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DE AYER A HOY

Luz, cámara, acción: Alberto Freinquel, un apasionado del arte audiovisual

Documentalista cinematográfico reconocido y premiado, repasó su vida y añoró esos tiempos en los que el trabajo era artesanal. “La industria audiovisual en la actualidad es fantástica”, analizó.

Por Leandro Grecco
[email protected] – Instagram: @leandro.grecco – Twitter: @leandrogrecco

La creatividad es una cualidad con la que nacen unos pocos y que solo algunos logran descubrir y potenciar, encontrando estímulos para que afloren los rasgos de una bohemia indispensable para la generación de contenidos, los cuales disparan las más diversas interpretaciones en los destinatarios de ese arte, un público tan crítico como ávido de explorar en lo más profundo de sus sentimientos.

La industria audiovisual ha experimentado enormes rasgos de evolución en las últimas décadas. Y testigo de ello es un bahiense que se transformó en una referencia ineludible de toda y cada una de las generaciones que valoran la labor de un talento único. Se trata de Alberto Freinquel, marca registrada y dueño de un sello exclusivo que lo hizo merecedor de una amplia variedad de reconocimientos, todos ellos más que merecidos.

La propuesta fue recorrer su vida, conocer cómo se gestó aquel sueño de niño, aquella simbiosis entre el cineasta y el documentalista, pasando por su labor dentro de un canal de televisión. Y su actualidad, donde aún tiene proyectos por concretar y las mismas ganas que el primer día. Una charla a fondo con La Brújula 24 en la que no faltaron las anécdotas y las comparaciones entre pasado y presente.

“Nací en 1946 en Buenos Aires, donde viví solo un año y mis únicos recuerdos de esa infancia allí son de las vacaciones de invierno y verano porque, junto a toda mi familia, nos establecimos en Coronel Pringles, lugar de donde eran oriundos mis padres y luego de cuatro o cinco años (entre el 42 y el 47) en Capital, decidieron volver. Mi papá abrió una tienda, luego heredó el oficio de mi abuelo que era acopiar y vender frutos del país: cueros, lanas y pieles. Mi padre, el único de los hermanos que se quedó en Pringles puso en la balanza las dos opciones y decidió tomar la actividad de su progenitor”, puntualizó Freinquel, en su oficina ubicada en la parte posterior de su actual domicilio.

Quien tiene una hermana que vive actualmente en Carolina del Norte (Estados Unidos) amplió la nostálgica reminiscencia del pasado: “En 1964 terminé el secundario y, como me gustaba tanto el cine, armé las valijas y entré a estudiar en la Facultad de Bellas Artes de La Plata, allí cursé un año. Había buenos profesores, pero en el 65 se abrió la misma carrera en Buenos Aires en lo que por aquel entonces se llamaba Instituto Nacional de Cinematografía, con excelente nivel, recomenzando desde primer año. Allí aprendí mucho sobre dirección, escenografía, guión y fotografía”.

“En La Plata había entablado amistad con el hijo de un productor de cine y, un día me dijo que en la oficina del padre necesitaban un ayudante y me veía con aptitudes, pese a que solo tenía 18 años. Fue por eso que con ese trabajo logré un sueldo que me permitía vivir sin grandes lujos, pero tampoco privaciones. También logré tener un vínculo estrecho con Rodolfo Kuhn, un famoso cineasta de la década del 60, una de las generaciones más importantes de la historia”, enmarcó como un mojón que le dio inicio a un derrotero que lo fue colmando de satisfacciones.

Y sobre ese punto recalcó: “Él dirigía en el antiguo Canal 7 de Buenos Aires que no estaba en Figueroa Alcorta como el actual y me invitó a presenciar la realización de una miniserie llamada “Historia de Jóvenes”, con un elenco fantástico que me entusiasmaba conocer, actores de la talla de Bárbara Mujica, Norberto Suárez, entre otros. Recuerdo que fui y me habló de Bahía Blanca, conocía a Ojo en la Ruta. En la charla, Kuhn me sugirió que ingrese a trabajar en un canal de televisión de esta ciudad”.

“Acá vivían mis tíos, por eso hablé con mis padres y les comenté que dejaba de estudiar y abandonaba Buenos Aires, una noticia que a ellos los entusiasmó porque iba a estar más cerca. Soy de los que siempre recomiendan que una carrera universitaria se tiene que iniciar y terminar, más allá de que en mi caso abandoné con 19 años, formarse es clave. Ocurre que no es lo mismo el cine de los años 60, respecto del de 2000. Nadie se recibía de director porque no había escuela, entonces funcionaba una especie de escalafón en el que uno iba dando los pasos lógicos hasta llegar al pico máximo de lo que podía dar. Se aprendía en el estudio de filmación, donde para entrar tenías que aceptar al principio ser el que agarraba la escoba para barrer”, manifestó enfáticamente, con la certeza que le dan los años en el rubro.

Ese nuevo paso en su vida, al comienzo, estuvo marcado por la incertidumbre: “Cuando me instalé en Bahía, me esperaba la familia Ochoa en sus oficinas de calle Dorrego, donde estaba hasta hace poco tiempo El Mundo de la Pizza, que creo que era la casa de Entizne. Corría el mes de diciembre de 1965 y me recomendaron ir a Canal 7 que aún no estaba al aire. En el 9 habían pasado todo el personal de planta y ya estaba surtido, por eso me contactaron con una persona de apellido Sieli, alguien con tradición en LU3, y me reuní. Se puso muy contento porque mi presencia les venía muy bien, al encontrarse aún complicado para poder dar el paso fundamental y poder transmitir”.

“Recuerdo que mi principal inquietud era saber cuál iba a ser mi salario, porque tenía que alquilar o radicarme en una pensión. Mi último sueldo era 12 mil pesos en moneda nacional que me alcanzaba para vivir, pero ni siquiera podía tomar un colectivo cuando quisiera venir a visitar a mi familia. Me ofrecieron $45 mil y no me alcanzaban las palabras para aceptar la propuesta, por eso levanté campamento en Buenos Aires, me despedí de todos y me instalé en Bahía Blanca”, evocó, dejando ver una sonrisa pícara en su rostro.

Hubo una persona que a Freinquel lo apuntaló: “En ese momento, el canal ya tenía un laboratorio que había instalado Rodolfo Gómez, un artista plástico de Coronel Dorrego muy reconocido de la época que supo ser fotógrafo de playa en temporadas de Monte Hermoso, un personaje bohemio. Él fue quien me tomó y me dio empleo, pero al año se desencantó porque se dedicaba a hacer obras muy importantes en yeso, mármol y pintura. Hizo el mural artesanal de la heladería de calle Brown y Villarino, en Rivera pintó la llegada de los inmigrantes y también El Quijote en Bariloche”.

“Me dejó a mí al frente del canal y empezó un derrotero muy fructífero en mi vida profesional, donde armé un equipo con camarógrafos que pudieran viajar y hacer tomas aéreas de la zona. En esa función estuve diez años, hasta que abrí mi productora de documentales y comerciales de televisión porque sino sentía que me iba a jubilar en el canal. La decisión la tomé debido a que era muy desgastante, al ser jefe de edición, tenía que estar a la hora del noticiero y recién podía esperar al sábado para dedicarle tiempo a la productora, rezando que el clima acompañe para hacer tomas”, añadió quien en 2012 fue declarado “Personalidad Destacada de la Ciudad” por el Honorable Concejo Deliberante.

El entrevistado tuvo una participación activa en la recuperación de archivos históricos cinematográficos y se convirtió en uno de los documentalistas por excelencia de la ciudad: “Me casé en 1971, dos años más tarde nació mi primera hija y la segunda en el 78, fue la etapa de transición entre un trabajo y otro y, más allá de que con el paso del tiempo me propusieron volver a los canales, ya estaba muy comprometido con la actividad exterior y pese a que no me iba bien porque Bahía no es una plaza fácil y se cobraba poco, no acepté. Debo destacar un gran colaborador y amigo de esa epoca como Vicente Rodriguez, nos asociamos y trabajamos juntos varios años”.

“Mi primer documental fue el de El Chocón, en tiempos donde no había salido la imagen a color y en los que era más común que te convocara una empresa, algo que vaya a saber por qué se cortó. Por eso, luego empecé a ser yo mismo el que buscaba qué historia contar y el que iba a los privados a buscar una colaboración a voluntad para producir la película. Fueron cerca de 40 las biografías que hice, en su gran mayoría de bahienses”, resaltó, quien fue distinguido con el Premio Fund TV en más de una ocasión, entre otros premios.

No obstante, hizo una suerte de autocrítica: “No solía guardar los originales del material que producía porque hacer una copia más implicaba un costo económico muy importante, por eso algunos documentales los perdí. Conservo el del 150º aniversario de Bahía Blanca, el de la visita del Papa Juan Pablo II y se pueden encontrar en el Museo Histórico, donde tengo a mi cargo la cinemateca. Personalmente, la ficción nunca me interesó, más allá de que pueda haber películas que están basadas en hechos reales. Es por eso que siempre me volqué al cine documental, me parece más valioso, imperecedero porque en todo momento alguien va a buscar los rastros de un hecho”.

“Me pasó con el de la visita de Raúl Alfonsín a Tres Arroyos, que fue requerido tiempo atrás por una persona y del cual no tengo copia grabada, pero la localicé en el museo de la vecina localidad y propuse refrescar un poco el material, digitalizarlo y sonorizarlo nuevamente en una isla de edición. El rescate de imagen que se hace cuadro por cuadro se llama transfer, cuesta un ojo de la cara y solo se hace en Buenos Aires, pero la ganancia en calidad del material es asombrosa”, reconoció, lejos de mostrarse reacio a los avances de la tecnología.

En esa dirección, Freinquel aseveró que “la industria audiovisual de la actualidad es fantástica en varios aspectos, desde la limpieza de la imagen televisiva y los colores vivos de lo que se transmite. Antes, en especial en tiempos del blanco y negro, lo que se veía era una emisión demacrada, con pelusa, puntos negros o marrones por las manchas de laboratorio. Hoy, las cámaras han simplificado tanto la tarea que hasta corrigen los errores del que las maneja y te indica si estás usando un filtro equivocado para evitar que la imagen luego se presente oscura. Por eso, lo que ocurre en la actualidad es inigualable, incluso en el cine donde desapareció el 35 milímetros y vos ves una transparencia y profundidad que antes no te lo daba”.

“Lo que más extrañamos los que nos criamos en un contexto menos evolucionado es lo que se conoce como lata, la cual abrías y emanaba un terrible olor a vinagre por las sales de plata impresas en la película. Si se nos rompía el secador, uno de los traumas más grandes, salía húmeda y se pegaba toda, entonces solo quedaba sacarla por trozos y hacíamos el proceso de secado con alcohol etílico y algodón, cuyas partículas se podían desprender y obligaban al operador a limpiar con un soplete. Hoy, un pendrive o una simple memoria reemplaza a esa lata”, añadió.

En el tramo final, regaló una anécdota: “En 1970, viajé a Chile con Dimas J. Pettineroli a las elecciones que ganó Salvador Allende con la idea de hacer reportaje a todos los candidatos: Radomiro Tomic, Eduardo Frei y a quien luego se hiciera cargo del poder en el país. Llevé una cámara Auricom que cargaba 10 minutos, más que cualquier otra de esa época que solo grababan dos y medio, y una valija que pesaba una tonelada con 20 latas de película. Canal 7 respondía al 9 de Buenos Aires, cuyo dueño era Alejandro Romay. Por eso, Omar Gómez Sánchez que estaba trabajando en la señal capitalina para el noticiero, también fue enviado a Santiago, entonces terminé filmando para ambos. Llevé 200 minutos que hoy puedo guardar en una memoria en mi billetera o en un disco rígido que almacena horas de grabación”.

“Es así que mi capacidad de asombro ya la perdí, porque lo que se ha avanzado es demasiado grande. Ni hablar con la aparición del DVD que reemplazó a los rollos que tengo archivados y solo me sirven como el testimonio de un pasado que recuperar”, concluyó, a sabiendas de que quedaron muchos temas en el tintero, al tiempo que aseguró: “Todo esto no hubiera sido posible sin la familia que formamos con Perla, mi esposa. Con ella estamos juntos desde hace 51 años y siempre fue quien estuvo a mi lado para que pueda cumplir mis metas”.

Freinquel es parte de la historia viva de la ciudad. Más allá de que entregó su talento a Bahía Blanca, tranquilamente podría haber triunfado en Buenos Aires o cualquier parte del mundo. Porque su rigor para ejercer la profesión y esa condición de vanguardia al producir contenidos, lo ponían en una situación de privilegio. Sin embargo, los caminos de la vida y su intención, era desplegar las alas en una ciudad que lo adoptó como si fuera propio y se enorgullece de tenerlo entre nosotros.

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