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INFORME ESPECIAL

Las peñas folklóricas bahienses resisten para no caer en peligro de extinción

El silencioso pero efectivo trabajo que realizan tradicionales agrupaciones de la ciudad. El legado familiar. Las limitaciones pandémicas para dictar clases. La dificultad para financiarse. Y la dificultad para seducir a los más jóvenes.

Por Leandro Grecco, redacción La Brújula 24
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Las peñas forman parte del paisaje cultural con una gran historia de tradición y folklore. Sin embargo, múltiples factores las ponen en riesgo de subsistencia. Porque a la pérdida de protagonismo por quedar relegadas con el paso del tiempo se sumó la pandemia que deja tierra arrasada a su paso y no distingue entre aquellas disciplinas que están en auge y otras que ya no viven su apogeo, a las que les provoca un daño casi irreversible.

En Bahía Blanca, existe un grupo de entusiastas, referentes de la manifestación artística que vincula las raíces, la danza y el sentido autóctono criollo, que no baja los brazos y busca las mil y una maneras de que la llama siga encendida en el corazón de todos y cada uno de los que forman parte de sus agrupaciones.

Muchas de ellas míticas y de dilatada trayectoria, pelean contra viento y marea para no sucumbir. Con un apoyo prácticamente nulo y ya sin aspirar a poder organizar o tomar parte de festivales nacionales, se conforman con lograr sostener las clases –en el mejor de los casos presenciales– y seducir a futuras generaciones que se conviertan en continuadoras de esta pasión.

En la redacción de LA BRÚJULA 24 nos propusimos visibilizar, a modo de pantallazo, las penurias que transitan algunas de ellas. Sin embargo, protocolos mediante, reina el optimismo, porque si se trata de subir al escenario pese a las adversidades, ellos saben bien cuál es el camino.

“Una peña no es como un club que tiene el aporte de los socios”

Jorge Félix es la principal referencia del Centro Municipal de Estudios Folklóricos, dependiente del Instituto Cultural de la ciudad de Bahía Blanca, fue creado el 22 de julio de 1971, con el fin de promover, practicar, auspiciar y difundir las distintas expresiones folklóricas argentinas, tanto en la ciudad, como en el país y el exterior, representando oficialmente a la Municipalidad de Bahía Blanca.

El Centro promueve el estudio y la investigación de las manifestaciones sureñas y cuenta, además con una biblioteca y discoteca específica. Está conformado por Cuerpos Artísticos que representan oficialmente a la ciudad de Bahía Blanca mediante interpretaciones poéticas, musicales, coreográficas, vestimentas y estilos genuinos, respetando los lineamientos tradicionales.

En diálogo con este diario digital, Félix reflejó que el panorama es muy delicado: “La realidad de las peñas en este contexto de pandemia tan complejo es bastante incierta. Si bien todavía se puede trabajar con burbujas muy reducidas de alumnos, dependemos exclusivamente del espacio donde se dicten las clases. Eso lleva a que los grupos se tengan que organizar muy distinto a como se trabajaría en una situación normal”.

“El respaldo siempre está, en mayor o menor medida. Tal vez, hace muchos años era superior porque había menor cantidad de rubros. Por ejemplo, en mi infancia existían muchas actividades para elegir. Actualmente, el abanico es muy grande y eso hace que el folklore quede un poco relegado con relación a otras disciplinas”, explicitó uno de los máximos referentes del movimiento.

Sobre la conformación de los grupos, mencionó que “la mayoría de los jóvenes que están en el ambiente son parte de un legado familiar, transmitido por generaciones. Lo que alimenta la ilusión es la aparición aislada de niños que se presentan en un grupo sin un antecedente. Eso es infrecuente, pero cuando ocurre nos hace creer que se puede llegar por fuera de los contactos más estrechos”.

“Para no atentar contra la identidad de un país, uno de los espacios que se debe valorar es el de la escuela. Es allí donde los chicos podrían conocer los orígenes del folklore y no lo digo solo a partir de la danza que es mi especialidad. Un acercamiento global a nuestras raíces podría mantener la llama encendida. Obviamente en la casa también se puede inculcar ese hábito para estimular a los niños”, propuso en otro tramo de la entrevista.

“Competir contra nuevas tecnologías o redes sociales es complejo. Se puede plantear un escenario valiéndose de los medios que otorga la modernidad, sin traicionar lo autóctono. Como dice el dicho, ‘si no puedes con tu enemigo, únete a él’”.

Consultado respecto a en qué consisten las clases, Félix reveló que “siempre empiezan por los ritmos que la gente más conoce que son el gato, la chacarera y el escondido. Muchos de nuestros alumnos, cuando vienen por primera vez, me cuentan que viajaron al Noroeste y les daba impotencia no poder bailar al ritmo de quienes estaban allí. Eso ocurre particularmente con gente se da mucho en las personas más grandes. Lo más frecuente es que se acerquen a aprender a bailar la zamba que es una de las más conocidas, pero demanda un poco más de tiempo”.

“Bahía Blanca siempre estuvo en un gran nivel respecto de otras plazas, folklóricamente hablando. Si bien antes de la pandemia se hacían festivales, los costos que esto conlleva son altos y eso hace que sean prácticamente imposibles de realizar. Hace 20 años teníamos festivales todos los fines de semana y hoy, con suerte, son mucho más espaciados”, aseveró el titular del Centro Municipal de Estudios Folklóricos.

La realidad en la ciudad fue aún más desmenuzada: “Actualmente conviven las peñas con los centros tradicionalistas. Allá por el año 1997, fue uno de los momentos de mayor apogeo. Incluso hubo un proyecto de ordenanza municipal para declarar a Bahía Blanca Capital de las Peñas que no prosperó y con el paso del tiempo y las diferentes situaciones del país fueron quedando los grupos más antiguos. No obstante, de vez en cuando aparece alguno nuevo y es algo que no deja de sorprendernos gratamente”.

Bailando el pericón en el aeropuerto bahiense en la visita de Juan Pablo II.

“Organizar un evento es casi imposible. Los costos de traslado son cada vez más altos y el vestuario también. Por ponerte un ejemplo, un par de botas cuesta más de 20 mil pesos y eso es solo una parte del vestuario. Las peñas trabajan mucho para poder lograr presentarse en un escenario, no solo en cuanto a la puesta en escena de un cuadro, sino que siempre hay un trabajo extra, ya sea rifas o la elaboración de distintas comidas para reunir fondos”, se lamentó Félix.

En el cierre de su testimonio, profundizó este aspecto: “Por eso, muchas veces nos duele cuando hay una suerte de ninguneo, que a menudo se da hacia los folkloristas porque solo nosotros sabemos el trabajo que hay detrás de lo que el público ve en un escenario y está muy bueno que se pueda visibilizar. Una peña, a diferencia de otras actividades como las de un club es que este último tiene socios que pagan una cuota sin recibir nada a cambio”.

El legado familiar y el predominio de la música sobre la danza

Desde el año 1988, Dardo Labastié, junto con Sonia Agüero (profesora y su actual esposa) está al frente de la peña Anai Ruca, la cual fue fundada 12 de mayo de 1984, funcionando en el Centro Comunitario San Roque. De un tiempo a esta parte se fueron incorporando nuevos docentes, comenzando a tomar la posta de liderazgo Álvaro y Estefanía, hijos de la pareja.

Labastié dejó sus impresiones: “La realidad que viven las peñas folclóricas en relación con el impacto de la pandemia y sus actividades está atravesada por la práctica de una disciplina que se desarrolla en lugares cerrados, donde hay acercamiento entre bailarines. Si bien no llegan a ser un contacto estrecho, las limitaciones son reales, por ejemplo al estar imposibilitados de llevar adelante danzas en las que se requiere, entre otros aspectos, tomarse de la mano con la pareja”.

Con relación al apoyo económico que reciben fue tajante: “Desde el ámbito público-privado en comparación con otras manifestaciones culturales el respaldo es prácticamente nulo, imposible de obtener. La verdad es que la manera de solventar atuendos, viajes para participar de competencias o capacitaciones se financia a partir de trabajos comunitarios, venta de alimentos, bingos, convocatorias que en este contexto de pandemia tampoco se pueden cristalizar. Lo que nos mantiene de pie es contar con gente allegada muy colaboradora”.

“No contamos con recursos para publicitar nuestro trabajo, por eso es que apelamos al boca a boca porque es la única que nos queda”

“El principal desafío es nutrirnos de jóvenes que puedan formar parte de las nuevas generaciones que se involucren en darle continuidad al legado que dejan los que hoy llevan mucho tiempo en la disciplina. En lo formal, se abre una inscripción a comienzos de año, permaneciendo abierta durante los meses posteriores. Nuestro orgullo es saber que en nuestro ámbito se han formado familias a partir de la llegada de personas que se conocieron en nuestro grupo y comenzaron un proyecto de vida juntos”, señaló quien, paralelamente se desempeña hace décadas como un talentoso bochófilo de la ciudad.

Luego, graficó una realidad que resulta insoslayable: “Mantener viva la idiosincrasia criolla y popular es un aspecto no es valorado como debiera y atenta contra la identidad de un país o región. Una forma sencilla de comprobarlo pasa por hacer un zapping por las radios de la ciudad donde no se escucha folklore; ni siquiera música en castellano. Y esto se potencia televisivamente, donde salvo los grandes festivales en el verano que manejan grandes sumas de dinero, el resto queda relegado. Por si fuera poco, en estos eventos se le da mayor preponderancia a la música por sobre la danza”.

“Competir contra la modernidad que pareciera llevarse puesto a las manifestaciones autóctonas es casi una utopía. Particularmente, en distintos encuentros competitivos se ponen en consideración varios rubros que terminan transformándose en una estrategia para captar la atención de los chicos. En lo que respecta a la danza, conviven lo tradicional (recreación de lo autóctono, coreográficas y atuendo), la estilización (donde se mantiene la raíz, pero se permiten creaciones personales) y lo libre (que incorpora instrumentos musicales modernos y distintos tipos de técnicas a criterio del coreógrafo)”, describió Labastié.

Respecto de las clases propiamente dichas, enumeró variantes múltiples: “Como común denominador existe la enseñanza del paso y zapateos básicos. Luego, distintas figuras que se van a ir incorporando en las distintas danzas. Por otra parte, existe una riqueza impresionante sustentada en cuatro regiones: Norte, Sur, Litoral  y Cuyana y en cada una, hacemos hincapié en sus distintos regionalismos para profundizar las variantes”.

“Más allá de la paralización en la realización de festivales presenciales, la ciudad es una plaza fuerte a nivel nacional. En el rubro tradicional hemos sido finalistas en varias oportunidades en Festivales como Cosquin y Laborde y varios grupos que han logrado consagrarse. Actualmente debemos rondar las 20 peñas en Bahía Blanca, pero en décadas pasadas ese número se duplicaba. Logramos todo gracias al amor propio y el esfuerzo, porque nada nos resulta fácil”, concluyó la cara más visible de Arai Ruca.

“Cada peña es una gran familia y para muchos la segunda casa”

El último de los que prestó su tiempo es Matías Menicucci, multipremiado e incansable luchador para mantener de pie a las peñas de la ciudad. Profesor especializado en la formación y la capacitación, tanto en lo que respecta al malambo como las danzas estilizadas. Su tarea silenciosa (como la de tantos otros) en este caso en Malón Sureño es encomiable. Es por ello que fue requerida su mirada frente a este delicado presente.

“La realidad que atravesamos fue y es muy dura. Hace más de un año que no vemos a nuestros alumnos y compañeros en los salones. Si bien contamos con la tecnología, hicimos clases por Zoom, pero no es lo mismo que lo presencial. No obstante, al menos nos permite despuntar el fanatismo de este hobby que es para algunos integrantes de nuestra peña. No tenemos ningún tipo de respaldo económico y eso dificulta muchísimo la subsistencia”, inició su alocución Menicucci, ante la primera de las preguntas realizadas por LA BRÚJULA 24.

Inmediatamente después, se sumergió en un aspecto algo más controvertido: “La idiosincrasia criolla y popular es un aspecto que no es valorado como debiera y es una deuda eterna que tenemos como sociedad, más allá de los esfuerzos individuales que se realizan a partir de disciplinas que terminan quedando aisladas. No es sencillo competir contra eso, pero tratamos de inculcar a los jóvenes la importancia de saber sobre nuestras raíces”.

“Hoy se le da más importancia al deporte y particularmente a aquello que llega desde el extranjero por sobre las costumbres tradicionales argentinas”

“Una clase consiste, inicialmente, en pasar un buen momento y aprender la palabra ‘compañerismo’. Lo primero que enseñamos en nuestra peña son danzas tradicionales argentinas, luego la parte de proyección que sería estilización sobre las mismas danzas. Malambo en los estilos sureños y norteños y trabajos de técnica básica como puede ser clásico, contemporáneo, flamenco, siempre aplicado a los bailes folklóricos”, sumó Menicucci.

Y puso en valor en aspecto humano: “Cada peña, academia, grupo o ballet es una gran familia, los mismos chicos dicen que es como su segunda casa. Muchos vienen de generación en generación, pero también existen casos de personas que se acercan para ver de qué se trata porque alguna vez han visto a un familiar mayor escuchando folklore y nunca se animaron a bailarlo. Llega gente de distintas edades, quizás no con intenciones de competir o subir a un escenario, sino simplemente con la idea de aprender a bailar”.

“Bahía es una plaza fuerte a nivel nacional, pero no por ser una ciudad organizadora de festivales competitivos o tan solo encuentros. Son las agrupaciones quienes realizamos esos eventos. Hubo muchos certámenes a los que venían contingentes de diferentes provincias, los cuales no dejaron de hacerse por la pandemia, sino por el aspecto económico porque los costos eran muy elevados para solventarlos. Poco a poco fueron desapareciendo y por eso la ciudad ya no tiene la posibilidad de albergar estas citas”, rememoró con un dejo de nostalgia el responsable de Malón Sureño.

Por último, Menicucci añoró viejos tiempos, al sostener que “antes, en los barrios había hasta tres peñas de danza, llegando a unas 70 agrupaciones en toda la ciudad, un número que ni por asomo podemos imaginar hoy. Los costos que se manejan no son nada ínfimos. No recibimos ningún tipo de apoyo ni público ni privado. Los mismos bailarines y las comisiones se encargan de reunir hasta el último peso para pagar un salón o a los profesores. También demanda dinero la confección de los trajes, trayendo telas de Buenos Aires para abaratar el valor. Se pone muy cuesta arriba y es todo a pulmón”.

Un bellísimo tema que hicieron popularmente conocido Fito Páez y Mercedes Sosa versaba lo siguiente: “Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”. Solo con una frase se puede resumir la actitud de estos héroes sin capa ni superpoderes que sueñan con volver a colocar en los primeros planos a la disciplina que abrazaron hace mucho tiempo, más allá de cualquier pandemia que pueda interponerse.


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