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lleva un nombre neutro

La vida de una pareja que eligió una crianza no binaria

Max y Nadia son un papá trans y una mamá lesbiana que decidieron que Kai crezca lejos de los estereotipos.

Kai Toledo tiene un año y cinco meses, lleva un nombre neutro de origen hawaiano. Max y Nadia son un papá trans y una mamá lesbiana que decidieron que Kai crezca lejos de los estereotipos y las imposiciones de género; una historia de amor que incluyó la transición de él y el embarazo de ella a través de fertilización asistida.

Nadia y C. (la inicial de un nombre que prefiere no develar) estudiaron la Licenciatura en Trabajo Social. Se conocieron en un empleo que compartieron hace algo más de 13 años. Se enamoraron, se fueron a vivir juntas. Hacía tiempo que venían pensando en la posibilidad de tener un bebé a través de fertilización asistida.

Cuando se fue acercando el momento de concretarlo, ya con la aprobación médica, sobrevino una revolución. C., hoy ya con su DNI rectificado como Máximo Uriel C. Toledo, rememora aquellos días. “Fue un quiebre para mí. Pensar que iba a concretar el deseo de un hijo y que yo estaba mal, con este secreto. ¿Qué le iba a legar, qué le iba a decir del género? Era terrible pensarlo”.

“Hoy después de años de terapia sé que en realidad estaba todo bien conmigo, con lo que yo sentía. Simplemente faltó que alguien me dijera: ‘Che, por ahí sos transgénero’. Hubiera tenido una infancia mucho más saludable”, reflexiona hoy Max, como prefiere que lo llamen, quien se define como papá trans o xadre (ni madre ni padre), no binario, transfeminista y bisexual.

Para Nadia esa confesión de su pareja fue “un montón, una revolución”. Sintió una ruptura de sus construcciones sobre lo femenino, lo masculino, su identidad como lesbiana feminista.

De a poco Nadia fue despejando sus emociones: “Tuve claro que este era un proyecto pensado junto con Max, lo trabajé también en mi terapia. Empecé a pensar que no podía anticipar qué me iba a pasar con sus cambios, pero sí quería animarme a atravesarlo”. Lo sintió así: “Pensamos juntos la maternidad y él es la misma persona con la que la proyecté”.

Después del cimbronazo, tuvieron claro que elegían esta familia y que la crianza del nuevo integrante sería sin marcación de género, algo inédito en el país. No solo Max traía su dolorosa experiencia de aquellos años de infancia, que empezaba a remediar con su transición; Nadia tampoco la había pasado bien al intentar cumplir con las exigencias “de las nenas”. Se prometieron que, para Kai, al menos los primeros años de socialización serían distintos.

Desde el momento de la concepción pensaron en Kai como una persona no binaria, que no se encasilla dentro del género femenino ni masculino. Eligieron un nombre neutro y se negaron a acompañarlo con otro que demarque el género; se refieren a Kai como su hije, bajo el pronombre elle.

“¿Qué va a ser, nene o nena?”, les preguntaban cuando veían la panza crecida de Nadia (por decisión de la pareja, ella fue fecundada con óvulos de Max y esperma de un donante anónimo). “No sabemos”, respondían, aunque lo supieran. Entonces, venían los típicos comentarios en función de la forma de la panza, los antojos de la madre, la posición de los astros. “Nos matábamos de risa”, dice Max. “Se confundían todos”, añade.

Inmediatamente después del parto pudieron experimentar la fuerza del género. En el sanatorio vieron la genitalidad y se activó todo el dispositivo: celeste o rosa. Ni bien nació su hije fue a corregir el cartel que daba la bienvenida en función del género asignado. Plantó una “x” donde había una “a” o una “o”, información que no develan. “Es un recién nacido, no me vengan con cosas así”, les dijo a las enfermeras.

Parientes y amistades se despistaron al principio, tal vez a alguien pudo no haberle gustado, calculan. “Nos pusimos firmes: con los colores, la ropa, los juguetes usen la imaginación porque esta es la forma en que nosotres queremos criar a nuestro hije”, cuenta Max que les dijo en el sanatorio.

La explicación es clara para Max y Nadia. “Nosotres no presumimos nada sobre el género de Kai, lo vamos a escuchar decir lo que tenga para decir. Nos parece por lo menos prudente en los primeros años de vida mantener el género asignado en la privacidad nuestra”, dice Max. Por ahora pueden hacerlo con relativa facilidad porque no hay instituciones, como la escuela, de por medio.

Las anécdotas surgen a diario. “El otro día en la plaza tenía una remera celeste: ‘¡Ay, qué lindo, mirá qué fachero!’, comentaba una señora. Pero Kai agarró su pony. ‘¡Es una nena!’, la corrigió, algo incómodo, su compañero. ‘¿No ves que tiene un pony?’”. Max y Nadia observaban divertidos el desconcierto. “Me ha pasado de responder: no sabemos, es un niñe. Nos miran y no saben qué hacer con nuestra respuesta”, dice Nadia. Hacen silencio, cambian de tema.

Fuente: La Nación

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