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De Ayer a Hoy

"Estar cerca de la muerte te enseña a vivir", admitió el socorrista Portela

Fundador y referente de la Brigada SER, descubrió en la enfermería la legítima vocación. El hecho trágico que lo llevó a elegir la profesión. Y una preocupación: “Hoy sobra información, pero falta práctica”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

A Daniel Portela, la historia lo encuentra siempre en el mismo punto del mapa emocional: Bahía Blanca. “Hace nada más que 65 años que vivo acá”, dice con picardía, como quien subraya que el arraigo no se mide en papeles sino en la piel. Es que hubo un corto período que lo ubicó en otro espacio geográfico, pero de eso nos ocuparemos luego  

Creció en su casa de la infancia en Las Heras al 400, en pleno macrocentro, cerca de la vieja Maternidad del Sur y a metros del Teatro Municipal. Una zona de veredas amplias, comercio barrial y un ritmo que, según recuerda, “tenía otro tiempo”.

Su infancia transcurrió entre la Escuela 4 y, por un breve lapso, la 18. Ese cambio se debió al trabajo de su padre en Gendarmería, servicio que los obligaba a mudanzas ocasionales. “Volví a hacer tercer y cuarto grado en la 18, y después otra vez a la 4. Siempre supe que iba a terminar acá”, rememora.

De chico, confiesa, no era el alumno más dócil. “Hacía los deberes en la dirección”, cuenta entre risas, sin victimizarse ni exagerar. Su inquietud lo llevaba a chocar con la disciplina del aula. Practicó varios deportes —rugby y handball entre ellos— pero nunca fútbol. “Es algo que no me atrapó jamás”, afirma.

En casa, la estructura era clásica: su mamá, ama de casa y costurera, sostenía todo lo que no se veía, mientras sus dos hermanos, ambos menores, crecían con destinos distintos: uno sería guardaparque y el otro ingresaría a desempeñar labores en la Municipalidad de Tornquist.

La adolescencia trajo un quiebre. Su padre fue trasladado a Buenos Aires y él terminó la secundaria en el Colegio Manuel Belgrano. Vivían en 25 de Mayo y Córdoba, pleno centro porteño. Sin embargo, nada reemplazó la sensación de pertenencia que tenía con Bahía Blanca. “Un fin de semana y volvía”, dice. Lo hacía como podía, a veces ajustando horarios y presupuestos, pero impulsado por ese ancla emocional que, insiste, nunca se cortó.

Al terminar quinto año ya tenía claro que quería dedicarse a la salud. “La medicina era casi inaccesible por aquellos días, pero encontré en la enfermería un camino posible”, apuntó. Se formó, se profesionalizó y alcanzó la licenciatura. Podría haberse quedado en Buenos Aires —trabajo no le faltaba—, pero eligió regresar a Bahía sin vacilar. 

“Todo lo que hacía era para volver a mi ciudad natal”, admite. Llegó aquí sin un empleo fijo, empezó con enfermería domiciliaria y volvió a encontrarse con otra de sus pasiones: el socorrismo, la asistencia inicial, la respuesta rápida. Su destino parecía escrito a fuego.

A comienzos de los 90, los servicios de emergencia en Bahía Blanca tenían una presencia muy fuerte. “Trabajé en SEM y en Alerta, dos instituciones que coexistían una casi frente a la otra. “Era como cruzar la vereda y cambiar la camiseta. Un día parecías de Boca y otro de River”, recuerda. La experiencia lo curtió y lo formó en el terreno, en la calle, en situaciones donde la teoría caducaba en segundos.

Ese entrenamiento constante fue clave cuando ocurrió un hecho que marcó a la ciudad: el atentado a la AMIA en 1994. “Aunque el episodio fue en Buenos Aires, despertó en mí una pregunta urgente: quién capacitaba en Bahía a la gente para actuar frente a una emergencia. Esa inquietud se transformó en acción”.

Junto a un pequeño grupo de voluntarios —“seis trasnochados”, como los describió más tarde el ingeniero Fioravanti, director de Defensa Civil— fundaron la Brigada de Rescate. Lo hicieron en un contexto donde Cruz Roja, por entonces, atravesaba dificultades y había dejado baches en capacitación. 

“La brigada nació como una estructura intermedia entre Defensa Civil y la asistencia prehospitalaria, con el objetivo de formar a la comunidad, intervenir en incidentes y trabajar siempre bajo protocolos ordenados”, resaltó. Hoy, tres décadas después, es una ONG reconocida por el Ministerio del Interior y con un vínculo operativo permanente con Defensa Civil.

Su memoria también guarda escenas anteriores a la brigada, como las de la explosión del Elevador N° 5 en Ingeniero White, un episodio que lo encontró recién regresado de Buenos Aires. “Cumplo años el 2 de marzo y unos días después ocurrió todo. Esa noche (el 13 de ese mes) había un movimiento bárbaro. Ahí entendí que la ciudad necesitaba algo más”, reflexionó.

Con el tiempo vio transformarse la conducta social, la educación vial y la manera en que la gente se relaciona con el riesgo. “Hoy hay información, pero no hay práctica. Y sin práctica no llegás a ningún lado”, afirma. 

A Portela le preocupa la conducción temeraria, el consumo de alcohol y la naturalización de ciertos comportamientos. “Hace quince años circular a 90 kilómetros por hora era un comportamiento alocado. Hoy esa velocidad se da recién al pisar la ruta. Cambió la cultura, cambió el parque automotor y las calles no acompañan”.

En lo personal, asegura sentirse afortunado. Tiene una compañera que lo comprende y lo acompaña en una vida que no entiende de horarios. No acumula reproches ni renegó del poco tiempo libre que le dejó esta vocación. “El día que me despierten a las tres de la mañana por una urgencia y diga ‘qué macana’, ahí me voy a replantear mi rutina. Por ahora, nunca me pasó”, afirma.

Ante situaciones límite, dice, la profesión lo volvió más consciente del valor de cada día: “Estar tan cerca de la muerte te enseña a vivir. Te muestra que la vida se te puede ir en dos minutos y quedarte con cosas pendientes”. Una reflexión que deja pensando a todos los que les recorre sangre por las venas.

Hoy, a diferencia de sus comienzos, los miembros de la Brigada ya contamos con espacios de contención psicológica y comparten distintos momentos de catarsis grupal los cuales son indispensables para procesar esas escenas dolorosas.

“He estado presente en nacimientos y también en despedidas, asistí a criaturas y a adultos mayores, coordiné operativos, formé voluntarios, vi crecer la ciudad y sus desafíos. Todo eso me moldeó, pero nunca alteró mi vínculo con el lugar al que siempre quise volver”, aseveró ciertamente nostálgico.

“Mi historia transita por calles conocidas, guardias nocturnas, emergencias y aprendizajes”, remarcó. Por último, confirma algo que él repite sin ningún tipo de solemnidad, casi como ua simple pensamiento: Bahía Blanca no fue solo su origen, también se convirtió en su destino de siempre.

La historia de Daniel Portela no se lee como la de un héroe, sino como la de un vecino que entendió que el compromiso cotidiano también construye comunidad. Sabe, porque lo vivió una y mil veces, que la vida se modifica en segundos y que lo único verdaderamente valioso es lo que uno hace en ese breve margen. Y por eso sigue ahí, firme, del lado donde siempre hizo falta: el del cuidado, la entrega y el servicio.

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