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Efecto Colapinto: ¿por qué endiosamos a los deportistas?

El joven piloto se volvió un símbolo nacional. Qué hay detrás de la idolatría deportiva, según un reconocido psicólogo, y cómo influye en la sociedad argentina.

Por Juan Tucat, redacción de La Brújula 24 (@JuanTucat)

Franco Colapinto no solamente es un joven talento del automovilismo argentino, también se ha transformado en las últimas semanas en una suerte de símbolo nacional. Es un fenómeno, literal. Su desembarco en la Fórmula 1 y su carisma innato desataron una pasión colectiva que recuerda al fervor por otras figuras históricas del deporte. Basta con recorrer las redes sociales o leer los principales titulares para darse cuenta de que este chico ocupa un lugar de privilegio en la imaginación popular.

Pero, ¿qué hay detrás de esta idealización?

El fenómeno no es nuevo. En una sociedad con constantes crisis institucionales, suelen ser los deportistas quienes ocupan un lugar que antes tal vez estaba reservado para líderes políticos o religiosos. Son figuras exitosas y, en muchos casos, admiradas por méritos individuales claros.

Colapinto, por ejemplo, representa la historia de ese joven que, con esfuerzo y talento, logra triunfar en una disciplina muy difícil, costosa y dominada históricamente por otros países, en general poderosos económicamente. En ese relato, se inscriben las esperanzas y frustraciones de miles que lo ven como un modelo a seguir.

Desde Diego Maradona hasta Lionel Messi, pasando por Gabriela Sabatini, Emanuel Ginóbili o Luciana Aymar, la Argentina ha producido ídolos deportivos que trascendieron la frontera del deporte para convertirse en fenómenos sociales. En el caso de Colapinto, lo que sorprende es la velocidad -quizás esté emparejado con la actividad que representa- con la que se construyó su figura, alimentada tanto por los medios tradicionales como por las redes, donde los gestos, frases o logros se multiplican en segundos y adquieren un carácter casi mítico.

La emoción también juega un papel determinante. Porque el deporte tiene la gran capacidad de generar sentimientos auténticos, compartidos e intensos. En un país futbolero como lo es Argentina, acostumbrado a encontrar ídolos en la cancha, el hecho de que ahora un piloto de automovilismo despierte esa misma pasión no deja de ser llamativo. Cada logro de Colapinto en la pista se vive con euforia, como si cada curva significara un poco más que una posición ganada: es la posibilidad de volver a competir en la élite mundial del automovilismo.

Además, hay un componente de identidad y pertenencia. "Franquito" corre con la bandera argentina, habla en entrevistas con sencillez, celebra con la camiseta celeste y blanca. Ese gesto, en medio de una escena internacional, reafirma el orgullo colectivo de un país que necesita buenas noticias. Como tantas veces antes, el deportista se convierte en héroe, en estandarte de valores positivos como la perseverancia, la humildad o el sacrificio.

El caso de Franco es una muestra de cómo la sociedad construye y necesita ídolos. Son figuras que condensan emociones, deseos y símbolos. En un mundo atravesado por la incertidumbre, los deportistas ofrecen una narrativa clara, un motivo de orgullo y, sobre todo, la esperanza de que, al menos por un momento, todos crucemos la línea de meta con ellos.

La psicología detrás de los ídolos deportivos

Al respecto, Enrique "Quique" Borgarelli, un referente de la psicología deportiva, enumeró en el aire de La Brújula 24 las posibles causas de este suceso masivo. El reconocido especialista reflexionó sobre el fenómeno social y emocional que gira en torno a la figura de los ídolos del deporte.

Borgarelli desentrañó las razones detrás del fanatismo colectivo, señalando que la idolatría es, en muchos casos, una proyección de esos "deseos inconclusos" que tiene su raíz en la infancia. "Cuando somos chicos, sentimos que el mundo gira a nuestro alrededor. Luego la realidad nos enfrenta, pero los ídolos nos devuelven esa ilusión", explicó.

Durante la charla, Borgarelli se refirió al caso de Colapinto, joven promesa argentina de la Fórmula 1. Aunque destacó su talento y carisma, advirtió sobre los riesgos que implica el ascenso mediático acelerado. “Ojalá que este chico se mantenga con los pies en la tierra. Convertirse en ídolo significa que los otros se adueñen de tu historia. Vivir con esa presión no es fácil”, comentó. Según el psicólogo, el entorno puede volverse una carga si no se establecen límites saludables entre el deportista y el público que lo sigue.

El especialista también apuntó a la intensidad emocional de la sociedad argentina, donde los ídolos son elevados con rapidez y, con la misma velocidad, derribados. “Tenemos una forma pasional de vincularnos con el deporte y sus figuras. Somos capaces de poner a alguien en un pedestal y, al poco tiempo, de destruirlo si no cumple nuestras expectativas”, manifestó. Esta dinámica, contó Borgarelli, es reflejo de una sociedad que proyecta en sus ídolos sus propias frustraciones, anhelos y carencias afectivas.

En esa misma línea, el profesional no dejó fuera el rol de la educación y la importancia de los padres en la formación emocional de los niños. Aseveró que “la educación no empieza en la escuela, comienza desde que un niño nace. Y los padres tienen la responsabilidad de transmitir valores y sostener emocionalmente a sus hijos”. Según él, la falta de acompañamiento familiar puede generar una necesidad desmedida de referentes externos, lo que vuelve más fácil que un joven proyecte todo en un ídolo y se frustre si este cae en desgracia.

Al cierre de la nota, el psicólogo subrayó la necesidad de construir una mirada más crítica y madura frente a figuras públicas. “Los ídolos no son superhéroes. Son personas con virtudes, límites y contradicciones. La madurez como sociedad está en aprender a admirar sin idealizar”, concluyó. La entrevista evidenció que el fenómeno de los ídolos deportivos no solamente habla de ellos, también de nosotros como sociedad y cómo elegimos mirar, vivir y sentir lo colectivo.

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