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entrevista

Embajadora de Borges en Francia: quién es la bahiense Leticia Otero

Creció en Palihue y asistió al Colegio Nacional. De pequeña estudió francés. Esa misma pasión la llevó a la prestigiosa universidad La Sorbonne, en París. Se codeó con grandes personajes y creó junto a María Kodama los “Cafés Borges en París”.

En La Sorbonne de París, Leticia Otero junto al profesor Pierre Brunel y María Kodama

Cecilia Corradetti / La Brújula 24 / [email protected]

Nacida en Bahía Blanca y radicada en Francia desde muy joven, Leticia Otero creció en el barrio Palihue en un ambiente de intelectuales. Sus padres, Néstor Otero y Ana María Sugden, ambos profesionales de las Letras y docentes de la UNS, solían codearse con grandes figuras del ambiente del arte, la cultura y las letras, entre ellas María Kodama.

Allá por los años 80 Leticia, que hoy ostenta el título de doctora en Literatura Francesa y Comparada, no imaginaba que años después iba a desempeñar un papel destacado en la promoción de la cultura y la literatura argentina en el ámbito internacional. Su iniciativa más trascendente, los “Cafés Borges de París”, fue uno de sus logros más significativos para rendir homenaje al célebre escritor argentino Jorge Luis Borges.

Estos eventos culturales, auspiciados por la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, reunieron a expertos, traductores y amantes de la literatura para celebrar y explorar esa obra en la icónica ciudad de París.

La inspiración de Leticia para organizar los “Cafés Borges” provino de su profundo deseo de honrar el legado del escritor en un contexto internacional como París, así como promover el intercambio cultural entre Argentina y Francia, y proporcionar un espacio para que los amantes de la literatura se reúnan y exploren la obra del célebre argentino.

Los encuentros incluyeron una variedad de actividades, como conferencias impartidas por expertos en la obra de Borges, lecturas de poesía, exposiciones de artistas argentinos residentes en París y oportunidades de networking para profesionales del mundo literario y artístico. Todo con la participación de destacados expertos, traductores, personalidades del mundo literario y artístico, así como amantes de la literatura interesados en explorar el legado del escritor argentino.

–Leticia, imaginamos que tus padres tuvieron mucho que ver con tu actividad y tu pasión por la literatura.

–Claro. Mi papá, desde niño, fue un “devorador” de libros, un verdadero adelantado. Su tarea fue optimizar la pedagogía mediante técnicas lúdicas y modernas oponiéndose al monólogo como forma de educación y proponiendo los primeros talleres. Mi mamá fue convocada por el prestigioso profesor Antonio Camarero a ocupar la cátedra de Cultura Clásica. Apenas recibidos, se incorporaron a la UNS donde ejercieron durante 17 años hasta ser señalados por los militares, como casi toda la planta de Humanidades, sospechosos de ser comunistas.

Junto a María Kodama, en uno de los tantos encuentros referidos a Borges

–¿Y qué sucedió después?

–Mi papá se vio obligado a cambiar abruptamente de rubro y se incorporó, invitado por su amigo Jorge Ventimiglia, al mundo del turismo. Abrió una agencia de viajes gracias a la cual viajamos muchísimo. Paralelamente, siguió dando clases y conferencias en congresos en Argentina y en el extranjero sobre su especialidad y sobre Borges. Su libro “Semiología de la Lectura” fue publicado en Bogotá, en 1992, con el concurso de la UNESCO. Mi mamá, al abandonar su trabajo en la UNS, estudió Lenguas Extranjeras, sobre todo francés. Publicó dos libros de poesía bilingües francés-español: “Les errants accords/Los acordes errantes”, 1992 Buenos Aires. Luego, “Le Sortilège des essences/El sortilegio de las esencias”, editado en 1994 en París.

–¿Cómo surge tu pasión por la lengua francesa?

–Mis padres eran muy amigos de Maryvonne y Claude Lafont, nuestros vecinos. Claude dirigió la Alianza Francesa de Bahía Blanca hasta que toda la familia tuvo que radicarse en México porque lo amenazaron durante el período militar. Empecé francés de chiquita bajo el consejo de los Lafont. Aprendí con profesores particulares. En el primario me marcó mi maestra Lucía Urrutia y en el secundario Heriberto Santecchia, mi adorado profesor de Castellano, gran comunicador, con el que mantuve algunos intercambios epistolares desde Francia. Al terminar el secundario solo quería estudiar Francés, terminé el ciclo en la Alianza Francesa y viajé por seis meses a Avon, un pueblo a una hora de París donde se habían instalado los Lafont. Cursé en un liceo de esa ciudad. Regresé a Bahía y enseguida me anoté nuevamente en Francia en un curso destinado a estudiantes extranjeros en París: “Cours de civilisation française de la Sorbonne”, abierto a todas las nacionalidades. Más tarde decidí anotarme en la carrera de Literatura comparada. Me instalé en la residencia de la Facultad de Teología Protestante de París, que recibe estudiantes de todo el mundo, apoyada por una persona allegada a los Lafont que defendió mi candidatura.

–De alguna manera cada vez te arraigabas más a la vida lejos de casa.

–Claro, porque uno va tejiendo vínculos. Después de tres años me instalé sola en el barrio de L’Ecole Militaire, en un pequeñísimo estudio a unos pasos de la Tour Eiffel y del Sena. Aunque mis padres me ayudaban económicamente hice de niñera y trabajos de estudiante. Durante mis estudios empecé a buscar trabajo en editoriales y trabajé en tres de ellas: Seuil, Calmann-Lévy, Fleurus. En la primera conocí a varios escritores contemporáneos. Un día, la jefa del servicio de prensa me dijo: “Leticia, tengo un imprevisto, vas a acompañar hoy a Elie Wiesel al programa de televisión de Frédéric Ferney, donde presentará su último libro”. Cuando supe quién era el autor fue un shock: Wiesel era, nada menos, que un rumano sobreviviente de la Shoah, escritor y profesor de Filosofía en La Sorbonne que obtuvo en 1986 el premio Nobel de la Paz por su trabajo como presidente de la comisión presidencial sobre el Holocausto. Un gran hombre de mirada melancólica y determinada, de esos que la resiliencia vuelve inmortales. Recomiendo su bestseller “La noche”, 1956, ediciones de Minuit. Lo cierto es que, en el taxi ¡Hablamos de Borges!

–Borges siempre en tu cabeza ¿Por qué?

— Desde entonces deseaba trabajar en torno a Borges, es cierto. Me inscribí en la tesis con mi profesor Pierre Brunel, crítico literario y profesor de Literatura Comparada, con quien más tarde organizaríamos en compañía de María Kodama el primer seminario en homenaje a Borges en la Sorbonne “Souvenirs d’avenir” (La memoria de un futuro), que daría lugar a la publicación de un libro. Mi profesor me incitó a encontrar un autor francés para esa comparación de autores que requería el trabajo. De vacaciones en Bahía le pregunté a mi padre quién podía compararse con el “monstruo” de Borges. Papá me tendió un artículo con una nota de Héctor Bianciotti, escritor y primer argentino que ingresó en la Académie Française. Bianciotti habla del personaje de Ireneo Funes de la novela “Funes el memorioso”, en Ficciones, y lo compara con el personaje de Paul Valéry, “Monsieur Teste”, de la novela del mismo nombre. De ahí nace el tema de mi futura tesis en Literatura Comparada: “Una lectura borgesiana de Monsieur Teste de Paul Valéry. El problema de la identidad”. Antes de fallecer mi padre me pidió terminar la tesis que no pudo leer y que le dediqué. María Kodama, con gran generosidad, redactó el prólogo del libro publicado por una edición alemana. En este evocó un emotivo recuerdo: “Conocí a su padre, el profesor Néstor Otero quien toda su vida estudiara la obra de Borges, interés común que alimentaba nuestras largas conversaciones cuando nos encontrábamos para dictar conferencias en Bahía Blanca”.

–¿Cómo siguió tu vida?

–¡Tuve mucha suerte o una estrella protectora! En los años 2001 a 2005 trabajé en la Librairie Léonce Laget, situada en el barrio Latino, a unos pasos del Jardín del Luxemburgo. El barrio en esa época estaba lleno de librerías, editoriales y cafés. Laget era el primer local de libros antiguos en Arquitectura y Bellas Artes de París, fundada por Léonce Laget. Trabajé seis años con su directora, Véronique Delvaux, que compró la librería, y era una de las raras mujeres libreras del mundillo de los libros antiguos. Vendimos ediciones originales y ejemplares de colección de un valor de varios miles de euros. También trabajamos con museos y galerías de arte, seleccionando libros específicos. Hasta le vendimos una biblioteca entera de arte a Pierre Bergé, coleccionista, mecenas y pareja de Yves Saint Laurent. La librería cerró en 2006 y luego entré en una de las más famosas galerías de arte de París, especializada en las obras de grandes maestros del siglo XX, como Picasso, Miro, Chagall y Matisse. Conocí a mucha gente interesante.

En familia. Leticia partió al Viejo Continente y allí sentó sus bases

–¿Cómo surgen los Cafés de Borges de París?

–María Kodama, amiga de mis padres, me llamaba en cada uno de sus viajes a París y en cada Navidad. Nos veíamos en el café Le Mabillon, situado en el ángulo de la calle Buci y del boulevard Saint Germain, a dos pasos de su departamento parisino, o para cenar; ver una exposición o ir al cine. Infatigable embajadora de la obra de Borges, y con la determinación de difundir la obra de su esposo, me confiesa que desea organizar un evento significativo en la capital por los 20 años de la muerte del escritor. En Ginebra habíamos participado en 1999 de un Café Borges con mi padre, mi madre y el pianista bahiense Héctor Valdovino. Nace así la idea de organizar una serie de cafés Borges en París en el hotel “L’Hôtel”, calle Beaux-arts. María me deja la libertad total en la organización de esos encuentros que serían auspiciados por la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. Adquirí con felicidad las tarjetas con membrete de la Fundación. L’Hôtel fue el lugar mítico donde, repudiado luego de su juicio por homosexualidad en Londres, el escritor Oscar Wilde, admirado por Borges, pasa sus últimos años en una profunda miseria y soledad. Se hicieron cuatro “Cafés littéraires Borges” durante 2007.

–¿Cómo se desarrollaban?

–Los cafés comprendían conferencias de especialistas o profesores sobre un tema de la obra de Borges; la lectura de una poesía; una exposición de obras de artistas argentinos residentes en París. Había invitados de lujo. El afiche era la foto mítica del argentino Pepe Fernández de Borges de pie sobre la estrella de mármol del piso del hall del hotel. Todos fueron muy exitosos tanto por Borges como por la presencia de Kodama y teníamos que cerrar las puertas por falta de espacio.

–¿Continuás viviendo en París?

–No, luego de 30 años nos instalamos con mi familia, Maurice y mis dos hijas, Naïa y Emma, en la región de Bourgogne Franche-Comté, a una hora y algo de París. Vivimos en Puisaye-Forterre, el corazón de la cerámica, donde la tierra de color ocre está salpicada de ríos, lagos y bosques y es apta para la explotación agrícola y ganadera. Aunque dejar París fue difícil, ansiábamos una casa con pájaros en la ventana, rodeada de verdor, donde vemos las ardillas treparse a los árboles, mariposas, insectos, toda la riqueza de la naturaleza en su puro esplendor. Cada tanto podemos perdernos en campos a la búsqueda de fósiles, la pasión de Maurice. A pesar de la distancia de París pude crear mi agencia de comunicación, trabajando desde casa. Maurice me apoya con su experiencia en estrategia digital. Actualmente estamos realizando una serie de videoentrevistas sobre el tema de la construcción ecoresponsable en África del Oeste. Paralelamente, estamos colaborando con Philippe Delin, fabricante de los quesos Brillat Savarin, uno de los más exquisitos de la región o con productores de vinos regionales.

Junto a sus hijitas, con la Torre Eiffel de fondo, en la Place de la Concorde Roue

–Hiciste tu propio camino y te forjaste un nombre sin olvidar tus orígenes ¿Cuál es tu conclusión?

–El contexto actual nos demuestra que debemos seguir luchando por nuestra libertad y por nuestros derechos. Tal vez habría menos violencia si el ser humano tomara más tiempo para meditar, observar las estrellas, los animales, o caminar por el bosque. Y particularmente como mujer, mis modelos femeninos han sido mi madre que me relataba las historias de los mitos griegos y de quien heredé el amor por las lenguas extranjeras y los viajes.

Mi adorada tía abuela, María de la Fuente, la primera mujer que cantó el tango en Japón, donde fue invitada en 1954 con la orquesta de Juan Canaro. Una mujer única que construyó su destino con el solo poder de la fe y la pasión. Astor Piazzolla iba a componer con ella en su piano de su pequeño departamento bonaerense.

Admiro también a Frida Kahlo por su impertinente resiliencia a pesar del dolor físico; a Claudette Colvin, primera mujer de color (en realidad, una niña de solo 15 años) que se resistió a dar su lugar a un blanco en su bus de vuelta del colegio en Alabama, USA, en 1955; admiro a Camille Claudel (1864-1943), alumna y amante de Auguste Rodin, que fue internada durante 30 años en un hospital psiquiátrico de donde ni su maestro ni su hermano, el célebre poeta Paul Claudel, la ayudaron a salir. Y admiro a una escultora de origen húngaro, radicada en París, Anton Priner (1902-1983), que vivió disfrazada de hombre para poder ejercer su pasión. Y, por supuesto, a María Kodama, una gran dama de una profunda simpleza, discreta, elegante y brillante que no solo me invitó a tomar mi primer té matcha a una casa de té japonesa del barrio latino, sino que me demostró que debía ser una guerrera sin tregua para hacerse respetar como mujer y representante de la obra del tan codiciado Borges.

–¿Qué ejemplo te dieron tus padres?

–Muchísimos. Cuando era niña mi padre me dijo­: “En la vida podés hacerlo todo” y mi madre me impulsó a ir más lejos. Esas alas me gustaría transmitírselas a mis hijas para que vivan en un mundo donde ninguna mujer sea callada o censurada o deba vestirse de hombre para poder realizar sus sueños. Finalmente, agradezco a la vida por darme tan bellas oportunidades; a mis padres, al hombre de mi vida; a mis dos maravillosas hijas y a mis amigas de siempre. Todos podemos cumplir sueños.

La chica del barrio Palihue que creció feliz y rodeada de amigos

Leticia Otero cumplió sus estudios en la Escuela 39 de Palihue y el Colegio Nacional. De su Bahía natal recuerda la casa de sus abuelos maternos que vivían en la calle León de Iraeta. “Una casa con un gran jardín lleno de flores, con pájaros, mariposas, frutillas y colmenas”, señala, y evoca sus paseos en bicicleta y las excursiones en los terrenos baldíos del barrio, que eran innumerables.

“Todavía tengo grabados en mi memoria mis vestidos de cumpleaños cosidos por mi abuela paterna; mi amiga de la infancia María José, hija de la bailarina del Teatro Municipal Raquel Méndez, con quien deambulábamos en el teatro. Las tardes en la pileta de casa…”, recuerda.

Atesora también hermosos recuerdos de su adolescencia, las salidas a bailar con sus entrañables amigas Paula Carestía, Cecilia Masón, Carolina Guasch y Viviana Recasens, entre otras; las vacaciones en Monte Hermoso y los viajes en familia al extranjero, además de su eterna pasión por la lengua francesa.

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