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Talita Kum: la ONG bahiense en la que la esperanza enlaza con la ilusión

En un sector puntual de la ciudad, la asociación civil suma más de 15 años transformando la realidad de decenas de familias con acompañamiento escolar, asistencia alimentaria y lazos comunitarios.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco

En los barrios Villa Muñiz y Oasis, donde la desigualdad se respira a diario y la infancia carga con realidades que duelen, un grupo de personas decidió hace años que no podía quedarse mirando. Así nació Talita Kum —“Levántate, niña”, en arameo—, un espacio donde los sueños de los más chicos encuentran cobijo, y donde la solidaridad dejó de ser una palabra para convertirse en acción concreta.

Desde 2008, y con personería jurídica desde 2017, la Asociación Civil Talita Kum trabaja en el corazón del sureste bahiense para acompañar a niñas, niños, adolescentes y familias que enfrentan vulnerabilidad social y económica. Su sede, en San José 1042, fue cedida por una comunidad religiosa y se transformó con el tiempo en un centro de encuentro, contención y aprendizaje. No hay carteles luminosos ni recursos sobrantes, pero sí una convicción que mueve montañas: que cada chico merece ser escuchado, alimentado y educado.

El espacio de apoyo escolar es el alma del proyecto. Todos los viernes, entre las 17:30 y las 19, el salón se llena de voces, cuadernos y risas. Los voluntarios —entre ellos estudiantes, docentes y vecinos del barrio— se reparten entre mesas improvisadas para ayudar con las tareas, reforzar contenidos y acompañar trayectorias escolares que, de otro modo, podrían truncarse. El cierre de cada jornada tiene sabor a hogar: una merienda compartida, un juego, una charla. “A veces lo que necesitan no es que les expliquen una cuenta, sino que alguien los mire con cariño”, confiesa una de las coordinadoras.

La iniciativa no funciona de manera aislada. Talita Kum articula con la Escuela N°50 —a la que asisten la mayoría de los chicos— y con instituciones barriales como sociedades de fomento, clubes deportivos, jardines y centros de jubilados. De esa red nacen muchas soluciones: derivaciones a programas de asistencia, acompañamiento a familias en crisis y el fortalecimiento del sentido de comunidad. “Nuestro trabajo empieza con la educación, pero no termina ahí. Si falta comida o si hay violencia en casa, todo lo demás se cae”, explican desde la organización.

De esa comprensión integral nació el sistema de asistencia alimentaria, que actualmente acompaña a más de 120 familias entre Villa Muñiz y Oasis. Cada mes se entregan bolsones con alimentos básicos, frutas, verduras y, cuando es posible, carnes. La logística se coordina por grupos de WhatsApp y con ayuda de vecinas voluntarias, que conocen las necesidades de cada hogar. Las donaciones provienen del Banco de Alimentos Bahía Blanca, el programa Nutrirnos Más, el Banco Credicoop y aportes particulares. A veces, un gesto simple —una bolsa de harina, una charla en la vereda— puede cambiar el día de una familia.

Pero Talita Kum no solo se ocupa de lo urgente. A través de talleres culturales y recreativos, propone otros caminos para crecer: guitarra los sábados, baile los miércoles, y espacios de freestyle o salud según la disponibilidad. Estas actividades, además de abrir oportunidades, refuerzan la autoestima y la pertenencia de los chicos al barrio. En cada taller, los voluntarios descubren talentos ocultos, fomentan el trabajo en grupo y siembran la idea de que la cultura también puede ser una forma de resistencia.

A lo largo del año, la organización impulsa ferias comunitarias de ropa, que tienen una doble finalidad: garantizar el acceso a indumentaria y promover la solidaridad barrial. Las prendas son donadas, clasificadas por una vecina voluntaria y puestas a disposición de quienes más lo necesitan. En ese intercambio se respira respeto y cuidado. Nadie entrega ni recibe con vergüenza; todos participan de un circuito de confianza que fortalece los vínculos sociales.

Otro momento clave del calendario son las actividades especiales: convivencias, jornadas recreativas, visitas a parques y museos, y el campamento anual de verano. Esas experiencias —que para muchos chicos son su primer viaje fuera del barrio— dejan huellas imborrables. “Queremos que vivan cosas lindas, que tengan recuerdos felices para cuando la vida se pone difícil”, dicen los voluntarios. Entre juegos, canciones y fogones, se tejen lazos que sostienen todo el año.

El equipo de Talita Kum no improvisa. Cada acción está respaldada por un sistema de registro territorial que releva información educativa, sanitaria y social de cada familia. Esa base de datos permite orientar mejor la ayuda, anticipar situaciones de riesgo y coordinar esfuerzos con otras instituciones. Las visitas domiciliarias —realizadas en parejas y con protocolos de confidencialidad— son parte esencial del trabajo. “Entrar a una casa no es solo entregar un bolsón. Es mirar, escuchar, acompañar sin juzgar”, explican quienes recorren las calles cada semana.

La comunicación también es una herramienta clave. A través de redes sociales, especialmente en Instagram (@talitakum.ong) y Facebook, la organización visibiliza su tarea, comparte campañas solidarias y muestra la cara humana del trabajo comunitario. Esa presencia digital ayuda a sumar colaboradores y mantener viva una red de apoyo que atraviesa barrios, edades y profesiones. Cada publicación es una invitación a involucrarse.

Los logros de Talita Kum no se miden solo en números, aunque los datos hablan por sí solos: más de un centenar de familias asistidas, decenas de niños que mejoraron su rendimiento escolar y una comunidad entera que recuperó la esperanza. El verdadero impacto se percibe en las pequeñas transformaciones cotidianas: un chico que vuelve a la escuela, una madre que sonríe al ver que su hijo tiene merienda asegurada, un grupo de jóvenes que descubre que puede cambiar algo.

El futuro presenta desafíos. La inflación, la falta de recursos y la creciente demanda social complican la continuidad de algunos programas. Pero la respuesta de Talita Kum siempre es la misma: redoblar el compromiso. Las campañas de donaciones, las rifas, los bingos y los eventos solidarios son parte del esfuerzo constante por sostener la tarea. Aun así, los voluntarios insisten en que el motor del proyecto no es el dinero, sino el amor por la comunidad y la certeza de que nadie se salva solo.

En tiempos de crisis, el ejemplo de Talita Kum se vuelve una lección de humanidad. No hay milagros, pero sí un trabajo paciente, sostenido, que transforma la realidad desde el barrio hacia afuera. En cada cuaderno abierto, en cada bolsa entregada, en cada abrazo sincero, late la convicción de que otro futuro es posible. “Acá, lugar para soñar”, dice su lema, y basta ver una tarde de apoyo escolar para entender que ese sueño, en Bahía Blanca, ya está en marcha.

Con pocos recursos, pero con una convicción inquebrantable, Talita Kum sostiene un trabajo silencioso que combina educación, afecto y compromiso social, demostrando que los sueños también se construyen desde el barrio.

En primera persona

Me sume como voluntario del espacio de apoyo escolar en 2023 y desde entonces participo activamente. Es muy importante construir estos espacios comunitarios, que luchan por una sociedad más justa y que tanto familias como pibes y pibas del barrio tengan acceso a una mejor calidad de vida. 

Muchas veces, encerrados en nuestra cotidianeidad, olvidamos que hay chicos y chicas que están atravesando un momento difícil, ni siquiera lejos en otro punto de la ciudad ni en otra ciudad de nuestro país, que a tan solo algunas cuadras de nuestras casas hay un pibe o piba que necesita una mano, una contención, un plato de comida o tan solo que alguien le pregunte cómo están sus cosas. La salida, siempre, siempre, es colectiva.

Matías Díaz, voluntario.

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