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Los hermanos bahienses que llevaron las recetas de su abuela a Buenos Aires y hoy emocionan con sus bocados

Mónica y Eric Jakubavicius crecieron entre ollas, pastas caseras y sobremesas familiares en Bahía Blanca. Años después unieron la cocina, la publicidad y una vieja moto italiana para crear una propuesta gastronómica innovadora.

Eric y Mónica nacieron en Bahía Blanca, pero el destino los llevó a Buenos Aires y al mundo gastronómico.

Cecilia Corradetti / Especial para La Brújula 24

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Todavía no amanecía cuando la cocina de la casa de su abuela ya estaba despierta.

Mientras el resto de la familia seguía durmiendo, una nena de Bahía Blanca abría los ojos y corría hasta la mesa. Como afuera hacía demasiado frío para salir a jugar, le improvisaban una pequeña cama sobre la madera. Desde allí, en silencio, pasaba horas observando a su abuela.

Veía cómo preparaba los caldos, amasaba la pasta, mezclaba las cremas dulces y convertía ingredientes simples en una fiesta cotidiana. No hacía falta que le enseñara nada. Bastaba con mirar.

Sin saberlo, aquella mujer estaba dejando una huella que atravesaría toda una vida.

Mónica y Eric, junto a un primo, y su abuela, de quien heredaron el amor por la familia.

Muchos años después, esa nena llamada Mónica Jakubavicius terminaría convirtiendo aquellos recuerdos en una de las propuestas italianas más originales de Buenos Aires. Y lo haría junto a su hermano Eric, otro bahiense que eligió un camino completamente distinto, pero que compartía exactamente la misma pasión: sentarse a una buena mesa.

Porque esta historia, antes que gastronómica, es profundamente familiar.

Los Jakubavicius crecieron en una casa donde la comida nunca fue un trámite. Era un ritual.

Su mamá, descendiente de italianos de la familia Caraffini, heredó las recetas de la nonna y las convirtió en parte de la identidad familiar. No había lujos, pero sí una regla que nunca se rompía: si algo iba a cocinarse, tenía que hacerse con buenos ingredientes.

"La simpleza era parte de todo, pero siempre con la mejor calidad. En casa nunca había margarina, siempre manteca. El dulce de leche era el mejor que se podía conseguir. Mi mamá y mi abuela nos enseñaron que cocinar era una forma de querer", recuerda Mónica.

Mónica y Eric Jacobavicius, dos hermanos bahienses que se la jugaron por lo que soñaron.

Los cumpleaños eran otro capítulo aparte.

Las tortas caseras, las mesas largas, los primos corriendo por todos lados y las reuniones familiares terminaron moldeando una manera de entender la vida.

Con el tiempo, los hermanos siguieron caminos diferentes.

Mónica encontró su lugar entre hornos, batidores y masas. Trabajó en restaurantes, se especializó en pastelería, tuvo su propio emprendimiento gastronómico y desarrolló servicios de catering.

Dos historias destinadas a no cruzarse, pero lo hicieron

Eric, en cambio, eligió el universo de las empresas. Estudió Administración, trabajó durante años en publicidad, marketing y estrategia para grandes marcas y construyó una carrera en el mundo corporativo.

Parecían dos historias destinadas a no cruzarse.

Sin embargo, ambos compartían un viejo sueño.

Los cannoli, súper elegidos por los clientes.

"Siempre quisimos hacer algo juntos", cuenta Mónica.

La idea apareció casi naturalmente.

Él era un apasionado por las motos italianas.

Ella, por la pastelería.

Y los dos llevaban la cocina italiana tatuada en la memoria.

Entonces decidieron unir esas tres pasiones.

Así nació Vespress, primero como una cafetería ambulante montada sobre una clásica Vespa Ape, esos pequeños vehículos italianos que parecen salidos de una película de los años 50.

No querían vender solamente café sino recrear una experiencia.

La música, los colores, el diseño, la estética y, sobre todo, los sabores debían transportar a cualquier persona directamente a una cafetería italiana.

Los protagonistas serían el espresso, los cannoli y las sfogliatelle, dos clásicos de la pastelería italiana que durante mucho tiempo fueron difíciles de encontrar en la Argentina.

Pero el comienzo estuvo lejos de ser glamoroso.

Los primeros cannoli salieron de una pequeña cocina, prácticamente artesanal.

Las pruebas parecían infinitas.

Había recetas que se descartaban, rellenos que cambiaban una y otra vez y fines de semana enteros dedicados a probar masas hasta encontrar el equilibrio perfecto.

Todo pasaba entre los dos.

Eric analizaba la marca, la comunicación y la estrategia.

Un local siempre repleto y una atención personalizada.

Mónica cocinaba, corregía recetas y volvía a empezar las veces que hiciera falta.

"Nunca tuvimos dudas de trabajar juntos. Yo admiro muchísimo todo lo que él sabe sobre negocios y desarrollo de marcas, y él siempre respetó profundamente mi trabajo en la cocina", cuenta.

Lo más curioso es que todavía siguen trabajando igual que al principio.

A veces se reúnen simplemente para probar una receta nueva.

Se sientan frente a una mesa, comen, corrigen, vuelven a cocinar y recién cuando los dos coinciden dicen: "Ahora sí".

No buscan sorprender con fuegos artificiales. Buscan otra cosa.

Y ahí aparece nuevamente Bahía Blanca.

Porque el verdadero objetivo nunca fue hacer el mejor cannoli de Buenos Aires.

El verdadero objetivo era emocionar.

"Lo más lindo que nos puede pasar es que venga una abuela italiana con su nieto y, después de probar un cannoli, nos diga: 'Sí... es éste. Así los hacía yo'. O que alguien nos diga que ese sabor le hizo acordar a su nonna. Ahí sentimos que estamos haciendo las cosas bien".

Es, probablemente, el mejor elogio que puedan recibir.

No aparece en ninguna guía gastronómica pero confirma que aquellos recuerdos infantiles siguen vivos.

Hoy Vespress cuenta con locales propios, franquicias y un equipo que creció mucho más de lo que imaginaron cuando empezaron con aquella pequeña Vespa.

Sin embargo, hay cosas que no cambiaron.

Los domingos siguen siendo sinónimo de cocinar.

Los encuentros familiares continúan alrededor de una mesa.

Y los planes con amigos casi siempre terminan igual: compartiendo comida.

Porque esa costumbre nació mucho antes de Buenos Aires y mucho antes de los emprendimientos y del éxito.

Nació en Bahía Blanca.

En una cocina donde una abuela se levantaba antes que todos para preparar la pasta del domingo.

En una mesa donde una nena la miraba trabajar durante horas creyendo que simplemente estaba pasando la mañana. En realidad, estaba aprendiendo una lección que recién entendería décadas después: que las mejores recetan empiezan con una familia.

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