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De Ayer a Hoy

El empresario de la mesa chica del poder que no quiso entrar en política

A fondo, Jorge Bonacorsi aclaró cómo afrontó los dos episodios ligados con su salud. Y una reflexión sobre el compromiso con Bahía. “La sociedad me dio mucho, cuando uno puede lo debe devolver”, acotó “Corcho”.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
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Hablar de Jorge Bonacorsi es recorrer una parte de la historia de Bahía Blanca. Referente de una tradicional empresa funeraria y actual presidente de la Corporación del Comercio, Industria y Servicios, construyó una trayectoria marcada por los desafíos empresariales, la participación en entidades y una particular manera de entender el compromiso con la comunidad. En una nueva entrega de De Ayer a Hoy, abrió las puertas de sus recuerdos para compartir anécdotas familiares, momentos difíciles y reflexiones que adquirieron otra dimensión con el paso del tiempo.

Su historia comienza con un apodo que lo acompaña desde la infancia y que, según cuenta, nació de una dificultad de su hermano para pronunciar su nombre. “No le salía decir Jorge y pronunciaba algo similar a lo que luego se convirtió en el sobrenombre que me iba a acompañar el resto de mi vida”, recordó. Sin embargo, prefiere quedarse con una interpretación más optimista: “Siempre digo que me llaman ‘Corcho’ porque salgo a flote de todos los problemas”, aseguró entre risas.

Sus primeros años transcurrieron en una vivienda de Yrigoyen 157, donde permaneció hasta que se casó. Asistió al primer jardín de infantes de la ciudad, que funcionaba sobre calle Corrientes, y completó la primaria y la secundaria en la Escuela Normal. Desde muy joven manifestó interés por la economía, una inclinación que lo llevó a estudiar contador público.

Aunque nunca obtuvo el título, su desempeño académico generó una confusión que todavía persiste. En aquellos años, los estudiantes avanzados podían competir con profesionales recibidos para acceder a cargos docentes. Bonacorsi ganó dos concursos y se desempeñó durante aproximadamente tres años como ayudante de Economía Internacional y de Moneda y Crédito. “Muchos alumnos pensaban que era graduado porque me veían dando clases, pero nunca llegué a recibirme”, explicó.

El motivo estuvo directamente relacionado con la empresa familiar, que en 1970 atravesó una profunda crisis económica. La situación lo obligó a abandonar los estudios para concentrarse en la recuperación del negocio, una tarea que demandó varios años de esfuerzo. “Fueron unos cimbronazos que recién pude resolver en 1978. Después me costó volver a agarrar los libros”, admitió. Durante mucho tiempo, aquella carrera inconclusa representó una frustración, aunque con los años terminó por aceptarlo como parte de su historia.

El apellido Bonacorsi está profundamente identificado con la actividad funeraria en Bahía Blanca. No obstante, Jorge considera que esa notoriedad está vinculada fundamentalmente con las características de un servicio que acompaña a las familias en circunstancias especialmente dolorosas. “Mi apellido tiene un peso específico, pero fundamentalmente por la actividad que desplegamos. Si en vez de ser una funeraria fuéramos una carnicería, seríamos uno más”, reflexionó.

Esa particularidad lo llevó, años atrás, a intentar modificar la percepción social sobre los empresarios del sector. Para ello recurrió a Oscar Marcovecchio, a quien considera uno de los mejores publicistas que tuvo la ciudad y que posteriormente alcanzó reconocimiento profesional en Buenos Aires. Su intención era desarrollar una campaña de largo plazo que permitiera mejorar la imagen de una actividad tradicionalmente asociada con la tristeza y la pérdida.

La respuesta del especialista terminó convirtiéndose en una enseñanza que todavía recuerda. Marcovecchio le explicó que el problema no estaba necesariamente en la confiabilidad de quienes brindaban el servicio, sino en las circunstancias emocionales que rodeaban su trabajo. “Una persona al médico va con esperanza, pero a la funeraria va destruida. Entonces es imposible lograr una imagen positiva de algo que nace de la idea de la muerte”, recordó sobre aquella conversación.

Más allá de su actividad privada, Bonacorsi desarrolló una extensa trayectoria institucional, impulsada por su interés en participar de iniciativas que contribuyeran al crecimiento de Bahía Blanca. Sin embargo, nunca contempló seriamente la posibilidad de trasladar esa vocación al terreno partidario, pese a haber recibido ofrecimientos en distintas oportunidades.

“Siempre tuve por objetivo hacer cosas por el bien de la ciudad desde alguna institución, pero nunca ingresé en política porque nunca la vi como la herramienta para transformar la realidad de la sociedad”, sostuvo. Su respuesta ante cada propuesta fue terminante: “Siempre dije que no, ni siquiera me he puesto a evaluar la posibilidad. Sigo pensando que hay algo que falla y no consigo detectar de qué se trata”.

Esa postura no le impidió construir vínculos con los intendentes que gobernaron durante las últimas décadas. Por el contrario, considera que la colaboración debe mantenerse independientemente de las diferencias ideológicas. “Siempre entendí que hay que ayudar para que al intendente le vaya bien. Después, si se deja o no recibir una mano, es otro tema”, señaló.

En ese sentido, aseguró que siempre encontró predisposición para el diálogo y destacó el trato recibido por parte de los jefes comunales. “Me sentí escuchado, me han atendido bien, más allá de que después pudieran haber hecho o no lo que uno humildemente les pudo haber aconsejado”, expresó. También mencionó sus vínculos personales con Héctor Gay y Federico Susbielles, con quienes mantiene relaciones que trascienden las responsabilidades institucionales.

Uno de los momentos en los que su experiencia profesional adquirió especial relevancia fue durante la pandemia de coronavirus, cuando el sector funerario debió adaptarse rápidamente a una situación sanitaria desconocida. Bonacorsi recordó que recibían información de entidades nacionales e internacionales sobre los procedimientos que debían aplicarse frente al Covid-19. “Quienes estábamos en el rubro, al igual que los médicos, teníamos más elementos que un intendente, simplemente por una cuestión de profesión”, explicó, aunque aclaró que siempre consideró indispensable respetar la autoridad municipal.

En el plano familiar, es padre de cuatro hijos, tres varones y una mujer, a quienes asegura haber intentado acompañar y aconsejar durante las diferentes etapas de sus vidas. Uno de ellos, Mariano, alcanzó una importante exposición pública por su vinculación con Pajas Bravas, un boliche que marcó una época en la noche bahiense. Pero lo que muchos desconocen es que el propio Jorge también incursionó en ese ambiente: durante la década del 70 estuvo relacionado con Teresinha, una confitería bailable que funcionaba sobre calle Brown, casi en la esquina con avenida Colón.

La evocación de aquellos años también lo lleva a reflexionar sobre los cambios que experimentó la crianza de los hijos y el papel de los adultos dentro de las familias. “Tengo una crítica generalizada a los padres de mi época, porque los actuales están mucho más presentes en el crecimiento de sus hijos. Hoy los papás los llevan al colegio y hace 50 años era una práctica prácticamente exclusiva de las mamás”, comparó. Ahora disfruta de otra etapa: “Me encanta mi rol de abuelo porque puedo malcriar a mis nietos”, confesó entre risas.

No todos los recuerdos están asociados con momentos agradables. Durante los últimos años debió enfrentar problemas de salud que lo obligaron a modificar hábitos y extremar los cuidados. El primero estuvo relacionado con una fibrosis pulmonar, una enfermedad incurable que afortunadamente logró mantener bajo control y que, según algunos especialistas, podría tener un componente genético.

Posteriormente surgieron las complicaciones oftalmológicas. Después de una cirugía de cataratas que inicialmente parecía haber resultado satisfactoria, comenzó a experimentar dificultades visuales. Los médicos le recomendaron un trasplante de córnea, intervención que finalmente se realizó en Mendoza. Sin embargo, el cuadro se agravó con la aparición de un glaucoma que terminó provocando daños irreversibles.

“Aparentemente apareció un glaucoma infernal que tiene la característica de destruir el nervio óptico y del cual no hay retorno”, describió. Como consecuencia, perdió completamente la visión de uno de sus ojos. “Al otro lo tengo que cuidar más que nunca porque es el que me permite hacer una vida normal”, reconoció.

Entre los episodios más traumáticos que le tocó atravesar también aparece un violento asalto ocurrido durante una celebración de cumpleaños en el barrio Patagonia. La reunión se desarrollaba en el quincho de la vivienda de Eduardo Martín, propietario de Climatec, cuando dos delincuentes vestidos de negro y con pasamontañas irrumpieron sorpresivamente ante una veintena de invitados.

En un primer momento, varios de los presentes interpretaron que se trataba de una broma preparada para la ocasión. “Estaba sentado con el Bocha Marra, que tuvo mi misma sensación. Nos dimos cuenta de que era un asalto cuando le pegaron un culatazo en la cabeza”, recordó.

A partir de entonces comenzó una situación de extrema tensión. Los ladrones obligaron a los hombres a quitarse la ropa, que posteriormente mojaron, mientras trasladaban a las mujeres hacia otro sector de la propiedad. También arrojaron las llaves de los vehículos a la pileta, con una excepción que Bonacorsi todavía recuerda con sorpresa: las de su automóvil quedaron sobre una mesa. “Nos ataron con alambre, haciendo nudos propios de los que se realizan en las cárceles y que son difíciles de desatar. Era algo organizado y muy bien planificado”, relató.

Pese a los momentos difíciles, el empresario mantiene una mirada agradecida sobre su recorrido personal y considera que quienes tuvieron oportunidades de progresar deben asumir un compromiso con los sectores más necesitados. “La sociedad me ha dado mucho, más allá de algún golpe aislado que pude haber recibido en el camino. Por eso, cuando uno puede, tiene que devolver”, afirmó.

En ese sentido, expresó una crítica hacia quienes disponen de recursos y posibilidades de colaborar, pero optan por mantenerse al margen de las necesidades de la comunidad. “Juzgo negativamente a aquellos tipos que tienen muchas posibilidades, pero no hacen nada. Esa gente no me gusta”, sostuvo.

Como ejemplo de solidaridad mencionó a Luciano Martos, conocido popularmente como el “Canillita”, a quien acompaña en distintas iniciativas destinadas especialmente a los jubilados. “Es uno de mis pollos. Me emociona ver la tarea que lleva a cabo, tiene muy buenas intenciones”, destacó. También se mostró convencido de que, con mayores recursos, podría ampliar considerablemente su labor: “Es un fenómeno, un hombre que si tuviera posibilidades seguramente podría hacer el bien a muchísimos más ciudadanos”.

En la etapa actual de su vida, Bonacorsi admite que los años modificaron su escala de prioridades y la forma de proyectar el futuro. Considera que la juventud suele estar marcada por las preocupaciones inmediatas y los planes de largo plazo, mientras que la madurez permite valorar con mayor intensidad los pequeños momentos cotidianos.

“Muchos de los de mi edad vivimos la coyuntura y cuando más grandes nos hacemos, vemos el final mucho más cerca. Por eso se disfruta de cada momento, por más mínimo que sea”, reflexionó. Esa percepción también influye en sus proyectos personales. “Es muy fácil planificar a 30 años cuando uno tiene 20. En mi caso lo hago con y para mis hijos, porque para ese entonces estaré en la cama de un geriátrico o en otro plano”, expresó con su habitual franqueza.

Lejos de plantearlo desde una perspectiva pesimista, entiende que cada etapa ofrece distintas posibilidades para comprender la realidad y aportar a la sociedad. Para Bonacorsi, la verdadera responsabilidad de quienes acumularon experiencia consiste en aprovechar ese conocimiento para contribuir con el bienestar de las generaciones futuras, aun cuando no lleguen a disfrutar personalmente de los resultados.

Después de una trayectoria dedicada a la empresa familiar, la actividad institucional y el acompañamiento de distintas iniciativas comunitarias, su reflexión final parece condensar buena parte de su recorrido. Ya no se trata solamente de alcanzar objetivos personales, sino de dejar algo que trascienda el tiempo. “Hay que intentar hacer el bien aunque uno no esté para verlo, dejando de lado el corto plazo”, concluyó, convencido de que el verdadero valor de una vida también se mide por aquello que queda para quienes vienen detrás.

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