federal con la intención de conseguir empleo, pero era difícil ingresar a una empresa petroquímica”, mencionó Cardozo, al comienzo de la conversación.

Y agregó que “trabajé en el Mercado de Abasto, repartiendo remedios en un laboratorio, con el único objetivo de reunir el dinero para conocer Europa, por lo que me subí a un barco y estuve allá durante siete meses. Visité distintos países en albergues estudiantiles y carpas, pero tuve que salir con un permiso firmado ante un escribano porque aún era menor de 21. En ese lapso aprendí muchísimo, hasta ese momento no me lavaba las medias ni cosía el botón de una camisa, todo lo hacía mi mamá, ni hablar de comer, dejé de ser exquisito y aprendí a alimentarme con lo que había”.

“Volví a Argentina porque todavía no tenía la ciudadanía y no existía la comunidad europea, por ende cada país tenía moneda propia. En España viví en la época en la que gobernaba (Francisco) Franco y conocí las dos Alemanias, un país que por entonces estaba dividido en Occidental y Oriental”, destacó, apelando a su prodigiosa memoria.

No obstante, evocó: “Pegué la vuelta porque extrañaba mucho mi país y rápidamente conseguí un puesto en una empresa de Campana, una compañía petroquímica de fertilizantes y amoníaco, para hacer la producción. El presidente de esa empresa era (José Alfredo) Martínez de Hoz y me tocó ser parte del montaje de la firma. Estaba en una ciudad relativamente chica, en la que estaban Esso, Dálmine y Siderca, entre otras que le daban impulso a esa región”.

“Allí llegué en 1970, mi casa se encontraba en Zárate, que está a ocho kilómetros de Campana, en tiempos en los que todavía no estaba el puente y ambas localidades se comunicaban a través de una barcaza, cruzando los dos brazos del Río Paraná de un lado a otro a través de tren, camiones y autos. Luego de unos años renuncié, eran momentos del país donde podías elegir donde trabajar, a diferencia de lo que ocurre ahora”, advirtió, con relación a aquella etapa.

Su porvenir lo acercaba a la localidad que se iba a convertir en el lugar para desarrollarse: “Me contrataron en Carboclor, una industria que aún hoy existe, hasta que aparecieron las posibilidades de Bahía Blanca como una alternativa y Aluar en Puerto Madryn que era la otra opción. Nadie quería ir al sur, la gente que tenía conocida en Buenos Aires lo asociaba con frío y viento, pero el tema económico era un diferencial”.

“En la primera entrevista me ofrecían un salario superior, pero no lo suficiente como para tomar la decisión de armar las valijas y venir a Bahía con la mamá de mis por entonces dos primeros hijos. Luego, la propuesta se elevó mucho más desde el punto de vista económico, sumado a la casa y la mudanza. Acepté, presenté la renuncia en la empresa en la que estaba y comencé a desempeñarme en Petroquímica Bahía Blanca, en Ingeniero White”, resaltó, en otro tramo del ida y vuelta con este cronista. 

Consultado respecto a las características del espacio donde ejerció la tarea, infirió: “Era una planta elaboradora de etileno y se necesitaba de etano, por lo que había que hacer la planta en Cerri. Junto a mi llegaron profesionales de Rosario y Buenos Aires, tentados por una remuneración superior a la que podían percibir en sus lugares de residencia. Nos capacitaron mucho, me mandaron a la compañía Dow en Tarragona (España), la misma multinacional que años después se instaló acá”. 

Asimismo, enunció que “PBB se inauguró en nuestra ciudad a inicios de la década del 80 y en mi caso fueron 15 años allí, ejerciendo funciones en la parte de producción, algo que disfrutaba muchísimo. Cuando Menem comenzó a desarrollar sus políticas de privatizaciones, acordando con los sindicatos y los bancos, una situación que también alcanzó a Petroquímica, se veía que el Estado quería vender la compañía, abrí el paraguas, vivía enfrente del Colegio Ciclo Básico, sobre calle 11 de Abril y empecé a barajar opciones”. 

“Librería y panadería ya había en las inmediaciones y por eso me sugirieron que ponga el foco en el rubro heladería que andaba muy bien. En la década del 90 acá estaban Roma, París, Vito, Bari y Renzo y unos primos de Buenos Aires me contactaron con un señor mayor que elaboraba muy ricos helados. Sus hijos no estaban dispuestos a continuar con el emprendimiento, por lo que aproveché esa situación y le mostré mi interés de tomar la posta, siempre y cuando pudiera continuar con el legado en Bahía”, dijo Cardozo, sobre el modo en que se abrió paso en ese metier.

Debía aprender la lógica de la producción del producto casi de cero: “Le pregunté si me enseñaba a fabricar el helado y su respuesta fue tajante: que tenía que usar sí o sí la materia prima que él me indique para mantener la calidad del producto. Fueron dos semanas trabajando con él, viendo cómo era el proceso, pero me llevó tres años montar todo el equipamiento acá, en ese interín seguí trabajando en PBB para reinvertir ese dinero en la compra de la maquinaria necesaria”. 

“Cuando ya tuve todo listo, llamé a este señor para que viaje a probar la primera producción antes de salir al mercado local. Me hizo comprar en Buenos Aires, cerca de la casa de mi papá, la última materia prima de la marca específica que no se conseguía. El hombre estaba empecinado que de lo contrario no iba a darme su visto bueno, pero una vez que tuve todo en regla por así decirlo, empecé a comercializarlo al público”, apuntó, en otro segmento de la nota.

Una de las dudas que sobrevuelan en el imaginario local es el por qué del nombre de la cadena: “Surgió a partir de una votación familiar donde cada uno sugería la denominación que más le gustaba. Entre nuestros cuatro hijos, mi esposa y yo debíamos definir, pero fue Mariano, quien vivía en Buenos Aires, el que mirando los nombres de caballos de carrera hizo una combinación de letras y de allí nació el Lepomm”. 

“Nos empezó a ir muy bien, los alumnos que salían del Ciclo compraban helados, lo mismo que los profesores, por lo que tenía que tomar la decisión de dar un paso al costado en PBB, porque había días en que ambos trabajos me hacían dormir muy poco. Le dije a mi jefe, Carlos Rodríguez, que iba a apostar de lleno al nuevo emprendimiento y, si bien al principio le costó entenderlo porque justo era en vísperas de vacaciones, lo terminó aceptando”, rememoró, con cariño sobre la figura de quien fuera su superior.

El éxito parecía sobrepasarlos, pero se tomaron las decisiones correctas: “Era tanta la gente que iba a comprar que decidimos buscar otro lugar no solo para expender el helado al público, sino también para montar la fábrica porque nos quedaba muy chico el espacio para realizar la elaboración. La Municipalidad solo me habilitaba para tener un único empleado y como la idea era producir una cantidad grande de kilos, pasé a ser un gran contribuyente, por lo que tuve que hacer un trámite adicional a través de mi contador”. 

“Surgió el dato, a través de la Inmobiliaria Macagno, del remate de dos lotes en la primera cuadra de calle Inglaterra, con terrenos de 50 metros de fondo. Compramos los terrenos, elaboramos la fábrica y pude adquirir maquinarias italianas, aprovechando el dólar 1 a 1 que era propicio para importar. Surgió la inquietud de abrir una sucursal en Monte Hermoso, posteriormente la de Sarmiento y Alvear, en Villa Ventana, en el barrio Patagonia y la avenida Alem al 2200, todas franquicias”, reflexionó el titular de la firma bahiense. 

Otra pregunta que se imponía era conocer si existe una clave para explicar el éxito: “No tengo ninguna fórmula mágica, ni tampoco la receta de la abuela, en un primer momento nuestro helado de durazno fue un furor, como también el de naranja, melón y kiwi, siempre respetando la materia prima y el origen de los ingredientes. Si bien ya no estoy tan presente, trato de ir a la oficina la mayor cantidad de tiempo posible, uno de mis hijos es el que elabora haciendo lo mismo que hacía yo en la sala de pasteurización”. 

“El dinero que pude ganar en ese tiempo lo disfruté a mi manera, hice cursos de buceo junto con dos de mis hijos, luego el de timonel en el Club Náutico de Ingeniero White, lo que nos llevó a comprar un velero con un amigo. Me cansé y comencé a correr con un grupo de personas hasta que me lesioné la cadera y me dediqué a pedalear en la bicicleta”, acotó con beneplácito. 

De un tiempo a esta parte, se dedica a pasar buenos momentos: “Principalmente, lo que más disfruto es viajar, no me gusta acumular riquezas, el placer me lo da el hecho de andar por distintos lugares, conocer. Después de la pandemia estuve en España haciendo desde Francia el camino de Compostela en bicicleta, no estuve bien asesorado y casi me muero, no pude completar los 1000 kilómetros por etapas en un mes”.

“Había muchas subidas, me agoté por el calor y empecé a caminar un tramo más, notando que ya no estaba disfrutando. Me descompuse y un matrimonio italiano me socorrió, seguí solo ese trayecto, pero como no podía con mi alma, llamé a un amigo en Madrid que me dijo que tome un tren y vaya a visitarlo”, recapituló, sobre una anécdota con tintes dramáticos.

Y la cerró con un mensaje que deja cierta moraleja: “Al día siguiente, ya en su casa que tenía aire acondicionado y era confortable, sufrí una descompensación, saturaba muy poco oxígeno y mi piel estaba de color violeta, con muy baja presión. Por suerte me pude recuperar, por eso siempre digo que lo más lindo que hay es hacer lo que te gusta y no lo que debés hacer. Eso es algo que he aplicado en todos los ámbitos de mi vida”.

Las consecuencias de cada acción son el producto de la conducta de cada ser humano que las ejecuta. Con una edad relativamente avanzada, las vicisitudes lo ubicaron a Reynaldo Cardozo en un lugar que bajo ningún punto de vista podía presagiar meses antes de elegir a la fabricación de helados como una alternativa. Y vaya que fue una decisión correcta, la vigencia lo coloca en el selecto lote de los empresarios del rubro más preponderantes en la región. Como es habitual, detrás de cada protagonista, existe una historia por descubrir.

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