De Ayer a Hoy
La adiestradora canina bahiense que ejerce la labor con responsabilidad
Si bien la disciplina fue mirada de reojo por lo sucedido con el “peritrucho” Herrero, existen profesionales que dignifican esta noble tarea. “Trabajar con los perros es algo maravilloso”, aseguró Mariela Ponce.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco
Hay sucesos que no comienzan en un día exacto ni se explican a partir de una sola decisión. Se van armando con escenas cotidianas, vínculos tempranos, sueños que quedaron en pausa y episodios capaces de modificar para siempre la manera de mirar el mundo. En ese recorrido aparecen la familia, los afectos, las marcas de la infancia y también esas experiencias que, sin pedir permiso, abren un camino inesperado.
La vida de Mariela Ponce, referente del Centro de Desarrollo Canino y Adiestramiento de la Unidad de Perros K9 para búsqueda y detección, tiene mucho de ese trayecto íntimo que con los años encontró una forma concreta de servicio. Su presente no se entiende solo desde la capacitación, la disciplina o la técnica aplicada al trabajo con animales, sino también desde una sensibilidad que nació mucho antes de cualquier operativo, curso o intervención en el terreno.
“Toda la vida me gustaron los perros, de hecho cuando era niña mi sueño era ser veterinaria”, contó Ponce, al volver sobre los primeros años de una relación que más tarde se convertiría en oficio, compromiso y método. Aquella vocación inicial no llegó a transformarse en carrera universitaria. “Luego, por una cosa u otra no terminé estudiando esa carrera, implicaba tener que ir a Tandil, lo cual era una gran barrera en lo económico”, recordó.

En su relato, la familia apareció como el primer territorio afectivo. “El jefe de la familia era mi papá, Carlos, un ser fantástico, de otro planeta y muy evolucionado para la época, que falleció prematuramente”, dice. También mencionó a su madre, Coca, “una genia también, a la que todavía tengo en este plano y está espléndida”, y a sus hermanos, Diana, la mayor, y José Ignacio, el menor.
La casa de su niñez estuvo atravesada por la presencia constante de animales. No se trataba de una convivencia ocasional, sino de un entorno en el que ese vínculo formaba parte de la vida diaria. “Durante mi infancia siempre en casa tuvimos perros, conejos, patos y hasta un pigmeo que fue muy importante durante la etapa en la que mi hermano estudiaba para ser geólogo”, relató. Aquel compañero, según rememoró, “lo escoltó mientras se preparaba con sus pares de estudio para rendir los parciales y finales de la carrera”.

Ese ambiente dejó una huella profunda. “Todo eso hizo que ame a los animales y me vincule con mucha fuerza con ellos”, explicó. La conexión no se limitó al mundo canino. Mariela también practicó equitación y allí descubrió otra manera de comunicación: “Había generado una hermosa conexión con los caballos”.
Sin embargo, el ingreso a este universo no llegó por una planificación profesional ni por una búsqueda técnica desde el comienzo. Fue consecuencia de un episodio que marcó a su grupo familiar. “Los descubrí por un suceso traumático que me tocó atravesar”, afirmó. Ya con su propia familia conformada, sufrió una entradera a punta de pistola. “Logré poner a salvo a mi hijo que era muy pequeño mientras mi marido se debatía con los ladrones cuerpo a cuerpo. Una situación muy traumatizante”, evocó.
En medio de aquel hecho, una perra callejera tuvo un rol inesperado. “Nos alertó de que algo no estaba bien dentro de la propiedad que era muy grande, porque empezó a ladrar y estaba inquieta como nunca la habíamos visto”, acotó. Para Ponce, ese comportamiento fue determinante: “En definitiva, nos puso en aviso de que algo sucedía”.

A partir de esa experiencia, comenzó a buscar información sobre perros de trabajo. “Me puse en contacto con un conocido que trabajaba en la Policía con pastores belgas malinois, que son los que se usan en el Ejército”, señaló. La consulta inicial tenía un objetivo concreto: incorporar un animal entrenado como medida de seguridad después del episodio delictivo. “Me asesoró para poder conseguir uno y lo compré. Fue el primero de mis perros de trabajo, por así decirlo”.
Tres días después, esa misma persona le comentó que se dictaría un curso de búsqueda y rescate. “Quien iba a estar a cargo del mismo era Marcos Herrero”, recuerda Mariela. En ese momento, advirtió, se trataba de un nombre reconocido dentro de un ámbito que todavía no había sido atravesado por las controversias que aparecieron años más tarde. “Este personaje era quien iba a dar esta capacitación sobre detección, en tiempos en los que todavía no estaba en tela de juicio su accionar como sucedió tiempo después”.

Mariela se anotó en el seminario y llevó una cachorra. “No tenía ni la más remota idea de qué era esta disciplina”, admitió. Sin embargo, de aquella experiencia rescata un encuentro que sería decisivo para su camino posterior: “Lo positivo que puedo sacar de aquello es que conocí a quien hoy es mi socia y mano derecha, Bárbara Guerra”.
El contexto personal en el que descubrió ese ámbito no era sencillo. Venía de atravesar una situación angustiante, cargada de miedo y vulnerabilidad. Por eso, el impacto fue todavía más profundo. “Me topé con un ambiente que realmente me fascinó, justo en un momento tan doloroso para mí”, sostuvo. Y agrega una definición que resume buena parte de su mirada: “Lo que hacen los perros de trabajo es algo maravilloso”.
Con el paso de los meses, comenzó a formarse y adentrarse en distintas áreas. “Empecé a interiorizarme en la labor de perros en detección de narcóticos, explosivos y búsqueda de personas. Quedé maravillada”, resaltó. La preparación fue ocupando un lugar cada vez más importante hasta convertirse en una estructura propia. “Una vez que estaba más afianzada con múltiples capacitaciones es que logré crear esta unidad de perros K9”.

El comienzo fue pequeño, casi artesanal. “Comencé con uno solo, luego vinieron Athos y Tholva”, enumeró. Su tarea se concentró especialmente en pastores holandeses, con perfiles y capacidades diferentes. “Algunos más preparados para rastros humanos y otros en lo que es rastro específico”, recalcó.
El salto de la capacitación al terreno real tuvo un peso emocional enorme. “La primera salida a la que fui convocada me temblaban las manos”, reconoció. En aquella oportunidad fue como auxiliar, un rol clave dentro de cualquier operativo. “El nivel de compromiso que manejás es abismal”, subrayó.

Ponce insiste en que no se trata simplemente de llevar un perro y esperar un resultado. La búsqueda de personas exige prudencia, estructura y coordinación. “En este proceso de pertenecer a una organización de búsqueda de personas no es aconsejable comenzar con tus perros porque el campo de acción es muy amplio”, exclamó. Detrás de cada animal hay un equipo humano que cumple funciones específicas. “Hay auxiliares que van mirando el terreno, frenando el tránsito, observando si hay alguna evidencia que pudo haberse pasado por alto”.
Su unidad no se desempeña en todas las áreas posibles del mundo K9, la protagonista de una nueva edición de “De Ayer A Hoy” marcó una diferencia clara respecto de la detección de explosivos o drogas. “En mi caso nunca trabajé en preparación de perros para detección de explosivos y drogas porque ahí debés tener una vinculación con Fiscalía directa”, explica. Para ese tipo de adiestramiento, sostuvo, hace falta acceso formal a sustancias o materiales específicos: “Tenés que tener un contacto directo, por ejemplo, con los estupefacientes y me los tiene que otorgar la Policía para evitar tener problemas futuros con la Justicia si me hacen un allanamiento”.
También puso énfasis en el nivel de exposición que implican esos ámbitos. “Nos han propuesto preparar algún can para narcóticos, pero tengo que ir con el rostro tapado y sin el logo porque suelen ser ambientes muy pesados”, refirió promediando el ida y vuelta con este cronista. Por eso, su labor se consolidó principalmente en la búsqueda y detección vinculada a personas, con una fuerte conciencia sobre los límites legales, operativos y éticos.

En su derrotero, el caso de Marcos Herrero ocupa un lugar incómodo e inevitable. Mariela afirmó que en la previa a que el accionar del falso adiestrador quede bajo cuestionamiento, dentro del propio equipo ya percibían situaciones que llamaban la atención. “Antes de que explotara todo estábamos viendo ya como equipo que algo raro sucedía en torno a su figura”, aseguró.
La sospecha, según argumentó, tenía que ver con la frecuencia de los supuestos hallazgos. “No podía ser real que en todos los operativos en los que participaba encuentre algo que arroje una búsqueda positiva al 100%”, planteó. Desde su experiencia, un perro puede aportar información muy valiosa sin necesidad de presentar un descubrimiento espectacular en cada intervención. “Ocasionalmente podés encontrar una evidencia, pero es imposible que en todos los operativos halle exactamente lo que se estaba buscando”.

Para Ponce, la utilidad de un binomio K9 no debe medirse únicamente por la aparición de un objeto o una prueba concreta. “Para nosotros, un resultado favorable es que un perro marque sectores y pueda achicar un rango de búsqueda, eso ya es un montón”, explica. Esa marcación puede orientar a los investigadores, ordenar recursos y concentrar esfuerzos. “Eso ayuda muchísimo el trabajo de la Policía”, añadió.
Sobre Herrero, recordó que “intervino en infinidad de casos” y que lo hacía “como perito de parte”. Según los dichos de la entrevistada, su modo de acercamiento era directo. “Se comunicaba con la familia que había perdido el paradero de un ser querido, eso obviamente tenía un costo económico y él se encargaba de justificar la búsqueda jugando con la desesperación de la gente”, cuestionó.
La situación generó malestar en quienes trabajaban desde otro lugar. “Obviamente que molesta este tipo de manera de manejarse”, lamentó. Sin embargo, manifestó que eso no detuvo el camino de su equipo. “En nuestro caso siempre seguimos adelante, trabajando a conciencia. Hoy existen muchísimos K9 y trabajan muy bien, no te va a salpicar una persona puntual como Herrero”.

La experiencia le permitió aprender a “leer a los animales” más allá del entrenamiento. “En mi caso puntual, con todos estos años de experiencia, ya puedo darme cuenta cuándo un perro tiene ganas de trabajar y cuándo no”, destacó. Esa cualidad, para ella, no es un detalle menor. “No solo lo percibo, también se lo permito, son seres vivos”.
Ponce establece una diferencia entre una mascota y un perro de trabajo, aunque sin perder de vista la dimensión afectiva de esa relación. “Generás un vínculo diferente”, arremetió. Por eso en los operativos no se depende de un solo animal. “A un operativo se llevan varios canes”, dijo.

La energía del guía también forma parte del proceso. “Nosotros tenemos una adrenalina distinta, ellos lo perciben, entonces salen al entrenamiento con otra predisposición”, describió. Esa conexión no se limita a órdenes ni a comandos. Se construye con convivencia, observación y confianza. “Trabajar con perros es maravilloso porque, en mi caso, se le suma el hecho de brindar un servicio”.
En el caso de los binomios, la convivencia es parte central del funcionamiento. “Ellos conviven con sus tutores, forman parte de un binomio moviéndose ambas partes juntas y para todos lados”, justificó. Esa unión no se corta ni siquiera en situaciones logísticas que podrían parecer menores. “Me ha sucedido que han querido enviarme a un hotel y al perro a dormir a otro lugar y no lo permití porque cortaría esa simbiosis única que se genera entre los dos”.
Mariela define esa relación como una combinación de técnica, energía y juego. “El can no te entiende cuando le hablás, responde a los comandos que uno le puede dar y a esa combinación energética”, enunció. La tarea, desde afuera, puede verse como una labor exigente, pero para el animal tiene otra lógica. “Lo que para vos es un trabajo, para ellos es un juego”, sintetizó.

Ese juego, sin embargo, requiere método. En los entrenamientos de olores, por ejemplo, se apela a la motivación y al aprendizaje. “Uno le enseña esa parte lúdica cuando estamos entrenándolos en olores”, aseveró. Para Ponce, cualquier práctica basada en la imposición pierde sentido y rompe el vínculo que sostiene la tarea. “No existe el sometimiento del humano al animal porque eso sería lo que genera traición”.
En esa frase aparece una idea central de su recorrido: el respeto como condición para el trabajo. La unidad K9 que conduce no nace únicamente de la capacitación ni de la acumulación de operativos, sino de una manera de entender la relación entre las personas, los perros y el servicio a la comunidad. Desde aquella niña que soñaba con ser veterinaria hasta la mujer que hoy forma binomios para búsqueda y detección, hay un hilo que se mantiene intacto.

El caso del “peritrucho” Herrero expone una de las caras más graves cuando se disfraza de saber técnico: no solo contamina expedientes, también erosiona la confianza pública en la búsqueda de verdad y justicia. Allí donde debería primar la prudencia, el método y la responsabilidad institucional, aparece el daño de quienes intervienen sin rigor, alentando expectativas falsas, desviando recursos y profundizando el dolor de las víctimas y sus familias.
Por eso, la figura de Mariela Ponce se engrandece porque, en su caso, la vocación apareció por un camino distinto al imaginado. No siempre llega con el título que ella soñaba de chica. A veces aparece después de una pérdida, de un miedo, de una señal inesperada o de un ladrido que cambia el curso de una historia. Cuando eso ocurre, lo que parecía una deuda con el pasado puede transformarse en una forma silenciosa de estar disponible para otros.
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