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De Ayer a Hoy

Correa: "Duele cuando alguien viene a pedir y no tengo nada para darle"

Al frente de Juntos por los Necesitados, repasó un derrotero personal marcado por el dolor y la solidaridad. “Si bien la pandemia y la inundación fueron momentos difíciles, el actual es igual de complejo” resumió.

Fotos: Pablo Noir (La Brújula 24).

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco / Instagram: @leandro.grecco / X: @leandrogrecco

Hay historias en sí mismas que no se explican por los hechos que las componen, sino por la forma en que una persona logra atravesarlos sin perder la capacidad de mirar al otro. En ese recorrido, la memoria, la fe, el trabajo silencioso y la solidaridad aparecen como hilos de una misma trama: la de quienes convierten el dolor propio en una manera cotidiana de acompañar dolores ajenos.

Stella Maris Correa nació hace 64 años en Bahía Blanca. Se crió, formó su familia y también levantó el Merendero Juntos por los Necesitados, en Roca al 1600, un espacio que desde hace más de dos décadas sostiene a familias, chicos y adultos mayores en medio de las crisis.

“Pasé toda mi vida en el barrio Noroeste. Me crié en una casa ubicada en Malvinas al 400”, recordó. Su infancia estuvo marcada por una familia numerosa: “Vivía con mis padres y mis 14 hermanos. Soy la menor y el mayor, que aún vive, tiene 26 años más que yo”.

Aquellos primeros años tuvieron momentos felices, pero también golpes difíciles de asimilar. “Mi papá era un pan de Dios, pero sufría de una enfermedad que nunca pudo superar”, contó. La pérdida más profunda llegó cuando apenas tenía 10 años: “Mi mamá falleció por las quemaduras que le provocó un accidente cuando calentaba agua para lavar la ropa, delante mío y de mis hermanos, justo cuando todos estábamos cursando un cuadro de varicela”.

Ese episodio la acompañó durante toda su vida. “Tuve que recibir ayuda psicológica, pero entre la familia fuimos contenedores para mitigar semejante dolor”, expresó. En medio de ese contexto, dejó la escuela primaria, aunque años después decidió retomar sus estudios: “Siendo grande y ya estando a cargo del merendero en mi casa, volví y logré completar ese nivel de educación”.

Para Stella, la posibilidad de sobreponerse a la adversidad estuvo vinculada a los valores que recibió desde chica. “Éramos una familia humilde, que pasó muchas carencias como tantas otras, pero con amor se logra salir adelante”, sostuvo.

Tras la muerte de su madre, quedó al cuidado de uno de sus hermanos. “Fue como una figura paterna para mí y me apuntaló para que estudie o trabaje”, dijo. Su primer empleo llegó muy temprano: “Trabajé en una carnicería que funcionaba en Rondeau y Malvinas, donde estaba el Mercado Nadal. Tenía apenas 11 años”.

Al poco tiempo vivió con un matrimonio en Villa Delfina, al que recuerda como una familia cuidadora. “Prácticamente me adoptaron, pero después se fueron y tuve que volver a mi casa”, relató. Luego consiguió trabajo en un geriátrico y, a los 16 años, fue madre por primera vez. Con su marido tuvo nueve hijos. “Él trabajaba como empleado municipal hasta que su salud se lo permitió. Hoy está atravesando una delicada enfermedad”, explicó.

Hace 36 años se mudó a la vivienda de Roca al 1600, donde actualmente funciona el merendero. La vocación solidaria, asegura, estuvo presente desde siempre. “Siempre me gustó ayudar. Mi ejemplo fue Natty Petrosino”, afirmó.

La referente social apareció en un momento clave para su familia. “Cuando mi marido sufrió un infarto y nosotros habíamos quedado complicados desde el punto de vista económico, Natty nos daba mercadería a cambio de que él pintara en el Hogar del Peregrino”, recordó.

Ese gesto se transformó en inspiración. Stella comenzó a colaborar en otros espacios, entre ellos el Hogar de Nela Agesta. “Iba a limpiar, aunque ella me decía que me quedara en mi casa criando a mis hijos más chicos”, señaló. Por entonces también atravesaba la enfermedad de una de sus hijas, que con apenas nueve meses sufrió un problema renal y debió viajar varias veces a La Plata. “Por suerte, después de un trasplante, hoy lleva una vida normal”, contó.

El trabajo social propio comenzó hace casi 21 años. “Arranqué con una olla de comida que Natty me daba y que traía gracias a que Juan Carlos Bonacorsi, a quien considero una excelente persona, pagaba el auto con el que volvía a casa para repartir el alimento”, relató.

Primero fueron viandas nocturnas para unas 30 familias. También entregaba zapatillas y otros elementos básicos. Con el tiempo, la demanda creció de manera abrupta. “En un determinado momento fueron 300 las familias que se acercaron en busca de ayuda. Ahí tuve que agudizar el ingenio, pidiendo colaboración a amigos y familiares para que nadie se quede sin lo mínimo indispensable”, dijo.

El merendero llegó poco después. “Lo abrimos junto a una amiga porque veíamos la necesidad en el barrio. Las dos estábamos sin trabajo y empezamos en Charlone al 2500, hasta que tuvimos que irnos y seguimos en una piecita de mi casa”, recordó.

Entre todos los momentos difíciles, Stella no duda al señalar uno: la pandemia. “Fue, sin duda, lo más complicado porque se conjugan distintos factores vinculados a la salud, la cuestión económica y lo psicológico”, afirmó. Aun así, nunca cerró sus puertas. “No dejé de atender ni un solo día. La entrega de alimentos continuó incluso cuando la cuarentena era más estricta”.

La generosidad de vecinos y colaboradores fue fundamental. “La gente me ayudó a llegar a todos los lugares donde teníamos el reporte de que había una familia con una necesidad, siempre cuidándonos para tratar de no contagiarnos”, indicó.

También menciona los desastres climáticos que golpearon a Bahía Blanca en los últimos años, especialmente la inundación del 7 de marzo de 2025. “Fue terrible. Tuvimos que ser evacuados por nuestros hijos y al día siguiente vine a limpiar todo para poder preparar las viandas”, contó.

En medio del barro, el agua y las calles intransitables, la asistencia no se detuvo. “Mi yerno Milton vino con su camioneta y empezamos a recorrer los barrios para entregar la comida. Era una odisea por el estado de las calles”, recordó. Y agregó: “Todavía hoy sé que hay gente que no se pudo recuperar por completo de aquel episodio”.

La situación social, asegura, sigue siendo crítica. “Es muy difícil. Hay abuelos a los que asisto que necesitan las viandas para poder pagar un alquiler o los medicamentos”, advirtió. En el merendero, los adultos mayores son prioridad. “La Municipalidad me entrega una ayuda una vez por mes para cocinarles. Les doy carne, pollo, lo que tengo en el momento”.

A esa demanda se suman madres con chicos, en algunos casos con discapacidad. “Abarcar todas las necesidades es prácticamente imposible”, reconoció.

Stella se define como una persona de fe. “Creo en Dios por sobre todas las cosas. No tengo una religión que me guíe, tampoco me identifico con la política”, expresó. Para ella, esa fuerza superior estuvo presente en los momentos más duros: “Sé que nos cuida y nos guía, que salvó a mi hija en su momento y le da la posibilidad a mi marido de estar vivo pese a sus achaques”.

El cansancio, admite, aparece. “No voy a negar que a veces estoy cansada, en especial cuando hay personas que juzgan lo que uno hace sin conocer los pormenores ni ponerse en el lugar del otro”, sostuvo.

Su rutina combina la asistencia social con el cuidado permanente de su esposo. “Está postrado y lo tengo que atender todos los días. Limpio mi casa sin ayuda de nadie. Solo una vez por semana viene una mamá a cocinar para que todo el peso no recaiga sobre mí”, contó.

También resalta a quienes la acompañan de cerca. “Esta mamá colaboradora y Patricia, otra entrañable amiga, me regalaron un mueble, el freezer, todas cosas que suman para el resultado final”, destacó.

Pero hay situaciones que la golpean especialmente. “Lo más doloroso de todo esto es tener que mirar a los ojos a una persona que viene a pedir y, en ocasiones, no tener nada para darle”, confesó.

La crisis económica también impacta sobre el sostenimiento del espacio. “Soy una persona muy sensible y, en tiempos como el actual, me duele la situación social y económica. Pagar la factura de la luz ya es un drama en sí mismo por los montos que llegan”, señaló.

Stella cree que las tragedias vividas en Bahía deberían haber dejado una enseñanza colectiva. “Todo esto que nos sucedió a los bahienses en estos últimos años nos tendría que haber cambiado como sociedad”, reflexiona. Aun así, rescata la solidaridad local: “Somos una ciudad solidaria y lo vimos en cada momento complicado, sumado a las donaciones que llegaron de gente de afuera”.

Sin embargo, también observa conductas que le duelen. “Junto a eso convive la viveza criolla. Hay personas que vienen a pedir alimentos y llegan en camionetas gigantes y bastante nuevas”, lamentó. Aunque reconoce la contradicción, muchas veces igual entrega la comida. “Les termino dando la vianda porque sé que si me niego son las primeras en criticar”, dijo.

Pese a esas situaciones, insiste en que son una minoría. “En Bahía hay muchísima gente generosa y quiero decirles que necesitamos de ellos, que ayuden con lo que puedan, que si les sobra un plato de comida lo brindan a alguien que la esté pasando mal”, pidió.

Su mensaje final resume la razón que la sostiene desde hace más de dos décadas: “No nos llevamos nada de esta vida, estamos de paso”. Por eso, Stella busca que más vecinos se involucren. “Trato de bregar para que sean más los que participen y no sentirme tan sola. Entiendo que cada uno tiene sus problemas, pero es necesario encontrar más voluntarios y presupuesto para que no haya una sola persona que se quede sin comer”.

En Stella Maris Correa conviven la fragilidad de quien conoce de cerca las pérdidas y la firmeza de no quedar detenida en ellas. No necesita solemnidad para imponerse, alcanza con observar esa persistencia callada, casi doméstica, con la que transforma cada límite en una forma de presencia. Allí donde muchas veces la burocracia, el tiempo o la indiferencia llegan tarde, ella sostiene una certeza simple y difícil: nadie se salva del todo en soledad.

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