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Ciencia y fertilidad: el desarrollo argentino que abre nuevas expectativas

Investigadores del Conicet desarrollaron una técnica que reproduce en laboratorio el proceso natural de capacitación espermática y busca aumentar la calidad de los embriones en tratamientos de fertilización in vitro.

Muestras de espermatozoides durante el proceso de FIV en Fertya Medicina Reproductiva. (Foto Carolina Baro Graf).

Por Juan Tucat, redacción de La Brújula 24 (@JuanTucat)

En la reproducción asistida hay una escena que suele quedar fuera del debate público: detrás de cada tratamiento hay ciencia, tiempo, expectativa, frustración y una pregunta que pesa sobre miles de parejas. ¿Cómo mejorar las chances de lograr un embarazo cuando el camino natural no alcanza?

En Argentina se realizan alrededor de 25 mil procedimientos de asistencia reproductiva por año, pero los nacimientos son muchos menos. La distancia entre una cifra y otra muestra el desafío que todavía enfrenta la medicina reproductiva: lograr más y mejores embriones, reducir la cantidad de intentos y aumentar las posibilidades de que una pareja pueda volver a su casa con un bebé.

En ese escenario aparece HyperSperm, una tecnología desarrollada por científicos de Conicet a través de Fecundis, una empresa de base tecnológica reconocida por el organismo. La innovación apunta a un aspecto central de la fertilización in vitro: mejorar funcionalmente al espermatozoide antes de que entre en contacto con el óvulo.

Darío Krapf, investigador del Conicet en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario y cofundador de Fecundis, explicó en diálogo con el programa Nunca es Tarde, por La Brújula 24, que la fertilización in vitro forma parte de las técnicas de asistencia reproductiva a las que recurren muchas parejas cuando no logran concebir naturalmente.

“Hay muchas parejas en el mundo, más o menos una de cada seis parejas, o sea, el 15% de la población, que enfrenta problemas a la hora de concebir naturalmente”, sostuvo.

Krapf diferenció las técnicas de baja complejidad, como la inseminación intrauterina, de las de alta complejidad. Dentro de estas últimas aparecen principalmente dos alternativas: la fertilización in vitro tradicional y la técnica conocida como ICSI, por sus siglas en inglés, que consiste en inyectar un espermatozoide dentro del óvulo.

“La fecundación in vitro tradicional es juntar espermatozoides con óvulos en un tubo de ensayo y que naturalmente sea el más apto, o ese espermatozoide que por sus propios medios fecunde al óvulo”, explicó.

Darío Krapf, Valentina Torres Montserrat y Carolina Baro Graf en el laboratorio de Fecundis en Rosario. (Foto: Elizabeth Karayekov - IBR).

Ese punto es clave para entender el lugar que busca ocupar HyperSperm. Durante años, buena parte de los desarrollos tecnológicos en reproducción asistida estuvieron orientados a seleccionar mejores gametos o mejores embriones. Esta innovación, en cambio, intenta mejorar previamente al espermatozoide, reproduciendo en el laboratorio un proceso que normalmente ocurre dentro del cuerpo de la mujer.

“El espermatozoide recién eyaculado de todos los mamíferos, inclusive el nuestro, de los humanos, no tiene potencial fértil. Tiene potencial fértil, pero no la capacidad de fecundar”, señaló Krapf.

El investigador explicó que, para poder fecundar, el espermatozoide necesita atravesar un proceso llamado capacitación espermática. Se trata de una serie de cambios que ocurren naturalmente en el tracto reproductivo femenino varias horas después de la eyaculación.

“Ese aprendizaje se da naturalmente dentro del cuerpo de la mujer, luego de la eyaculación, en el transcurso de varias horas”, precisó.

La dificultad aparece cuando la fertilización se realiza fuera del cuerpo. En la fecundación in vitro, los óvulos se obtienen por punción ovárica y los espermatozoides a partir de una muestra de semen. Luego, ambos se encuentran en una placa de laboratorio. Allí, el espermatozoide no atravesó el mismo camino que recorrería en una concepción natural.

“Nosotros hace mucho tiempo, un poquito más de dos décadas, que venimos estudiando los eventos moleculares que le ocurren al espermatozoide dentro del cuerpo de la mujer. Y lo que hicimos con esta tecnología es replicar eso que le pasa al espermatozoide dentro del cuerpo de la mujer, pero en un tubo de ensayo”, resumió Krapf.

La explicación científica tiene una traducción visual. Si se observa al microscopio, el espermatozoide capacitado cambia su forma de moverse. Nada con mayor vigorosidad, con una especie de impulso extra que los especialistas denominan hiperactivación.

Darío Krapf en su oficina del Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario. (Foto: Elizabeth Karayekov - IBR).

“Es como si se tomó un Red Bull”, graficó el investigador, para describir ese cambio que permite que el espermatozoide adquiera más fuerza para llegar al óvulo y fecundarlo.

Pero la tecnología no se limita a mejorar el movimiento. Krapf remarcó que la ciencia ya dejó atrás una mirada reducida sobre el rol del espermatozoide. Durante mucho tiempo se lo pensó como un simple transportador de ADN. Hoy se sabe que su aporte puede influir también en el desarrollo posterior del embrión.

“Antes se pensaba que el espermatozoide era una motito de un delivery, que lo único que hacía era llevar el ADN al óvulo, le entregaba el ADN paterno al óvulo y le decía cumplí mi objetivo, ahora arreglate”, describió. “Ahora sabemos que ese espermatozoide, asistido por estos mecanismos de capacitación que ocurren en la mujer, inclusive algunos eventos previos también que ocurren en el hombre, son fundamentales para obtener un embrión sano”.

Los resultados difundidos por CONICET corresponden a una prueba clínica realizada en tres centros de fertilidad: Fertya Medicina Reproductiva, en Rosario; Pregna Medicina Reproductiva e In Vitro Buenos Aires. Participaron 41 parejas con indicación de fertilización in vitro por método tradicional.

El diseño utilizado permitió comparar dentro de cada caso. La muestra de semen y los óvulos de cada pareja se dividieron en dos: una parte siguió el procedimiento convencional y la otra incorporó HyperSperm antes del encuentro entre espermatozoides y ovocitos. De esa manera, los investigadores pudieron observar diferencias entre ambas estrategias en un mismo contexto biológico.

“Nosotros sistemáticamente a lo largo de todas estas parejas tuvimos una comparación interna dentro de cada individuo de cómo se desempeñaba HyperSperm frente al método estándar”, explicó Krapf.

Según el investigador, los embriones obtenidos con la nueva tecnología mostraron mejores resultados. “Los embriones que se obtuvieron en estos ya más de 70 parejas tratadas en Argentina con nuestra tecnología, sistemáticamente son de mejor calidad”, afirmó.

Uno de los indicadores más importantes en reproducción asistida es la posibilidad de llegar al estadio de blastocisto, que suele alcanzarse entre el quinto y sexto día de desarrollo embrionario. En esa etapa, el embrión ya cuenta con entre 150 y 200 células y se considera apto para ser transferido al útero.

“El desarrollo de los embriones en el laboratorio debe cursar hasta el día 5 o 6. Muchas veces el médico decide, por distintas circunstancias, transferir un embrión que no ha llegado todavía al día quinto o sexto. Esas son cuestiones particulares, pero en general el embrión alcanza el estadio de blastocisto al quinto o sexto día, que mejores resultados da cuando se los transfiere al cuerpo de la mujer”, explicó Krapf ante la consulta de un oyente.

El científico también remarcó que uno de los grandes problemas actuales de la clínica reproductiva no está necesariamente en lograr la fecundación inicial, sino en conseguir embriones de buena calidad y con capacidad de implantarse.

“Hoy en día el cuello de botella más importante que enfrenta la clínica reproductiva es la cantidad y calidad de embriones obtenidos. Ese es el cuello de botella”, sostuvo. “Lo que nosotros intentamos es aumentar no solo la cantidad de embriones, sino que sean de mejor calidad, y eso va a aumentar muchísimo las chances de que esa mujer tenga un embarazo a término”.

Otro dato relevante es la calidad cromosómica de los embriones. En los tratamientos de fertilización in vitro, muchos embriones no presentan una dotación cromosómica correcta. Por eso, en ciertos casos se realiza un diagnóstico genético preimplantatorio para evaluar si son cromosómicamente normales.

“Lo que nosotros vimos es que los embriones que derivan de nuestra tecnología son correctos en un porcentaje muchísimo mayor”, indicó Krapf. Para el investigador, esa mejora podría traducirse en menos intentos y mayor probabilidad de éxito para las parejas que atraviesan estos tratamientos.

De todos modos, HyperSperm todavía no está disponible de manera comercial. Krapf aclaró que los resultados publicados corresponden a una segunda prueba clínica y que aún resta avanzar con una tercera etapa, más amplia, que incluirá a 202 parejas.

“Ojalá esto esté pronto disponible en el mercado, esperamos que para dentro de un año y algunos meses. Nos falta todavía la tercera prueba clínica, que va a ser en 202 parejas, para finalmente cumplimentar con todos los pasos requeridos a nivel regulatorio”, señaló.

El objetivo, además, es que si la tecnología completa ese proceso y demuestra su utilidad, pueda ser incorporada dentro del sistema de cobertura previsto por la ley de reproducción asistida.

“Lo que más queremos es que dentro de la ley de reproducción asistida que tiene nuestro país, esto también sea nomenclado y absorbido por las obras sociales y prepagas que operan en nuestro país”, planteó.

La conversación también permitió abrir una mirada más amplia sobre fertilidad y cambios sociales. Krapf advirtió que cada vez más personas postergan la decisión de tener hijos por motivos laborales, educativos, económicos o culturales. Ese retraso tiene impacto biológico, tanto en mujeres como en varones.

“Hoy en día las parejas esperan cada vez más por distintos motivos sociales, culturales, que ya todos conocemos, esperan más tiempo hasta la hora de decidir ser padres”, analizó.

El investigador señaló que existe una idea instalada según la cual la edad del varón tendría poca importancia en la reproducción, pero aclaró que no es así.

“Antes se pensaba que el hombre no importaba, que podía ser padre a los 80 años de igual manera. Y la realidad es que sí, el hombre puede ser padre a los 80 años, pero la calidad no tiene ni cerca nada que ver en un hombre de 20, de 30, 40, 50. La calidad se va perdiendo y muy significativamente y eso impacta de gran manera en el desarrollo embrionario”, sostuvo.

En la mujer, el paso del tiempo tiene un efecto más conocido, vinculado a la reserva ovárica y a la calidad de los óvulos. Pero el dato que subrayó Krapf es que la demanda de técnicas de reproducción asistida sigue creciendo, especialmente entre personas que deciden buscar un embarazo a edades más avanzadas.

“Todos sabemos que la natalidad en el mundo, en todos lados, va decreciendo muchísimo, pero las tasas de natalidad aumentan en parejas de 40 años a través de la técnica de fertilización in vitro”, afirmó. “Esto sigue creciendo porque cada vez son más las personas que deciden tener un hijo de manera tardía y ya la cosa no funciona muy bien”.

La investigación sobre HyperSperm combina ciencia básica, desarrollo tecnológico y aplicación clínica. No promete resultados automáticos ni elimina la complejidad emocional y médica de los tratamientos de fertilidad. Pero abre una posibilidad concreta: intervenir en un paso que hasta ahora no ocupaba el centro de la escena, la capacitación del espermatozoide, para mejorar la calidad de los embriones.

En un campo donde cada intento implica tiempo, dinero, expectativas y desgaste emocional, cualquier mejora validada científicamente puede representar una diferencia enorme.

Krapf lo sintetizó con una imagen simple: la misión es que más pacientes puedan llegar antes al resultado que esperan. En otras palabras, que la ciencia logre acortar un camino que para muchas parejas suele ser largo, incierto y profundamente sensible.

Con información de Conicet.gov

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