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DE AYER A HOY

Gustavo Lobos, el apasionado que se enamoró de casualidad de la fotografía

El camino hasta empalmar con el oficio en el que ya lleva casi 40 años. Anécdotas con la hermana de Pinky y Juan Pablo II. La emblemática foto a Natty Petrosino. Y su lema: “Contar la historia desde la simple toma sin subestimar al lector”.

Por Leandro Grecco / [email protected]
Instagram: @leandro.grecco – Twitter: @leandrogrecco

Momentos, la vida está compuesta de esos instantes que, una vez transcurridos, quedan sepultados en el pasado. La memoria humana los guarda, pero con la subjetividad del que los atesora. Sin embargo, nadie podría discutir que un mismo episodio observado por dos personas puede distorsionarse al punto de transformarlo en dos hechos distintos, hasta antagónicos.

Para minimizar, en parte, esas digresiones existen herramientas como la fotografía, capaz de inmortalizar una situación puntual que despierta emociones, que van desde la más indescriptible felicidad hasta la profunda tristeza. Cada composición mental le brinda su interpretación a ese retrato que el lente de una cámara captó, frenando el mundo por una milésima de segundo.

En Bahía Blanca vive Gustavo Lobos, un referente de la actividad que, merced a la tarea profesional y meticulosa, logró ser testigo de los momentos más icónicos que cualquier ciudadano de a pie soñaría presenciar en la primera fila de la realidad cotidiana. Cómo forjó un recorrido plagado de sucesos que le valieron el reconocimiento de sus colegas, la vocación docente y los “golpes de suerte” que todos necesitan para lograr trascender, en una nota imperdible que le brindó a La Brújula 24.

Parados: Pierini, Lobos, De Battista, Properzi, La Calle. Abajo: Coccia, Rabione, Coleffi y Allende

“Soy bahiense y me crié en lo que hoy es el Comahue, cerca del club Liniers donde pasé muchísimas horas de mi infancia y adolescencia. Primero jugué al fútbol, después pasé al básquet porque a los 13 años medía lo mismo que ahora. Y viviendo en ese mismo sector, fui DJ del Club Universitario. Mi juventud estuvo marcada por ese barrio. Mi mamá aún vive, es fiel oyente de la 93.1 y mi padre falleció hace 20 años Tengo un hermano menor que se dedica a un rubro totalmente distinto al mío, es administrativo”, recalcó Lobos, de 61 años, mientras se acomodaba en la banqueta de la barra, al costado de su set fotográfico.

Casi sin tomar aire, explicó: “Fui al Colegio Don Bosco, pero terminé la secundaria de la Escuela de Comercio, porque empecé a trabajar como cadete en Fiat Bahía, no me daban los horarios y me tuve que cambiar a la nocturna. Egresé en el 77 y un año más tarde me tocó el servicio militar, que fueron dos años stand by. Justo la conscripción coincidió con el conflicto con Chile. Tuvimos 60 días de instrucción en la montaña (Sierra de la Ventana) y luego nos mantuvieron 18 meses bajo bandera, con lo cual mi vida no podía avanzar hacia donde quería en aquel entonces. Éramos los encargados del desarrollo de la provisión de los materiales sanitarios”.

“Con la fotografía me encontré de casualidad. Mi papá era un aficionado en el tema y tenía un amigo que revelaba negativos cortados en blanco y negro. Sin querer me metí en su laboratorio y fui perfilando mi vocación a partir de una sesión bastante primitiva de una primera novia en el Club de Golf, quería que el recuerdo de esa persona quedara en un formato físico. Usé una Olympus 35 UC, de visor directo que aún tengo guardada. Cuando las fui a revelar, no había salido ninguna porque no tenía conocimientos técnicos. Fue decepcionante, pero a su vez el punto de partida para querer aprender”, rememoró “Gus”, sonriendo por aquel primer mal paso que despertó su inquietud.

Consultado respecto al derrotero previo a incursionar en su actual profesión, detalló: “En octubre de 1980 terminé el servicio militar, un mes complicado para arrancar a estudiar o conseguir un trabajo. Presento un currículum en la empresa Aluar, que estaba en Puerto Madryn, gracias a un contacto que tenía el padre de mi novia. A los pocos días recibí una carta en la que me informaban que debía presentarme a una entrevista. Me instalé allá para desempeñarme en el Departamento de Contabilidad de Planta, para control de proveedores. Al cumplir 20 años había logrado un cargo muy importante”.

“Sin embargo, mi adaptación fue cada vez más difícil porque era un lugar con poca movida social, con un solo cine que abría los sábados y un solo boliche. Por eso decidí empezar a estudiar Ingeniería Electricista en Trelew, en el Instituto Universitario. Viajaba 60 kilómetros por día, en un colectivo que se desarmaba todo, la mayoría las veces nos quedábamos a mitad de camino. Llegaba a casa a la una de la mañana y a las nueve entraba a trabajar, rutina que aguanté un año, cuando decidí regresar a Bahía Blanca y con el sueldo y aguinaldo me compré un Fiat 128 Iava”, sostuvo Lobos, con un dejo de melancolía.

Lentamente, se iba acercando al mundo de las cámaras fotográficas: “Surgió una posibilidad en la empresa Proa, de montaje de electromecánicos, y no lo dudé, mandé el telegrama a Aluar avisando que renunciaba. Necesitaban una persona que se encargue de las licitaciones, un puesto que me interesaba mucho. Cuando empiezan a instalar las primeras computadoras, llamadas Commodore Pet, charlando con dos personas que vinieron de Buenos Aires, me ofrecieron instalarme allá. Y a los tres meses me radiqué a 700 kilómetros de mi ciudad natal. Comencé trabajando con una empresa de arquitectura, pero en paralelo empecé a aferrarme a la fotografía”.

“Tenía un ícono, Pedro Luis Raota, uno de los grandes maestros a nivel mundial, que enseñaba fotografía. Siempre soñaba con conocerlo y estudiar con él, pero el tema de la distancia desde Bahía era un escollo insalvable. Desde ese entonces, paulatinamente fui dejando mis actividades complementarias para dedicarme a mi oficio actual. El camino terminó de confirmarse en 1984, cuando se gestó el proyecto de familia. En la previa a ese año, venía a Bahía Blanca dos veces por mes. En medio de esa relación a distancia, mi pareja queda embarazada de mi hijo mayor y nos casamos”, describió el entrevistado.

No obstante, llegó un momento clave: “Mi papá me pidió que le haga una gauchada y me mandó a Foto Wolk a comprar una película y ahí conozco a Alejandro, dueño del estudio. Cuando le cuento que venía de formarme con grandes maestros, me ofreció empleo como retratista. Allí estuve muy poco tiempo, hasta que cayó Osvaldo Zurlo, de La Nueva Provincia. Me lo presentan y me lleva a trabajar con él. El 1 de diciembre de 1985 entré a trabajar como efectivo al diario, después de un período de prueba que pasan todos. Fue una etapa de cambios muy abrupta, de la cual no me arrepiento para nada porque, entre otras cosas, pude construir mi casa”.

“Nunca saqué fotos en eventos sociales (casamientos o cumpleaños de 15) y admiro a muchos que se dedican a ese rubro porque son excelentes profesionales. Me gustaba hacer foto-periodismo y mi tarea de fotógrafo empresarial, un segmento que me dio un perfil preferencial. Éramos pocos los que teníamos la posibilidad de elegir un camino paralelo, porque en ese entonces entrabas a trabajar al diario y te jubilabas ahí adentro. Los tiempos empezaron a cambiar, cuando en 1994 tuve la posibilidad de hablar con profesionales norteamericanos en la Sociedad Interamericana de Prensa. Ellos estaban preocupados porque la tecnología venía a arrasar con la figura del reportero”, aseveró Gustavo.

Otro mojón en su carrera está marcado por un evento en el que pudo intercambiar experiencias: “El diario me mandó a la primera Jornada Argentina de Jefes de Fotografía de diarios del Interior. En ese evento, 1995, presentan la primera cámara digital. Era como una valija que llevabas colgada y un caño. La foto tardaba casi un minuto y medio en grabarse. Y después la rescatabas en un diskette para verlo en un monitor chiquito. Era una locura para ese entonces. No se hablaba de los CDs, menos aún los DVDs”.

Y llegó el tiempo de la primera anécdota: “Cuando Raquel Satragno (hermana de Pinky) vino a inaugurar una escuela de modelos fui a realizar la cobertura para la revista Reflejos. Quise hacer las fotografías en el Hotel Austral, pero me dijo que me acercara a la mañana siguiente a desayunar, que en ese momento no estaba en condiciones. Ella la tenía re contra clara, elegía los lugares donde posar y, cuando preparo el flash para que rebote en una pared, me ordena que le saque con el flash directo, algo que parecía un pecado desde el punto de vista técnico. Le hice caso y me enseñó que si lo hacía a mi modo, le iba a levantar las arrugas y tenía razón”.

“A partir de 1995, con el PhotoShop 2.0, era posible intervenir la imagen después de escanear el negativo y bajarlo a la máquina para retocar de la forma más primaria, con opciones básicas como el color, contraste, enfoque y luminosidad. Era fantástico para aquel entonces porque uno podía elegir tramos de la foto para oscurecerlas o aclararlas, todo un adelanto tremendo. Hasta ese entonces era un sistema híbrido porque había que hacer una tarea artesanal de digitalización, a través de un scanner, hasta mejorar el material en la PC”, ponderó Lobos, mientras en el techo de chapa se escuchaban golpear las primeras gotas de un intenso chaparrón.

Claro que hubo algunas piedras en el camino: “Mi jefe de aquel entonces me daba un rollo para cubrir varias notas y yo usaba tres. Ponía películas de mi bolsillo porque ser reportero gráfico no implica esperar a que el protagonista pose frente a vos. Ni hablar en un partido de fútbol. Nos mandaban con cinco fotos y querían que agarremos el gol. Imposible porque además no podías disparar mucho en la cámara porque te quedabas sin película”.

“La foto” de Natty en el Hogar del Peregrino.

“No podría decir cuál es la mejor foto que saqué en mi vida. Hay una que me emocionó mucho y cuya protagonista es Natty Petrosino. La ex directora del diario me envió al Hogar del Peregrino para hacer la cobertura. Me convenció de que con mi sensibilidad iba a lograr el cometido. Hoy, con los años empiezo a entender muchas cosas. En un mismo plano logré proteger la identidad de los chicos mientras comían, quizás, su único plato del día, la acción del claroscuro donde se ve a ella y una colaboradora sirviendo, los perros y la fila de gente. Fue un instante mágico y espontáneo”, refirió, casi emocionado.

Inmediatamente después, Lobos se sumergió en el aspecto del criterio técnico: “Días atrás vino un ex alumno del Juan XXIII, donde dí clases tiempo atrás, para editar cuatro mil fotos. Era imposible porque muchas formaban parte de una misma secuencia. Entre nosotros, quién va a mirar semejante cantidad. Un álbum importante tiene 120 y más aún en estos tiempos donde el video ganó terreno y está al alcance de todos, desde la instantaneidad de las redes. Se puede malograr un buen instante por una mala técnica, pero también tiene valor la espontaneidad. La foto del Desembarco de Normandía ganó un Pulitzer por su valor histórico, pese a que al profesional se le mojaron los negativos y el producto final salió movido, que en realidad fue un error en el procesado”.

“En una oportunidad tomé una foto de la parte alta del Palacio Municipal en segundo plano, un domingo con niebla donde en foco se veía el reloj que marcaba las 11.05 de la mañana. Ese día fue el de la elección donde Jaime Linares perdió la intendencia. Es una imagen que tenía acción y técnica, hablaba por sí sola, no es como muchas otras que las ves y no te dicen nada. La bruma de aquel casi mediodía bahiense, mientras la gente votaba, estaba sobre el símbolo político. Aquí se pudo contar una historia sobre una simple toma, por eso siempre fui un defensor de no subestimar al lector, que puede decodificar e interpretar a partir de la información que uno le brinda”, contó, como otro de esos logros no planificados previamente.

Y fue tajante: “Las ganas no las perdés nunca. Volví a lo documental, de hecho estoy brindando unos talleres que lentamente se están volviendo a mover después de la etapa más difícil de la pandemia, porque necesariamente tienen que ser presenciales. En mis clases, la idea es regresar a lo esencial de la fotografía, mostrando una acción. Son casi 40 años en el rubro, con los errores lógicos de cada etapa, pero en ese recorrido hay mucho de aprendizaje, que es lo que quiero compartir con quienes están iniciando un camino”.

“No creo en la suerte como algo caído del cielo, soy de los que piensan que la tenés que encontrar. Cuando se produjo la visita al país de Juan Pablo II, trabajaba en La Nueva Provincia y traía el bagaje de conocimientos de Buenos Aires. De los siete fotógrafos que tenía el diario, seis se quedaron en Bahía cubriendo la llegada del Papa y a mi me enviaron a esperarlo en Viedma. Mis compañeros tenían la facilidad de los teleobjetivos gigantes para lograr una imagen a distancia. Y a mi me mandaron al muere”, advirtió, con la tranquilidad de haberse tratado de un hecho del pasado que tuvo final feliz.

Sobre aquel episodio, rememoró: “Salí para la capital rionegrina a las 5 de la mañana porque el acto era al mediodía, después de que el Sumo Pontífice pasaba por Bahía. En la corrida del Papamóvil se me cae una de las dos cámaras (la del diario) y se rompe. Me quedó una sola (la propia) con un lente para trabajar a cortísima distancia, como para sacar retratos. Cuando se prepara el set, donde se iba a armar la reunión, quedo a dos metros del Papa, hasta pude tocarlo. Y obviamente que le saqué varias fotos desde detrás del corralito. Un fenómeno, nos permitieron trabajar a los tres fotógrafos sin restricciones y en Bahía eran como cinco mil que lo tuvieron a casi 50 metros”.

“Cuando uno se dedica a esto, va adquiriendo una agilidad en cuanto a sus sentidos y sentimientos. Todo está puesto en función de contar algo. La técnica ayuda, pero hoy las cámaras fotográficas casi sacan solas, pero es uno el que decide qué meter adentro del recuadrito. Y la otra clave está en qué querés contar, cuál es el mensaje que le buscás dejar a las personas, porque uno no lo hace para sí mismo, sino para el que está del otro lado, allí es donde resulta vital la mirada dual. Soy un enamorado de la fotografía”, concluyó Lobos.

La tormenta seguía haciendo de las suyas, pero lo más paradójico de aquel 31 de agosto en el que se produjo el encuentro con uno de los fotógrafos más admirados de la ciudad, fue el apagón que se originó minutos después de finalizada la charla, una interrupción del suministro eléctrico que dejó sin luz a la ciudad. La luz, un aspecto indispensable para lograr la mejor toma y el destino que quiso que la entrevista pueda transcurrir lejos de la penumbra en la que quedó Bahía Blanca durante algunas horas.

Algunas de sus fotos más representativas


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