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De Ayer a Hoy

Gibelli: "El tango es como ese saco que empieza a abrazarte sin apretar"

El artista vive un gran presente. El día que Mercedes Sosa “lo ungió”. Cuando ganó La Voz en un crucero. La experiencia en Cosquín. Y el bello gesto de amor junto a su esposa para formar una familia.

Fotos: Pablo Noir (La Brúhjula 24).

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Pablo Gibelli es uno de los máximos exponentes del arte local. Con un sostenido ascenso y una carrera tan brillante como sólida, despliega todo su talento por cada escenario en el que se presenta usualmente. Lejos de haber alcanzado su techo, al menos desde el punto de vista profesional, se asentó dentro de un ambiente en el cual su nombre es un sinónimo de éxito inobjetable. En La Brújula 24, para la sección “De Ayer A Hoy”, regaló pinceladas de su talento, repasando todas estas décadas junto a la música.

Su historia personal y musical comienza en una pequeña localidad perteneciente al partido de Carmen de Patagones, donde pasó toda su infancia y juventud. “Soy nacido en Stroeder y estuve ahí hasta los 18 años. Hice todo el jardín de infantes y la primaria en el mismo lugar, luego el secundario y, cuando terminé el bachiller, me vine a estudiar acá en Juan XXIII”, relató. 

En ese pueblo del sur bonaerense se formaron también sus primeros vínculos familiares y afectivos: “Soy el mayor de dos hijos, tengo una hermana seis años menor que vive en La Plata. Mis padres fallecieron, mi mamá en 2024 y mi papá en 2012”, contó, al describir el núcleo que lo acompañó durante sus primeros años.

Las melodías fueron una presencia constante desde su nacimiento, atravesadas por una herencia cultural: “Lo mío con la música apareció en el momento que yo nací. Mi mamá era paraguaya, mis parientes de la misma nacionalidad son todos músicos a nivel internacional, y escuchábamos música todo el día”, recordó. 

En el campo, el folklore marcaba la rutina cotidiana. “Vivíamos en un entorno rural, entonces se escuchaba mucho folclore y de tango había un solo disco: el de Julio Sosa, el varón del tango, que era obligatorio en todas las casas”, agregó, marcando la mezcla de géneros que lo acompañaron desde chico.

Sus primeros pasos como instrumentista los dio con la guitarra, de manera autodidacta, lo cual reforzó esa devoción por los sonidos armónicos que fueron decorando su vida: “A fuerza de los cuadernillos, porque en esa época no había Internet, no había nada, iba investigando cómo afinarla”, relató. 

Ese aprendizaje solitario se vio reforzado durante la secundaria, cuando un docente que viajaba desde Bahía Blanca comenzó a guiarlo cuando tenía unos 15 años. “Era el profesor de matemática que tocaba la guitarra y vio lo que yo quería intentar. Me dijo ‘yo te voy a enseñar’ y me empezó a pasar unos acordes”, recordó.

Su debut ante el público llegó poco después, en el ámbito escolar. “La primera vez que subí a un escenario sintiéndome profesional por así decirlo se produjo en el colegio de la Divina Providencia. Creo que para ese entonces ya tenía 16. Ahí dije ‘esto es lo que me gusta hacer’”, relató. 

Aquella noche mágica interpretó dos temas que todavía hoy recuerda con precisión. “Las primeras canciones que canté fueron Pedro Canoero y Canción con todos”, señaló, en una elección que ya dejaba ver la nítida influencia de referentes del arte como Mercedes Sosa, Jairo y José Ángel Trelles.

El desembarco en la ciudad en la que aún hoy reside para estudiar en el Instituto Juan XXIII significó también una etapa de puro crecimiento artístico. “Vine a estudiar con un amigo de Stroeder, Mauricio Baumgartner. Alquilamos juntos y comenzamos a forjar nuestro destino lejos del pueblo”, contó.

Mientras cursaba la carrera terciaria de Analista en Computación Administrativa, buscó inmediatamente alimentar sus espacios musicales. “Una de las primeras cosas que hice fue meterme a investigar porque escuchaba un coro que ensayaba en el Juan. Me presenté, me tomaron una prueba y automáticamente quedé”, recordó sobre su ingreso a la agrupación vocal dirigida por Alberto Tramontana.

Esa experiencia coral fue primordial para lo sucesivo, lo llevó a recorrer distintos puntos del país y a integrarse luego al Conservatorio Provincial, donde estudió piano y canto durante varios años. “Ahí podría decir que empezó una formación un poco más académica. Fueron alrededor de cuatro años”, explicó. 

En paralelo, para generar un sustento que le permita desarrollarse comenzó a trabajar en el ya extinto Supermercado Burgos, donde permaneció por más de dos décadas. “Estuve allí 22 años trabajando en la administración. Siempre me desempeñé en las oficinas hasta el último día de existencia de dicho comercio, allá por abril de 2016”, relató, describiendo una etapa de estabilidad laboral que convivió con su desarrollo artístico.

El giro definitivo hacia el tango se produjo bajo la tutela del maestro Mario Grossi. “Él fue mi gran formador y, en gran parte, el responsable de lo que es hoy mi carrera de cantante. Me tuvo dos años solamente ensayando, sin cantar en público”, explicó, con la grandeza de quien admite que ese sacrificio valió la pena. 

“Era como un futbolista que entrena sin jugar partidos de manera oficial, pero estaba con el mejor y aprendiendo sin prisa, pero sin pausas”, señaló, en lo que respecta al momento en el cual fue puliendo cada detalle para estar a la altura de lo que el desafío proponía.

A partir de allí comenzó una bella etapa de intensa actividad junto a distintas orquestas y proyectos fructíferos. Integró la Orquesta de Tango de Bahía Blanca, fue convocado por Víctor y Antonio Volpe y participó de la Orquesta Principal de Tango de Mar del Plata tras ganar un concurso. A eso se le suma un viaje a Jacksonville (Estados Unidos) con Sergio Katz y Adriana Visnivetski.

“Ahí empecé a involucrarme mucho más con este género que no era desconocido para mí, pero implicaba un cambio de chip, lo tomé como una proyección de vida. El tango es un saco que te empieza a abrazar, porque todo lo que pasa en tu vida pasó en una canción”, reflexionó.

Uno de los momentos más significativos de la trayectoria de Pablo ocurrió tiempo atrás en Mendoza, durante un gran evento por los 30 años de la Misa Criolla, en lo que sería el primer capítulo de una secuencia que tendría continuidad meses después.

“Éramos unas mil personas de coros de todo el país, con Mercedes Sosa cantando. En un momento ella se da vuelta, empieza a caminar y me abraza. No lo podía creer”, recordó. Aquella experiencia quedó marcada para siempre. “La chalina que usé ese día la guardo todavía”, añadió.

En 2017, ese recorrido tuvo una continuidad cuando fue convocado como solista para una versión de la Misa Criolla en la FISA, compartiendo escenario nada menos que con Jaime Torres. “Pensar que yo había estado en el coro y años después estaba ahí ocupando ese rol tan destacado, fue algo muy fuerte”, relató.

Recientemente, sumó una experiencia internacional. En 2025 ganó un concurso de canto de La Voz, el mismo programa que se popularizó en todo el mundo, pero logró esa distinción en un crucero. 

“Me anoté de curioso, pensaba que no era la franquicia oficial del programa de TV, pero luego comprobé que era todo oficial. Fui avanzando y resulté ganador con ‘El hombre del piano’, de Billy Joel, haciendo con músicos en vivo la versión que popularizó Guillermo Guido en español y en el escenario principal de la embarcación”, contó. 

Esa inesperada participación y el premio impulsó a la realización de nuevos proyectos, entre ellos un espectáculo integral que fue presentado en noviembre del año pasado en el Teatro Gran Plaza de Bahía Blanca.

También desembocó en su participación en el Pre Cosquín. “Faltaban cinco minutos para cerrar la inscripción y mandé todo el material. Junto a Jorge Vignales ganamos la llave y la posibilidad de pisar el escenario Atahualpa Yupanqui”, recordó. 

El 6 de enero de este año, en la plaza Próspero Molina, presentó una propuesta de tango con obra propia. “Cumplí un gran sueño y hacerlo con tango en un lugar donde casi todo es folklore fue algo muy especial”, afirmó.

De cara al futuro, Gibelli trabaja en la edición de un material discográfico con composiciones propias surgidas durante la pandemia. “Hicimos unos doce tangos nuestros y la idea es presentarlos este año”, adelantó, mientras continúa proyectando nuevas presentaciones y giras con su formación actual.

En medio de todo este derrotero, junto a su esposa Cristina y luego de ocho años de búsqueda de hijos biológicos, tomó la decisión de formar una familia, dejando atrás un sinfín de tratamientos de fertilización e ilusiones truncas.

“Intentamos todo, desde inseminación artificial hasta fecundación in vitro. Con mi esposa asumimos el camino de la adopción, que tampoco es sencillo, por la cantidad de requisitos a cumplir y por la espera a un llamado que quizás nunca llega”, resaltó.

El destino quiso que la posibilidad de convertirse en padres llegue a partir de tres nenas que estaban en su Stroeder natal esperando por un hogar y el amor de dos personas que tenían mucho afecto para brindar. 

Así, desde hace algo más de una década, las hermanitas Camila (de 15) y Araceli y Dalma (dos años menores) fueron un único núcleo junto a dos adultos que completaron el anhelo de tanto tiempo: formar una familia.

La sonrisa dibujada en su rostro es una marca registrada y lo acompaña a cada paso. Toda palabra que Pablo Gibelli pronuncia tiene un sentido y denota la humildad de los grandes. El trayecto de lo vivido sostiene su máximo sueño: seguir encontrando el motivo para cada día dar un paso más hacia la felicidad plena que remite a cada uno de los acordes de la música que fluye en cada uno de sus suspiros.

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