De Ayer a Hoy
"Militar lo social me hizo descubrir que el peronismo refleja mis valores"
Soledad Espina pasó al ostracismo de un momento a otro. Sus interinatos como intendenta. El paso por el Concejo Deliberante en tiempos revueltos. Y un lema: “Me asusta pensar una sociedad tan narcisista”.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco
Soledad Espina tiene más de una historia para contar. Desde sus primeros años marcados por las mudanzas constantes hasta su participación en la vida social y política de Bahía Blanca. En la sección “De Ayer A Hoy” que se publica semanalmente en La Brújula 24, un testimonio atravesado por el compromiso comunitario, la vocación de servicio y una mirada crítica sobre la actualidad.
“Soy bahiense, mi papá no tenía familia acá, por lo que mi mayor arraigo con la ciudad viene de parte de la raíz materna, descendiente de los Vila. Entre los más conocidos están los de la sombrerería ubicada sobre calle San Martín pegada a Galería Plaza. Mi padre era marino y conoció a mi mamá en Bahía, en medio de uno de sus tantos traslados porque por su trabajo vivió en distintos lugares”, resumió Espina.
“Con el tiempo me enteré que tuvo que pedir permiso a la Armada para que acepten a mi madre; eran otros tiempos, hoy aparece como algo impensado”. En ese contexto familiar, agregó: “Fruto de ese matrimonio nació mi hermana mayor Ana Carola, luego llegué al mundo yo y por último Nicolás, el menor y único varón de los tres”.

Su niñez estuvo atravesada por traslados frecuentes: “Tuve una infancia muy nómade, Fui al jardín Antón Pirulero de calle Lamadrid, luego nos radicamos en Verónica, una localidad cercana a Punta Indio donde cursé hasta tercer grado de la primaria, cerca de la Base en la que desempeñaba tareas mi padre. Eran lugares hermosos, parecidos a los barrios privados que hoy conocemos, compartir mucho tiempo con amigos en la pileta, con mucha libertad, algo que resultaba ideal para preadolescentes como nosotros”.
Esa dinámica cambió en la adolescencia: “Seguimos de aquí para allá hasta que con edad de segundo año de secundaria, mi mamá se plantó y dijo que ya era suficiente de estar de un lado para el otro”. Sobre la figura materna, detalla su formación y recorrido: “Ella era maestra, luego estudió Turismo, posteriormente se convirtió en locutora nacional egresada en el ISER y por último realizó una diplomatura en Políticas Públicas”.
En cuanto a su educación, explica: “Retomando mi línea de tiempo, cursé lo que quedaba hasta egresar en el Colegio La Inmaculada y mi personalidad me jugó a favor para lograr un desenvolvimiento en un contexto de tanto desarraigo permanente, soy muy sociable. Como a todos mis amigos hijos de padres militares los iban trasladando, en cierta forma nos terminábamos encontrando”.

Durante la secundaria logró mayor estabilidad, no obstante, reconoció que “como alumna era muy charlatana, dispersa, creo que inteligente porque cuando me ponía a estudiar aprobaba las materias que me había llevado. Esto, con un padre que era sumamente exigente, me valió, tanto a mi como a mis hermanos, haberme perdido salidas de fin de semana”.
Al terminar esa etapa tomó decisiones académicas: “Cuando concluí ese nivel de educación ya estaba de novia con mi actual esposo y decidí estudiar Derecho con cursada libre porque la carrera todavía no estaba en la Universidad Nacional del Sur. Luego me anoté en Psicología en el Juan XXIII que tenía un convenio con la Universidad Católica de Salta, cursé todo, pero me quedaron pendientes algunos finales, no quise recibirme. Las madrinas de mis hijos son psicólogas al igual que mi hija, estoy rodeada (risas)”.
En paralelo a su formación, comenzó su actividad laboral: “En mi caso puntual, mientras iba a clases, trabajaba en una empresa de Informática llamada Diógenes, fue algo que comenzó como una pasantía, pero que luego me insumió mucho más tiempo. Corría 1993 y daba clases de computación, paralelamente ese año me casé y en el 95 me convertí en mamá”.

Su vocación se manifestó desde joven: “En un comienzo mi militancia fue social, venía de una casa con una fuerte presencia militar, por lo que abrazar la política era algo complejo. En mi juventud ya daba clases de apoyo escolar en Villa Nocito, recuerdo que jugaba al hockey y llevaba el palo para defenderme cuando me bajaba del colectivo por si acaso me sucedía algo, pero nunca fue necesario usarlo, la gente allí es entrañable”.
El contexto adverso reforzó su compromiso: “En el 2001, en plena crisis, se profundizó mi vocación de servicio, me sumé a la agrupación Manos a la Obra que fundó Federico Susbielles y en la que también tenía fuerte presencia Luis Calderaro. Con el actual Intendente somos de la misma generación, contemporáneos”.
Luego de esa experiencia, continuó su tarea comunitaria: “Susbielles decidió sumarse al partido político ARI y yo me quedé un año y medio más trabajando como responsable en un comedor de una iglesia evangélica, pero finalmente se disolvió la ONG. Continué como voluntaria hasta que recibí el llamado de Cristian Breitenstein, quien ya era jefe comunal y me convocó porque buscaba gente de su confianza”.

Su ingreso a la gestión pública se dio desde el ámbito territorial: “Yo era la mejor amiga de su esposa, ella es la madrina de mi hijo y yo del mayor de ellos. Acepté su propuesta para hacer mi aporte desde lo social, más allá de cualquier ideología política, para ese entonces era la vicepresidenta de la Sociedad de Fomento del barrio Los Horneros, el cual se fundó en el patio de mi casa”.
“Mi primera labor la desarrollé como subdelegada municipal de Harding Green, como segunda de Rafael Casquero, un hombre muy mayor que estaba al frente de esa repartición. Después quedé al frente de la Delegación Centro y posteriormente concejal por dos períodos, entre 2007 y 2015. Fui intendenta interina cinco veces, las únicas dos mujeres que habían ostentado ese cargo antes que yo en Bahía fueron Virginia Linares y Marta Castaño”, puntualizó “Sole”, marcando a sus dos antecesoras en ese rol.
Aquel recorrido identificó definitivamente su pertenencia política: “Durante todo ese proceso encontré mis valores reflejados en el peronismo, las banderas de ese espacio político comulgaban absolutamente con mi visión, la búsqueda del bien común, la justicia social y el hecho de que no puedo estar bien si el de al lado la pasa mal”.

“Descubrí que la única forma de cambiar la realidad era desde la política, aportando mi granito de arena, yendo de un lado para el otro y siendo solidaria, buscando cambiar la vida a la gente, pregonando que tenga una vivienda y un trabajo digno”, exclamó, como parte del dogma que la acompaña desde hace décadas.
Su paso por la función pública estuvo marcado por momentos y lugares complejos: “Creo que tal vez es eso lo que me quitó las ganas de volver a participar, soy una mujer mucho más plantada y madura que en aquel entonces. Quizás en un futuro, en cinco años, cambie de opinión, pero hoy tengo más agallas para decir que no a aquello a lo que en el pasado no podía negarme, ya sea por no saber la manera de hacerlo o sentir la falta de compañía para enfrentar esas situaciones”.
También recuerda situaciones muy puntuales y controversiales: “Me tocó ser presidenta de la Comisión de Tránsito y Transporte durante el conflicto con la empresa Plaza, de la de Seguridad en un momento muy delicado en materia delictiva. También coincidió con el intento de destitución de Gustavo Bevilacqua cuando se produjo la caída de la rama que se llevó la vida de Daiana Herlein”.

Ese episodio dejó una marca personal: “Fue extremadamente angustiante, mucho más doloroso que lo que pasó con el Coprotur, que era algo que me tocaba directamente. En el momento de la muerte de la nena era parte de un bloque en el Concejo que estaba sumamente dividido y soy consciente de que si aún hoy la mamá me cruza por la calle me tira el auto encima, metafóricamente hablando”.
“No me parecía que era correcto una destitución del jefe comunal en ese momento, que no había argumentos para hacerlo y que debía ocuparse del tema la Justicia. No logramos satisfacer a esa mujer que buscaba algo que no le pudimos dar, fue una situación muy compleja y que me marcó porque recibía llamados telefónicos en mi casa amenazando a mi hija de 12 años”, infirió Espina.
En la actualidad mantiene distancia del ámbito institucional: “Por ahora decidí permanecer al margen, estuve sentada en la mesa antes de que Federico asumiera la intendencia, fui invitada por él. Creo que hubo muchos dirigentes que se alejaron de la esfera pública casi en simultáneo conmigo que son muy valiosos”.

“Tal es el caso de Ramiro Villalba, a quien le tengo mucho cariño o Mario Tejeda, un amigo que fue quien le dio la jerarquía que hoy tiene el área de Defensa Civil. Tampoco puedo dejar de mencionar a Ariel Zabala y Guillermo Quevedo, con un denominador común que es el hecho de no estar en el ruido político por decisión propia”, sumó, mientras ubicaba su mirada en un punto fijo.
Sin embargo, continúa su labor solidaria: “Reconozco que, si bien en mis períodos de mayor visibilidad en la política hubo crisis, no se compara con los desastres climáticos que le tocó vivir a Bahía en este último tiempo. Realicé un trabajo prácticamente en solitario, salí a repartir comida y lo hice en silencio como si todavía fuera concejal porque es algo que está en mi ADN”.
“Llevamos adelante esta cruzada junto a un amplio grupo de mujeres con las que teníamos una agrupación llamada La Juana Azurduy, pero este movimiento se terminó de romper a partir del fallecimiento de 'Moni', una de sus integrantes, algo que todavía hoy no pudimos superar. Va a ser difícil retomar ese espacio porque solo funcionan con alguien que te apalanque, no alcanza con voluntarismo, se necesita de dinero para subsistir”, acotó promediando el ida y vuelta con este cronista.

Finalmente, expresó su mirada sobre el presente: “Entiendo que los tiempos han cambiado, añoro algunas cuestiones que me parecían que eran más sanas y amorosas, me afecta en demasía la violencia innecesaria en la redes sociales, se dicen cosas sin ningún tipo de tapujo. Me asusta pensar en una sociedad tan compleja, inmediatista, egocentrista y casi narcisista en algún punto”.
Frente a lo que ocurre con las nuevas generaciones, si bien no pierde las esperanzas, se enfocó en un aspecto en particular: “Pareciera que lo correcto es mirarse el ombligo, no detenerse en lo que le sucede al otro y me quita el sueño pensar que se están haciendo callo las políticas basadas en el individualismo que plantea el gobierno nacional”.
Sobre la ciudad, traza desafíos concretos: “Me gustaría verla más linda, no tan sucia, pese a que se limpia todos los días, por eso sería todavía más severa con los vecinos que no la mantienen, se requiere de sanciones duras porque los ciudadanos ya saben qué se puede hacer y qué no. Tiran basura porque nadie les dice nada, pero hay que ir por el mismo esquema de multas que se planteó con el uso del cinturón de seguridad”.

“No hay lugares pintorescos, puede parecer algo menor, pero no se ven flores en el espacio público como se podían encontrar por ejemplo en Avenida Cabrera. Comprendo las urgencias, lo importante, soy consciente de que el municipio trabaja denodadamente, más allá de que pueda o no compartir las acciones que se llevan a cabo. Pero lo que más me inquieta de la sociedad en general es la falta de empatía”, concluyó.
Así, entre vivencias personales, experiencias en la gestión y acciones sostenidas en el tiempo, el dossier de Soledad Espina traza una secuencia marcada por el compromiso con la comunidad. Desde ese lugar, su visión sobre el presente pone principal énfasis en los desafíos sociales actuales y en la necesidad de reconstruir nexos desde una mayor conciencia colectiva.

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