De Ayer a Hoy
"Al reparar una radio, me siento como un cirujano que salva al paciente"
Carlos Benítez no oculta el amor por los receptores. Entre la colección arrasada en la última inundación cuenta con dispositivos antiguos. La niñez en Punta Alta. Gardel en su vida. Y la lucha diaria: “Soy resiliente”.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/X: @leandrogrecco
La curiosidad llevó a Carlos Benítez, siendo niño, a explorar en los aparatos de radio que encontraba en desuso, no para romperlos sino para entender cómo funcionaban. Ese impulso inicial, que combinaba pasión por los objetos antiguos con una memoria prodigiosa para los detalles históricos, lo llevó a convertirse en un coleccionista incansable. Con el tiempo, su amor por las viejas radios se mezcló con otro de sus grandes intereses: la vida y la obra de Carlos Gardel, figura a la que dedicó innumerables horas de estudio y difusión.
Esa doble pasión se materializó en un sueño cumplido: levantar en Bahía Blanca su propio museo, un espacio que no solo exhibía piezas únicas de tecnología y cultura popular, sino que también invitaba a los visitantes a viajar en el tiempo. Cada radio expuesta guardaba una historia, y cada relato sobre Gardel encontraba allí un eco particular, como si la voz del Zorzal volviera a sonar entre válvulas y parlantes de época. El lugar se convirtió en un pequeño santuario para quienes valoran las huellas del pasado.
Pero la madrugada del 7 de marzo quebró en minutos lo que había llevado décadas construir. La inundación que golpeó a la ciudad no tuvo piedad con el museo: el agua arrasó vitrinas, documentos y aparatos irremplazables. Más que una pérdida material, para su fundador fue un golpe emocional, porque cada radio destruida llevaba consigo un pedazo de historia. Sin embargo, fiel a su espíritu, hoy busca recomenzar, convencido de que la memoria no se ahoga y que, tarde o temprano, las melodías volverán a sonar. En “De Ayer A Hoy”, un testimonio que sintoniza con las melodías de la buena energía.

“Nací en Puerto Belgrano, soy puntaltense y hasta los 18 años viví allí. Mi papá era militar, oriundo de Córdoba, pero le costaba mucho desarrollarse en esa provincia, a punto tal que llegó a no tener para comer, por lo que armó su valija y vino para Punta Alta. Hizo el servicio militar y descubrió un mundo nuevo, se alimentaba todos los días, lo vestían y le pagaban un sueldo, por lo que no dudó y se quedó”, expresó Benítez al inicio de su testimonio.
Y añadió que “mi mamá era española de Salamanca, una mujer muy instruida, ambos se conocieron por ser vecinos y fruto de esa unión llegamos al mundo mi hermano Ricardo y yo. Ella nos dio el plus de la cultura, quería que estudiemos, pese a ser ama de casa, tenía muy en claro que nuestro porvenir estaba atado a que nos pudiéramos educar”.
“Me crié en pleno centro de la ciudad cabecera del partido de Coronel Rosales, una niñez y adolescencia hermosa, soy hincha de Rosario Puerto Belgrano desde chico. Pasábamos mucho tiempo en la calle, a punto tal que en mi ciudad se filmó la película ‘La Muchachada de a Bordo’, con Leo Dan, Carlitos Balá, Fabio Zerpa. Allí tuve la suerte de participar como extra”, afirmó, con ternura y picardía al hablar sobre dicha anécdota curiosa.

Consultado respecto de sus estudios, detalló: “Fui a la Escuela N° 2, enfrente de la plaza, y la secundaria en el Colegio Nacional de Urquiza y 25 de Mayo. Tengo una formación humanística muy grande por parte de profesoras como Nélida Mussini y la señora de Miravalles que nos enseñaban a redactar e inculcaron mi gusto por la historia, pero pudo más mi predilección por los cables (risas) y modifiqué mi perfil”.
“Ese cambio se dio a partir de la influencia de la Base y una futura salida laboral, pero no me arrepiento para nada de haber escogido aquella orientación ya en el nivel secundario, también fruto de la iniciativa de mi mamá que fue quien se puso al hombro esa decisión con total buena voluntad”, resumió, a raíz de cierta dicotomía con lo que iba a venir luego.
Autodidacta como pocos, aseguró que “mi primera radio la confeccioné cuando tenía 12 años, en plena transición del final de la primaria. Debo confesar que ese día descubrí un nuevo mundo y me gustó tener en mano el soldador. Por el empuje de mi tío, experimenté por primera vez en un mundo del que no conocía nada”.

“Jugué al fútbol en Rosario, hasta la juventud, cuando los horarios universitarios me lo impidieron y ya no había compatibilidad. En un momento, siendo parte de las inferiores, me tocó entrenar con jugadores de la talla de ‘Pocho’ (Néstor) Barú, un fenómeno de Villa Rosas, y Carlos Guerini, que luego jugó en Boca, el Real Madrid y la Selección Argentina”, acotó, con satisfacción en su tono de voz.
Volviendo a la cuestión académica, sostuvo que “en la Universidad del Sur estudié Ingeniería Eléctrica, los primeros años viajaba todos los días y luego me mudé, junto al ‘Negro’ Burgos, a pocas cuadras de la casa de altos estudios, en Trelew al 500. Vivíamos a muy escasas cuadras del domicilio de otro puntaltense, más famoso, como Néstor de la Iglesia”.
“Cuando el precio del alquiler se hizo cuesta arriba, empecé a trabajar en Espora como técnico aeronáutico y, si bien sabía de electrónica, no tenía la especialización en aviones. Vi el aviso en el diario y necesitaba el empleo, allí permanecí unos cuantos años, aunque me complicaba el último tramo de la cursada de la carrera por el tema de los horarios, lo que demoró mi graduación”, reconoció, mientras disfrutaba del café en el lugar pactado para grabar la nota.

Y contó: “A eso se le sumó el hecho de tener los primeros pesos en el bolsillo, la posibilidad de haber comprado mi primer autito o hacerle un regalito a tu mamá. También repercutió de un modo negativo para recibirme, un aspecto que igualmente no fue un obstáculo para alcanzar el tan ansiado título universitario”.
“Fui asistente de docencia en la UNS y me desempeñé en los laboratorios, hasta que surge la posibilidad de sumarme como ingeniero en la Termoeléctrica de Ingeniero White. Ahí conocí a mis grandes amigos de esa localidad, tuve de compañeros a Atilio Miglianielli, ‘Pastilla’ Rodríguez, Luisito Carbonara y Nené Cabezas, entre otros. Ellos también hicieron su aporte para que me guste el tango”, evidenció, con cariño hacia personajes que fueron una huella en su vida.
Asimismo, recordó un suceso puntual: “Un día fui a la casa de Cabezas y me encontré con unas bolsas colgadas del respaldo de la cama, en el lugar donde se suele colocar un crucifijo. Cuando las miré bien, hallé la mampostería de la casa de Gardel y de un bar que se llamaba ‘O\'Rondeman’, donde solía cantar Carlos. Luego, me regaló la mitad de esas piedras para mi cumpleaños, un presente que tenía un alto valor simbólico y que siempre agradeceré”.

“Cuando me casé trabajaba en la Escuela Técnica de White donde fui primero vicedirector y luego director, en tiempos en los que también estaba en la Termoeléctrica, por lo que pasaba pocas horas en mi casa, había que tener dos ingresos económicos. La familia fue importante en ese proceso, acompañó y hoy puedo decir que soy padre de dos hijas preciosas, una vive en Bahía Blanca y la otra en Madrid”, relató Benítez.
No obstante, se zambulló a la decisión que le dio aún más visibilidad dentro de la sociedad: “El hecho de armar el museo de radios antiguas es algo que venía pensando desde mucho antes de materializarlo, desde chico fui acumulando receptores y ya en 2018 me hice conocido por ser coleccionista. Es ahí donde recibo la medalla de oro del premio Ramón Bernabé Estomba por mis amplios conocimientos en esa temática, siendo el máximo galardón al que uno puede aspirar”.
“La primera radio la hice sin saber nada y la tengo en mi poder, se llama Galena. Eso hizo que investigara, acumulé cada vez más artefactos, hasta que mis hijas se casaron y con tantos ambientes desocupados del hogar empecé a exhibirlas. Fui recibiendo radios que estaban en mal estado y logré reparar, prácticamente nunca compré una”, exclamó con total énfasis.

Sus gustos fueron mutando, hasta abrazar el género que lo identifica: “Desde chico, mi papá me instaba a escuchar tango, delante de sus amigos decía que me llamaba Carlos por Gardel y se mostraba orgulloso de eso. A mis 20 años, el primer Long Play que me compré fue el de Pappo, porque me gustaba el rock, como a todo joven de esa época que se dejaba el pelo largo”.
“Esa producción discográfica tenía temas muy básicos, con las letras que eran primitivas y un músico que tocaba muy bien la guitarra y estaba en pleno auge. El 2x4 llegó más tarde, casi por añadidura, después de cumplir los 35 años, cuando buscaba de la música cierto valor agregado”, expuso Carlos.
Más adelante en el ida y vuelta con este cronista, describió la crudeza del desastre vivido hace casi siete meses en Bahía Blanca: “Lo sucedido con la inundación del 7 de marzo es algo que atravesó de mala manera, uno esperaba tener otro tipo de recepción por parte de los políticos, se prometió un monto y solo llegó la mitad a la ciudad. Hay varios vecinos con los que uno habla que percibieron esa ayuda y otros no, es muy triste porque inclusive eso puede traer consecuencias legales porque se recibió el préstamo del BID por la catástrofe”.

“Llegar al museo ese día y ver 120 centímetros de agua y las radios flotando fue un golpe directo al corazón, jamás me imaginé ver semejante escenografía. Lo que logré salvar fue un fonógrafo Edison original de 1897, el cual logré secar, arreglar y al otro día ya estaba andando, el resto de los elementos exhibidos fueron guardados en una suerte de depósito, muchos de ellos aún están en ese lugar”, dijo, conmocionado aún y con un nudo en la garganta.
Pese a ello, rescató lo positivo entre tanta pálida: “Las muestras de solidaridad son hermosas, un muchacho de Bolívar me donó varias radios Siete Mares, Fernando Bravo me obsequió otra. Eso hizo que se me ocurriera la idea de exhibir en un mismo sector del museo todas las donaciones de personalidades notables que han sido sumamente generosas. Tengo una de Raúl Portal, de Les Luthiers, otra de Mario Iaquinandi y del ‘Negro’ Santiago, entre otros”.
“Soy resiliente, voy a volver de a poco porque el museo lo empecé de la nada, se rompió todo e iré arreglando lo que pueda, sabiendo que algunas cosas no las puedo comprar en la esquina, pero las reemplazaré por otras. Cuando pienso que una jubilada a una cuadra de mi casa se cayó aquella fatídica mañana y murió ahogada, le doy el verdadero valor a lo ocurrido”, opinó.

Por último, habló con el corazón en la mano: “El dolor es grande pero lentamente empieza a cicatrizar. No niego que mi vida estaba ahí, en ese lugar, pero no deja de ser un hobby, una pasión, por eso y salvando las distancias, cuando una radio es reparada correctamente, me siento un cirujano que le salvó la vida a un paciente, lo emparento con eso”.
Carlos Benítez recibió un golpe en el mentón que todavía hoy está terminando de asimilar, al transcurrir varios meses del desastre natural más destructivo que se recuerde en Bahía, al menos en la era moderna. Nunca imaginó que en cuestión de minutos iba a experimentar una sensación de tristeza y hasta resignación, pero ya dio vuelta la página y visualiza un futuro promisorio, poniendo en valor un espacio que es patrimonio para la ciudad.

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