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de ayer a hoy

El “Ruso” Schmidt, la actualidad de un optimista del gol y de la vida

La perspectiva del ídolo de Olimpo que conquistó el afecto del hincha de Villa Mitre. “No me sentí lejos del nivel de las figuras del fútbol argentino, lo mío fue un problema de adaptación”, explicó.

Por Leandro Grecco, redacción La Brújula 24
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Probablemente existan muy pocos casos de una personalidad que sea tan conocida por su nombre completo como por su apodo y apellido. Claro, para que eso ocurra tienen que conjugarse una serie de factores, vinculados no solo con la simple fonética al pronunciarlos, sino también por los méritos que realizó para que esa denominación se transforme en un sello, una carta de presentación indeleble.

Estamos hablando nada menos que de Raúl Daniel “El Ruso” Schmidt, baluarte del fútbol de la Liga del Sur que paseó su talento por todas las categorías en las que brilló, sobre todo en la década del 80, donde su olfato en los metros finales de la cancha lo convertía en un “9” letal, que no perdonaba y capaz de hacer gala de todos sus recursos para desatar la algarabía de los hinchas, definiendo con una frialdad única.

Tras la inconmensurable repercusión que tuvo la primera entrega de esta sección, donde el protagonista fue Juan Carlos Cabirón, La Brújula 24 “le tira un centro a la cabeza” al suarense –bahiense por adopción– uno de los máximos ídolos de Olimpo, donde vivió sus mejores años (con un gol incluido ante Boca en La Bombonera por la Liguilla Pre Libertadores, hace 35 años y unos pocos días). Un verdadero crack que hoy revela cómo transcurren sus días, en un contexto inédito para el mundo.

Trabajando hace más de una década en La Casa de Monte Hermoso y, con la relativa tranquilidad de haber recibido la primera dosis de la vacuna contra el Covid, abrió las puertas de su casa de calle Humboldt al 1600, donde vive con su esposa y en la cual ya no solo se puede observar portarretratos de su época de oro como futbolista, sino también las imágenes familiares: “Yo sabía que no estaba lejos en cuanto al nivel de las figuras del fútbol argentino. Lo mío fue un problema de adaptación”.

Su última experiencia ligada con la pelota data de 2012, cuando dirigió a las categorías formativas del “aurinegro”, la Cuarta y la Sexta División, mientras que la Quinta era entrenada por otro emblema como José Ramón Palacio: “Nunca más tuve ofrecimientos de ninguna otra institución. Una limitación es el tema del horario porque cuando los chicos de Olimpo empezaron a entrenar de mañana, tuve que irme al ser incompatible con mi empleo formal, que es mi verdadero sustento”, señaló quien luego de desempeñó en la captación de talentos en la región junto al “gallego” y Manuel Cheiles.

Añora tiempos pasados, le brillan los ojos al recordar experiencias dentro del vestuario o en el verde césped, sin embargo no se arrepiente de nada: “Hoy las opciones son muchas más. En mi época de adolescente, estudiabas o trabajabas. Los pibes ahora no dejan de mirar el teléfono celular ni para entrenar. Se perdió el potrero, aquello de jugar con jóvenes más grandes en el barrio”, lamentando la involución en tal sentido: “Ahora esos chicos contestan de manera irrespetuosa. La educación trae de la casa y es algo idéntico a lo que pasa en la escuela, donde la figura del docente está devaluada”.

Pisó Bahía con 20 años. Su primer club fue Villa Mitre, viajando desde Suárez todos los viernes para jugar el domingo, antes de regresar a su ciudad natal. “Me ayudó mucho tener una hermana viviendo acá”, recordó. Y luego se instaló en la ex pileta del Tricolor, ubicada en calle 14 de Julio. “Los primeros dos meses fueron muy duros, sentí el desarraigo, pero me adapté y ya pude echar raíces aquí”, enfatizó, en la génesis de la historia más conocida de su carrera y, paradójicamente, antes de percibir la misma sensación que revivió en Deportivo Español, donde no aguantó y pegó la vuelta.

A aquel club llegó luego de que se cayera la posibilidad de pasar a Estudiantes de La Plata e Independiente. No obstante, al “Ruso” siempre le gustó la camaradería. Sufrió la soledad, el valor de la amistad en el fútbol era innegociable y pese a haber cumplido el sueño de jugar en Primera de AFA, con victorias como las que logró ante River con un penal que le cometió Pumpido. “Festejamos aquel triunfo en cancha de Atlanta un ratito en el vestuario, fui el último en irme y me tomé el colectivo al barrio de Flores. Ahí me dí cuenta que me faltaba ese fuego sagrado que me daba el compartir momentos”.

Por último, se centró en la actualidad y opinó sobre la realidad de Bahía Blanca: “Veo a una ciudad con mucho movimiento a nivel inmobiliario, es algo que observó a diario cuando camino el centro por cuestiones laborales. Sin embargo, debo admitir que hay problemas históricos como los servicios públicos que requieren obras y mantenimiento por el crecimiento de la localidad”. Y describió cómo vive este contexto inédito: “Tomo los cuidados que sugieren las autoridades sanitarias, pero no al extremo. Al principio uno tendía a minimizar al coronavirus, pero la muerte de amigos te hacen reflexionar”.

Activo, con ganas, amiguero y cariñoso. Extrañando hábitos previos a marzo de 2020, Schmidt es optimista, como lo era cada vez que “pescaba” un rebote y solo tenía entre ceja y ceja los tres palos. Aquella época de jugador que hoy hace que hasta el hincha de Olimpo, dolido por el presente deportivo del club le ruega que vuelva a calzarse los pantalones cortos y a él, le arrancan una sonrisa.


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