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De Ayer a Hoy

El polifacético Fiordelmondo no lo duda: "Llevo en el alma la actuación"

Farmacéutico, comerciante y atleta, detectó casi a los 40 su pasión. Se considera más actor que director. Y un pensamiento: “En las escuelas de teatro abundan jóvenes ávidos de subir a las tablas”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco

Desde joven, buscó su rumbo sin conformarse con el primer camino que se le presentó. Así se podría definir el protagonista del artículo. Tras formarse como farmacéutico y ejercer la profesión durante algunos años, descubrió que su espíritu inquieto le pedía más. En paralelo, asumió la responsabilidad de colaborar con su padre en la distribuidora de quesos y fiambres familiar, hasta que, con la jubilación del patriarca, tomó las riendas de la empresa y la condujo con la misma dedicación que lo caracterizaba en todo lo que emprendía.

Sin embargo, su verdadera pasión no estaba ni en los medicamentos ni en los balances comerciales. La halló en el arte, especialmente en el teatro, donde primero se probó como actor y luego encontró en la dirección un espacio para desplegar su gen de liderazgo. Conformó elencos sólidos, generó proyectos colectivos y transformó cada estreno en un motivo de aplauso, aunque siempre se sintió, ante todo, intérprete antes que conductor.

Como si la vida no le hubiera dado suficientes escenarios, también incursionó en el deporte a una edad en la que muchos deciden frenar. Se convirtió en atleta aficionado, participó en competencias y cosechó triunfos personales que le brindaron nuevas satisfacciones. Pero una lesión crónica, descubierta hace unos meses, lo obligó a poner punto final a esa etapa, sin que por ello mermara su entusiasmo por seguir buscando desafíos. Pablo Fiordelmondo se brinda por entero en La Brújula 24, para una charla de colección.

“Cada vez que me lo preguntan, digo que soy villamitrense y a quienes asocian mi nombre con la farmacia les contesto que soy el titular de la misma. Cuando nací vivíamos en una casa alquilada sobre calle Colombia, con mis siete años y junto a mi hermana menor, los cuatro volvimos al barrio”, sostuvo Fiordelmondo, al comienzo de la grabación.

Y recalcó que fueron “las raíces de mis papás las que pudieron más, por lo que regresaron con una familia ya conformada al lugar en el que habían crecido. De mi primer hogar tengo algún leve recuerdo de que estaba en una cuadra en la que predominaban los baldíos, calle de tierra, en la que los días de viento cruzaban los cardos rusos”.

“Hice la primaria en la que por aquel entonces llevaba el nombre de Colegio Liverpool, luego popularmente conocida como Juan José Paso y la secundaria en el Don Bosco. En líneas generales creo haber sido un alumno bueno, sin ser el abanderado, pero muy lejos del peor promedio del aula”, resaltó el entrevistado, siempre con una sonrisa dibujada en su rostro. 

Luego, prosiguió con la crónica de aquellos años: “Posteriormente, me radiqué en San Luis para estudiar Farmacia, era bastante común que la gente de Bahía Blanca curse dicha carrera en esa provincia. Me recibí y regresé a la ciudad, primero a trabajar como empleado y más tarde, accediendo a un crédito que daba la Caja de Farmacéuticos adquirí mi propia farmacia en Juan Molina 880, que había llevado el nombre de Vejar”. 

“A posteriori me mudé a la vuelta, sobre calle Almafuerte al 700, enfrente del Banco Provincia. Saqué otro préstamo para la vivienda propia y me ofrecieron casa con farmacia incluida, la cual se denominaba Carli. Estaba en la esquina de Chiclana y Remedios de Escalada, pero la experiencia no fue la mejor; me asaltaron con armas de fuego no menos de cinco veces”, se lamentó sobre una serie de episodios puntualmente traumáticos. 

No obstante, apuntó que “eso derivó en que tenía que tomar una decisión porque no quería vivir con miedo el resto de mi vida. A la vuelta se hallaba la distribuidora de quesos y fiambres de mi papá, quien cuando estaba por jubilarse me planteó si me interesaba tomar las riendas. Si bien me iba bien en lo mío, tenía que armar el circo para hacer funcionar ambos lugares”. 

“Empecé medio día en cada uno de los espacios, hasta que opté por la dedicación full time al comercio de mi papá que tiene más de 60 años de existencia y la farmacia la alquilé, allá por el 2002. Respecto de mi mamá, antes del Golpe Militar, trabajó en La Nueva Provincia más precisamente en el área de tipografía”, reflejó un enfático Pablo. 

La siguiente confesión fue realmente sorprendente: “La veta artística se despertó en mí a los 38 años, a una edad avanzada, y se dio a partir de que fueron creciendo mis tres hijos y comenzaba a tener más tiempo libre. Mi primera intención fue aprender canto, recuerdo que estábamos en fin de año y en la Asociación Teatristas del Sur de Villa Mitre había una muestra de obras”. 

“Fui a ver ese evento y sentí un flash, me dio vuelta la cabeza. Me sumé en marzo a las clases en la sala Espacio por el Arte con Seba Berenguer y Roby Gutiérrez. La pasión fue tan grande que no había día que no le dedicara dos o tres horas de mi vida al teatro, con talleres, haciendo cursos acá o en Buenos Aires con maestros de la actuación”, acotó sin tapujos.

Su avidez por crecer en el ambiente de la cultura era inconmensurable: “Armé grupos de entrenamiento y el que menos adiestraba era yo porque me limitaba a dar las instrucciones de lo que había aprendido en ese corto pero muy intenso lapso. Así fue que empecé a armar los primeros grupos, siempre trabajamos mucho con obras de Tato Pavlovsky y Carlos Gorostiza, con dramas teñidos de absurdo o humor”. 

“Hacer reír es más difícil que generar emoción porque estás al borde de caer en el ridículo, los mismos chistes no le causan la misma gracia al público. Ahí, lo que hay que mantener es la verdad del personaje, no hacerse el payaso, sino que la situación sea cómica, del resto se encarga el actor con su convicción y su fuerza”, resumió Fiordelmondo.

Cuando se le preguntó cómo se define en el mundo del arte, fue tajante: “Esencialmente me considero más actor que director, tengo la dramaturgia de algunas obras, pero no tengo el ejercicio de escribir. Si bien redacté algunos bocetos, luego los fui modificando con los mismos ensayos, algo que a los grandes autores no les ocurre, por eso no me considero un especialista en esa rama”.

“En mi caso, siempre estuve en el ambiente del teatro independiente, cualquier obra artística está hecha para que el otro la entienda, es una forma de comunicación. Hoy, el teatro independiente es valorado y ha crecido muchísimo, siempre fue fuerte en Argentina en comparación con otros países”, acotó con el pecho inflado de orgullo. 

Asimismo, aseguró que “en cuanto a la renovación generacional, a partir de lo que aporte la sangre joven, existe una buena cantidad de recurso humano, lo que falta en la ciudad es calidad en cuanto a la docencia. Aquellos que han triunfado y les va bien se han ido para terminar de nutrirse en Buenos Aires y después recién regresan”. 

“La falla, según mi humilde punto de vista, es institucional y no es culpa de los que enseñan porque está más ligado a las materias que se dictan. Actualmente, en las escuelas de teatro, te encontrás con muchos chicos que están ávidos de actuar y cuando caen de casualidad en una obra, se maravillan de lo que es subirse a un escenario”, razonó el protagonista del artículo.

Por si fuera poco, admitió otra de sus debilidades: “Hasta noviembre del año pasado despunté el vicio como atleta, debiendo abandonar por problemas en una rodilla que requerían de cirugía, la cual solo me garantiza cinco años más de vida deportiva, con el riesgo de una artrosis. Me causó cierto dolor el diagnóstico porque en 2004 había comenzado a incursionar en la actividad física y el entrenamiento duro”. 

“Durante más de una década, trabajaba hasta las 16, antes del atardecer me dedicaba a correr tres veces por semana en la pista de Las 3 Villas, además de una sesión de gimnasio en casa, y después cambiaba el chip con el teatro alrededor de las 19, todos los días. Sin embargo, lo que llevo en el alma de todas estas facetas, es la actuación”, concluyó.

El mérito de Pablo Fiordelmondo ha sido no dejarse atrapar por la resignación ni por la frase “ya soy viejo para probar suerte”. Su historia es un testimonio de que la edad no es un límite, sino un desafío, y que quienes no se atreven a explorar nuevos caminos quedan presos de la duda para siempre. Él eligió la aventura antes que la certeza, y así fue escribiendo una vida llena de giros, aprendizajes y conquistas.

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