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la colonia desde adentro

A misa y trabajar sin parar: así es la cuarentena de los menonitas de Guatraché

"No, a misa no podemos dejar de ir. Tenemos que agradecer a Dios que nos protege y no tenemos ningún caso de coronavirus”, dice Pedro Blatz, jefe de “La Nueva Esperanza”, la colonia menonita ubicada en Guatraché, en el sur de La Pampa​.

La cuarentena en “La Nueva Esperanza”, la colonia más ortodoxa del país, se cumplió con reglas propias: las tranqueras de acceso se cerraron con candados, pero puertas adentro siguió la actividad. Tanta, que tienen un enorme stock de silos e implementos agrícolas y un container repleto de quesos y mozzarella.

"No, a misa no podemos dejar de ir. Tenemos que agradecer a Dios que nos protege y no tenemos ningún caso de coronavirus”, dice Pedro Blatz, jefe de “La Nueva Esperanza”, la colonia menonita ubicada en Guatraché, en el sur de La Pampa​.

La cuarentena en “La Nueva Esperanza”, la colonia más ortodoxa del país, se cumplió con reglas propias: las tranqueras de acceso se cerraron con candados, pero puertas adentro siguió la actividad. Tanta, que tienen un enorme stock de silos e implementos agrícolas y un container repleto de quesos y mozzarella.

“Uuuh… la pasamos mal. No podíamos vender. Fabricamos pero no salía nada. Tenemos cuatro galpones llenos”, dice y señala a sus espaldas. Con la marca “Los 8 hermanos”, instala galpones y naves productivas en todo el país. “El más grande, un galpón de New Holand en Laboulaye”, cuenta. A su lado están Isidro (10) y Gerardo (4), dos rubios de ojos celestes y con pecas. Después llega Cornelio (18), uno de los ocho hermanos. Quedan seis conviviendo, porque los dos más grandes ya se casaron.

Juan cuenta que en este tiempo -por más que nadie faltó a misa un domingo- se acumularon las deudas. “Cobramos el 50% y compramos el hierro y la chapa. Pero la chapa aumentó mucho y no se pudo comprar”, explica.

Como no pudieron entregar, no pudieron comprar. “Nos salvaron las lecheras. Entregamos la leche y nos daban mercadería en la despensa”, explica.

En la colonia “La Nueva Esperanza” viven 1.600 personas. Y hay 120 talleres metalúrgicos, la actividad principal, que se enganchó en la llamada “segunda revolución de las Pampas”: fabrican semilleros, comederos para feedlots, silos, chimangos, carros. También hay una quesería y carpinterías, que hacen muebles de caldén por encargo. En la colonia producen su propia ropa: mamelucos, camisas, gorras y camperas para los hombres y polleras, camisas mangas largas (hasta la muñeca), sombreros y medias paras las mujeres.

David Loewen (29) vive con su esposa y sus dos hijos mellizos, un nena y una nena, de 4 años. Daniel posa junto a él para la foto.

“Tengo 5 lecheras. Producen 80 litros por día y gano unos 30 mil pesos por mes”, dice antes que el cronista pregunte. Entrega la leche en la quesería. Y tiene 13 hectáreas, casi lo mínimo de alguien que accede a la tierra. El propietario que más hectáreas acumuló, tiene 300.

Pero David también es empleado en una metalúrgica. “Trabajo de 7.30 a 11.30. Y de 13 a 19. Las diez horas que hay que trabajar”, afirma. No duda ante la pregunta si no es cansadora esa rutina: “Para descansar está el domingo”, responde con una sonrisa. La misma que usa para mostrar la foto digital (tomada por el cronista) a su hijo.

Los campos de “La Nueva Esperanza” parecen parques industriales desparramados en medio del monte. Los 120 talleres fabrican por año unos 500 silos. No hay energía eléctrica de red y cada uno tiene su propio generador. La producción se amontona en las playas de acceso.

Tres chicos menonitas andan juntos. Llevan gomeras. El más grandes es Jacobo (14), su hermano Juan (9) y el tercero es un primo, Pedro (10), que es de la colonia menonita de Pampa de los Guanacos, en Santiago del Estero: la cuarentena lo agarró de visita. Hay tres o cuatro casos de varados. En el país hay otras colonias menonitas en Santiago del Estero, La Rioja y San Luis.

Jacobo cuenta que su padre tuvo que cambiar de actividad: “Tiene un taller pero no puede vender. Empezó a cortar y vender leña”.

La leña es el principal combustible para calefaccionar y cocinar (calientan ollas de casi 20 litros) en los hogares.

Isaac Harder (24) está trabajando en la metalúrgica de su suegro. “La fábrica se llama JuMet, por Juan”, explica. Hay decenas de comederos, semilleras, fertilizadoras en una playa. “Nosotros seguimos fabricando, pero los clientes no podían retirar”, explica. “Pero desde la semana pasada ya hicimos algunas entregas”, dice.

Como los precios aumentaron, algunos aceptaron y otros desistieron de la compra. Venden sus artículos agrícolas en Buenos Aires, Santa Fe, Mendoza, Neuquén, Río Negro y Chubut.

En el campo 4 está la despensa y la ferretería. Hay mucho movimiento. Tres mujeres compran las cosas de la merienda y otro chico, un disco para una amoladora. Hablan en “plattdeusch” (alemán bajo) con el empleado.

El cronista pregunta cómo han pasado la cuarentena, pero otro hombre más grande detrás del mostrador habla en alemán. Y la pregunta ahora hay que hacérsela al jefe del campo, Abraham Günther. Después viene la consulta sobre qué pasa con el coronavirus afuera. “¿Hay transporte, colectivos entre los pueblos?”, interroga el más grande. Pero a la hora de responder, se disculpa: “Perdón, pero tenemos trabajo, ahora que llegaron las cosas”.

Abraham Günther explica que “se tomó la decisión de cerrar el campo. Estuvo cerrado, se dieron charlas con una persona de Salud y la Policía”. Tiene 33 años.

“Las clases no empezaron, así que eso fue bueno”, dice. El ciclo lectivo inicia el 1º de abril y dura seis meses. Hay una escuela por campo, con unos 30 o 40 chicos. Van todos los grados juntos. Hasta los 12 años aprenden a leer y hacer cuentas.

Günther cuenta por qué siguieron realizando misa. “Es una necesidad, una vez a la semana”, dice. Como los casos eran alejados y pocos (en La Pampa hubo 5 casos de coronavirus en total, todos recuperados), comunicaron que seguían con las misas.

Hay dos queserías, una ubicada en el campo 1. Las dos siguieron con su producción. Cada familia tiene al menos una o dos lecheras y hay que ordeñarlas todos los días. En la puerta de cada casa hay un carro, con un tacho lechero. El litro de leche se llegó a pagar 15 pesos, pero bajó a 13 ahora.

Pedro Blatz, jefe de la colonia, atiende al cronista en la puerta, después de una breve espera.

“Estuvo complicado. Fue duro las primeras tres semanas”, explica el jefe de la colonia. Vive en el campo 5, detrás del 1.

“Se podía fabricar, pero no se podía vender. Y ahora hay muchas deudas, pero no es culpa nuestra”, confiesa. Por ahora no piensan recurrir a los bancos: “Tal vez no hace falta. Sabemos trabajar y una vez que todo empiece, se va a poder pagar”, dice.

Afirma que no usaron el barbijo porque están al aire libre y con espacio. “No hay casos y estamos lejos. Cuando vamos a Guatraché, al supermercado, lo usamos”, cuenta.

Blatz cambia el tono de voz cuando se le pregunta por las misas, que se suspendieron en todo el país menos en la colonia menonita. “La misa es necesaria. ¿Cómo vamos dejar de ir a misa? Le avisamos a la Policía que íbamos a seguir yendo. Tenemos que agradecer a Dios que nos protegió y no hay casos acá”.

Sin radio ni televisión

Los menonitas son un grupo religioso cuya doctrina se basa en la Santa Biblia como palabra de Dios. Tuvieron su origen en Suiza en 1525 y luego se expandieron hacia el norte de Alemania y Países Bajos durante la Reforma Protestante el siglo XVI.

El nombre viene de Menno Simons, un sacerdote de la Iglesia católica. Sus feligreses fueron llamados “discípulos de Menno” y, más tarde, "Menonitas”. Son incluidos en el grupo de los protestantes. Son pacifistas, niegan el servicio militar y cualquier servicio con armas.

Los menonitas sufrieron persecución en Europa, y tuvieron que emigrar a regiones donde podían recibir una limitada tolerancia. Una de esas regiones era Prusia.

En 1780 llegaron a la Rusia de los zares. Más precisamente la zarina Catalina II quiso conquistar Crimea, bajo dominio del imperio turco otomano. En busca de agricultores alemanes, entre otros los menonitas prusianos fueron invitados a inmigrar. Recibieron la exención del servicio militar, tierras, y el uso del idioma alemán. Grupos de menonitas aceptaron la invitación, y formaron colonias en el sur de Rusia, dedicadas a la agricultura y ganadería.

Aproximadamente 100 años después, el gobierno ruso propuso derogar los privilegios otorgados a los menonitas. En 1877, aproximadamente 18.000 emigraron principalmente a América del Norte (Canadá y Estados Unidos) donde se los conoce como los amish y de allí en 1922 a México y en 1927 a Paraguay.

En 1986, familias menonitas llegaron desde México a Remecó, una zona ubicada a 40 kilómetros de Guatraché en el sudeste de La Pampa. Eran unos 500. Pero se asentaron en ricas tierras, y desmontaron el bosque de caldén. Primero eran carpinteros y después se volcaron a la metalúrgica, a partir del 2003. En la actualidad son 1.600 los integrantes de la colonia "La Nueva Esperanza".

La colonia de La Pampa es la más ortodoxa de las asentadas en Argentina.

Los varones se pueden casar después de los 18 años, edad en la que se bautizan. Las mujeres se casan más jóvenes. Las casas tienen cuatro dormitorios: uno para los varones, otro para las mujeres y uno para el matrimonio. Y el restante es el estar, donde también se cocina. Aunque usan leña, también las casas tienen zepelin, para calefaccionarse con gas.

La iglesia tiene una entrada para hombres y otra para mujeres. Aunque el celular está prohibido, algunos lo usan. Pero no leen libros, sólo la Biblia. Tampoco tienen radio ni televisión.

Fuente: Clarín.


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