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DE AYER A HOY

“Agradezco a la universidad pública por darme enormes oportunidades”

Guillermo Crapiste repasó aspectos ligados a su vida. La infancia. Su desarrollo académico. Y su paso por el rectorado de la UNS: “Siempre fui de la idea de que los procesos tienen un principio y un final”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco

En el sosiego de una juventud sin grandes sobresaltos, el bahiense que hoy protagoniza una nueva entrega de esta sección encontró en las calles de su barrio el escenario perfecto para cultivar los lazos de amistad que lo acompañaron a lo largo de toda su vida. Con un espíritu inquisitivo desde temprana edad, dedicó horas interminables a explorar el mundo que lo rodeaba y a absorber el conocimiento que la vida le ofrecía.

Con esmero y determinación, canalizó su amor por el aprendizaje en el ámbito académico. Destacándose como alumno, transitó la educación superior con pasión y dedicación. Su trayectoria lo llevó a convertirse en un investigador incansable. Esta misma pasión lo condujo a compartir sus conocimientos como docente, inspirando a las generaciones venideras con su compromiso y sabiduría. Guillermo Crapiste se abre a LA BRÚJULA 24 para iniciar un diálogo magnífico.

“Nací un día muy particular, el 1º de mayo de 1954, en tiempos en los que el Día del Trabajo tenía una connotación diferente a la que se le da en la actualidad y me crié en plena ciudad de Villa Mitre (risas), aunque con varias mudanzas en mi haber”, sostuvo Crapiste, en sus primeras apreciaciones en relación a su historia personal.

Y resaltó que “mis padres vivían en calle Remedios de Escalada, a metros de la Terminal de Ómnibus. Al poco tiempo nos mudamos a una casa en calle Maipú, frente al Barrio Obrero, y pocos años después a un domicilio sobre calle Necochea, enfrente a la cancha de fútbol. Ahí viví junto a mis padres y mi hermana 11 años menor hasta que me recibí y me casé”.

“Mi papá era carnicero, arrancó realizando esa labor siendo un adolescente y se jubiló con la misma profesión, trabajando casi toda su carrera laboral en un comercio de dicho rubro ubicado en Donado al 700”, destacó el entrevistado, nostálgico y reflexivo, intentando revivir una era que guarda en lo más profundo de su corazón.

Inmediatamente, sumó más datos ligados a su entorno más íntimo: “Mi mamá era ama de casa, tanto él como ella apenas habían terminado séptimo grado, razón por la cual le tengo que agradecer a la educación pública que en nuestro caso fue una muestra de movilidad social ascendente”.

“Hice la primaria en la Escuela Nº 16, una etapa de la que guardo los mejores recuerdos, era un chico tranquilo y responsable. Integré un grupo que al día de hoy aún se reúne periódicamente y con el que durante la infancia compartimos el gusto por jugar a la pelota y andar en bicicleta porque abundaban los potreros”, señaló Crapiste, en otro segmento del ida y vuelta con este cronista.

No obstante, evidenció que “a mi papá le encantaban los deportes, algo que heredé de él, por lo que por una cuestión geográfica iba a menudo al estadio “tricolor” a ver las motos, los midgets y el fútbol. Tuve una familia muy numerosa en cuanto a tíos y primos, entonces las reuniones de los domingos eran cuantiosas y muy entretenidas”.

“En una decisión acertada, me anotaron para que realice la secundaria en el Don Bosco, un cambio que resultó sustancial por muchas cuestiones, pero particularmente porque me tuve que integrar a un grupo nuevo que venía junto de antes”, aseguró, ponderando el desafío que supo sortear con éxito.

Consultado respecto a qué conserva de aquel momento, afirmó: “De esa promoción también surgió un grupo de Whatsapp integrado por otro grupo con el que también nos juntamos periódicamente a comer asados. Mi grupo de amigos más cercano se crió en el Barrio San Martín con los que frecuentamos el Club Estudiantes casi todas las tardes”.

“Me recibí como bachiller en 1971 y entré en la Universidad Nacional del Sur para estudiar Ingeniería Química, en un momento en el que las expectativas eran altas para que la ciudad tenga su propio Polo Petroquímico”, agregó, con énfasis y claridad conceptual, la misma que lo acompaña hasta hoy y desde hace varias décadas.

Asimismo, expresó sobre aquel entonces: “Nuestra mayor preocupación era que cuando nos recibiéramos ya iba a estar funcionando y los puestos iban a estar cubiertos. Cinco años después de iniciar la carrera y con el título en mano, recién se estaba instalando la primera planta (risas)”.

“Fue una época difícil para la Universidad, con gente amiga y familiares que la pasaron mal, donde abundaban las amenazas y había mucho ruido. Lo que rescato es que ahí conocí a mis dos grandes amigos, Carlos y Pedro, con quien aún mantenemos un lindo vínculo. Tal es así que con el primero de ellos fui a la primaria”, dijo Crapiste.

Retomando su vida personal, repasó: “Estoy casado con quien aún es mi esposa, con la cual me puse de novio cuando estaba terminando el secundario. Tenemos dos hijos y siete nietos, con la suerte de que todos ellos están viviendo en Bahía Blanca, por lo que podemos disfrutarlos a diario”.

“Hice el servicio militar con 22 años, como consecuencia de haber pedido prórroga para asistir a la universidad y me tocó realizarlo junto a la primera camada de chicos de 18. Estuve nueve meses y lo que más recuerdo es el mes de campito en enero en Baterías”, exclamó, con la certeza de que nada de aquello echa de menos.

Y no vaciló en evaluar que “dicho proceso lo considero un año perdido, en el que uno tiene que bancarse situaciones con las que no está de acuerdo. Pedí la baja para casarme, con 23 años, y ya tenía algunas ofertas laborales, una de ellas para hacer investigación a través de una beca, algo que ya había podido experimentar como estudiante”.

“Se abonaban montos razonables si se comparaba con lo que pagaban como sueldos iniciales en la industria, pero fue ahí que se despertó en mí la vocación académica y científica. El ofrecimiento del Conicet no era tan desdeñable en ese entonces, aunque luego quedaron un tanto rezagados”. señaló, mientras bebía el último sorbo de su café.

Luego, explicó que “mis amigos tomaron otros rumbos, ambos ingresaron a empresas, pero cada uno con sus motivaciones. Tengo que agradecer a profesores de la UNS e investigadores del Plapiqui, al año se armó el doctorado de Ingeniería Química, al cual me inscribí y fui el tercer egresado”.

“Eso me permitió formarme, en paralelo con lo que fue la conformación de mi familia porque tuve a mi primer hijo a los 25 años y al poco tiempo nació nuestra hija. Mi esposa se jubiló como docente, ejerciendo como profesora de preescolar y entre ambos nos pudimos dar nuestros tiempos para acompañar el crecimiento de los chicos”, celebró, con orgullo.

Así fue que lanzó: “Muchos consideran que es una gran desventaja acelerar esa etapa siendo tan jóvenes, en especial los que lo ven bajo la óptica actual, pero en mi caso fue muy positivo porque a los 55 me convertí en abuelo y pude disfrutar de mis nietos en mi plenitud”.

“En mi primera etapa de investigador no había demostrado tener capacidad de liderazgo ni ambiciones de llevar adelante una carrera dentro de la UNS, a nivel de gestión y con un cargo como el que luego tuve el honor de ostentar”, remarcó Crapiste, promediando un ida y vuelta al que aún le restaban varios ítems por repasar.

En la línea de tiempo, se detuvo en otro hito que lo marcó: “En el 87, coincidiendo con otra crisis del país, me había logrado asentar desde el punto de vista laboral y me fui a hacer un post-doctorado en la Universidad de Minnesota que se extendió por espacio de dos años y a la cual me acompañó mi familia”.

“Regresé allá por diciembre de 1989, sin importar todas las complicaciones que se estaban viviendo en Argentina, paradójicamente y, valga el contraste, una situación muy similar a la actual en la cual los sueldos están muy deprimidos”, trazó, a modo de comparación con lo que sucede por estos días.

Luego, se le preguntó sobre el motivo por el que pegó la vuelta: “Pude haberme quedado en Estados Unidos porque había recibido algunas ofertas, pero me reincorporé a mi puesto en la Universidad tras la licencia. Ni siquiera las evalué porque habíamos decidido familiarmente que la idea era regresar a Argentina después de esos dos años”.

“No me arrepiento de esa decisión por todo lo que vino después. En 1991 le estaba dando un gran impulso a la investigación y un grupo de colegas del Plapiqui pensó que era un buen candidato para cubrir el cargo de director del Instituto”, resumió quien protagoniza la edición número 127 de esta sección.

Sin dudar, reconoció: “Me convencieron y fue un proceso duro de aprendizaje, descubriendo algunas capacidades para el liderazgo. Fueron seis años hasta que di paso a otra persona, para evitar el desgaste y, al mismo tiempo, retomar mi actividad académica con todo el potencial, pese a que no la había abandonado”.

“Hasta ese momento nunca había tenido la posibilidad de participar en política universitaria, aunque me incorporé al Consejo Departamental de Química e Ingeniería Química donde se trabajó para armar un post-grado en Ciencias y Tecnología de los Alimentos”, expuso, sobre el segmento final de la conversación.

Sin embargo, el mayor desafío se avecinaba: “En el 2000, había sido reelecto el rector Luis Fernández, una persona noble y sumamente valorable. El cargo en la Secretaría de Relaciones Institucionales era ocupado por el Ingeniero Porras, un amigo de muchos años, por lo que me ofrecen su puesto porque él se iba a la Universidad Provincial del Sudoeste”.

“La única condición que puse es que fuera un período corto para no abandonar mi actividad como investigador. No resultó nada fácil porque hasta 2004 fue solo resistir los embates de un contexto a nivel nacional que era lisa y llanamente delicado, donde no se podían ejecutar proyectos y solo se hacía lo imposible para pagar salarios sin que se vaya gente”, celebró.

Un inesperado desafío lo ponía a prueba: “En el momento de renovación de autoridades, miembros de la lista blanca a la cual pertenecía supuso que mi nombre era el adecuado para asumir como rector, lugar que tuve el honor de ostentar por dos períodos entre 2007 y 2015. Me dio experiencia, muchos compañeros y colegas que se transformaron en amigos”.

“Considero que hice todo lo que estaba dentro de mis posibilidades. Hubo logros en lo que respecta a carreras, financiamiento, el desarrollo del campus de Palihue y lo que me resultó más satisfactorio fue la recuperación del inmueble de la UNS sobre calle Rondeau que llevaba 30 años abandonado”, disparó, inflando el pecho.

Con orgullo dejó expuesto que “pese a haber estado en la gestión como secretario y rector, sumados ambos procesos por espacio de 12 años, nunca dejé de dar clases ni de realizar aportes a la investigación, un esfuerzo que valió la pena porque tenía en claro que era mi vocación”.

“Cuando llegó la pandemia, me reconfiguré e inicié las actividades de forma remota como le ha ocurrido a la gran mayoría de los argentinos, hasta que volví solo por un tiempo a la universidad, cuando en 2021 di por finalizada mi labor en la casa de altos estudios”, contó Guillermo, con un dejo de emoción.

A partir de eso, explicó la razón de su decisión: “Siempre fui de la idea que los procesos tienen un principio y un cierre, hay que saber retirarse a tiempo, di todo lo que podía darle a la UNS, aunque ellos pensaron lo contrario porque el año pasado me nombraron profesor emérito, entendiendo que todavía podía seguir vinculado activamente”.

“Soy un agradecido a la institución, le di todo lo que estaba a mi alcance y esa es mi mayor satisfacción porque se convirtió en una fuente de desarrollo personal, cultural y profesional. Me brindó gran cantidad de oportunidades, la universidad pública me dio demasiado y traté de devolver todo lo que pude para que otros tuvieran las mismas oportunidades”, concluyó.

El hecho de ocupar el rol de máxima autoridad en la Universidad Nacional del Sur, donde dejó una huella imborrable, no borró su humildad. Liderazgo visionario y compromiso con la excelencia académica marcaron un antes y un después en la institución. Actualmente, Crapiste disfruta de una merecida etapa en su vida, rodeado de su familia y cosechando los frutos de una trayectoria marcada por la dedicación y el amor por el conocimiento.

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