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DE AYER A HOY

“Pude ir a otro club, pero permanecí en Liniers porque allí fui y soy feliz”

Adrián Echeverría es el arquero récord de la Liga del Sur. Sus inicios. Los mejores y peores partidos. El retiro. Y una reflexión: “Los chicos perdieron el respeto en el vestuario hacia los mayores”.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco

Según la Real Academia Española, la palabra ingratitud significa “desagradecimiento, olvido o desprecio de los bienes recibidos”. Es uno de los términos más negativos que existen si uno acude al diccionario, aquel “mataburros” que hoy quedó obsoleto a partir del florecer de Internet como una fuente de consulta permanente.

En el fútbol, existe un puesto en el cual los errores se pagan muy caros, donde tener un buen partido parece casi una obligación menospreciada y en el que una mala jornada se transforma en el centro de todas las miradas negativas, porque ningún compañero puede, salvo en contadas excepciones, salvar un yerro involuntario para evitar tener que ir a buscar la pelota adentro del arco.

En Bahía Blanca, un apellido se convirtió en sinónimo de arquero. Por vigencia durante tres décadas, su temprana primera aparición combinada con el retiro que le llegó a una edad inusual en la que aún mostraba reflejos y una condición física envidiable, lo catapultó a ser un ejemplo. Adrián Echeverría marcó un antes y un después bajo los tres palos, siendo un ídolo de Liniers, el club que lo vio nacer, desarrollarse y en el que ahora sigue aportando.

“Soy nacido y criado en el Barrio Noroeste. Pasé mucho tiempo en la cantina del Club La Armonía, de la cual vivíamos a la vuelta y mi papá tenía la concesión. Andaba para todos lados con mi hermano dos años mayor que yo y era parte de su grupo de amigos, por lo que al ser el más chico me mandaban al arco. Si bien me gustaba, también era el más gordito y aceptaba sin chistar (risas)”, consideró Echeverría, en un mano a mano que le entregó a La Brújula 24.

Y agregó: “Mi familia se completa con mi hermana, también más grande que yo y mi mamá que fue de las que más me acompañó en mi carrera. Es que mi padre sufría cuando me insultaban desde la tribuna, siendo mi puesto el que más discutido puede ser dentro de un partido”. 

“A los 10 años empecé en Liniers, faltaba alguien que ataje y me propusieron para ocupar ese rol, me enganché muy rápido y ya no solté más. Transcurría mucho tiempo entre el club de mi barrio y el que había elegido para iniciar mi carrera deportiva”, comentó, minutos después de haber finalizado con la labor habitual en la que intenta trasladar su experiencia.

Consultado respecto de su formación, paralela al momento en el que se calzaba los guantes para forjar una carrera brillante, contó que “hice la primaria en la Escuela Nº 22 de calle Almafuerte al 900 y la secundaria la cursé en la ENET Nº 1 de calle Azara, hasta que en cuarto año abandoné”. 

“El sueño en común entre los adolescentes de mi época era ser futbolista o basquetbolista y, en mi caso, a los 14 años ya me llegó mi primera experiencia en Primera División, sin saber bien dónde estaba parado”, advirtió “El Cabezón”, respetado por sus pares y querido por el ambiente del fútbol en general. 

No obstante, recalcó: “En esa época en el club había Reserva, Sexta, Séptima y Octava, cuando en la actualidad brotan los chicos por todos lados. Me tocó ir al banco porque no había otro, expulsaron al titular y no quedó otra que apurar mi debut. En mi puesto estaban Juan Fornarela que había llegado de Río Gallegos tras un paso por el futsal y ‘Chiche’ Hutchinson”. 

“Volví a inferiores y a los 17 ya me puso ‘Tato’ Zapata en cancha de Pacífico, un partido que ganamos 1 a 0 cero. Agarré la titularidad, pasaron muchos años hasta que llegó (Daniel) Florit que lo puso a Lucas (Partal) y ahí empecé a alternar”, sostuvo, mientras se terminaba de distender, como en los tiempos en los que caminaba el área con total soltura.

Muchos vieron cómo sus sueños se truncaron porque Echeverría fue titular indiscutido como pocos: “En el medio pasaron chicos como es el caso de Guillermo Redondo, Gustavo Becchio y ‘El Flaco’ Yésari que fueron suplentes míos y al tiempo, con el ingreso a torneos regionales se sumaron (Juan Pablo) Manganaro, ‘El Gordo’ Sarti, con los que hoy tengo una muy buena relación”. 

“Fueron más de 30 años entre el primer y el último partido en la Primera de Liniers, donde la motivación se sostenía en el día a día, que fue lo que más extrañé cuando me retiré, no resultaron nada sencillos esos primeros días sin la rutina diaria”, se lamentó, aunque sabiendo que el duelo ya está hecho. 

Hay distintos momentos que se añoran y no son fáciles de reemplazar: “Las bromas del vestuario y los entrenamientos son los aspectos que uno más siente que le faltan cuando decide dejar. Es como en el trabajo particular, donde cada momento compartido con los compañeros se disfruta el doble”. 

“En mis inicios compartí plantel con futbolistas cuyos hijos al tiempo también fueron parte de equipos que me tocó integrar”, indicó con una sonrisa en su rostro, aunque en referencia a la relación con sus colegas en el segmento final del recorrido, contó: “Debo decir que el respeto se fue perdiendo con el transcurrir de las generaciones”.

Y lo explicó con un ejemplo: “Cuando me tocó ser de los más jóvenes en un vestuario miraba con admiración a los mayores y en el tramo final de mi carrera noté que los chicos de ahora no respetan nada. De pibe, si se me corregía algo o me retaban por alguna situación, agachaba la cabeza y seguía adelante”.

“Actualmente, te discuten todo sin importar la trayectoria del que está enfrente, ha cambiado mucho la autoridad. Lo veo incluso en casa, a mi papá jamás se me hubiese cruzado decirle una mala palabra y el trato con mi hijo hoy es absolutamente distinto, los tiempos inexorablemente son otros”, reconoció, a sabiendas de que hay que amoldarse a la nueva era.

Asimismo, hizo un repaso puntual por el largo trecho: “El mejor plantel que integré fue el del 2000, cuando ascendimos al Argentino A, el broche de oro de un camino que arrancaron Néstor (Herrero) con Omar (Correa). Fue un grupo de amigos que formó un buen plantel al que se le iban sumando chicos, los cuales nos inyectaban energía porque varios teníamos más de 30 años”. 

“El aporte de los hermanos (Marcos y Mauricio) Del Cero, Walter Carrio, Fabricio André, Ezequiel Miralles, ‘Tofe’ Blanco y Javier Muñoz fue indispensable, más allá de la notable diferencia de edad con nosotros que tratábamos de ser un espejo para quienes empujaban desde abajo”, describió Echeverría.

Claro que la competencia doméstica era dura: “Antes de eso hubo una hegemonía de Villa Mitre y sobre todo de Olimpo que cuando decidía bajar a elementos de nivel que usaba en los certámenes regionales para jugar la Liga ponía toda la carne al asador y te goleaba”. 

“Esa diferencia se notaba mucho porque ellos entrenaban de una manera más profesional que el resto, algo que ahora se ha equiparado porque los profesores a cargo de los trabajos físicos se han perfeccionado y capacitado al máximo”, esgrimió el “1” histórico de “El Chivo”.

Cuando se le preguntó si se le presentaron posibilidades de emigrar, “El Cabezón” marcó dos momentos: “En 1983 tuve la chance de ir a Independiente de Avellaneda, por medio de Domingo Sandoval que había estado en dicha institución y me hizo el contacto. Otro que puso mis ojos en mí fue Ferro Carril Oeste, donde me habían conseguido una prueba. No había redes sociales ni videos, pero fue el miedo a lo nuevo lo que me frenó”.

“Sé que alguna vez hablaron desde Villa Mitre para sumarme a su plantel y lo mismo ocurrió cuando tanto Sporting y Rosario fueron dirigidos por (Roberto) Canutti y me vino a buscar, aunque en ese caso mi respuesta fue negativa”, agregó, promediando la entrevista con esta sección.

Y fue aún más allá: “Me sentía bien en Liniers, no me quería ir porque la zona de confort que había creado en el club de toda mi vida hizo que no busque nuevos horizontes. El gran temor de que uno pueda fracasar me llevó a iniciar y terminar mi carrera en el mismo lugar”.

“Entre mis mejores partidos hubo uno en Coronel Dorrego contra Ferroviario en el que contuve dos penales en 2007, una campaña que se coronó con el ascenso al Federal B Aquel equipo lo dirigía ‘Titi’ Santanafessa, un señor con todas las letras”, resumió, ponderando la figura de otro histórico de la Liga del Sur que, al igual que él, fue arquero.

Pero hubo más compromisos que fueron un hito para él: “En cancha Kimberley de Mar del Plata enfrentando a Unión tuve una de esas tardes que te salen todas. Y el tercer partido que puedo recordar como sobresaliente fue una derrota 1 a 0 en cancha de Liniers contra Villa Mitre, aquella final de 1991 donde tuve intervenciones muy buenas”. 

“La macana más grande fue en un partido contra Rosamonte por el regional, en una jugada en la que (Néstor) Comino me pidió que le entregue la pelota corta, le dije que lo mejor era jugar en largo, me arrepentí y se la dejé, pero él ya estaba de espaldas, por lo que apareció el delantero y definió. Salimos 2 a 2 en el doctor Alejandro Pérez y 1 a 1 en Misiones, por lo que quedamos eliminados como consecuencia del gol de visitante”, infirió, aún lamentando esa contingencia.

Sobre su presente, Adrián especificó: “Actualmente trabajo en la Municipalidad por la mañana y a la tarde voy al Zibecchi donde tengo a mi cargo un par de categorías, Cuarta y Quinta de Juveniles C. Los martes y miércoles me dedico a entrenar a arqueros de las categorías 2008 a 2010, donde la idea es transmitir lo que hice durante tanto tiempo”. 

“En mi caso me tocó vivir la transición de los cambios reglamentarios porque cuando fui jugador se modificó la regla del pase atrás al arquero y que éste la pueda tomar con la mano. Eso me obligó a aprender a jugar con los pies”, aseguró, quien convivió con el fútbol histórico y el moderno, sin que esa modificación haga mella en su nivel. 

Ese no fue el único escollo que debió sortear: “También cambió la pelota, es más difícil de agarrar, el material ya no es tan noble como en mis comienzos. Por eso se ve que los arqueros son más reboteros hacia los costados y usan los puños como consecuencia de los constantes cambios de dirección que toma el esférico en su recorrido por ser más liviano”.

“Tiempo atrás, si no eras bueno para jugar, te mandaban al arco, algo que no era mi caso (risas). Cambió incluso la forma de entrenarnos porque no se dedicaba tiempo al arquero a raíz de que tenía la posibilidad de usar las manos y, supuestamente, tenía ventajas sobre el resto”, dijo, ingresando en el segmento final de la entrevista.

El deporte se profesionalizó: “Hoy hay escuelas para el que ataja y en las prácticas con el resto del grupo está mucho más activo, más incluído. Lo que no va a cambiar es el hecho de que el titular es uno solo y en un mismo equipo de 11 no podés poner dos arqueros. A un futbolista de campo lo podés incluir modificando un esquema táctico”.

“Además, la psicología para los de mi puesto es un aspecto primordial, cada jugada termina y no se puede volver atrás, si lo hiciste bien mejor y de lo contrario ya está, hay que estar listo para atajar el próximo remate que llegue”, aclaró, en referencia a la fortaleza mental que se requiere para calzarse el buzo y transmitir seguridad.

Al epílogo, fue tajante: “Los errores no se subsanan, por eso lo más difícil es superar las acciones puntuales donde alguien siente que pudo haber hecho algo más hay que dejarlas atrás rápidamente para que no te influya en adelante porque el partido sigue y uno debe estar listo para responder”.

Adrián Echeverría es un ejemplo de trabajo, compromiso, pero por sobre todas las cosas de que no se necesita de grandes estridencias para prevalecer. Hizo de la sobriedad un modo de vida, tanto en el fútbol como en lo cotidiano. Aún cuesta dimensionar lo brillante de su paso por el fútbol, el tiempo hará justicia con él y con “su templo sagrado”: el arco.

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