WhatsApp de Publicidad
Seguinos

DE AYER A HOY

David Roldán, un periodista de los de antes que sigue haciendo escuela

El lado B de un hombre que ingresó a los medios casi sin proponérselo. Sus 50 años en La Nueva Provincia. Su relación con la ex directora del diario: “Tuve grandes maestros, pero la calle fue mi mejor universidad”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco

Nacido en un pequeño pueblo del sudoeste de la provincia de Buenos Aires, antes de comenzar la primaria, el personaje elegido para esta edición se mudó a la ciudad que lo cobijó para siempre, un lugar que se convertiría en su hogar definitivo. Fue allí donde se formó como persona, rodeado por una comunidad que lo vio crecer y desarrollarse. 

Durante su adolescencia, mostró talento en el básquet, pero su verdadera pasión se reveló cuando tuvo la oportunidad de ingresar al diario local. A pesar de sus habilidades en el deporte, decidió seguir su vocación por el periodismo. Su carrera en La Nueva Provincia se extendió por medio siglo, durante el cual ascendió desde el cargo más bajo hasta ocupar posiciones de máxima responsabilidad. 

Su dedicación y ética laboral lo hicieron destacar, y desarrolló una estrecha y amena relación con la familia fundadora y, por aquel entonces, propietaria del diario. Este vínculo le permitió explorar y cubrir todo tipo de noticias, enriqueciendo su perspectiva y experiencia profesional. Hoy, aunque retirado del periodismo escrito, sigue manteniendo viva su pasión por la comunicación a través de la radio y la televisión. En esta ocasión, es el turno de conocer en profundidad a David Roldán y de eso se encarga La Brújula 24.

“Soy bahiense por una cuestión sanitaria. Mi mamá vino a tener familia a Maternidad del Sur, pero en realidad me considero de Mayor Buratovich, donde viví hasta los seis años. Mi papá era de Teniente Origone y mis abuelos, que habían venido de España, tenían campo allá. El negocio familiar donde transité mi niñez era la panadería del pueblo, donde tanto mis padres como mi hermana un año y diez meses mayori pasábamos horas atendiendo”, consideró Roldán, en sus primeras apreciaciones.

Y recordó: “Al cumplir los seis años nos radicamos en Bahía, a raíz de una charla de mi padre con una amiga que le manifestó la oportunidad que brindaba un negocio que estaba a la venta en Chancay 234, una despensa muy modesta que se convirtió en el lugar donde se instaló nuestro negocio”.

Integrando el plantel de un Sudamericano de Clubes, en Isla Margarita.

“De aquella infancia en ‘Burato’ solo tengo algunos recuerdos muy puntuales, además de la panadería también tengo presente momentos en el ‘Bar de Moretti’, donde estaba mi tío, ubicado enfrente a la plaza. Eran otros tiempos, me acuerdo de lo que era nuestra casa, muy humilde y típica construcción chorizo. También se me viene la imagen de cuando me quedaba dormido en la vereda, esperando a que mi papá terminara de hacer el pan al mediodía”, enfatizó con nostalgia a flor de piel.

Su adaptación en relación a ese cambio de estilo de vida fue inmediata: “En el pueblo no había jardín de infantes, por lo que apenas llegué a la ciudad empecé la primaria en la Escuela Nº 3, de calle Terrada, la misma en la que estudió César Milstein. Fui un buen alumno, llegaba de clases y hacía los deberes para luego ir a jugar a la pelota o, siendo un poco más grande, con 8 años, estar en soledad al frente del negocio familiar. A mi mamá la habían operado del estómago y estuvo al borde de la muerte, entonces cuando mi papá iba al hospital me dejaba a cargo del local”. 

“La secundaria la realicé en la Escuela de Comercio, donde también hice el Ciclo Básico. A la vuelta de mi casa vivía Saveiro Massa, que era subjefe del taller de La Nueva Provincia, por lo que cada vez que venía a mi casa, mi papá le encomendaba que si sabía de algún empleo para mí, le avise lo antes posible”, postuló David, en un momento en el que no esperaba la trascendencia que iba a llegar luego.

Luego de la “desaparición” de Epecuén, en medio del cementerio.

Asimismo, rememoró que “en paralelo, con 11 o 12 años, me iba a la casa de una tía que vivía en el Barrio San Martín a aprender a escribir a máquina. Esa gimnasia, sumado a que también fui a piano, me permitió ser muy veloz para redactar. Hasta que en una ocasión llegó Massa y le dijo a mi padre que había algo para mí, que necesitaban un cadete”. 

“En el diario me tomaron un examen y lo pude superar, más allá de que internamente no tenía ni idea de lo que era el periodismo. En el campo de Buratovich recibíamos La Nación una vez por mes y lo leíamos de punta a punta. El primer día en La Nueva Provincia me atendió quien luego fuera mi padre ahí adentro, Mario Gabrielli que con los años fue jefe de redacción junto con José Ferrer hasta que se jubiló”, evocó con la mirada melancólica.

Roldán empezó bien de abajo: “Mi primera función era muy sencilla: reemplazar a un cadete que se iba y la tarea era poner las cuartillas en los canastos, juntar los papeles y armar las pizarras que estaban en la vereda del frente del diario, donde la gente se frenaba para leerlas. Incluso, mi función era ser el pibe al que mandaban a comprar cigarrillos o hacer los mandados”. 

“Tenía en claro que hasta los 18 años podía ser cadete y veía que además de mi iban probando a otros muchachos porque no había donde estudiar. Antes de llegar a esa edad y viendo que usaba rápido la máquina me propusieron escribir una gacetilla, luego una notita, otra algo más compleja y empecé a ganarme mi lugarcito en el staff fijo”, ponderó, mirando a la distancia aquellas horas de incertidumbre. 

Apremiaba el reloj y se acercaban momentos decisivos: “El 19 de diciembre cumplía la edad límite, por lo que el 18 me fui a casa, esa noche no dormí y al día siguiente me presenté ante uno de mis jefes de ese entonces, ‘Beto’ Gianetti, con la incertidumbre de no saber qué iba a pasar conmigo. Le comenté mi situación y sin dudarlo me dijo que vaya a un escritorio y después iban a definir cuál era mi función. Eso fue una tranquilidad porque tenía mucha necesidad de trabajar”.

Apretón de manos con el expresidente Carlos Menem.

“Recién había terminado la secundaria y el momento coincidía con mi etapa fructífera como basquetbolista donde, por una cuestión generacional, me tocó compartir la cancha con ‘Beto’ Cabrera, entre otras glorias. Tuve que tomar una decisión y no me arrepiento porque en aquel entonces el deporte era algo amateur, no había Liga Nacional, por lo que la balanza se inclinó a favor de mi oficio”, infirió, en un momento en el que la charla iba entrando en calor.

A raíz de sus cualidades, logró escalar posiciones: “Agradezco que mis maestros en el diario me dijeran que el verdadero periodista se hacía en la calle, algo que en principio me dio mucho miedo, pero de pronto empecé a hacer coberturas en exteriores. Una de las primeras que más recuerdo fue en Médanos, cuando me enviaron a seguir de cerca los pasos del gobernador bonaerense de ese entonces, sintiendo que me jugaba parte de mi prestigio”.

“Soy un agradecido porque los más experimentados te enseñaban, corregían y ayudaban sin presionarte, algo que posteriormente, cuando llegué a viejo, repetí con aquellos jóvenes que se iniciaban en este camino, disipando los temores. Luego de años en la redacción, donde me tocaba escribir de todos los temas, corregir los cables y ser polifuncional, apareció una vacante”, evocó, a sabiendas de que se abría otra puerta.

Sobre ese episodio, David sumó: “Gabrielli le comunicó la disyuntiva a la directora (Diana Julio de Massot) porque había dos postulantes para ese cargo: Salvador ‘Pichón’ Fernández y yo. Ella le pidió que no cambie mi función. Sin embargo, sabiendo esperar, me llegó la oportunidad y pasé a estar 10 años a cargo de una sección entrañable: la de la zona de La Nueva Provincia”. 

“Recorrí toda la región, fue mi cargo predilecto y fue una década que disfruté muchísimo donde transité 30 mil kilómetros viajando a pueblos de menos de 100 habitantes. Era una odisea porque además de no existir el GPS, había que golpear puertas y encontrarnos con algún personaje que vivía prácticamente solo en esos lugares”, manifestó con el ímpetu de quien sabe que esos instantes fueron inolvidables.

Invitado por el gobierno alemán, en el Muro de Berlín.

Su carrera le guardaba otro tramo de suma responsabilidad: “Luego, en mi última etapa en el diario, Federico Massot armó un quinteto de jefes de distintas secciones. En lo particular, me ofreció estar a cargo de la sección locales. Hasta que en 1992 Norman Fernández pasó a ser asistente de dirección, Luis Andueza a ser el jefe de redacción y yo sería su segundo. Al fallecer al año siguiente quien estaba por encima mío me tocó quedar al frente de esa tarea, cargo que ocupé hasta que me jubilé”.

“Con Diana tuve una excelente relación, siempre me decía ‘el chico’, incluso ya siendo bastante grande (risas). Ella era una mujer extremadamente capaz, a punto tal que a veces te daba miedo atender el teléfono por su alto nivel de exigencia. Prácticamente me crié con sus hijos: Federico era un fenómeno al que lamentablemente lo encontró la muerte muy joven. Con Vicente nunca tuve ningún problema y Alejandro no estaba muy involucrado en el diario pero también me unía un buen vínculo”, expresó, al hablar sobre la familia al frente del medio gráfico.

El saludo con el doctor René Favaloro.

Consultado sobre los procesos que lo pusieron a prueba, Roldán contestó que “mis últimos años en el diario ya no eran de 12 horas diarias como al comienzo. Si bien fui parte de la etapa en la que el diario se hacía en plomo, en mis años de cadete, llevando los papeles al taller, el principal cambio que me tocó vivir en La Nueva Provincia fue el cambio al formato tabloide. Solo quedamos dos testimonios vivientes de todas esas modificaciones: Norman (Fernández) y yo”.

“La irrupción de la computadora también significó un enorme impacto fuerte para el medio de comunicación. La primera me la dio el contador Pedemonte y eso me permitió dejar atrás un sistema que era muy precario en el cual a través de un disco rígido y un programa sacábamos el material, lo pasábamos por una máquina y salían tiras”, describió trayendo el pasado al presente.

“La gráfica era mi hábitat, más allá de que también había hecho cosas sueltas en radio como aquella cobertura del llamado ‘Asado del Siglo’ con (Leopoldo Fortunato) Galtieri en Victorica allá por 1982 para 20 mil personas. En una ocasión, me llamó la gente de Rex para hacer Por Bahía junto a (Héctor) Gay que lo conducía, Norman Fernández y Mario Gabrielli, posteriormente se sumó Walter Gullacci. Fueron unos 14 o 15 años allí, porque con el paso del tiempo nos fuimos alejando y el último que quedó fue Norman”, apuntó con la precisión típica de alguien metódico.

Acompañado de los crianceros del Río Colorado.

Su rostro comenzó a hacerse familiar, dejando el anonimato de la gráfica: “El siguiente desafío en la pantalla chica nació en un canal abierto y que hoy se emite por los dos cables de la ciudad, donde la temática es la salud. En mi etapa de jefe de redacción del diario se hacía el suplemento sobre este ítem que siempre me interesó. En un momento lo mandaba La Nación, hasta que un día desde la dirección me informaron que no lo iban a traer más, por lo que asumí el deber de no discontinuarlo, pese a que también tenía a cargo la sección turismo”. 

“Empecé a hacer entrevistas con médicos locales y hasta con otros profesionales que venían a Bahía, a punto tal que me pude dar el lujo de hacerle una nota a (René) Favaloro. El suplemento era de cuatro páginas todas las semanas y, algo que ahora estoy replicando en la televisión, es el hecho de que no soy médico, buscaba eminencias prestigiosas que pudieran dar una respuesta nítida a las inquietudes del lector y, ahora, del televidente”, aclaró, buscando disipar dudas.

Conduciendo “Hola Doctor”, su programa de TV.

La dedicación por su oficio lo privó de distintos acontecimientos en la vida íntima: “Mi familia, en especial mi esposa Sonia y mis hijos Jessica, Emiliano y Ailyn fueron los que padecieron tanto tiempo dedicado a mi profesión y se convirtieron en un sostén fundamental en mi desarrollo profesional. Por estos meses, me he convertido en un abuelo muy feliz que disfruta el crecimiento de sus nietos ”. 

“Hoy, a la distancia, veo que el periodismo ha cambiado mucho, antes lo que no salía en el diario no existía y actualmente tenés una multiplicidad de corresponsales, cada persona que a uno le escribe y cuenta lo que está pasando. Ahí es donde entra en tela de juicio la veracidad de la información porque, a la larga, siguen creyendo en el profesional que es serio, tenga o no la primicia”, evaluó sobre la manera de ejercer la profesión. 

No obstante, lo argumentó: “La noticia es tan efímera como el aire, como el tiempo, es un ratito y eso no significa que uno tenga que esperar sentado a que le llegue la información. Me formé en una etapa en la que no existía ni el grabador; agradezco que así sea porque la calle fue la que me enseñó, como se dice fue mi mejor universidad. Aprendí a enfrentar a la gente, a perder la vergüenza y conocer a las personas”. 

“Por el diario tuve la posibilidad de haber viajado a Alemania, estar 40 días en Estados Unidos recorriendo otros diarios de dicho país, pero recuerdo una anécdota puntual. Después del atentado a la AMIA detecté que había un muchacho bahiense que había quedado muy malherido, pariente de la familia Schapiro”, sintetizó en referencia a una anécdota que lo marcó. 

Y añadió: “Incluso, en la Revista Noticias había una foto en la que se veía cómo levantaban su cuerpo con andamios para llevarlo a que reciba atención médica. Me enteré que estaba internado en el Hospital Fernández, pero tenía en claro que no me iban a dejar entrar a entrevistarlo. Fue por eso que a través de una amiga de un compañero que trabajaba en el área de cardiología de ese nosocomio y aprovechando que tenía una reunión de jefes de redacción en Buenos Aires, me la jugué”. 

“Llamé a esta mujer, creo que se llamaba Graciela, y me dijo que vaya y diga que tenía un dolor fuerte en el cuello para que me permitan ingresar. Pude hacerle la entrevista a ese bahiense que estaba con serias lesiones, a punto tal que decía dos palabras y se agitaba. En determinado momento entró una enfermera y me descubrió, me dijo ‘usted es periodista’. Le dije que era familiar y le regalé unos bombones para que no dijera nada porque del material surgió una nota de una página para el diario”, advirtió con satisfacción, al cierre de la charla.

La voz y presencia de David Roldán siguen siendo una fuente de información confiable para muchos, mientras tanto, él disfruta de la libertad de explorar nuevos formatos y plataformas. Su trayectoria es un claro ejemplo de dedicación, adaptabilidad y amor por el oficio, dejando una marca imborrable en el periodismo local y también más allá.

Lo más leído