De Ayer a Hoy
Resiliencia pura: se sobrepuso a una dura niñez para brillar como árbitro
Alejandro Ramallo pasó una infancia dura. Recordó aquella hora y media con su mamá. “No reniego, es lo que me tocó”, afirmó “El Negro”, que repasó su muy exitoso periplo dentro del mundo del básquet.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco
Los ojos bien abiertos. Esa que fue su principal virtud para ser reconocido dentro del ámbito donde supo desempeñar la tarea, la cual aún lleva adelante. Es el rasgo distintivo que suele destacar todo aquel que tiene la dicha de conocerlo. La mirada más allá del acontecimiento es una cualidad reservada para unos pocos y el aspecto fundamental para impartir justicia en un rectángulo de juego.
El dossier que lo precede dotó al protagonista de este artículo de “De Ayer A Hoy” de un caparazón producto de las vicisitudes con una connotación dramática que arrastra desde aquellos primeros recuerdos siempre latentes. Totalmente curtido, se plantó ante el destino para no dejarse sorprender y ejercer con lealtad y entereza una labor antipática para muchos, pero que él suele disfrutar.
Alejandro Ramallo se animó a reflejar lo que para el común denominador puede resultar un capítulo para el olvido, formateable del disco rígido de la memoria interna. A contramano de lo que se puede suponer, lo aborda con entereza y resuelve el padecimiento haciéndole frente, lo que lo convierte en el emergente de una sociedad en la que frecuentemente se suele hacer el intento de tapar el sol con la mano para disfrazar el dolor.

“Nací en Córdoba, pero a los nueve años me radiqué en Bahía Blanca de manera definitiva por motivos laborales de mi papá, junto a mis dos hermanos mayores que habían nacido en Buenos Aires. Hasta esa edad podría decir que me criaron mis abuelos porque mi mamá se fue, según me dijeron, porque se cansó de decirle a mi padre que se tomara la vida en serio, sino lo iba a dejar a cargo de sus tres hijos”, expresó Ramallo con simpleza, antes de ingresar en el tramo más dramático del relato.
Y dijo: “Se ve que era una mujer de palabra porque a él le gustaba salir. Luego de muchas discusiones, abandonó el hogar y a su familia. Ella era de Villa Ángela (Chaco) y ante este escenario, mi papá hizo venir a mis abuelos para que nos críen a los tres, que éramos muy parejitos porque la mayor, ya fallecida, hoy tendría 65 años, el del medio 62 y yo con 60”.

“Éramos tres pibes que andaban todo el tiempo juntos, incluso en la escuela. Respecto a cómo pude asimilar ese golpe, considero que la vida me hizo ser lo que soy hoy, muchas cosas me resbalan, por lo que los que no conocen mi pasado creen que soy una persona que no muestra interés en nada. Cuando yo miraba a las madres de mis amigos de la infancia, lógicamente las veía más jóvenes que a mi abuela”, describió, para comprender la crudeza de lo que fue aquella niñez.
Luego narró el dato más escalofriante, ante los ojos de terceros porque para él siempre fue algo natural: “A mi madre solo la vi una hora y media en mi vida porque cuando ella se fue de mi casa, yo recién había nacido. Un día, tenía seis años y sonó el timbre de casa en Córdoba, una de esas antiguas, tipo conventillo. Abrí la puerta, vi a una señora alta y ya siendo desinhibido pese a mi corta edad le pregunté quién era, ella primero preguntó por Silvia y ante mi insistencia me dijo que era mi mamá”.
“Lo tomé con absoluta naturalidad, le fui a avisar a mi abuela que esa mujer preguntaba por ella y el rostro se le transformó por completo. Después de esa hora y media, me dio un beso, me prometió que al día siguiente iba a regresar y nunca más volvió. Jamás había preguntado por ella, uno en esa época era más inocente y al dibujar a mi familia hacía en la hoja a mis abuelos y a mis hermanos”, expuso “El Negro”, mientras saludaba a un ocasional amigo que se encontraba en el mismo recinto donde se grabó la nota.

Consultado sobre cómo siguió el vínculo entre ambos, afirmó que “a partir de ese entonces y hasta el día de hoy nunca supe nada más de mi madre, a tal punto que con los años mi papá se casó en Buenos Aires con una mujer fenomenal y me dio otras dos hermanas, pero antes de contraer enlace con su nueva mujer tuvo que habilitar una búsqueda de su ex esposa para que lo habiliten a formar una nueva familia. Es algo que se tiene que hacer por Ley, pero mi mamá fue inubicable y no reniego de eso, tocó lo que tenía que tocar y ya está”.
“Cuando mi papá se radicó en Bahía Blanca con sus hijos consiguió un trabajo como encargado en Diábolo, cuando se trataba de un lugar que poco tuvo que ver con lo que fue en sus últimos años. Allí la gente iba a ver un show y era un local tope de gama en su rubro, ideal para mi padre al que siempre le atrajo trabajar de noche. No sé cómo llegó acá, quién hizo el contacto, pero pudo traer a sus padres y a mis hermanos. Hice lo que me faltaba del primario en la Escuela N° 1”, refirió el querido Alejandro.

Al abordar la requisitoria sobre qué disciplina llevaba adelante de forma paralela, contó: “Me gustaba el rugby y comencé a practicar ese deporte en el Club El Nacional, cuando sobre las tierra de calle 14 de Julio no había nada, no estaba ni por asomo habitado ese sector como en la actualidad. Eran tiempos en los que la ciudad de ese lado terminaba en Bella Vista, pasabas el Parque Independencia y no había nada”.
“Una vez sufrí un golpe fuerte jugando, porque era muy bruto y corpulento para la edad. Mi papá, al verme todo lastimado me impidió que siga practicando esta disciplina y me obligó a que busque otra actividad. Siempre fui bastante kamikaze, saltaba con la bicicleta, no tenía temor a prácticamente nada”, se sinceró, con una sonrisa pícara en su rostro.
Cuando parecía que su destino no le iba a brindar más golpes, asumió una difícil decisión: “A los 15 años me volví a quedar solo porque en la ciudad se cerraron los cabarets y él se fue a trabajar a un local nocturno del sur del país. No lo quise acompañar y me quedé con mi hermano, pero como no podíamos pagar el alquiler, debimos mudarnos a una pensión. Nunca bajé la cabeza, empecé a trabajar en el Taller Aeronaval Espora, que estaba en la Base, donde además estudié. Mi hermano era el preceptor, hice cuarto año en la Escuela Técnica de Ingeniero White en horario nocturno, luego terminé en la de calle Azara”.

“Estudiaba porque quería, porque yo era mi propio tutor que se firmaba el propio boletín y cuya única preocupación era reunir el dinero para pagar la habitación en la que vivía y para comer, además de no hacer macanas (risas). Luego, el vínculo con mi papá se recompuso, he tenido una relación buena porque, incluso, siendo más grande entendí un montón de cosas”, admitió Ramallo con total humildad
Inmediatamente se zambulló a su gran pasión: “Empecé a ser árbitro de casualidad, jugaba en el club Leandro Alem con 15 años, con ‘Tite’ Boismené como entrenador y era el típico pibe al que tenías que mandar a la casa. Tenía de compañeros a Hernán Montenegro, Cirilo García, Marcelo Clérici, Guillermo Torre, entre otros. Yo era malo, pero le ponía mucho entusiasmo. Fue Boismené que me dijo que tenía que dirigir, a lo que mi primera reacción fue negativa porque no quería que me insulten”.

“Me insistió y anticipó que iba a tener mi debut con Rodolfo Gómez, un desconocido para mí, aunque era como tener al lado a un prócer. Dejé de lado todo tipo de preconcepto y me animé en un partido de Primera, sin ningún tipo de experiencia. Era un adolescente que tenía que impartir justicia en un encuentro que tenía en cancha a (Jorge) Cortondo, (Adrián) Monachesi, (Roberto) Ojunián, (‘Tito’) Santini, entre otros monstruos”, rememoró orgulloso.
Llegó totalmente crudo a ese debut, “El Negro” pero cumplió con creces: “Me dieron un silbato y el cordón de unas zapatillas para que me lo pueda colgar y Rodolfo, que era sobrenatural, me explicó un par de cosas y me quitó toda la presión porque el trámite del cotejo se lo cargó él. Terminó esa primera experiencia y me preguntó si alguna vez había dirigido y, al responderle negativamente, se sorprendió y vaticinó que iba a ser un fenómeno. Eso fue lo que me convenció para seguir adelante”.
“Me citó en su café para explicar una serie de cosas porque consideraba que tenía un gran futuro por delante. No sé si me alentó tanto porque lo sentía o si era la forma de incentivar. Le pedí permiso a mi abuela para ir a su encuentro, estaba a ocho cuadras de mi casa de aquel entonces que estaba en Brandsen al 600, y me autorizó. Ahí noté que fervientemente él sentía que podía llegar a ser juez internacional, algo que finalmente sucedió gracias a una gran mano que me dio, pero lo que más me deja tranquilo es que Rodolfo me llegó a ver en mi plenitud antes de su fallecimiento”, acotó, promediando el ida y vuelta con esta sección.

Asimismo, destacó que “dirigir en la Primera División de aquel entonces, cuando apenas tenía 20 años, era mucho más difícil que en la actualidad porque todos eran más sanguineos. Estaba mal económicamente, por lo que un día fui a Alem y les comenté que me podían pagar con el dinero que afrontaba por cada multa de 10 pesos por partido ante la no presentación de los jueces. Los encaré y a cambio yo les ofrecía dirigir en todas las canchas que me designaran de básquet menor”.
“Pude convencer a los dirigentes del club después de un largo debate y entendí que esa era mi entrada laboral, por eso llegué muy rápido a las altas esferas a nivel nacional porque no podía permitirme hacer mal mi trabajo. Un día fui con Miguel Firpo y ‘Pancho’ Commegna que fue uno de mis grandes maestros a cancha de Barracas para un partido contra Villa Mitre y le pregunté a este último cuánto le pagaban, él me explicó que si hacía todo bien, mis ingresos iban a crecer y así fue”, reflejó Ale.

Su despegue definitivo en el arbitraje se dio inexorablemente: “Llegué a la Liga Nacional de Básquet más tarde de lo previsto porque, inicialmente, iba a rendir con 24 años pero tuve un accidente con la moto que hizo que se demore mi desembarco, el cual se dio varios meses más tarde. Sin embargo, todo ocurrió muy rápido porque ya con 30 dirigía en la A, la cual era mi meta y la que no veía para nada lejos. Mi rendimiento me permitió impartir justicia en dos certámenes Preolímpicos femeninos clasificatorios”.
“Disfruté de haber recorrido tantos lugares, nunca me costó dirigir, algo que aún me ocurre y al día de hoy me divierte. Paralelamente, con el papá de un amigo, aprendí el oficio de plomero y gasista, aunque cuando mi carrera en el básquet fue en ascenso, no tenía mucho tiempo para trabajar en eso. Con ‘Coto’ Miranda aprendí a colocar aires acondicionados, a eso me dediqué durante los días libres que me quedaban entre partido y partido, entre viaje y viaje”, lanzó, sin perder de vista el derrotero ni renegar del sacrificio.
Contrariamente a lo que muchos pueden imaginar por la tarea que desplegó (y aún ejerce a nivel local), su temple fue su aliado: “Nunca tuve miedo dentro de una cancha, todo el mundo decía que era de los árbitros más fiables, creo que tengo el récord de mayor cantidad de clásicos de Mar del Plata dirigidos. Una vez, me tocó cobrar un foul en cancha de Peñarol, en una final que terminó con el último título de Atenas de Córdoba en la Liga. Esa jugada se discutió por espacio de dos años (risas). Todos me decían ‘qué coraje tuviste’ porque en esa acción se definía cuál de los dos equipos se alzaba con el título. Sancioné lo que vi”.

“No voy a negar que he atravesado situaciones violentas, he salido de algunas canchas en patrulleros, una vez me pegaron una piña, pero nunca fui de reaccionar. Mi último partido en la Liga Nacional antes de que se comience la pandemia fue el 14 de marzo de 2020, tenía previsto viajar con Emanuel Sánchez un viaje para dirigir un encuentro de Liga Argentina que quedó trunco por el Covid-19”, refrendó el entrevistado.
Su final en la élite estaba más cerca de lo que creía: “Al principio parecía que el receso iba a ser corto, pero Raúl Cháves, otro ex juez al que considero mi amigo, me preguntó qué iba a hacer de mi vida porque pasaban las semanas y no se reanudaba el básquet. Me empujó a que haga mantenimiento del hogar y fue su esposa la que hizo mi primer cartel publicitario, mientras que el primer trabajo se los hice a ellos, una familia espectacular”.

“Me llamaron de la Liga Nacional cuando comenzaron los partidos con protocolos, en lo que fueron las denominadas burbujas, pero me negué a volver al ruedo, una decisión que en el ambiente no se entendía porque yo estaba entre los mejores árbitros catalogados a nivel nacional. No me arrepiento porque lo gané en salud, porque el básquet tiene su costado grato, pero te quita muchas cosas”, exclamó con firmeza.
En el epílogo, no tuvo reparos para hablar de su situación personal actual: “Hoy tengo una familia ensamblada, mi hija más chica vive conmigo es como un cable a tierra y otros tres hijos más grandes de una primera pareja con los cuales mantengo un contacto fluido. Siempre me gustó la noche, pero nunca fumé, tampoco tomé droga y he sido un bebedor social al que jamás tuvieron que llevarse borracho de un lugar. Me divertía a mi manera”.
“‘El Colo’ Chaves siempre me decía que yo podía ser el número uno del país, pero que para eso tenía que dejar de salir de noche, mejorar mi inglés. Sin embargo, ante ese tipo de apreciaciones, mi respuesta fue siempre auténtica, mi ambición no era ser el mejor, me gustaba el lugar que ocupaba”, dijo, sobre lo que pudo ser y no fue.

Después de puntualizar que Córdoba y Bahía Blanca entienden mucho sobre básquet y se jugaba a canchas llenas, subrayó: “Tuve la suerte de coincidir con los que luego fueron los integrantes de la Generación Dorada, un grupo de chicos al que pude dirigir en un Juego de las Estrellas, todos unos fenómenos que después fueron parte de esa Selección que nos dio tantas satisfacciones. Llegué hasta donde me dio la nafta, no me quejo”.
“A Bahía la veo aún golpeada por los acontecimientos sucedidos en este último tiempo, en especial a las personas mayores que ven que el cielo se oscurece y se asustan. Creo que vamos a lograr salir adelante, soy 100% optimista, donde yo vivo, con el temporal del 7 de marzo me entraron 20 centímetros de agua y un poquito de daños en el techo, pero nada comparado a otra gente”, aclaró en relación a la última catástrofe climática.

Y concluye evaluando que “nadie se esperaba pasar por esto, ni en la peor película se podía imaginar, pero tengo muy en claro que en la medida que intentemos unirnos, vamos a lograr nuestros objetivos y en algún momento aquel episodio y lo que vino los días posteriores serán un mal recuerdo, como tantos otros que ya pasaron”.
Alejandro Ramallo tiene calle, cuenta con el carisma propio del que conoció el oro y el barro casi sin distinción. Esto lo transforma en un ser capaz de darle la dimensión justa al dolor o, como suele decirse, a “no hacerse problema por pavadas”. Nadie puede darle cátedra sobre de qué se trata la vida, la tiene clara y por haber capitalizado lo que no cualquiera podría haber asimilado sin caer en la tentación de la revancha o la resignación.

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