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Los secretos jamás contados de la misión que llevó al hombre a la Luna

A 57 años del primer alunizaje, nuevos detalles muestran hasta qué punto la misión de Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins estuvo rodeada de riesgos, fallas técnicas y decisiones sin margen para el error.

La llegada del hombre a la Luna quedó grabada como una de las mayores conquistas de la historia, pero detrás de aquellas imágenes hubo una sucesión de problemas que pudo cambiar por completo el destino de la misión. El Apolo 11 aterrizó en la superficie lunar el 20 de julio de 1969 y permitió que Neil Armstrong y Buzz Aldrin caminaran sobre el satélite, mientras Michael Collins permanecía solo en órbita.

El operativo formaba parte del objetivo anunciado en 1961 por el entonces presidente estadounidense John F. Kennedy: enviar a un hombre a la Luna y lograr que regresara sano y salvo antes de finalizar la década. Ocho años después, Armstrong comandó el vuelo junto con Aldrin, piloto del módulo lunar, y Collins, responsable del módulo de mando Columbia.

El plan establecía que el Eagle se separara de la nave principal con Armstrong y Aldrin a bordo, descendiera hasta la superficie y luego volviera a despegar para reencontrarse con Collins. Esa última etapa era decisiva: el módulo de ascenso constituía el único medio disponible para abandonar la Luna.

La NASA contemplaba la posibilidad de que el Eagle sufriera un accidente durante el descenso o no consiguiera despegar. En ese escenario, Collins debía abandonar la órbita lunar y emprender solo el regreso a la Tierra, aunque sus compañeros todavía estuvieran con vida sobre la superficie.

El astronauta reconocería años después que esa posibilidad había sido su principal temor durante los meses anteriores al viaje. Estimaba que las probabilidades de completar con éxito toda la misión eran cercanas al 50% y sabía que, en caso de una tragedia, quedaría marcado por haber vuelto sin Armstrong y Aldrin.

Los primeros problemas graves aparecieron durante el descenso. Cuando el módulo se encontraba a pocos kilómetros de altura, la computadora comenzó a mostrar las alarmas 1201 y 1202. Los avisos indicaban que el sistema estaba recibiendo más tareas de las que podía procesar en ese momento.

Desde el centro de control, el especialista Jack Garman determinó que la nave todavía podía continuar. La computadora descartaba operaciones de menor importancia para concentrarse en las funciones indispensables para el alunizaje, por lo que Houston autorizó a la tripulación a seguir adelante.

El sitio seleccionado previamente tampoco ofrecía condiciones seguras. Armstrong observó que la trayectoria automática conducía al Eagle hacia una zona cubierta por rocas, cerca de un cráter, y tomó el control manual para buscar un terreno más despejado.

La maniobra consumió más combustible del previsto. Cuando el módulo se encontraba a unos 30 metros de altura, se encendió la advertencia que indicaba que solo quedaba alrededor del 5% del combustible. Esa reserva representaba aproximadamente 90 segundos de vuelo suspendido antes de que fuera necesario abortar el intento.

Armstrong continuó desplazándose sobre la superficie hasta encontrar un espacio adecuado. Mientras tanto, el motor levantaba polvo lunar y reducía cada vez más su visibilidad. Finalmente, el Eagle se posó en el Mar de la Tranquilidad y la tripulación confirmó a Houston que había llegado.

La tranquilidad duró poco. El alunizaje constituía apenas la mitad de la misión: Armstrong y Aldrin aún debían realizar sus tareas en la superficie, regresar al interior del módulo, poner en marcha el motor de ascenso y alcanzar nuevamente a Collins, que continuaba orbitando la Luna en el Columbia.

Antes de salir, Aldrin realizó una ceremonia religiosa privada. El astronauta, integrante de una iglesia presbiteriana, había llevado pan y vino en un pequeño kit preparado por su pastor. Tras pedir por radio que quienes escuchaban reflexionaran sobre lo ocurrido, celebró la comunión dentro del módulo. Años más tarde reconoció que, de repetir la experiencia, habría elegido un gesto que representara de manera más amplia a toda la humanidad.

Neil Armstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin. (Foto: NASA)

Armstrong descendió primero y se convirtió en el primer ser humano en pisar la Luna. Poco después lo siguió Aldrin. Ambos permanecieron unas dos horas y media fuera del Eagle, tomaron fotografías, recogieron muestras del suelo e instalaron distintos instrumentos científicos.

Entre los equipos desplegados había un detector de partículas solares y un dispositivo destinado a estudiar los movimientos sísmicos. También colocaron una cámara para transmitir las imágenes y dejaron una placa que señalaba que hombres del planeta Tierra habían llegado allí “en son de paz” y en nombre de toda la humanidad.

La bandera de Estados Unidos fue sostenida mediante una barra horizontal para que permaneciera extendida en un ambiente sin viento. Los astronautas también dejaron homenajes a los tres integrantes del Apolo 1 —Virgil Grissom, Edward White y Roger Chaffee—, fallecidos en 1967 durante un incendio ocurrido en una prueba en tierra.

A esos recuerdos se sumaron medallones dedicados a los cosmonautas soviéticos Yuri Gagarin, primer hombre en viajar al espacio, y Vladimir Komarov, muerto durante una misión. El gesto buscó reconocer a quienes habían perdido la vida durante la carrera espacial, más allá de la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Otra historia nunca confirmada rodea a Armstrong. Su hija Karen había muerto en 1962, cuando tenía dos años, como consecuencia de un tumor cerebral. De acuerdo con una versión familiar, el astronauta pudo haber llevado y dejado en la Luna una pequeña pulsera que pertenecía a la niña. Armstrong jamás habló públicamente del asunto y sus hijos reconocieron que no podían asegurar que hubiera sucedido.

La placa que el Apolo 11 dejó en la Luna como testimonio del primer alunizaje humano. (Foto: Reuters)

Después de completar la caminata, Armstrong y Aldrin regresaron al Eagle para descansar y preparar el despegue. Fue entonces cuando descubrieron un desperfecto que podía dejarlos atrapados: durante sus movimientos dentro de la estrecha cabina, uno de los voluminosos equipos de soporte vital había roto la perilla del disyuntor que armaba el motor de ascenso.

El interruptor era indispensable para enviar energía al sistema que debía levantar la parte superior del módulo. Sin la pieza, no podían accionarlo de la manera prevista. Aldrin encontró una solución tan sencilla como inesperada: introdujo la punta de una lapicera de fibra en el espacio dejado por la perilla y consiguió cerrar el circuito. La telemetría confirmó luego que el sistema estaba correctamente configurado.

El motor se encendió y el módulo abandonó la superficie lunar. Armstrong y Aldrin habían permanecido allí 21 horas, 36 minutos y 21 segundos. Tras alcanzar la órbita, lograron acoplarse al Columbia y volvieron a reunirse con Collins.

Antes de regresar, la parte del Eagle utilizada para el ascenso fue descartada. Los tres astronautas iniciaron entonces el viaje hacia la Tierra y amerizaron en el océano Pacífico el 24 de julio. Luego fueron sometidos a un período de aislamiento por temor a que las muestras lunares pudieran contener algún microorganismo desconocido.

La vida de los protagonistas cambió para siempre. Armstrong dejó la NASA dos años después y se dedicó a la enseñanza universitaria y a distintas tareas de investigación aeroespacial. Collins se retiró al año siguiente y desarrolló una carrera vinculada con la administración pública y el Museo Nacional del Aire y el Espacio de Estados Unidos.

Para Aldrin, en cambio, el regreso resultó particularmente difícil. El astronauta atravesó una depresión y problemas con el alcohol, y sostuvo que la NASA los había preparado para soportar los riesgos técnicos del viaje, pero no para afrontar el impacto psicológico de convertirse repentinamente en figuras mundiales.

La misión terminó con éxito, aunque estuvo lejos de ser una operación perfecta. Una computadora sobrecargada, un terreno lleno de rocas, una reserva mínima de combustible, un interruptor roto y un protocolo que contemplaba dejar astronautas en la Luna formaron parte de una hazaña que dependió tanto de la tecnología como de la capacidad de improvisación de sus protagonistas.

Nota de Alberto Amato para TN

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