Seguinos

Destacada C

La maestra de 87 años que descubrió su vocación al mirar a los ojos de un alumno y nunca más dejó el aula

Nélida Isabel Ruggia, “Chichita”, dedicó su vida a enseñar en Bahía Blanca y otras localidades. Hoy sigue hablando con sus antiguos alumnos, que tienen más de 50 años y todavía la llaman “seño”.

Cecilia Corradetti / Especial para La Brújula 24

[email protected]

Nélida Isabel Ruggia tiene 87 años y todavía habla de sus alumnos como si los hubiera visto ayer. Los nombra, los recuerda, vuelve a las aulas con la memoria y se emociona cuando cuenta que muchos de aquellos chicos que tuvo hace décadas hoy son hombres y mujeres que, cuando se cruzan con ella, todavía le dicen “seño”. Para Chichita, como la conoce todo el mundo, no hay reconocimiento más grande que ese.

Pero hay algo curioso en su historia: ella nunca quiso ser maestra.

Su papá, en cambio, lo había decidido prácticamente desde que nació. Según le contaba su mamá, desde el primer día de vida de Nélida decía que su hija iba a ser docente. Durante años insistió con aquella idea, mientras ella hacía todo lo posible por esquivarla. Nunca había imaginado que aquella profesión que su padre había elegido para ella terminaría convirtiéndose, muchos años después, en su verdadera vocación.

Nélida terminó la primaria y, lejos de seguir sus deseos, ingresó a la Escuela de Comercio. Quería hacer otra cosa. Ser maestra no estaba entre sus planes. Pero su padre siguió insistiendo y finalmente ella decidió darle el gusto.

Se pasó entonces a la Escuela Normal Mixta de Bahía Blanca, aquella institución que funcionaba en la calle Brown y que guarda en su memoria como una escuela “divina”, donde tuvo profesores que dejaron una huella profunda en su formación.

Entre ellos recuerda especialmente a Ezequiel Martínez Estrada, quien la acercó todavía más a la literatura, una pasión que ya comenzaba a despertar en ella. También tuvo como profesor de Filosofía a Vicente Fatone, entre otros docentes de enorme prestigio.

Chichita recuerda aquellos años con una admiración que todavía se escucha en su voz. Pero en ese momento tenía un plan muy claro: recibirse, entregarle el diploma a su papá y después dedicarse a hacer “lo que se me antojara”.

Hasta que llegó 1956. Y llegó aquella primera práctica frente a un grupo de alumnos.

Ese día cambió todo.

“Todo docente debe saber mirar los ojos de los alumnos”, dice hoy, a los 87 años. Y lo dice porque ella misma descubrió su vocación de esa manera.

Empezó su clase y, en medio de aquella primera experiencia, miró a uno de los chicos. Se llamaba Martín, aunque ya no recuerda su apellido. Lo que sí recuerda perfectamente es cómo la miraba. Era una mirada llena de cariño.

Ese chico la miraba con una confianza que la conmovió. Y mientras continuaba con la clase, Nélida sintió algo que hasta entonces no había podido reconocer: ese era su lugar.

“¿Cómo no me di cuenta de que esta era mi vocación?”, se preguntó en aquel momento.

Terminó la práctica y recibió un 10. Pero la calificación fue casi anecdótica frente a lo que acababa de descubrir. Cuando llegó a su casa se encontró con su papá y le contó lo que había pasado. Él también lloró.

“Hoy descubrí que voy a ser docente”, le dijo.

Desde entonces abrazó la docencia con una fuerza que nunca volvió a soltar. “Jamás la dejé”, resume.

Su primer destino fue Médanos, un pequeño pueblo a unos 45 km de Bahía Blanca al que llegaba en tren junto con otras docentes. Salían temprano de Bahía Blanca, llevaban el almuerzo y pasaban allí buena parte del día. El tren seguía su recorrido mientras algunas maestras bajaban antes. A la vuelta, cuando sonaba la campana de la escuela, el tren las esperaba a media cuadra. Llegaban nuevamente a Bahía Blanca alrededor de las 18.

Para Chichita, Médanos no fue solamente el lugar de uno de sus primeros trabajos. Fue también un paisaje de recuerdos: el pueblo, la gente, los chicos, los viajes, los almuerzos compartidos y esa vida docente que comenzaba a construirse.

Después recorrió distintas escuelas de Bahía Blanca, en barrios como San Martín y Noroeste, hasta regresar al lugar que terminaría convirtiéndose en el gran escenario de su vida: la Escuela 62.

Pero para ella esa escuela no era simplemente la Escuela 62. Era su escuela.

Allí había sido alumna. Allí volvió años después como maestra. Allí se jubiló. Y allí también estudiaron sus hijos.

La institución, que en su infancia había sido la Escuela 7 y pertenecía a las escuelas nacionales Láinez, quedó para siempre ligada a su historia personal.

“Es mi escuela, la escuela de mi barrio”, dice.

En el medio hubo otros destinos. En 1963 se casó y se fue a vivir a Tres Arroyos, donde continuó enseñando en Micaela Cascallares y González Chaves. Para llegar a una de esas escuelas viajaba en colectivo con otras compañeras y, después de bajar, todavía tenían que atravesar campos para llegar al establecimiento. En aquellos años, cuenta, hasta llegaron a hacer parte del trayecto “a dedo”.

Así era la docencia de entonces. Mucho viaje, sacrificio, aulas pequeñas, caminos difíciles y una vocación que parecía justificarlo todo.

Finalmente consiguió el traslado y volvió a Bahía Blanca. La Escuela 62 la esperaba otra vez.

Allí pasó grado por grado, año tras año, construyendo una historia que hoy todavía permanece en la memoria de sus alumnos.

Y hay una frase que resume perfectamente lo que significó para ella enseñar: “Dejé mi vida”.

Chichita habla de sus antiguos alumnos y se le ilumina la voz. Tiene alumnos de más de 50 años que todavía le escriben por Facebook. Son, dice, su compañía de todos los días.

“Me siguen diciendo seño”, cuenta emocionada.

Ahora que está sola, esos mensajes tienen un valor todavía mayor. Son una manera de mantener vivo aquel vínculo que comenzó cuando ella estaba frente a un pizarrón y ellos ocupaban los bancos de una escuela.

Porque para Chichita enseñar nunca fue solamente transmitir conocimientos.

Fue mirar, mirar a los ojos de un niño y tratar de descubrir qué había detrás de esa mirada.

Por eso, cuando piensa en aquellos años, vuelve una y otra vez a la misma idea. Un maestro puede cambiar una vida porque un niño está mirando, siguiendo, confiando.

“De este chico puedo sacar un delincuente o un científico”, reflexiona. Y enseguida aclara que, más allá de lo que cada uno termine haciendo profesionalmente, hay algo que para ella vale todavía más: que sean buenas personas. Esa es su verdadera medida del éxito.

Y en esa mirada hacia atrás también aparecen otras maestras que fueron fundamentales en su propia formación. Recuerda especialmente a Delia Grandoso, docente de séptimo grado de la Escuela 62, que en aquellos años llegaba una hora antes para dar clases particulares a los alumnos que querían continuar sus estudios secundarios pero necesitaban prepararse para el examen de ingreso.

Chichita aprendió de ellas qué significaba realmente tener vocación.

Por eso, cuando piensa en el Día del Maestro, su mensaje no tiene que ver con grandes discursos. Tiene que ver con algo mucho más sencillo.

Mirar a los chicos. “En los ojos de un niño se siente todo”, dice.

Y después vuelve a aquella mañana de 1956, cuando tenía apenas 20 años, entró por primera vez a un aula pensando que la docencia era solamente una promesa que le había hecho a su padre y salió descubriendo que también era su propio destino.

Han pasado 67 años desde aquel momento. Chichita tiene 87.

Ya no está frente a un grado, pero sigue siendo “la seño” para cientos de personas que alguna vez fueron sus alumnos. Muchos tienen hijos, nietos, profesiones, historias propias. Algunos probablemente ya ni recuerden qué tema enseñaba aquella maestra en un determinado día. Pero recuerdan cómo los miraba.

“Hubiera seguido dando clases quién sabe hasta cuándo”, admite.

Después llegó la etapa de ser abuela y pasó de una parte de su vida a otra. Pero nunca dejó de sentirse maestra.

Sigue viviendo en el barrio que tanto quiere. Incluso después de la inundación, asegura, continúa de pie.

A veces cierra los ojos y vuelve a recorrer mentalmente aquellos grados por los que pasó. Vuelve a escuchar a los chicos, a recordar a sus compañeras, a entrar nuevamente a esa Escuela 62 que considera suya.

Y vuelve, inevitablemente, a aquella primera mirada. La de Martín.

“Mi tarea docente fue todo lo que le pedí a la vida”, concluye.

Más Leídas