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DE AYER A HOY

El hombre detrás del “profe” de educación física más famoso de la ciudad

Oscar Barco transitó por distintas actividades antes de entregar su vida a su pasión. El problema que implicó su baja estatura. Y su máxima: “En mis clases nunca tiré al patio una pelota de fútbol”.

Por Leandro Grecco
Faceboook Leandro Carlos Grecco/Instagram @leandro.grecco/Twitter @leandrogrecco

Los recuerdos de la formación en la edad temprana están ligados a imágenes que se van tornando cada vez más difusas con el paso del tiempo. También es frecuente asociar los nombres de quienes dejaron su huella en tiempos de niñez y adolescencia, donde todo pasa por la educación. Es común escuchar un apellido acompañado de la asignatura que dictaba y hoy nuestro protagonista es nada menos que Barco, el de Educación Física.

Por sus clases pasaron miles de alumnos, también en el club donde hizo un culto de la transmisión de conocimientos y los buenos hábitos. Sin embargo, Oscar, antes de ser “el profe” que medio Bahía conoce, incursionó por diferentes actividades, casi ninguna de ellas emparentada con el sello que lo distinguió por más de 50 años. Sin embargo, la llama de ese fuego sagrado por el ejercicio y el deporte estuvo siempre encendida.

La Brújula 24 conversó largo y tendido con un hombre de bien, querido y respetado. Amable y sincero en cada uno de sus conceptos, reconoció no haber sido el mejor alumno, pero aunque él no lo diga, como docente sabemos que superó las demandas dictaban las necesidades del caso.

“Nací el 3 de febrero de 1936 en el Hospital Penna, por aquel entonces Policlínico y mis primeros dos años de vida los pasé en una casa del barrio Villa Mitre, más precisamente en la primera cuadra de calle Remedios de Escalada. Ya para 1938, con mi familia nos instalamos en mi domicilio actual (12 de Octubre al 500), merced a que mi papá compró este terreno y edificó esta casa”, fueron las primeras palabras de un locuaz Barco.  

También recordó que su progenitor: “Fue sastre de profesión y, además del taller propio donde confeccionaba trajes, trabajaba para quien era su patrón. Tomaba a diario la bicicleta y se dirigía dos veces al día a Saavedra al 1100. Fue una persona extraordinaria y tuvo la suerte de que lo pudimos acompañar hasta el último día”.

“Mi madre sabía confeccionar pantalones y chalecos, por eso es que se complementaban perfectamente, ayudándose mutuamente. Y tuve un hermano menor que falleció el año pasado con 82 años. Fui a la Escuela Nº 17, en la esquina de avenida Alem y Fray Mamerto Esquiú (hoy calle Santiago del Estero)”, rememoró, con un cierto dejo de nostalgia.

Prematuramente comenzó a vincularse con el estudio: “Estuve un año cursando de oyente porque mi mamá quería que vaya con siete años a clase y si una inspectora visitaba el aula tenía que salir corriendo (risas). Después pasé a la Escuela Nº 7 de calle 19 de Mayo al 300, institución en la que con los años me tocó trabajar. Ya en la secundaria tuve que rendir examen para ingresar al Ciclo Básico, pero había 120 vacantes y rendimos 170 alumnos”.

“No logré entrar, por eso me llevaron al Colegio Don Bosco, pero no tuve el mejor de mis rendimientos, me llevé algunas materias y terminé repitiendo. Frente a ese panorama, me anotan en el Goyena, donde fui un mejor alumno, siendo matemáticas la asignatura que menos problemas me traía”, recalcó Oscar, con la autocrítica de quien es consciente de sus limitaciones.

Y sumó: “Viendo que había mejorado mi situación en cuanto al aprendizaje, mis padres vuelven a intentar que ingrese al Ciclo, que lo tenía a una cuadra. Pude entrar en definitiva a la Escuela de Comercio, donde egresé de la secundaria. En mi casa me tenían cortito, solo me dejaban jugar en la calle si no peleaba con mi hermano”.

La genética ya le mostraba el rumbo: “En 1950 empecé a ir al club San Lorenzo del Sud, a cambio de regresar a casa todos los días a las ocho de la noche, en ese sentido fueron muy estrictos conmigo. Ya con 18 años, empecé un largo periplo por diferentes trabajos, el primero fue en el Hollywood Park que estaba en la esquina de Hipólito Yrigoyen y Corrientes. Un gran parque de diversiones que permaneció allí por espacio de dos meses”.

“Tenía a cargo dos juegos, uno de ellos se llamaba “el que emboca la colorada lleva premio” que consistía en pescar con cañas las pelotitas de ping pong y era muy difícil de ganar. Me presenté y me contrataron, cobraba 20 pesos por cada jornada pero solo aguanté dos días. Luego pasé a otro juego, pero a los 20 días terminé renunciando, porque terminaba a las 3 de la mañana y no estaba habituado”, contó, sobre aquella primera experiencia laboral.

No obstante, afirmó: “Después pasé a ‘Productos del País’, en la calle Saavedra, cuyos dueños eran la sociedad Iraldi y Casanova. Ahí estuve trabajando como cadete por espacio de un mes, pero me fui porque no me dio permiso para ir un fin de semana a Necochea con mi padre para acompañar al resto de mi familia”.

“Igualmente viajé y apenas renuncié conseguí empleo en ‘Casa Mayon’, una empresa que vendía artículos dentales y proveía a toda la ciudad y el Interior del país. Permanecí dos meses porque no era lo que me habían prometido. Era perito mercantil y terminaba llevando paquetes, boletas y cuando faltaba personal me hacían limpiar el piso”, advirtió como parte de esa vorágine que lo tenía de un lado al otro.

Sin dudas, Barco es un gran enunciador de anécdotas: “En tiempos de Perón, gracias a mi papá, que tenía de cliente a Eugenio Cavallaro, por entonces Presidente del Concejo Deliberante, conseguí otro trabajo. En mayo de 1955 entré en la Municipalidad, durante la intendencia de (Santiago) Bergé Vila, y mi función era recibir a la gente que venía a pedir empleo. Luego, pasé por el archivo de la comuna, un lugar en el que estaba muy cómodo, hasta que vino la Revolución en septiembre de aquel año y tuve que dejar mi cargo”.

“No obstante, tres días después recibí una nota en mi casa proveniente del Ministerio de Acción Social de La Plata donde me nombraban para trabajar como administrativo en el Policlínico. Paralelamente estaba estudiando para Contador Público en la Universidad Nacional del Sur, pero fue el propio Cavallaro quien sugirió mi nombre para que llegue esa oportunidad en el Penna. Un hombre muy bondadoso que hasta le regaló un auto a mi papá, el cual chocó al primer día cuando lo quiso entrar al garaje (risas)”, resaltó.

Su permanencia en ese lugar fue más prolongada, un anticipo de lo que vendría: “En el Policlínico estuve casi tres años, todas las mañanas iba a la Sala 4, donde se hacían los partos y tomaba los datos de las futuras madres. Esa recorrida se extendía también a otros sectores donde registraba en un libro el nombre de los pacientes y también me habían encomendado dejar constancia de las defunciones”.

“En 1957 me llamaron para hacer el Servicio Militar, pero me salvé por un problema que tengo en la vista que me llevó a usar anteojos desde muy joven. Ante este panorama, pedí permiso en el hospital para viajar a San Fernando a rendir el examen y así convertirme en Profesor de Educación Física. Venía trabajando en el Club San Lorenzo y tenía que ir a esa localidad de Buenos Aires para poder dar la prueba en la que era la única institución de todo el país”, dijo un Barco cada vez más entusiasmado con el coloquio.

Pero la frustración se iba a hacer presente: “Si bien cumplía con todos los requisitos, incluso la edad porque te exigían tener entre 16 y 24 años, hubo uno que no lo logré sortear. Me midieron la estatura contra una pared, dio 1.64 metros cuando se requería de un centímetro más para poder ingresar. Había un muchacho mendocino en mi misma situación, inclusive era más bajo que yo, pero me tuve que volver pese a que había hasta disponibilidad de becas, pero el tema de la altura fue excluyente”.

“En enero de 1958 recibí un llamado al hospital donde me preguntaban qué hacía con los cuerpos de los fallecidos que no tenían familia, le respondí que se los entregaba al doctor Piqué para que los ‘trabaje’ con alumnos que estudiaban en La Plata. Del otro lado de la línea telefónica me llamaron la atención, me amenazaron con cambiarme de puesto y al día siguiente renuncié”, exclamó, envalentonado.

Nunca tuvo inconvenientes para obtener una nueva ocupación: “A los tres días ya estaba trabajando en Casa Saíma, en Brown y Donado, donde tenía a mi cargo hacer los trámites bancarios, hasta que un día me indicaron que tenía que ir a buscar los sueldos. Traje el dinero y, como la persona que tenía que hacer los pagos no estaba, lo dejé sobre el escritorio”.

“Esta actitud no le gustó y me hizo contar la plata que había traído del Banco Londres. Era sábado al mediodía y me faltaban las estampillas para los sobres. Los envié recién al lunes y ese fue mi final en esta empresa por una desinteligencia que primero comenzó con una suspensión y luego mi dimisión”, confesó Barco, mientras ofrecía algo para beber a este cronista.

Oscar bailando con la atleta paralímpica Perla Muñoz.

Fueron días de tomar una decisión relevante: “Mi cuenta pendiente era la educación física, porque en 1958 había formado un plantel de chicos del club San Lorenzo del Sud al que llevaba a correr. Pero un llamado del Banco Londres me hizo volver a intentar en algo que nada tenía que ver con lo que luego iba a venir. El gerente me ofreció un empleo, aunque debía dejar mi puesto en el Puerto, donde había ingresado tiempo atrás. Aprendí rápidamente mi función, me hice cargo del clearing y sumaba los valores de los cheques”.

“Allí estuve hasta 1962, pero en el 59 volví a mandar una carta a San Fernando, avisando que no había variado mi estatura, pero que mi anhelo era ser profesor de Educación Física. Si bien inicialmente no me respondieron, al año siguiente me enviaron el pasaje. Era mi última oportunidad para poder ingresar, pero las vacantes eran pocas en comparación de los aspirantes y otra vez volví a quedar al margen”, confirmó un testarudo Oscar que no se daba por vencido.

Él no se iba a quedar con las ganas de cumplir su sueño: “Antes de regresar fui a ver al Director de Educación Física de la Provincia, y ante el llamado a concurso para cubrir cargos de instructores de gimnasia en las escuelas, no dejé pasar esa oportunidad. Pude combinar esa labor con mi desempeño en el banco, solo un año, porque terminaba muy cansado y de ambos lados me hacían elegir por uno u otro trabajo”.

“Elegí dar clases y en las primeras escuelas que estuve fueron las primarias Nº 2, la Nº 4 y la Nº 7. Luego fui pasando por varios establecimientos educativos hasta que me jubilé, aunque igualmente seguí ejerciendo como profesor en la Escuela Industrial, donde estuve 50 años y un mes dando clases, un período que se prolongó por cuestiones burocráticas que me impedían retirarme. Mi último día allí fue el 1º de junio de 2014”, sentenció con una memoria prodigiosa.

Recorrió instituciones educativas como pocos: “También fui a dar clases a Pedro Luro, pasé por la Media Nº 3, el Colegio Claret, donde estuve 32 años y el Goyena, aunque no me pagaban el sueldo desde abril hasta fin de año. Debí ir a un juez laboral, cuyos hijos iban a ese establecimiento, y me prometió que me lo iba a resolver, llegué a un acuerdo extrajudicial y terminé percibiendo un porcentaje del total de la deuda, dinero con el cual construí parte de mi casa actual”.

“Tuve de alumnos a un montón de profesionales que en la actualidad brillan en sus respectivas disciplinas. A muchos los encuentro actualmente por la calle y me saludan cordialmente”

oscar barco

“En 1961 me puse de novio con Susana, mi actual esposa, con la cual nos casamos en 1965, al año siguiente nació nuestro primer hijo Guillermo, luego vino Ariel en el 69 y por último Darío que está a punto de cumplir 50 años”, aportó, sobre quienes lo acompañan de forma incondicional.

Por último, trazó una comparación: “Las escuelas perdieron demasiado terreno, en mis tiempos luchaba mucho con los chicos porque nunca les tiré una pelota de fútbol al patio. Mis clases estaban dotadas de material para que los chicos puedan nutrirse de conocimientos, les llevaba a Las 3 Villas las balas, los discos y las jabalinas que fabricaba yo mismo para hacer los lanzamientos. Hoy eso se perdió, no hay interés, el profesor sale del Instituto y encuentra en el gimnasio una salida laboral a mano. Si bien nunca falté a dar clases, siempre quise ser independiente, no estar atado y con la educación física encontré eso”.

Oscar Barco se mantiene actualizado. Disfruta de los pequeños instantes que les entrega el día a día. Ejercita su memoria recordando cada una de las vivencias que lo marcaron para siempre. La satisfacción de recibir el reconocimiento de quienes fueron sus alumnos es el legado más preciado. Un capital que se ganó por su conducta y buen desempeño profesional.

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