De Ayer a Hoy
"El desafío es preguntarse qué sentido tiene la fe en un pibe de 17 años"
Miguel Vidal se convirtió en un referente de Cáritas. El amor por la docencia. Y ese punto de quiebre que significó un hecho cotidiano en calle Viamonte, el que cambió la perspectiva de cuál sería su misión.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco
Su vida podría contarse como una serie de viajes, pero no solo geográficos. De un cerro perdido en Chapelco a las aulas rurales del sur bonaerense. Es dueño de una historia que está hecha de pasos que parecen improvisados, pero que lo fueron llevando, casi sin que lo advirtiera, hacia una búsqueda más profunda. En cada mudanza, cada trabajo inesperado y cada decisión que tomó por intuición más que por certeza, aparece un hilo común: la necesidad de comprender quién era y qué lugar quería ocupar en el mundo.
El derrotero, que empezó entre los caminos de ripio de Junín de los Andes y continuó entre libros de Física, charlas con curas salesianos, un bar del centro bahiense y salones con alumnos donde aprendió a enseñar, es también un espejo de la metamorfosis personal de una generación. El protagonista de esta edición de “De Ayer A Hoy” habla de su infancia, la fe, la educación, los jóvenes y de sí mismo sin solemnidad, con la honestidad de quien sabe que cada etapa lo fue moldeando, incluso aquellas que parecían un desvío.

“Soy Miguel Ángel Vidal, nací en el conocido turísticamente Cerro Chapelco el 6 de junio del año 1971, pero tanto mi niñez como la adolescencia la transité en Junín de los Andes, como el menor de tres hermanos”, resumió al momento de romper el hielo, al tiempo que añadió: “Mi papá trabajaba en el Senasa, era una suerte de asistente de veterinario, inspector de servicios sanitarios”, lo que lo llevaba a recorrer distintos puntos de la provincia”.
Así era la vida rural por esas latitudes, donde el territorio propio muchas veces se armaba a pulso. La infancia, comentó, fue “maravillosa”. Y agregó: “El pueblo en el que crecí tenía cinco mil habitantes en esa época”. De ese lugar recordó un detalle muy particular: “La mitad más o menos eran militares porque allí hay dos regimientos”. Era un lugar donde la cercanía con la frontera y la vida de montaña marcaban la rutina.

Hizo el primario en el Colegio Ceferino Namuncurá, una de las pocas escuelas del sitio: “Había dos colegios, la Escuela 7 y el establecimiento al que concurrí”. “Solo había una institución para realizar el secundario porque el otro era únicamente para mujeres. Soy perito mercantil con orientación forestal, era lo único que había, no existía otra opción”.
En esos años ya aparecía la energía inquieta que lo acompañó toda la vida. “Siempre fui muy deportista”, cuenta. Probó de todo: “Jugué todos los deportes que pude”. Y aunque pasó por el rugby, el básquet y el fútbol, hay uno que menciona con algo especial: “Para lo único que jugué mejor fue el voley. Fui federado, estuvimos preseleccionados para la selección”. De ese tiempo aún conserva amigos dispersos en distintos puntos del país. “Cada tanto nos encontramos y hacemos algún campamento”, evoca con satisfacción.

Al terminar la secundaria en 1988, tenía un plan claro: estudiar ciencias exactas. “Me gustaba mucho esa temática; paradójicamente por lo que luego ocurrió con mi vida, las asignaturas humanas no me atraían”, dice sin vueltas. “Siempre me llevé todas esas materias”. Se anotó para estudiar Física en La Plata, pero la carta que remitió a la Universidad Nacional de La Plata para inscribirse nunca llegó. Entonces decidió quedarse un año trabajando en su localidad natal para juntar dinero y reintentarlo.
Fue 1989, el año de la hiperinflación, volvió a insistir, aunque sin éxito: “Todo lo que junté no me sirvió para nada”. Ese año trabajó en la fábrica de riles de pesca STH, un lugar emblemático de la zona. El empleo lo consiguió con una mezcla de suerte y audacia: “Me preguntaron si sabía hablar inglés y dije: of course” (risas). Sabía apenas lo básico, pero fue suficiente para empezar a atender a los extranjeros que visitaban la fábrica.

Su llegada a la ciudad en la que aún hoy reside fue casi una aventura. “Lo único que tenía era un cuchillo que me habían regalado, una frazada y el bolso con la ropa”, recordó entre risas. Vivió primero en Punta Alta con un tío, luego se instaló en Bahía, en la casa de una tía en calle Mitre. Se inscribió en la UNS, más específicamente en la licenciatura en Física. El primer año le costó: “Vi la diferencia que había entre estudiar en Junín de los Andes y acá”. Aun así, se acomodó gracias a “compañeros extraordinarios”.
Mientras estudiaba, trabajó de barman en un café frente a la Plaza Rivadavia, sobre la calle Alsina. “Primero lavé copas en la parte trasera del comercio y después pasé a la barra”, contó. “Estaba ahí desde las 5 de la tarde hasta que cerraba”. En paralelo hacía el curso de nivelación, cruzaba de un lado a otro y se sostenía como podía.

Hasta que un episodio aparentemente menor lo sacudió para siempre. Volvía de la casa de un amigo en la calle Viamonte cuando vio a un hombre empujando su auto con la familia adentro. “Pasé de largo y unos 50 metros más adelante me frené y dije: si hubiese estado en Junín, a ese tipo lo ayudaría”. Volví sobre mis pasos y le di una mano. Pero lo que quedó flotando fue otra cosa: “Me empezaron a pasar cosas que no quería que me sucedieran. Me sentía como alienado, había cosas en mí que no me gustaban”.
Un amigo salesiano lo conectó con el cura Ricardo Nocetti. El protagonista del testimonio buscaba respuestas. “Eran épocas donde ir a un psicólogo era más complejo, te miraban feo”. En la primera charla, el párroco le dijo sin rodeos: “Vos tenés vocación sacerdotal”. Miguel lo recuerda con naturalidad. “Estaba buscando una respuesta”, dijo y “la única forma de resolverlo era metiéndome de lleno”.

Lo que siguió fue inesperado para su familia y el entorno que iba a conocer la motivación que se había despertado: “Cuando llegué a Junín, conté la novedad. Fue como una bomba total. Nadie esperaba eso”. Sus amigos tampoco se quedaron callados: “Me recalcaban que se terminaron las salidas, conocer chicas”, recuerda entre risas.
Lejos de apichonarse, dio el siguiente paso, Ingresó al noviciado salesiano y tuvo que cambiar de carrera, iniciando el primer año de Filosofía. “Me costaba leer, no tenía el hábito”. Aun así, las materias más afines a las ciencias exactas las aprobó con facilidad: “Estadística y lógica las hice de taquito, me saqué nueve y diez”. El resto fue aprendizaje, nuevas miradas. “Descubrí que me gustaba mucho el trabajo con la gente, con los pibes”.

Después de un año decidió irse del noviciado. “Estaba todo más que bien, pero me sentía muy encerrado”. Siguió estudiando Filosofía y volvió a convivir con los amigos que había conocido cuando incursionó en Física, a quienes describe como “tres completamente ateos” pero con quienes vivió “dos años extraordinarios”. Ellos, grandes lectores, lo empujaron hacia la literatura: “Si vas a estudiar Filosofía y no te gusta leer, no sirve”, le dijeron con total crudeza. El primer libro que leyó Miguel fue “Crónica de una muerte anunciada”.
En 1993, por recomendación del propio Padre Ricardo, ingresó a trabajar como preceptor en el Colegio Don Bosco. En 1995 le ofrecieron horas de religión. “Hice mi orientación en pastoral y Biblia, para terminar siendo profesor”. También tomó horas en el Colegio la Inmaculada e inició un camino que ya no abandonó: el de la docencia.

A lo largo de los años, su compromiso social y religioso se fue entrelazando: “La fe tiene tres patas: cómo uno vive lo que cree, cómo lo practica y cómo lo celebra”. La experiencia en Cáritas fue parte de eso: “Es una manera de percibir la fe, de compartir lo que se cree”.
Miguel descubrió también su auténtica vocación: “Me di cuenta que me gustaba la docencia y tiempo después descubrí que podía haber enseñado cualquier cosa”. Hoy sigue dando clases de Filosofía en distintos pueblos rurales: “Periódicamente voy a Mayor Buratovich, Teniente Origone, hay días que regreso a casa a dedo, pese a que estoy grande, pero lo sigo haciendo”.

Consultado por este cronista sobre su relación con los jóvenes y los cambios de época, Vidal no vaciló en admitir que; “Tenés que adaptarte porque uno ya no es contemporáneo a ellos”. La Educación Sexual Integral, por ejemplo, lo obligó a una profunda deconstrucción: “La mayoría de nosotros no fuimos formados en esa temática. Entonces, cómo se acompaña un proceso de un joven cuando no accedí a nada de eso”. En los conceptos que esgrime, habla de aprender, dejarse interpelar y revisar creencias junto a su esposa y los otros colegas.
Y también plantea una mirada crítica sobre la propia estructura educativa religiosa: “Cómo está hoy la realidad, cómo están las escuelas religiosas y de qué manera está dada la religión, no sirve para nada”. Miguel cree que “deberíamos tener otra dinámica, otro trabajo”, y que el desafío real es preguntarse “qué sentido tiene hoy la fe en un pibe de 17, 18 años”.

“El Negro”, como lo conocen en el ambiente en el que se mueve habla sin grandilocuencias, pero cada episodio de su vida prende una luz sobre un recorrido que nunca fue lineal. La Patagonia, la universidad, la fe, el noviciado, los libros que llegaron tarde, la docencia, las escuelas rurales, y una pregunta que lo acompaña desde aquel día en que asistió a quienes tuvieron un problema mecánico con su vehículo: quién es uno y qué tipo de persona quiere ser frente a los demás. Su historia es, justamente, esa búsqueda.
La biografía de Miguel termina en movimiento, igual que empezó. Sigue dando clases, sigue haciéndose preguntas, sigue mirando a los jóvenes como una oportunidad de aprender lo que él tampoco aprendió a tiempo. Mientras, repiensa el rol de la fe, de la escuela y del vínculo humano en un mundo que cambia sin pedir permiso, deja flotando una certeza simple: que la búsqueda nunca termina, y que en ese camino –repleto de dudas, decisiones y encuentros– uno también se encuentra a sí mismo.

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