Seguinos

De Ayer a Hoy

La despedida después de medio siglo en una empresa de larga distancia

Carlos Pulion cerró una etapa. Fue cadete, jefe de mecánicos y chofer. Las anécdotas en el taller y al volante. “Cuando estacioné el micro por última vez en la plataforma de la terminal, sentí alivio”, confesó.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Carlos Pulion todavía recuerda la sensación que tuvo al ingresar por última vez a Bahía Blanca al volante de un colectivo de Ñandú del Sur. Después de 49 años y cuatro meses en la misma empresa, el 31 de julio completó su viaje final y cerró una trayectoria que comenzó haciendo mandados en bicicleta y continuó entre motores, cajas de cambio, auxilios mecánicos y miles de kilómetros de ruta.

“Entré a Bahía Blanca manejando y le dije a mi compañero que era una sensación rara la que estaba experimentando, porque no me iba a sentar nunca más en ese asiento del colectivo”, contó en diálogo con De Ayer A Hoy.

Su historia comenzó el 19 de febrero de 1961 en el Barrio Noroeste, donde todavía reside parte de su familia. Fue el segundo de cinco hermanos y creció en una época en la que las veredas y las calles eran el principal lugar de encuentro para los chicos.

“Soy parte de aquella generación que jugaba en la calle y salía a andar en bicicleta sin el peligro que conlleva hacer lo mismo en la actualidad”, recordó. Desde pequeño sintió una atracción especial por los colectivos, aquellos vehículos despertaron su curiosidad y, con el paso del tiempo, terminaron marcando prácticamente toda su vida laboral.

“Siempre me gustaron. Era algo que me llamaba poderosamente la atención desde que tengo uso de razón”, señaló. Realizó la primaria en la Escuela N° 61, ubicada en Manuel Molina casi Don Bosco. Más tarde pasó por La Piedad y por la Escuela Industrial N° 1, que en aquel entonces funcionaba en calle Chiclana.

“Disfrutaba de las materias que estaban vinculadas con el taller. Llegué hasta segundo año, repetí en un par de oportunidades, hasta que el rector le dijo a mi mamá que no perdiera más el tiempo mandándome a estudiar”, relató. Pulion admite que durante aquellos años no tenía demasiada afinidad con los libros. “Era bastante vago”, reconoció entre risas al repasar una adolescencia en la que comenzó a trabajar para conseguir sus primeros ingresos.

Su madre era ama de casa y también realizaba tareas en viviendas particulares, mientras que su padre se desempeñó durante tres décadas en el frigorífico CAP. El primer empleo de Carlos fue como parapalos en un bowling llamado Center, situado a pocas cuadras de la Plaza Rivadavia. “Faltaba a clases para ganar unos pesitos por la noche en ese lugar”, confesó.

La oportunidad que definiría su futuro apareció a través de un aviso publicado en el diario. Siendo todavía menor de edad, ingresó como cadete en Ñandú del Sur, cuya sede se encontraba por entonces en Alvarado al 200. “Mi primera función era hacer los mandados en bicicleta, aunque entre viaje y viaje me quedaba con los mecánicos y me ensuciaba las manos”, expresó.

Mientras cumplía con sus obligaciones, observaba cada movimiento dentro del taller. Limpiaba componentes, repasaba motores y trataba de absorber los conocimientos de los trabajadores experimentados. “De esa forma fui aprendiendo lentamente. Era muy observador y también curioso, porque me gustaba preguntarles a quienes más sabían de mecánica”, explicó.

Las salidas de emergencia eran uno de los momentos que más esperaba. Cuando algún coche quedaba detenido por una falla, Carlos buscaba la manera de acompañar a quienes debían realizar la reparación. “Lo que más disfrutaba durante los primeros meses era salir a hacer los auxilios. Me enganchaba con los empleados de mayor experiencia cuando un micro se rompía en la ruta”, recordó.

Su indisimulable entusiasmo no pasó para nada inadvertido. A los 17 años, el propietario de la compañía decidió su ascenso a medio oficial mecánico, una función que implicaba mayores responsabilidades. “Tenía tanta pasión que el dueño me dio ese cargo siendo muy joven”, destacó.

Al cumplir 18 años tuvo que interrumpir momentáneamente su recorrido profesional para realizar el servicio militar obligatorio. Fue destinado a la Fuerza Aérea en Río Gallegos y permaneció allí durante un año y medio. “Al principio me costó, pero después aprendí a disfrutarlo, en especial cuando empecé a manejar los camiones de tropa. Eso hizo que la conscripción en el sur del país fuera un poco más llevadera”, manifestó.

Pulion salió en la última baja y, por cuestión de meses, evitó ser enviado a la Guerra de Malvinas. Una vez terminada aquella etapa, su principal preocupación era saber si conservaría el puesto que había dejado en Bahía Blanca. “Hablé con Carlos Caruso, que era el dueño de Ñandú, y me reincorporó inmediatamente porque conocía lo que yo podía darle”, sostuvo.

Regresó a la empresa con 19 años y al siguiente contrajo matrimonio. De esa relación nacieron sus tres hijos. El mayor de ellos también trabaja en la compañía en la que su padre acaba de jubilarse. “Con 25 años me convertí en oficial. Armaba motores, cajas de cambio y diferenciales. A los 32 asumí como jefe de taller y ya no era solamente mecánico”, detalló.

La firma atravesó distintos cambios a lo largo de las décadas. En 1993 murió su propietario original y, unos diez años después, fue adquirida por un empresario marplatense de apellido Calvete, ligado a El Rápido Argentino. “Cuando Ñandú del Sur dejó de ser rentable para él, la compró un grupo de Córdoba que ya estaba relacionado con el rubro y que actualmente se encuentra a cargo”, indicó.

Aunque durante años desarrolló tareas vinculadas con la reparación y el mantenimiento de las unidades, recién a los 35 tramitó la licencia profesional. La recomendación había partido de Caruso, debido a que con frecuencia debía conducir hasta los lugares donde se producían los desperfectos.

“Me insistía porque muchas veces salía manejando a la ruta para hacer los auxilios. En aquel tiempo obtener el carnet no era tan exigente: el requisito era dar unas vueltas por el interior del Parque de Mayo”, comentó. La habilitación también representaba una ventaja desde el punto de vista previsional. “Me convertí en chofer en los papeles porque era conveniente para jubilarme antes, pese a que en la práctica me seguía desempeñando como mecánico”, aclaró.

Con 55 años y 25 de aportes bajo ese régimen, podía acceder al beneficio. Sin embargo, su vida profesional tomaría un giro antes de que llegara ese momento. Cuando se produjo uno de los cambios de propietarios, los responsables que asumieron el control en 2010 revisaron su legajo y comprobaron que figuraba como conductor. Ante la falta de personal, le comunicaron que debía dejar el taller para comenzar a manejar.

“Llegó en un momento crucial de mi vida, porque acababa de divorciarme y necesitaba distraerme. Lo primero que pensé fue: ‘Voy a probar’. Si no me gustaba, volvía a la parte mecánica”, expresó. El inicio no resultó sencillo. Sus primeras experiencias fueron en el servicio que conectaba Bahía Blanca con la ciudad de Buenos Aires, uno de los recorridos más exigentes por el tránsito y las características del camino.

“Para colmo, hice mis primeras armas en la peor ruta que te puede tocar. Aguanté casi dos años hasta que le dije al jefe de tráfico que me cambiara de línea o me devolviera al taller”, afirmó. El planteo fue escuchado y Pulion pasó a cubrir el trayecto hacia Rosario. Durante la etapa final de su carrera quedó a cargo del servicio a Córdoba, una ruta que recorrió durante años y que le permitió conocer distintos puntos del país.

Las horas al volante dejaron incontables historias, algunas agradables y otras atravesadas por situaciones difíciles. “Las anécdotas más feas están vinculadas con los incidentes viales que presencié y en los que hubo personas fallecidas”, reconoció. Una noche de lluvia, cerca de General Villegas, estuvo a pocos segundos de protagonizar un choque frontal. La calzada no estaba demarcada y un camión apareció de frente, invadiendo su carril.

“No me quedó más remedio que tirar el colectivo a la banquina para evitar el impacto. Si no giraba bruscamente la dirección, se producía el choque de lleno contra el acoplado”, relató. El episodio ocurrió tres años antes de su retiro y se convirtió en una señal para comenzar a pensar seriamente en la jubilación. “Los pasajeros que viajaban adelante, en el piso superior, vieron todo y me agradecieron. Tanto ellos como yo podíamos haber sufrido gravísimas consecuencias”, contó.

No todas las vivencias estuvieron cargadas de dramatismo. Entre las que todavía recuerda con humor aparecen las relacionadas con animales transportados de manera oculta, una práctica que no está permitida dentro de los ómnibus. “En una oportunidad, una pasajera subió con un gato escondido en el equipaje de mano. Antes de llegar a Pigüé, la mascota apareció en la cabina y comenzamos a buscar a su dueña, pero no la encontrábamos entre toda la gente”, relató.

Ante esa situación, los trabajadores decidieron dejar al animal en aquella localidad y continuar con el recorrido establecido. “Cerca de Espartillar se presentó la mujer preguntando si sabíamos dónde estaba. Le explicamos lo que había ocurrido y, pese a que insistía en regresar, ya no era posible porque nos comprometía a quienes estábamos a cargo del viaje”, agregó.

Las descompensaciones de pasajeros constituyeron otro de los desafíos habituales. En uno de los servicios, una persona perdió la vida mientras el colectivo avanzaba hacia su destino. “Fue una situación traumática. Tuvimos que dejar el cuerpo en Pergamino, que era la localidad más cercana cuando se produjo el fallecimiento”, manifestó.

El cierre de su extensa carrera comenzó a tomar forma en diciembre del año pasado, cuando presentó la documentación necesaria para iniciar el trámite previsional. Meses más tarde, la abogada que llevaba el expediente le confirmó que estaba todo en orden y que iba a percibir el primer haber en agosto.

“En ese momento avisé en la empresa que el 31 de julio sería mi último día. Lo esperaba con muchas ansias porque llevaba 49 años y cuatro meses trabajando en lo mismo”, señaló. La despedida estuvo acompañada por muestras de afecto, obsequios y reconocimientos. Sus compañeros colocaron un cartel en la unidad y la firma agradeció públicamente la dedicación brindada durante casi medio siglo.

“Recibí una gran cantidad de regalos y el reconocimiento de la empresa, que es algo que valoro mucho”, sostuvo. Al completar el último tramo sintió que el cuerpo empezaba a desprenderse de la tensión acumulada durante tantas noches y jornadas detrás del volante. “Ya hacía un tiempo que no quería saber nada más sobre manejar. Experimenté una especie de alivio y sentí que comenzaba otra etapa de mi vida”, expresó.

Al repasar el camino recorrido, Pulion destaca los vínculos construidos y recuerda especialmente a quienes compartieron con él distintas épocas dentro de Ñandú del Sur. “Rescato todo lo que coseché durante este período y a los compañeros que conocí. Muchos de ellos ya no están en este mundo”, afirmó.

Después de tantos años viajando por razones laborales, ahora planea volver a recorrer la Argentina, aunque sin horarios, responsabilidades ni pasajeros que dependan de sus decisiones. “Conozco parte del país por mi trabajo, pero esta vez quiero hacerlo desde otro lugar”, anticipó.

A sus 65 años, asegura que llega a la jubilación en buenas condiciones y con proyectos para aprovechar el tiempo que se abre por delante. “Me encuentro muy bien físicamente y muy bien de salud. Eso me va a permitir encarar lo que viene desde un lugar privilegiado”, concluyó.

Durante casi medio siglo, Carlos Pulion vio cambiar los colectivos, las rutas (muchas de ellas hoy más deterioradas en cuanto a su pavimento) y hasta la manera de viajar. Él también fue mutando: pasó de la bicicleta con la que hacía mandados al volante de un ómnibus de larga distancia. Hoy, mira el camino sin horarios ni destinos, con la tranquilidad de haber llegado al final del recorrido que eligió cuando todavía era un adolescente.

Más Leídas