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se llama "nada"

Se estrenó la serie del bahiense Duprat con la actuación de De Niro y Brandoni

La miniserie creada, dirigida y coescrita por los realizadores de El ciudadano ilustre, ya se encuentra disponible en Star+.

En un tramo de Nada, la nueva serie de Mariano Cohn y el bahiense Gastón Duprat para Star+ (la primera producción de la dupla para la plataforma fue la exitosa El encargado, que estrena su segunda temporada el mes próximo), el protagonista, el crítico gastronómico Manuel Tamayo Prats (Luis Brandoni), se somete a un ping pong de preguntas y respuestas de un programa radial cuyo conductor se define como un “foodie” (amante de la comida y “de sacarles fotos a los platos”). Manuel, un verdadero dandy que cuenta con el respeto del circuito en el que se mueve, es rápido para los contraataques cuando algunas definiciones no son de su agrado, pero se muestra dubitativo cuando tiene que definirse. “Diría que no soy nada”, responde cuando le preguntan si es un escritor, crítico gastronómico o periodista.

Su manera asertiva de decir que no es ninguna de esas cosas -o acaso todas al mismo tiempo- podría, en una de las primeras cartas de presentación del personaje, interpretarse como ese approach misántropo que ya hemos visto en otras creaciones de Cohn y Duprat, desde El hombre de al lado hasta Competencia oficial. Sin embargo, no es ese el rumbo que eligen para Nada. Y ese “diría que no soy nada” no es ni peyorativo ni desesperanzador: es el puntapié de una narrativa que revaloriza la simpleza, que resignifica cómo con poco uno puede llegar bastante lejos. Cómo con poco, con casi nada, se puede gestar un momento apoteósico o un menú culinario reconfortante.

Manuel Tamayo Prats se guía por los dogmas. Así lo percibe su amigo, Vincent Parisi (Robert De Niro), un prestigioso escritor que vive en Nueva York y que abre, como una suerte de anfitrión, los cinco episodios de la serie. Ese toque woodyallenesco de Nada se amalgama con la explicación anglosajona que le brinda Parisi al espectador de expresiones pertenecientes al glosario argentino que siempre se conectan, además, con la gastronomía. Lejos de tratarse de un gesto vacío, un guiño canchero, las intervenciones de De Niro nos van acercando a ese protagonista tan acostumbrado a que alguien más haga todo por él, que deja de vivir sin siquiera notarlo.

Las alarmas se encienden cuando Manuel ya no puede contar con la mujer que administró todo los detalles de su cuidado microclima por más de 40 años, Celsa (una excelente María Rosa Fugazot). Al poco tiempo, debe aprender a lavar y planchar su ropa, a hacer las compras en el supermercado, con lo que conlleva su reticencia a las transacciones digitales, e incluso a manejar (o a buscar quién lo lleve). Por otro lado, tiene la presión de entregar un nuevo libro a la editorial que ya le otorgó dos adelantos sin recibir una sola hoja a cambio. La procrastinación de Manuel no es permeable a una lectura simplista: el hombre es consciente de lo que hace, pero no tiene motivación alguna para cambiar nada de lugar, ya sea en la relación distante con su hija como en los frascos de especias que hay en su enorme alacena.

Cuando su ex, “Grace” (interpretada por la gran Silvia Kutika), le sugiere contratar a Antonia (Majo Cabrera, en una luminosa interpretación), una joven empleada doméstica oriunda de Paraguay que necesita dinero para el cuidado de su hija, Manuel la pone a prueba con una serie de “tareas” imposibles para cualquier persona que no haya convivido con ese hombre cuyas mañas fueron recopiladas por Celsa en más de seis cuadernos repletos de las preferencias de su empleador.

Aunque Manuel se crea astuto, su estatismo, su dejarse llevar por otro, sus dogmas, ya no son viables cuando empieza a moverse en cámara lenta por la ciudad de Buenos Aires que tanto conoce, con una predictibilidad de la que él mismo se termina hastiando. El placer de lo compartido lo encuentra gracias a la llegada de Antonia, quien lee las anotaciones de Celsa lo justo y necesario. A fin de cuentas, es una persona única, con su manera de hacer las cosas, y eso hará la diferencia. Los intercambios entre Cabrera y Brandoni son excepcionales, sin lugar para el cinismo o para esa misantropía en la que Cohn, Duprat y el coguionista Emanuel Diez fácilmente podría haber ubicado al protagonista.

De esta manera, Nada representa no solo un cambio en la óptica de los realizadores sino una evolución, una emancipación de las estructuras maniqueas, o de las críticas a determinados círculos de élite. La gastronomía es mostrada desde el disfrute, si bien la lengua filosa de Manuel y sus apreciaciones son parte constitutiva de su persona. Pero ese es el punto: Manuel es mucho más que un crítico áspero; Antonia es mucho más que su empleada y Vincent es mucho más que un escritor ganador de dos Pulitzer. En Nada, los personajes se engrandecen en función de cómo son percibidos por el otro, modifican pequeñas cosas para que esas experiencias compartidas tengan sentido.

Tras un día agitado, Antonia le prepara a Manuel una sopa que aprendió en su pueblo natal, y lo hace con pocos elementos. La joven la cocina “casi con nada”, pero con lo que necesita ese hombre para levantarse de su cama y volver a escribir. Esa es una escena (de tantas) de la serie que equilibra el factor sentimental con la dificultad de su protagonista para dejar sus mañas atrás y avanzar, un verdadero espejo de la obra de Cohn y Duprat y la maravilla que han logrado aquí.

Fuente: LB24 / La Nación.

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