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De Ayer a Hoy

Sufrió una fatalidad y afirma: "Hoy tengo la vida que soñé y mucho más"

Hace 24 años, el cuerpo de Alejandro Marini se vio afectado en un cotejo de rugby. El relato de ese día. De la silla de ruedas al andador. Las metas alcanzadas. “Mis amigos y la familia fueron un sostén”, admite.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco

Un instante puede ser determinante para lo sucesivo en la vida de cualquier persona. Todas las decisiones traen consecuencias y, cuando se toman en una fracción de segundo, el nivel de margen de riesgo se eleva. El autorreproche en estos casos de poco sirve, menos si se observa bajo el prisma del paso del tiempo que modifica la perspectiva y permite opiniones externas y desinteresadas sobre aquel hecho en cuestión.

Una vez transcurrido un episodio con efectos perpetuos, todo lo que entra en juego es la entereza e integridad de quien lo protagonizó. Lo natural sería una suerte de desmoronamiento anímico, si nos basamos en la lógica que podría indicar el sentido común. Luego de ese proceso, capitalizar la desgracia depende no solo de uno, sino también de quienes rodean al sujeto para comprender que la única opción es tomar aire y seguir.

Los 43 años de recorrido en este mundo de Alejandro Marini podrían ser un compendio de los dos párrafos que le dan sentido a este artículo. El dato no menor es que más de la mitad de ese derrotero lo desandó con un poder de resiliencia admirable y es que a los 19 todo se vio trastocado. En LA BRÚJULA 24 sobran las razones para dar a conocer su mensaje de fe y esperanza.

“Mi vida cambió el 15 de julio de 2001. Es una fecha que recuerdo siempre, salvo un año que se me pasó por alto, pero siempre es mi mamá la que la tiene más presente. Para ella es un día súper importante. Con el correr del tiempo, lo vivo como un día más y va perdiendo fuerza, pese a la nostalgia que siempre está presente”, manifestó Marini, en el comienzo de la entrevista en el living de su domicilio.

Y agregó que “mi esposa Silvina, que no estaba en mi vida en ese momento, me hizo ver que es una jornada más porque ella no me dispensa un trato diferencial por mi condición. No se celebra ni se sufre, no pasa de un simple comentario y se toma con más naturalidad, pesa más el proceso y todo lo vivido que la efeméride por así decirlo”.

“Nací en el Barrio Pedro Pico, en Italia casi esquina 25 de Mayo, junto a mis papás Juan Carlos y María Ester y mis tres hermanos varones. Mi padre es ingeniero electricista, tuvo una empresa de alumbrado público, instalaciones de media y baja tensión,junto con mi tío, Marini Hnos, pero se fundieron. Con ese panorama, se dedicó a las instalaciones eléctricas de edificios y casas”, reflejó, al describir la situación de su círculo más íntimo en la niñez. 

En ese sentido, expresó que “fui un chico que se crió pasando muchas horas en la calle, quizás la última generación que tuvo esa territorialidad, con los amigos del barrio que muchos de ellos jugaban al básquet en Pueyrredón. En mi caso, si bien tuve un breve paso por ese club, rápidamente por mi hermano me vinculé con Bahiense del Norte desde mini hasta cadetes”.

“Empecé la primaria en la Escuela N° 5 de calle Darregueira, pero practicaba paralelamente fútbol en la escuelita de Barracas Central. Me vinieron a ver desde Olimpo y Daniel Prat me ofreció hacer una pretemporada allí en pleno verano. Estaba en quinto grado y como no me daban los horarios para entrenar de tarde, decidieron cambiarme a la Escuela N° 77 de Pedro Pico y Thompson”, destacó “El Ruso”, en relación a ese episodio puntual.

No obstante, sostuvo que “luego, por una cuestión económica, en un momento en el que mi padre quedó sin trabajo y no se podían pagar las cuotas de ambas actividades, dejé de jugar al fútbol. En sexto grado rendí el Plan N para entrar directo al Ciclo Básico, lo aprobé, pero manifesté que quería hacer séptimo con mis amigos. Luego, en 1995, ingresé al Colegio Don Bosco a partir del primer año de la secundaria, una decisión que a todas luces consideré muy acertada”.

“El básquet me dio muchas cosas, aunque me decidí por volver a cambiar. Al rugby empecé a jugar con 18 años, junto a varios amigos que luego llegaron a Primera. Me resultó fácil practicarlo, pero mi carrera duró muy poco. En paralelo, comencé la carrera de Ingeniería Industrial que le ganó la pulseada a Contador Público porque tenía mucho de administración y gestión, la sentía un poco más completa y afín a mis inquietudes”, apuntó mientras compartía el mate con este cronista.

Seguidamente, recalcó que “luego del primer año y medio de cursada, vino la lesión que truncó lo que tenía en mente en el corto plazo. Respecto de ese momento puntual, dentro de la cancha tomé dimensión de la gravedad de lo sucedido. Sentí un ruido muy fuerte en el cuello y automáticamente dejé de sentir mi cuerpo, lo más parecido al hormigueo que se produce cuando se duerme alguna parte del físico de la persona”.

“El dolor queda en un segundo plano porque no sentía mi cuerpo y veía las caras de todos los que me rodeaban mientras yo seguía inmóvil en el terreno de juego. La preocupación del médico, de apellido Iralde, el entrenador y mis compañeros confirmaban mis sospechas de que algo malo me pasaba. Me desvanecí, pero no perdí la conciencia. La ambulancia que estaba en la cancha de fútbol, dentro del predio, me llevó al Hospital Privado del Sur”, rememoró con nostalgia.

Sobre el episodio puntual, evocó que “era domingo a la mañana y por suerte había un médico en el nosocomio, el panorama era gravísimo y yo permanecía inmovilizado en una camilla. Llamaron a mis papás, quienes rápidamente se acercaron a mi encuentro para ponerse en contacto con el doctor Zambrana que era el mejor neurocirujano. Él les manifiesta que la situación era sumamente delicada y estaba dispuesto a pedir un avión sanitario para que me operen en Buenos Aires”.

“Mi mamá les preguntó si el procedimiento se podía hacer en Bahía Blanca y, si bien era un médico que estaba a punto de retirarse, había formado un equipo excelente de trabajo. Ella es la que decide que la cirugía se haga a la brevedad y acá mismo. La primera intervención fue de descompresión y la segunda de fijación porque había que esperar la llegada de un tutor de titanio”, consideró, en un momento de absoluto dramatismo.

Consultado sobre el grado de la laceración, acotó: “Tuve lo que se conoce como una lesión C4-C5 que se veía clara en los estudios, aunque no es preciso porque se produce como una explosión en la zona. Lo que sí estaba claro es que había que operar lo antes posible para minimizar las secuelas, estuve un mes y medio internado, al principio te hacen unas fijaciones hasta que se selle y se solidifique la zona. Además, te estiran el cuello para que no sientas tanta incomodidad”.

“Estuve varios días en terapia intensiva, hasta que pasé a una habitación común, donde me empezaron a movilizar. En mi caso, lo positivo es que desde el primer día existieron buenas señales dentro de lo que es una lesión medular. Comencé a sentir, a mover mínimamente los dedos, tuve espasticidad que no es algo tan malo, empecé a tener funcionalidad de esfínteres, por lo que la lesión no fue completa”, lanzó, en un suspiro y con un dejo de satisfacción.

Muchos podrán suponer que estuvo rodeado de profesionales para apuntalarlo desde el punto de vista mental, algo que no necesitó: “Si bien recibí apoyo psicológico, por mi rara personalidad creía que mi familia y mis amigos iban a ser suficientes, tuve mucho más de lo que esperaba de todos ellos. Se sumaron más personas que se incorporaron al proceso de recuperación y con los cuales se afianzó el vínculo hasta quererlos como hermanos de la vida. Ocurrió todo lo malo que uno puede imaginar que pasó por mi cabeza, pero intenté capitalizarlo”.

“Me puse varias zanahorias adelante para alcanzar como si fueran objetivos por cumplir. Obviamente que no aspiraba a correr una maratón, mi intención era ser una persona independiente, sin perder de vista que en ese entonces tenía apenas 19 años. Hoy soy el mismo, pero con otra visión y madurez que me permite ver las cosas de otro modo. Pese a ello, valoro la entereza que tuve porque era un chico que se había roto el cuello”, apuntó Alejandro, en el segmento más crudo de la entrevista.

Todo indicio optimista era una expectativa a la cual aferrarse: “Lo primero que hice cuando de a poco empezaba a recuperar mi habitualidad fue intentar retomar la carrera universitaria y me iba bien, pero como en ese entonces hacía casi ocho horas de rehabilitación por día se hacía imposible. La idea primaria era ir al Fleni, pero vino una persona de esa clínica y se armó un espacio para mi en Irel, siempre priorizando mi idea de permanecer en Bahía cerca de mi círculo más íntimo. Otra decisión acertada”.

“Pasaron casi dos años y volví al primer amor que era estudiar Contabilidad, aprovechando que la Universidad Nacional de Quilmes ofrecía un campus virtual. Era algo serio, por lo que me interioricé y me pude dar el lujo de incluso poder amalgamar el estudio con mi idea de trabajar y seguir con la rehabilitación. La propia gente del club Sportiva me abrió las puertas y, entre ellos, ‘Pancho’ Inchausti que venía de la elite del rugby de Buenos Aires empatizó mucho conmigo”, comentó Marini, con tono de agradecimiento.

La vida le daba una oportunidad: “Me ofreció un empleo en su distribuidora, donde mi rol estaba en el área de logística. Era una empresa de fundas e insumos para teléfonos celulares, por lo que trabajaba cuatro horas, iba cinco o seis a rehabilitación y el sueldo completo se me iba en pagarle a la combi que me llevaba de mi empleo a Irel. Claramente tomé esa opción por el bienestar de mi cabeza y no lo hacía para ahorrar dinero, lo que considero otro gran acierto”.

“En un determinado momento, haber dejado la silla de ruedas para valerme de un andador significó una evolución de la rehabilitación. Es lógico que mi intención era volver a tener desplazamientos dando pasos y probé muchas cosas, hubo indicios que daban cuenta de que las posibilidades eran muy altas a partir de una prueba con canadienses. Llegué a caminar con una férula que era deportiva y como estaba muy bien entrenado podía hacer equilibrio. No era funcional, soplaba el viento y me caía, era algo ficticio”, sintetizó “El Ruso”.

Entrando en aspectos más puntillosos de su cuadro, advirtió: “Si bien del cuello hacia abajo tengo una importante afectación, la lesión está lateralizada, está más afectado el costado derecho tanto a nivel de la pierna como del brazo. En silla de ruedas tendía a andar en círculos, por lo que el andador me aporta cierta independencia y me permite poder levantarme desde alturas normales, sea de una cama o un inodoro y hasta poder vestirme, ir a un boliche o a un concierto”.

“Pude recibirme, bajando la intensidad de la rehabilitación, porque sabía que a ambas cosas no les podía poner el 100% de las energías. Muchos decían que quizás era un error, pero yo tenía en claro que quería tener una herramienta para lograr una inserción en el mercado laboral y triunfar en ese ámbito. Tener vida social me parecía importante, por lo que iba soltando cosas, modificando mis prioridades”, enunció. 

Sus perspectivas fueron estimulantes: “El segundo empleo llega gracias a Gonzalo Cos que había sido mi entrenador y me tuvo en cuenta para desarrollarme en su inmobiliaria. Buscaba a alguien que tuviera conocimientos como contador, en un tramo en el que me encontraba terminando de cursar. En ese trayecto egresé y comencé junto a él una serie de proyectos inmobiliarios, que es a lo que hoy me dedico, aunque ya de manera independiente para hacer mis propios desarrollos”.

“Fueron todos pequeños escalones que fui subiendo, porque después me tocó conocer a la que hoy es mi esposa, quien me contiene a diario y me regaló la posibilidad de convertirme en padre al lado de ella. Ser papá, en mi caso, fue la máxima realización personal porque en cierto momento, apenas sucedió aquello hace 24 años era preguntarme si iba a poder formar mi propia familia. Nos conocimos por su primo que es mi amigo e hizo de celestino. Al año le propuse casamiento y meses después celebramos nuestra boda, que con el paso del tiempo nos permitió convertirnos en padres de nuestros dos hijos”, aseveró Alejandro con los ojos brillosos de emoción.

Una de las dudas que se imponía era saber cómo se trataba su condición puertas adentro: “Para mis hijos es natural que su papá conviva con esta situación desde el punto de vista físico. A medida que crecen tienen curiosidad, con la más grande charlamos y algún compañerito, sin ninguna mala intención, trata el tema. Lo mío no es algo que pasa desapercibido, pero considero que lo nuestro es muy sano porque ante todo está el amor por lo que somos como familia. La premisa siempre fue hablar de todo, no dejar nada sin poner sobre la mesa”.

“Nadie está exento a sufrir un accidente como el que me sucedió, una fatalidad que deja una consecuencia física que hay que enfrentar con la mejor de las intenciones. Nunca hay que pretender tener la normalidad de las personas que a uno lo rodean, pero eso no significa que la complejidad del cuadro haya que atravesarlo. Aprendí a vivir con esta condición, por eso el primer tiempo de rehabilitación fue clave para que la vida diaria gane en funcionalidad”, acometió con ímpetu.

Y se detuvo en un episodio específico: “Cuando con mi grupo de amigos cumplimos 40 años, hicimos un viaje y se generó algo muy sentimental. Una de las preguntas que me hicieron fue si tocaría el botón para volver el tiempo atrás. La respuesta que di fue inmediata, contesté categóricamente que no porque logré todos mis objetivos y no sé si hubiese sido lo mismo sin esa lesión medular”.

“La vida que tengo es la que soñé y mucho más, pese a que en lo físico me cuesta, corrí el orgullo de lado y es algo en lo que trabajo porque aprendí a pedir asistencia por ejemplo cuando viajo. El clásico ‘déjame a mí que yo puedo’, siempre desafié mi situación, a veces en vano, pero es parte de mi temperamento”, exclamó, bajando el telón de su testimonio.

A modo de conclusión y sin temor a incurrir en el error, si la nota se producía hace un par de décadas, difícilmente Alejandro Marini hubiese exhibido un temperamento disímil al actual. Lo notable es que, pese a que ciertas heridas cicatrizan, supo cauterizarlas desde el primer día de su nueva condición lo que lo convierte en un cabal ejemplo de perseverancia, aplomo y fortaleza. El que hasta recién sentía que era momento de tirar la toalla y llegó a esta instancia del texto, debe haber cambiado de parecer. 

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