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DE AYER A HOY

Adolfo Real: “Lo mejor que me dio la fotografía es el cariño de la gente”

Humilde y sensible, rememoró la niñez en Cabildo. Los años en la panadería familiar. Las anécdotas con la cámara como su aliada. “Estoy soltando mis dos trabajos, una decisión difícil”, confesó.

Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco

En Bahía Blanca vive un profesional que ha capturado la esencia de la vida a través de su lente durante décadas, inmortalizando momentos especiales, historias y el pulso de una comunidad en constante evolución. Con un ojo agudo para la fotografía social y empresarial, este talentoso trabajador de la cámara ha creado un legado de imágenes que han dejado una huella imborrable en la memoria colectiva.

Sin embargo, su vida dio un giro sorprendente para aquellos que no lo frecuentan, cerró su capítulo en la panadería familiar y tiene en mente colgar a su fiel compañera de toda la vida, esa que le dio el privilegio de ser testigo de momentos imborrables. En esta entrega de la sección que recoge cada vez más adeptos, exploramos la vida y la carrera de Adolfo Real, su amor por retratar instantes que cuentan historias y su emocionante transición hacia un mundo donde el arte de hornear fue por mucho tiempo su lienzo de expresión.

La Brújula 24 te propone sumergirte en un viaje desde las millones de instantáneas que logró en su prolífica carrera, las cuales han definido una época, hasta las deliciosas creaciones que deleitaron nuestros sentidos, desde su local gastronómico. Un homenaje al multifacético artista que ha hecho de Bahía Blanca su hogar y su inspiración, con la premisa de intentar responder cómo puede convivir esa polifacética labor en un mismo ser humano.

“Nino” Malaspina, Horacio Tolza, Real y Gustavo Lobos.

“Nací en Cabildo, mis padres eran bahienses, se casaron y se fueron a vivir al pueblo. Allí se hicieron cargo de una panadería que alquilaron. Mi abuelo conocía el rubro y le inculcó en cierta forma el mismo oficio también a mi tío”, explicitó Real, quien tuvo la entereza de llevar adelante el ida y vuelta con su voz entrecortada por las sensaciones encontradas de un momento de su vida muy movilizante.

Y exclamó: “Tuve una infancia maravillosa, soy el del medio entre mi hermana mayor y el menor. Fui a la escuela en Cabildo, conservo grandes amigos de aquella época con los cuales aún nos seguimos reuniendo, algo que retomamos después de la pandemia. Mi hermano del alma falleció hace cinco meses, fuimos juntos con él desde el jardín, es uno de los motivos por el que estoy muy melancólico”. 

Junto a Daiana Jaime, retratando una visita de Donato de Santis.

“Tengo dislexia, por eso me costaba mucho estudiar, solo le prestaba atención a lo que me interesaba. Claramente no fui el alumno más destacado, pero sí solían elegirme como el mejor compañero. Jugué al fútbol en mi pueblo en las categorías inferiores de Pacífico, pero era de madera (risas), es que de nacimiento veo con un solo ojo, por eso para el deporte se me complicaba”, enfatizó, con el orgullo de quien logró trascender profesionalmente pese a ese aspecto para nada menor. 

Asimismo, puntualizó que “la primera vez que agarré una cámara, una Olympus con visor directo, fue a los 13 años porque a mi papá le encantaba la fotografía, pero esa primera sensación que sentí personalmente al tomar contacto con ese mundo fue indescriptible”.

“Empecé a hacerlo como un hobbie, pero cuando decidí abandonar los estudios, fui a trabajar a la panadería y comencé a incursionar más fuerte en la fotografía. Aproveché que en Cabildo nadie se dedicaba a esta profesión porque uno abandonó la actividad y el otro se había ido”, sintetizó, en otro segmento de su testimonio, mientras bebía agua tónica, buscando aún más inspiración.

Llegó el momento de tomar decisiones y, más allá de su corta edad, no equivocó el rumbo: “Con 17 años inicié un camino en el que hice lo que se te ocurra, salvo fotoperiodismo porque jamás podría captar una imagen de una persona sufriendo. Excepto eso, incursioné en todas las distintas opciones que existen en esta materia”.

“De a poco se fue abriendo cada vez más el espectro y mi anhelo de llegar a Bahía Blanca se fue cumpliendo con creces, algo que era el sumun para un jovencito que llegaba de un lugar de apenas dos mil habitantes”, describió Real, promediando la conversación. 

El destino le dio un guiño positivo: “Tuve la suerte de conocer a mi maestro, Ricardo Belcher, quien me mostró dos imágenes que me voló la cabeza: un retrato y una foto que había hecho a los que practican surf en el mar. Nos hicimos amigos y me transmitió todo lo que sabía, mientras seguía ayudando a mi papá en el emprendimiento gastronómico familiar”.

“Carlos Jaime me presentó a Oscar Marbella porque la agencia Rex necesitaba fotógrafo, me fue a buscar a Cabildo y me hizo una propuesta laboral. A partir de ahí, no paré más, empecé a conectarme con las empresas y se abrió un camino asombroso. Al poco tiempo nació mi hijo y desde allí, más de 40 años dedicados a una profesión a la que le debo buena parte de lo que soy”, infló el pecho, con la timidez de quien no quiere superar la barrera de la modestia.

Luego, llegó el turno de las siempre tan esperadas anécdotas: “Recuerdo que un evento social que tuve que hacer y aún tengo presente como si fuera hoy fue un casamiento en el Alvear Palace Hotel de Buenos Aires. Tuvo lugar en 2001, el día que cayó el gobierno de Fernando de la Rúa”.

“Carlos Jaime me presentó a Oscar Marbella porque la agencia Rex necesitaba fotógrafo, me fue a buscar a Cabildo y me hizo una propuesta laboral. A partir de ahí, no paré más, empecé a conectarme con las empresas y se abrió un camino asombroso. Al poco tiempo nació mi hijo y desde allí, más de 40 años dedicados a una profesión a la que le debo buena parte de lo que soy”, infló el pecho, con la timidez de quien no quiere superar la barrera de la modestia.

Luego, llegó el turno de las siempre tan esperadas anécdotas: “Recuerdo que un evento social que tuve que hacer y aún tengo presente como si fuera hoy fue un casamiento en el Alvear Palace Hotel de Buenos Aires. Tuvo lugar en 2001, el día que cayó el gobierno de Fernando de la Rúa”.

Sentado al lado de Ricardo Belcher, su gran maestro.

“Estaba en Cabildo, en tiempos de la cámara con rollo y me llamó Marbella para ofrecerme un trabajo que, de antemano, no era sencillo. Era el tiempo en el que se estaba construyendo el Bahía Blanca Plaza Shopping y él me encomendó que vaya al Carrefour que había inaugurado al lado de la cancha de River para que saque fotos de todo del interior”, expresó, volviendo a tomar vigor después de recuperarse de otro tramo que le causó angustia y le llenó los ojos de lágrimas.

El episodio no tiene desperdicio y su relato resulta sumamente entretenido: “Sin dudar, acepté el desafío, pese a que lo necesitaba con suma urgencia. Oscar ya había sacado el pasaje, a sabiendas de que no me iba a negar a su propuesta. Mientras me hablaba, yo pensaba cómo iba a hacer para que no me descubrieran”.

“Compré un rompevientos, le hice un agujerito en el bolsillo por el que iba a pasar el lente de la cámara pequeña que también adquirí, de esas que no tenías que correr el rollo después de cada imagen para evitar movimientos sospechosos”, afirmó, con una pícara sonrisa en su rostro.

Y cerró el relato de este modo: “Me acompañó Omar Coria y fotografié todo, llevé tres rollos, los cuales cambiaba en el baño, donde estaban los inodoros. Mi esposa casi me mata cuando se enteró de semejante locura y fue un trabajo que hice gratis pero que me dio una satisfacción que no se paga con dinero”.

Premiado en Japón por una foto al antiguo correo de Cabildo, en un concurso internacional de Nikon y acreedor de la medalla de plata por la Federación Argentina de Fotografía por una imagen icónica que le tomó al peluquero de su pueblo, Adolfo disfruta de realizar los catálogos de remates en cabañas ganaderas con los mejores retratos que solo un experto puede tomar. Su sensibilidad y la modestia de un grande, lo convierte en un ejemplo para los más jóvenes. Escucharlo, pese a que es reacio a dar notas, es un placer.

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