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Un descubrimiento en la Patagonia reveló cómo eran los nidos de los últimos dinosaurios

El paleontólogo Jordi García Marsà, integrante del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados, habló con La Brújula 24.

Un equipo de paleontólogos halló en la Patagonia restos de huevos de dinosaurio de unos 68 millones de años de antigüedad, un descubrimiento que aporta nueva información sobre la forma en que se reproducían los grandes saurópodos poco antes de la extinción masiva ocurrida al final del período Cretácico.

El paleontólogo Jordi García Marsà, integrante del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados, explicó en diálogo con Nunca es Tarde, por La Brújula 24, que los restos fueron encontrados en el yacimiento de La Anita, en Santa Cruz, en un sector ubicado entre el glaciar Perito Moreno y El Chaltén.

“Es muy interesante para entender cómo se reproducían, cómo vivían estos últimos grandes dinosaurios”, señaló el especialista, quien destacó especialmente las condiciones climáticas en las que estos animales lograban reproducirse.

Según explicó, los nidos estaban formados por pequeñas concavidades en la tierra que eran cubiertas con abundante materia vegetal. La descomposición de esa vegetación, por acción bacteriana, producía el calor necesario para mantener los huevos a una temperatura adecuada.

“Esa materia vegetal en descomposición bacteriana generaba el calor que permitía la incubación. Son animales tan grandes, estos saurópodos, estos titanosaurios, que era imposible físicamente que, como hacen por ejemplo las aves hoy en día, se pusieran a empollar los huevos”, comentó.

La estrategia resultaba fundamental porque estos dinosaurios habitaban regiones ubicadas muy al sur, donde las temperaturas podían ser bajas y había pocas horas de luz durante determinadas épocas del año. De acuerdo con García Marsà, aunque durante el Cretácico la temperatura global era superior a la actual, esas regiones igualmente podían registrar nevadas y eventualmente valores bajo cero.

El trabajo de campo también presenta dificultades particulares. Las cáscaras encontradas tienen apenas entre uno y dos centímetros de extensión y un grosor aproximado de tres a cuatro milímetros, por lo que los investigadores deben realizar búsquedas prácticamente a ras del suelo para detectar estos microfósiles.

“Hay como un cuerpo a tierra: echarse a tierra, empezar como a gatear para ver si encontramos lo que llamamos los microfósiles. Cuando acostumbramos el ojo a esa estructura en concreto empezamos a encontrarlas por todos lados”, explicó.

El paleontólogo destacó además el lugar que ocupa Argentina en este campo científico. Recordó que en Neuquén se encuentra Auca Mahuevo, uno de los yacimientos de huevos de dinosaurios más importantes del mundo, donde incluso se encontraron embriones de titanosaurios, mientras que en Río Negro el mismo grupo de investigación participó del hallazgo de un huevo prácticamente completo atribuido a un dinosaurio carnívoro.

La investigación fue desarrollada junto con especialistas japoneses y contó con intercambio de tecnología y metodologías entre ambos equipos. García Marsà explicó que la cooperación internacional permite acceder a técnicas y equipamientos que complementan la experiencia acumulada por los investigadores argentinos.

Más allá de los avances, aseguró que todavía existe una enorme superficie de la Patagonia pendiente de explorar.

“Argentina es un país muy potente en paleontología, tiene una tradición muy larga desde el siglo XIX. A nivel de Latinoamérica es absolutamente pionero y está a la par de los países de Europa y de Estados Unidos en ese sentido de tradición, de trabajo bien hecho y continuado”, dijo.

El especialista remarcó que las dimensiones del territorio y las condiciones extremas de algunos yacimientos dificultan las investigaciones. En la zona de La Anita, incluso durante las temporadas más favorables, las nevadas pueden obligar a interrumpir las excavaciones y limitar el trabajo al rescate de los fósiles de mayor tamaño.

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