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Virginia Creimer y un entramado cada vez más inquietante en la causa Astudillo
La perito forense dejó sus huellas por todos lados. Y fue clave para la construcción de una teoría falsa. Falta de control judicial y cómplices que debieran rendir cuentas. ¿Sólo Herrero pagará las consecuencias?
El 4 de agosto, este diario publicó un informe sobre la actuación de la médica forense Virginia Creimer en el Caso Facundo. En la nota, que puede leerse aquí, se describía un sospechoso accionar tanto en el expediente como en los medios de comunicación.
Los inconsistentes cuestionamientos a las conclusiones del Equipo Argentino de Antropología Forense; sus erradas afirmaciones sobre que “Facundo nunca había tenido ideación suicida”, cuando en el expediente se acumulan decenas de testimonios en contrario; y su trabajo en tándem con el peritrucho Marcos Herrero en el “hallazgo” de una de las “turmalinas” de Astudillo describen un panorama oscuro y de una perversidad difícil de describir.
En las últimas horas, la periodista Josefina López Mc Kenzie, en el diario Clarín, reveló que Creimer está bajo la lupa por su participación en distintas causas penales.
En Facundo, además de lo ya mencionado, la médica deliraba ante la prensa sobre lo acontecido en el expediente. Creaba una realidad paralela. No le alcanzaba con hacer papelones ante el EAAF, sino que agregaba “condimentos” que nada tenían que ver con los datos y los hechos probados. Herrero, se recuerda, tenía exactamente la misma metodología: ensuciar tanto en el ámbito judicial como en la prensa.
En febrero de 2021, en una entrevista con FM De la Calle, Creimer anunció de manera rimbombante el hallazgo en el destacamento de Origone (casi un año después de la muerte de Astudillo y en un lugar requisado infinidad de veces) restos de ropa “compatible con la de Facundo”. Y describió que tras la “señal que dieron los perros de Marcos (Herrero) se encontraron elementos muy importantes”.
Habló de un calzoncillo, de la suela de una zapatilla “con la misma trama” que la de Astudillo y de “un caño de metal con manchas biológicas”. Y agregó que “toda esa evidencia” demostraba que el joven había sido “lastimado en ese lugar”.
Sólo mentiras.
Como era de esperar, todo lo “encontrado” fue analizado por laboratorio y nada tenía ADN ni sangre de Facundo. Vale recordar que se determinó -científicamente- que Astudillo murió en el mismo sitio de ría donde fue encontrado. Y no tuvo lesiones pre-mortem.
Los espectaculares “hallazgos” en Origone, descriptos por la perito de parte, fueron presenciados por el fiscal federal Andrés Heim, que aparece sonriente en las fotos junto a ella y Marcos Herrero. ¿Habrá estado distraído el funcionario? Es de esperar que en su actual puesto de juez sea más eficaz en el control de la prueba, ya que de lo contrario pondría en riesgo a los justiciables de Pehuajó y el oeste bonaerense que están bajo su jurisdicción.

Zapatilla.
Más tarde Creimer reforzaría una de las tantas mentiras instaladas mediáticamente. La zapatilla sana. Afirmó que un calzado “indemne” había sido encontrado a metros de los restos de Astudillo en la ría. Es decir, había una en la seccional (comida por un perro) y otra impecable en el cangrejal.
Lo más insólito es que mientras alucinaba por TV, la ciencia hacía rato había dado respuesta a la farsa de la “zapatilla plantada”.
Un fragmento del libro Operación Facundo lo explica:
Uno de los capítulos más repetidos de toda esta historia estuvo relacionado con el hallazgo de una de las zapatillas de Facundo. La mayoría de los medios titulaban que aquella indumentaria perteneciente al joven desaparecido había sido “plantada”.
“Leandro Aparicio, que representa a la madre de Astudillo Castro, advirtió que la zapatilla encontrada a pocos metros del lugar en el que fue hallado un cadáver, fue ´plantada´ y constituye un ´mensaje mafioso´”, señaló un cable de Noticias Argentinas.
"Lo único que hemos reconocido como de Facundo es una zapatilla, pero que fue puesta ahí hace dos o tres días porque está intacta. No tiene absolutamente ni un desgaste, ni tierra", agregó la mamá de Facundo.
La idea de que la zapatilla había sido “plantada” era generalizada. Querían hacer creer que alguien la había tenido escondida -mientras todas las fuerzas federales buscaban al chico- para luego acercarse al cadáver con el objetivo de dejar “un mensaje”. Ni siquiera en el caso de que la desaparición de Facundo se hubiese tratado de un hecho delictual, se podría cree semejante acto ridículo. ¿Quién guardaría un elemento comprometedor durante meses con el caso explotando en los medios? ¿Quién se acercaría al inaccesible lugar donde yacía el cadáver para depositar el calzado?
Del ridículo no se vuelve.
Como se puede imaginar el lector, una vez más la ciencia -y el sentido común- derribaron la teoría “plantada” por la querella. La zapatilla no estaba intacta: tenía el deterioro de haber estado expuesta a las inclemencias del tiempo.
Otra vez el Equipo Argentino de Antropología Forense hacía su trabajo. El miércoles 2 de septiembre a las 9 de la mañana estudió el material encontrado en el cangrejal y así lo describió: “Se trata de una zapatilla de tela color negro con rotura y desgaste con desaparición de la tela en borde superior izquierdo y talón. Con presencia en todas las superficies de barro arenoso adherido, con especial acumulación en la lengüeta”.
El informe fue firmado por el Doctor en Ciencias Químicas y Bioquímico Carlos María Vullo, director del Laboratorio de Genética Forense del EAAF.
Pero hay mucho más. Y más bizarro.
En una nota televisiva con un canal porteño, Creimer rompería todos los récords. Desde su casa, y aún sin haber tomado contacto directo con los restos de Facundo (solo había visto fotos), se animó a pronosticar que el cuerpo había sido sumergido en cal u otra sustancia. Que habían intentado desintegrarlo.
“Por las imágenes que veo, está extremadamente deteriorado. Me llama la atención que esté así porque pasaron 100 días. El cuerpo pudo ser sometido a una sustancia como cal”, sostuvo sin ponerse colorada.
Desde luego, la ciencia y los profesionales del EAAF la desmintieron categóricamente: “Mediante el estudio de imágenes radiográficas, en las diferentes piezas óseas observadas, no se evidenciaron estructuras de densidad metálica, similares a elementos que puedan corresponderse con aquellos que produzcan injurias o lesiones (proyectiles de arma de fuego, segmentos de arma blanca, entre otros)”, señala el informe. Y agrega: “no se observaron cambios de coloración u otros signos en los huesos bajo estudio, compatibles con el uso de sustancias ácidas, alcalinas o por exposición a una fuente emisora de calor”.
En la nota de Clarín de esta semana, Luis Fondebrider, antropólogo exdirector y fundador del EAAF, habló por primera vez públicamente sobre la autopsia de Astudillo y recordó la penosa actuación de la perito de parte: “Delante de nosotros no dijo nada. Pero cuando habló con los medios, su comportamiento cambió. Ahí dijo cualquier cosa. Después hizo una conferencia de prensa donde habló contra el EAAF y los médicos del Cuerpo Médico Forense de la Corte”. Y sostuvo sin titubear que Virginia Ema Creimer “está entre los peritos más desprestigiados del país, en el ámbito forense se sabe”.
Mirar para otro lado
A esta altura de los acontecimientos, hay algo más inquietante aún. El equipo de fiscales que está a cargo de la instrucción de la causa principal -la muerte de Astudillo-, no solo estira como un chicle una definición de la causa, sino que evidentemente ha decidido no investigar las irregularidades que explotan por todos los rincones de la causa.
Desde hace cinco años, este medio viene desnudando el accionar del peritrucho en este y otros expedientes judiciales. Nunca lo investigaron.
Fue la denuncia de un abogado particular el que motivó que se formara una causa independiente contra Herrero, que este año terminó en juicio oral y condena.
La introducción a la causa de amuletos varios, huesos de vaca (para hacerlos pasar por los de Facundo) y sangre falsa, entre otras truchadas, no fueron suficiente para despertar la curiosidad de los fiscales. Todo fue olímpicamente ignorado.
Daría la impresión que el MPF pretende prolongar la causa in aeternum para no admitir la realidad de los datos y hechos: que la desaparición forzada nunca existió y que dicha hipótesis sólo fue sostenida por pruebas plantadas y testimonios falsos.
“No existe obligación de pronunciarse ante un pedido de archivo. Ni siquiera tenemos la obligación de pronunciarnos frente a un pedido de sobreseimientos”, dijo la fiscalía ante un pedido de cierre de la causa presentado por la abogada María Laura Bentivegna.
En la misma contestación al juez federal Walter López Da Silva, y para intentar demostrar que “algo se está haciendo”, argumentaron que esperan nuevos entrecruzamientos telefónicos. Hasta el último pinche del juzgado sabe que se trata de pruebas insustanciales y, esencialmente, dilatorias.
López Da Silva tiene la decisión. Si pita el final del juego o si da alargue.
Pero si los fiscales tuvieran interés de seguir a cargo del expediente tendrían una gran oportunidad de reivindicarse. Pues más allá de no ser imparciales, deben ser objetivos.
Así como se les escaparon las travesuras de Herrero, hoy están a tiempo de revisar lo que hizo Creimer.
Es que, por ejemplo, en el último procedimiento de Origone quien mete el perro es el policía de Viedma, pero quien mete la mano para “encontrar” la turmalina es la forense oriunda de La Plata.
Ambos “profesionales” formaron parte de la misma acción fraudulenta. Y un tribunal confirmó que aquel episodio fue tramposo. Y hubo dos instancias: la de señalar (Herrero) y la (encontrar), tal como lo relata un gendarme que declaró en abril en el juicio oral y que se reproduce a continuación.
Y si el entrecruzamiento es lo que importa, se podrían agregar a los listados los llamados recibidos por Herrero en aquella época. Quizás haya sorpresas.
O podría preguntárseles a los testigos, que dieron origen a la teoría de desaparición forzada, cómo hicieron para ver a Facundo en Buratovich aquel 30 de abril de 2020 a las 15.30, cuando -en realidad- está probado que ya caminaba a la altura de Origone. O cómo es que lo identificaron por su “mochila Wilson”, si -en verdad- llevaba una de marca Match Sport.
O si quieren un policía con dudoso proceder, podrían consultar qué hizo en toda esta historia uno de apellido Pagano, quienes eran sus amistades y si es verdad que anduvo por el destacamento de Origone donde “aparecieron” los amuletos.
O si, un testigo aportado por la querella, luego de declarar recibió un giro de dinero. ¿Quién se lo envió y a título de qué?
Si se tira de la cuerda, las consecuencias podrían ser insospechadas. La invención de un delito, también es delito.
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