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De Ayer a Hoy

"Pato" Bilbao, el emblema de un club modelo en formación de jugadores

Liniers acaba de cumplir 116 años y aún es un símbolo para la ciudad. Cómo fue que siendo niño detectó casi sin querer su lugar en el mundo. Y la amistad con Lautaro Martínez, al que define como “un fenómeno”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco

José María Bilbao difícilmente pueda darse el lujo de caminar una cuadra por cualquiera de las calles de Bahía Blanca sin que alguien lo reconozca y lo salude, en especial en el Barrio Universitario. Afable, cortés y en cierto punto hasta campechano, siempre se ha manejado por la vida como un verdadero caballero dentro de un ambiente cuestionado como es el del deporte.

Más allá de la gran labor como dirigente del Club Atlético Liniers, también marcó vanguardia desde el punto de vista empresarial, más aún si se toman en cuenta sus raíces. Una niñez en la que la prematura pérdida del sostén familiar lo obligó a crecer de golpe, el hecho de haber dejado su pueblo para llegar a lo que era para entonces “la gran ciudad”, formaron una coraza para que pueda asimilar los sinsabores.

“El Pato” (apodo que según cuenta la leyenda le pusieron por su forma de correr) se mostró absolutamente predispuesto para prestarse al convite. “Preguntá lo que quieras”, lanzó en la previa del inicio de la grabación y con una sonrisa en su rostro tomó la lanza, salió al campo de batalla como un guerrero y se encontró con LA BRÚJULA 24, que –nobleza obliga– no se la hizo para nada difícil.

“Con casi siete años ya me radiqué en Bahía Blanca, porque soy nacido en Tornquist, lugar al que llegamos a raíz del fallecimiento de mi padre. Mi mamá quiso que junto a mi hermano, un año y tres meses mayor y actualmente radicado en Bariloche con su empresa, fuéramos a la escuela de acá”, recalcó Bilbao, poniendo a prueba su memoria.

Y detalló que “nuestra casa estaba en Perú 122 y rápidamente nos propusimos vincularnos con algún club porque en nuestro pueblo natal habíamos adoptado a Unión como propio. Inicialmente fuimos a Pacífico de Salvatori, Cesetti y Mérigo que era como se lo conocía en ese entonces por el nombre del arquero y los dos defensores de la Primera División”. 
“Era una linda institución que tenía su cancha sobre calle Charlone, pero no nos terminamos de enganchar. A los pocos días, en una jornada típica de verano, mi hermano me propuso ir para el otro lado, en dirección a la Avenida Alem, para interiorizarnos sobre la existencia de Liniers que en definitiva nos adoptó”, acotó, mientras recibía la infusión que iba a compartir con el encargado de estas líneas de la sección “De Ayer A Hoy”.

Era un espacio incipiente, que sentaba las bases para lo que iba a venir: “La sede estaba en obra, por lo que mientras nos estábamos debatiendo entre entrar o no, nos frenó un hombre para preguntarnos si éramos del club y qué necesitábamos. Le contestamos que había fallecido nuestro papá y teníamos intenciones de mirar el lugar, a lo que esta persona, de apellido Campetti y dueño de una casa de electricidad sobre calle Paraguay, nos ofreció un permiso por tres meses para hacer uso de las instalaciones”.

“Gracias a ese noble gesto que me quedará grabado para siempre disfrutamos de la pileta en verano, algo que hubiese sido imposible de otra manera porque no teníamos dinero ni para pagar la revisación médica. Mi mamá era modista, con lo cual al llegar a Bahía no teníamos un sostén económico que nos permitiera alcanzar cierta estabilidad, pero una tía que vivía a la vuelta, más precisamente en Zelarrayán 1034, nos ayudó mucho”, aseveró “El Pato”, con un tono de voz marcado por el profundo agradecimiento. 

Consultado respecto de su formación, sostuvo que “la primaria la hice en la Escuela Nº 6 de calle Caronti y luego en la Escuela Fábrica, con la salvedad de que a partir de tercer año comencé a cursar de noche porque en mi casa debía ayudar económicamente. Luego hice cuatro años en la Universidad Tecnológica Nacional, donde llegué a rendir más de 20 materias de Ingeniería Mecánica, pero no la terminé porque el empleo me demandaba mucho tiempo”. 

“Hubo un episodio que me marcó: un profesor de la secundaria me preguntó por qué estaba triste y le comenté que necesitaba un trabajo. Inmediatamente me dijo que al día siguiente iba a tener algo para mi y así fue, me dijo que vaya a entrevistarme con Héctor V. Losi que estaba en Charlone 73, con la inquietud de no saber cuál iba a ser mi función en ese lugar”, infirió, feliz de poder recordar aquella secuencia.

En ese sentido, fue aún más allá: “Cuando llegué, lo primero que me preguntaron fue si sabía manejar el torno automático, a lo que le respondí que algo había visto en la escuela y así fue que sin perder más tiempo empecé a manipular las piezas que luego iban a ser vendidas a las fábricas de lavarropas y cocinas”. 

“En total fueron seis años en aquella empresa, hasta que apareció un amigo con el que estudiaba Ingeniería que me consiguió un turno para rendir en Olivetti Argentina. Era difícil negarse porque en ese entonces significaba lo mismo que ingresar a la NASA. Salí tercero sobre unos 300 aspirantes”, aseguró Bilbao. 

No obstante, un golpe de suerte lo ubicó en un sitio de privilegio: “A la semana siguiente me llamó el jefe de servicio técnico y me dijo que quienes terminaron por encima mío no iban a aceptar el puesto, por lo que me lo ofrecieron a mí y ni lo dudé. Tuve que ir a Buenos Aires a hacer el primero de varios cursos que duró seis meses, por lo que cuando vine estaba en otra posición, incluso desde la ropa que tenía que utilizar”. 

“Allí estuve hasta 1998, cuando decidí asociarme con quien era el contador de Olivetti para crear lo que fue Rueda y Bilbao. Así fue que impusimos una empresa de computación que se expandió de forma exponencial hasta el momento en el que luego ambos tomamos caminos diferentes”, lanzó, promediando la charla. 

“Pato” dirigente

Siendo aún joven, pero con la madurez necesaria para asumir nuevos retos, una charla lo empezó a instar a mirar desde otra perspectiva: “Un día le comenté a un muchacho de apellido Larrarte que era por entonces presidente de Liniers que no iba a jugar más al fútbol porque precisaba trabajar. Me ofreció ser dirigente, pero le di poca bolilla porque tampoco sabía mucho de qué se trataba y en mi cabeza solo estaba ser futbolista, habiendo llegado hasta la Quinta División”. 

“En una ocasión, apareció en la puerta de la UTN el papá de quien me había sugerido que me vincule a la Comisión Directiva y me manifestó si había pensado la propuesta. Al verme dudar, me invitó a que vaya al miércoles siguiente a la noche a la reunión y no tuve más alternativa que aceptar (risas)”, reflejó “El Pato”. 

El temor ante lo desconocido se apoderó de su persona: “Llegué, estaban los dirigentes sentados, gente que llevaba años trabajando para la institución, me senté y me asignaron la primera tarea que era arreglar las dos canillas del vestuario número uno, que era el único bueno. Fui a la siguiente reunión y pasé el parte de lo que había hecho, que no me costó mucho porque lo había aprendido en la secundaria”.

“Así fue que a principios de la década del 80 inicié mi camino como dirigente en Liniers y se perpetuó en el tiempo por la forma en la que fui tratado, Arnaldo Castelli me contuvo como a un hijo, me acompañaba caminando de mi casa a la escuela y me insistía en que iba a ser presidente del club”, destacó, mientras se acercaban sus conocidos a saludarlo.  

Su perfil lo colocaba en un sitio necesario dentro de una estructura: “En lo deportivo siempre disfruté de apuntalar a los chicos que están en edad adolescente, a los que uno puede aconsejar. Fui parte del inicio del proceso de (Rodolfo) Carapella. Me convocó para ser encargado dirigencial de las formativas y conocí a Néstor Herrero y Omar Correa quien había venido de Punta Alta de la mano de Alfredo Maldonado”. 

“La mentalidad de avanzada que tenía el presidente de ese momento, Raúl Dignani, era destacable y es a él a quien siempre le voy a endilgar lo que hizo de esta institución. Empezó con la Escuela Polideportiva, lo que lo convirtió en un adelantado, nos dijo que había que hacer un proyecto a 30 años, potenciando las divisiones menores”, sacó pecho quien ocupó altos cargos en la Comisión Directiva albinegra y en la Liga del Sur.

Asombrados y escépticos, al principio no le creían al mandamás “Chivo”: “Todos lo mirábamos y le decíamos que era complicado mirar tan a futuro, que en el país era difícil imaginar algo tan aventurado. Sin embargo, más allá de los altibajos propios, se terminó por cumplir ese sueño que él tenía, complementado con la cantidad de títulos en las formativas que se fueron concretando”. 

“Vinieron los logros en Primera División de la Liga, donde se llegó a cortar una racha de 46 años sin salir campeón. Nos dio fuerza para entender que íbamos por el buen camino. Se compró lo que iba a ser el Complejo Zibecchi, otro acierto de Dignani y la CD que sostuvo ese lugar pese a que no teníamos ni para plantar un árbol en esas hectáreas”, contó. 

Los compromisos insumen más tiempo del que quisiera: “Entre lo que le dedicaba a Liniers, el trabajo y la familia, las 24 horas del día nunca eran suficientes, por eso reconozco que me perdí parte de la crianza de mis cuatro hijos y es algo que en un punto llevás como una carga, pese a que jamás me lo han reprochado. Muy por el contrario, ven el reconocimiento, en esta semana tan especial del aniversario del club donde a uno lo consultan por sus vivencias y creo que en cierta forma los reconforta”. 

En el nombre de Lautaro

Si bien la institución cuenta con una extensa historia –recientemente cumplió 116 años–, hay una página de la historia contemporánea que lo magnifica: “Lautaro (Martínez) es un fenómeno, me emociono y me cuesta hablar porque a veces hasta lo siento como a un hijo más, viví desde los primeros años que su papá “Pelusa” lo traía junto con su hermano Alan a entrenar. Tal es así que hice una cierta amistad que a veces demuestra que los grandes y los chicos pueden generar ese vínculo”. 

“Uno de los recuerdos más nítidos que tengo es ver a Lautaro con dos o tres compañeros más de su categoría esperándome enfrente a la sede para pedirme una gaseosa o un sandwich. Con los años, él ya consagrado y en 2022, me invitó a ir a su cumpleaños en Italia, al principio no entendía la propuesta, no sabía si correspondía ir, tampoco disfruto de viajar, pero mis hijos me empujaron y fuimos con mi esposa”, argumentó, sobre una de las anécdotas más atractivas que tiene para contar. 

El destino quiso que comparta espacio con figuras de relieve mundial: “Fue una experiencia única porque en aquel evento no solo estaban sus compañeros del Inter, sino también varios de la Selección Argentina . En un determinado momento, con algo de timidez, le comenté a Lautaro que tenía que hacer las grabaciones de unos saludos, una de ellas para un amigo que estaba muy enfermo y luego se curó”.

“No lo pensó ni un instante, les dijo a los presentes que se iba conmigo al entrepiso, cerró la puerta de la oficina, hicimos el material, firmó camisetas y le mandó un saludo a mi hermano que casi se muere de la emoción. Le insistí hasta el hartazgo que no lo quería molestar y su respuesta me movilizó: ‘cómo vas a decir eso, si en el momento que te necesité vos fuiste uno de los que me ayudó’”, dijo Bilbao, con lágrimas en los ojos. 

Su reacción no se hizo esperar: “No le pude responder, no me salían las palabras y lo terminé abrazando. Ver cómo lo idolatran, el estilo de vida que lleva, es algo que te moviliza, pero lo que más me impresiona es que en la TV hablan de él sin mencionar siquiera su apellido, lo que demuestra el enorme jugador que sacamos”. 

“La otra gran satisfacción es que la Comisión Directiva actual supo defender el patrimonio de Liniers, porque ningún club del Interior del país pudo sacar tanto rédito por una venta como lo hicimos nosotros y ese dinero quedó acá. Éramos seis personas que viajamos varias veces a Buenos Aires a negociar, fue esa la clave porque si hubiésemos ido solo uno de nosotros el final no hubiese sido el mismo”, exclamó con certeza. 

No obstante, el camino para alcanzar el final feliz fue borrascoso: “El día que cerramos el acuerdo con Racing por la venta del pase fue realmente anecdótico porque la gestión se había trabado al máximo, la otra parte nos hizo una última oferta que si no nos convencía ya se daba por caída la operación y junto al resto del grupo volvíamos a Bahía con las manos vacías”. 

“A los 15 minutos llamaron a nuestro abogado y fue él quien les comunicó a los dirigentes del club de Avellaneda que Lautaro se convertía en jugador de la ‘Academia’, dándole esa enorme posibilidad a él y a su papá de poder progresar porque se habían encariñado mucho con la institución, además de lo que significaba el salto en lo deportivo”, aludió, llegando al segmento que marcaría el epílogo de la nota. 

No hay un momento en el que el delantero bahiense que fue campeón en Qatar 2022 se manifieste en su vida: “Todos los días es una historia nueva en torno a él. Ayer tenía puesta una remera del Inter, me frenó en la calle el hijo de un ex jugador “Chivo”. Me pidió que se la regale cuando no la use más e inmediatamente me la saqué y se la di sin dudarlo. Quedé solo con la campera puesta para no terminar con el torso descubierto, tremendo el calor que pasé (risas)”.

“Las ganas de seguir gestionando no se apagan, es una verdadera pasión. Sigo yendo casi todos los días al predio de La Carrindanga. Sin ir más lejos, hace una semana junto con Alberto (“Pichu”) Desideri realizamos la instalación eléctrica en el Zibecchi de una heladera que nos habían donado. No puedo pensar un día sin Liniers en mi vida”, enunció José María “El Pato” Bilbao al final de la conversación.

En sus ojos se ve cierta desazón porque el grabador se apagaba, estaba feliz con el ida y vuelta que se generó con este cronista. En el recambio dirigencial, no son pocos los chicos que incursionan en el mundo de la gestión deportiva dentro de la institución “albinegra” que se referencian en su figura. En definitiva, fue uno de los artífices del semillero más grande del sur argentino, institución que tiene el orgullo de contar con un campeón del mundo.

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