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Por Gabriela Biondo

Vivimos enojados

Por Gabriela Biondo, artista (Gaby, la voz sensual del tango)

Como gran seguidora de Enrique Pinti, recuerdo una frase que se reiteraba en un monólogo que tiene más de 20 años: “la gente me dice, usted se enoja mucho Pinti, ¿Por qué se enoja tanto?”. Desde hace décadas, ¿siglos?... ¿cuánto hace que vivimos enojados? Somos ciudadanos participativos, con permanente emisión de opiniones pero poco responsables de las consecuencias de nuestras elecciones.

Cuando ganó Menem su segunda presidencia nadie se hacía cargo de haberlo votado. En estos últimos meses he escuchado reiteradamente que tanto Macri como Cristina debieran retirarse de las candidaturas y dejar paso a la renovación, sin embargo estoy segura de que ninguno votará a una tercera fuerza en 2023 si la disputa es entre ellos. La política argentina, los políticos, la corrupción, los diputados que se aumentan el 40 por ciento del sueldo tras 16 meses de pandemia, las feak news que circulan por nuestros correos, redes sociales y WhatsApp son producto del seno de nuestra sociedad: de cada uno de nosotros (por acción u omisión). Hagámonos cargo.

No sirve enojarse y lastimar a quienes nos rodean, a quienes nos aprecian, a quienes nos cruzamos en un semáforo o en la caja de un comercio. No sirve erosionar nuestra salud con venenos intragables que hacen mella y descubrimos cuando ya es demasiado tarde. Que el contexto que nos rodea nos importe no implica que necesariamente nos afecte en todos los aspectos de la vida. Podemos estar disconformes con el gobierno de turno, con los anticuarentena, con el sistema de vacunación, con los impuestos o las manifestaciones masivas en plena vigencia de aislamiento social… pero ¿tenemos que enfermarnos por eso?, ¿tenemos que corroer relaciones afectivas por una discusión que no llega a ningún puerto?

No soy psicóloga ni médica, ni me considero libro de autoayuda, simplemente querría que reflexionemos acerca del estado de irascibilidad en el que vivimos y nos replanteemos qué ciudadanos queremos ser para que nuestros hijos o nuestros nietos, comiencen a cimentar una sociedad mejor (aunque nosotros no lleguemos a verla).

Todo motivo de enojo -y especialmente los personales- genera envejecimiento, nos amarga el ceño, nos opaca el ser, nos impide ver las pequeñas y valiosas cosas de la vida. Seamos más felices; con poco, con lo que tenemos (aunque nunca resignados). Cada vez que veo discusión en puerta o algo me inspira una reacción que probablemente termine en abigarrado debate recuerdo esta perspicaz conversación entre amigos:

- ¿Cómo hacés para verte siempre tan joven?

- No discuto nunca con nadie y por nada.

- ¡No te creo, no puede ser!

- No será.


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