De Ayer a Hoy
Marcela Arzuaga sentó bases en Bahía para cambiar el paradigma en salud mental
Una de las mentoras del Hospital de Día en el Penna evocó el proceso de transformación que debió transitar junto a otro grupo de profesionales para modificar la Sala 10, la cual tenía características de “un manicomio”.
Por Leandro Grecco
Facebook: Leandro Carlos Grecco/Instagram: @leandro.grecco/Twitter: @leandrogrecco
Comprender la importancia de ser empático y considerar como opción válida que el respeto por el bienestar son bases inclaudicables para expresarse en una sociedad que, más allá de cualquier tipo de cuestionamiento, avanza hacia una mirada inclusiva en la que la discriminación sea un capital negativo que se remite solo al pasado.
Para ello, claro está, fue necesario superar instancias muy dolorosas y nocivas. No fueron pocos los que atravesaron angustia y un nivel de exposición alto en virtud de lograr que en la actualidad no se repitan prácticas en las que se establezcan divisiones, una suerte de escalafón que lo único que logra es estereotipar, poniendo en un segundo plano lo importante, vinculado con la mirada humana y social.
Marcela Arzuaga hizo un gran aporte en los albores del Hospital de Día que funciona en el Penna, donde desde la jefatura le dio una impronta totalmente diferente al abordaje de la salud mental, cuando la problemática apenas aparecía en agenda. Y lo complementó con su denodada labor en el mundo de la docencia, formando a muchos de los profesionales que se desempeñan en el cuidado de pacientes. En LA BRÚJULA 24, hurgamos en su vida para conocer cómo se gestó su comprometida visión de la realidad.

“Nací casi circunstancialmente en Bahía Blanca porque mi padre falleció de un cáncer de pulmón 15 días antes acá, siendo muy joven. Él era una persona muy ecléctica que llevó su enfermedad como pudo hasta que ya no había nada que hacer. Por eso siendo bebé, junto a mi mamá y mi hermano dos años mayor nos instalamos en Río Colorado, de donde era toda mi familia”, sostuvo, al momento de remontarse a una época en la que el testimonio de su entorno fue clave para poder traer al presente datos de sus primeros pasos en este mundo.
Y prosiguió con las primeras imágenes que guarda en su mente: “De mi infancia recuerdo que crecí entre mujeres, con una fuerte influencia feminista cuando no se hablaba aún de eso. Vivíamos en el campo y tanto mi mamá como mis tías tenían un gran empuje en una sociedad diferente a la actual. Al mismo tiempo, en el seno de la familia había un notorio desarrollo de equidad, pese a la vida rural, resaltando la igualdad entre las personas”.
“No hablo en términos políticos, porque con los años mi recorrido fue la antítesis de lo que transitó el resto de mi entorno, pero desde lo humano compartimos la concepción de enaltecer los derechos de los que nos rodeaban. Volví a Bahía Blanca a los 18 años a estudiar Trabajo Social, llegué sola desde mi pueblo a compartir un departamento con mis amigas”, afirmó, respecto de la que quizás fue su primera decisión con fuerte impacto en su futuro.

Inmediatamente aclaró que “eso ocurrió en 1983, con el regreso de la democracia y el hecho de haber optado por esa carrera, la cual me hizo abrir los ojos respecto de cómo mirar la vida y la sociedad. A eso se le suma el empuje de la corta edad y el recuerdo muy fresco de la generación diezmada y el proceso militar. Fue un despertar hacia la militancia y los derechos humanos que nunca más solté”.
“Cuando terminé la tecnicatura, luego de cuatro años y con la tesis pendiente, me fui a hacer la licenciatura a Mar del Plata y al regresar, quien era directora de la carrera de Trabajo Social, Patricia Gastaldi, había recibido un llamado de los directores del Hospital Penna”, enfatizó, en una nota que se concretó en su vivienda del Barrio Patagonia.
El contexto de un país que caminaba los primeros pasos post proceso militar traía aparejados cambios profundos: “En 1988, el ministro de Salud bonaerense era Floreal Ferrara, quien armó la estructura de la atención primaria, tenía una mirada más cercana a lo que fue Ramón Carrillo en Nación. Para salud mental planteó un servicio de atención en crisis, pidiendo una trabajadora social”.

“A la postulante la buscaron en la escuela de Bahía Blanca y su directora que había sido docente y supervisora mía me recomendó, pese a que recién estaba recibida y luego de que una primera profesional con más recorrido declinara la propuesta. Hice todos los trámites, con la emoción del caso, no obstante, a que ya tenía una primera experiencia laboral en las escuelas de Cabildo, a las que iba y volvía todos los días a dedo”, añadió Arzuaga.
Con paciencia, pero la convicción de que era cuestión de tiempo, indicó: “En 1989, luego de que transcurrieran los tiempos burocráticos, se oficializó mi cargo, ya sin Ferrara que había sido destituido y con un Ministerio de Salud de la Provincia intervenido, al igual que la dirección del Hospital Penna. Pensando que iba a ingresar para un servicio de atención en crisis, con una lógica de derecho a la salud, me mandaron a un manicomio, a la sala 10 que era lamentable”.
“No resultó fácil imprimirle mi impronta porque me echaron, luego volví por ser perseverante y gracias a contar con el apoyo del servicio social del Hospital. Esta era una sala de tortura, me hago cargo de lo que digo, tenían a los pacientes separados, por un lado, las mujeres y por otro a los varones, no podían hablar entre ellos ni realizar actividades en común y baños sin puertas ni espejos”, exclamó, con su voz quebrada al rememorar aquella situación.

En ese sentido, postuló que “ninguna intervención es individual, en algún momento entraron residentes que hasta ese momento estaba prohibido y paradójicamente uno de ellos es Sergio Velovich, con quien compartí cátedra en la UNS. Así, empezamos a dar los primeros pasos para pensar otro modo de atención porque si bien no tenía tanta experiencia en salud mental, venía desde un lugar donde la militancia se daba a partir del sentido común”.
“Sabía que de la manera en la que se realizaba la tarea no se podía continuar porque había una violación al derecho humano básico y, más aún, pensando en la salud como premisa. Ya con dos años siendo parte de la sala, con una residente, Silvia Castro, comenzamos a considerar alternativas”, dijo, mientras su postura corporal se iba distendiendo, al sentir comodidad en el ida y vuelta con la redacción de este medio.
Luego, advirtió: “Le pregunté qué sabía hacer, me respondió que tocaba la guitarra y con mis conocimientos por haber estudiado teatro, generamos espacios por fuera de la sala para los pacientes. Limpiamos un sitio antiguo del Penna y nuestra intervención era llevarlos a ese lugar, compartir la actividad y que vuelvan a su recinto”.

“Así fue que lentamente se empezó a avanzar en el corrimiento de la estructura de violencia, este cambio fue paulatino, se dio cuando el resto se daba cuenta que los pacientes querían asistir a nuestra propuesta, sin obligarlos como se hacía al principio”, lanzó a modo de crítica, contextualizando el necesario cambio de mentalidad que se requería en la sociedad en general y las autoridades en particular.
Y comentó al respecto que: “nuestra idea era que esa decisión particular surgiera de manera voluntaria para entregarles algo de libertad al momento de elegir, hasta que luego llegó la etapa de que, al ver la masividad de la convocatoria, empezaron a prohibirles participar si no se ajustaban a las reglas de conducta”.
“Los niveles de violencia no son distintos a los que se viven en cualquier manicomio, esto no solo pasaba en Bahía Blanca y lamentablemente aún sigue ocurriendo en algunos lugares puntuales del país donde subsisten aquellas lógicas que acá quedaron en el pasado. Antes estaba legitimado, hoy tenemos una Ley de Salud Mental que plantea otra cosa junto a planes en la esfera provincial y nacional”, sintetizó Arzuaga.

Asimismo, afirmó: “En el medio se concretó la construcción del hospital de día que hoy sigue funcionando con sus talleres. Casi siempre di clases a residencias, también fui docente de escuela en Trabajo Social, pero en 2009 se abrió el Departamento de Ciencias de la Salud en la Universidad Nacional del Sur, donde había un grupo de enfermeras amigas que habían trabajado conmigo en la sala y conocían mi trayectoria”.
“Me acerqué a la casa de altos estudios a plantear la tarea que llevábamos a cabo en materia de salud mental, con la premisa de que lo que veníamos haciendo, debía estar en la UNS. Rendí el concurso, lo gané y a la fecha sigo siendo profesora en el Departamento de Ciencias de la Salud”, consideró orgullosa y satisfecha por el derrotero transitado.
Fueron muchos años entregados a su vocación: “Del hospital me jubilé en 2016, con la satisfacción de que, en 1998, junto al doctor Jorge Gabbarini, pudimos armar lo que luego fue el hospital de día, saliendo con los pacientes a las ferias de cultura y generando espacios de talleres que le imprimieron otra impronta a la intervención”.

“Asimismo, nos formamos en una Asociación Civil llamada Brizna, un hospital de día psicoanalítico de Buenos Aires; también viajé a Trieste (Italia) a seguir desarrollándome en la línea de Bazzaglia, quien generó la desinstitucionalización en términos del Estado en la década del 60 y años más tarde logra una ley nacional en la que emerge por primera vez la figura del tratamiento voluntario”, sintetizó, ingresando al segmento final de la conversación.
Y contó: “Allí, la gente que voluntariamente decidía realizar un tratamiento, podía hacerlo sin intervención jurídica mediante. Los que entendemos a la atención a la salud mental como una cuestión política nos seguimos preocupando a raíz de problemáticas como las adicciones y el suicidio. Las maneras de abordar la temática como productora de bienestar y cultura, porque no es algo aislado que tiene que ver solo con cuadros psicopatológicos”.
“La salud mental está ligada a la construcción y el desarrollo del sujeto y su subjetividad, por eso es que sigo vinculada al hospital de día y a otros espacios, acompañando los procesos de personas más jóvenes, que piensan que hay algo para hacer. Ortega y Gasset dijo que no hay razón alguna para no intentar aquello que pareciendo imposible resulta necesario, esa frase es muy real. Del mismo modo es evidente la preocupación que trasunta por la pobreza y cómo repercute en la salud mental, por eso apostamos a que existen otros lugares posibles para construir y vivir”, aclaró.

Sobre aspectos más vinculados con lo personal, Arzuaga detalló que “vivo con Guillermo, mi pareja que me aguanta y acompaña, tenemos dos hijos Blas y Valentín, de 22 y 19 años, quienes terminaron sus estudios en las escuelas dependientes de la UNS y antes hicieron la primaria en las públicas del barrio. Son dos excelentes personas que eligieron seguir sus carreras lejos de casa, lo que me pone muy feliz al ver que están haciendo sus respectivas vidas”.
“Nunca voy a dejar de trabajar, mis hijos se criaron conmigo yendo al hospital de día y les digo que agradezcan que tengo estos proyectos porque de lo contrario sería insoportable como madre”, comentó, entre risas, dándole un valor encomiable a lo que significa su familia en todo lo que le ha tocado vivir, tanto lo positivo como los sucesos donde se puso a prueba la fortaleza de los cuatro.
Retomando su labor diaria, aportó que “continúo trabajando en mi proyecto de forma activa, organizamos una bienal de salud mental y derechos humanos que inicia el 6 de julio y finaliza el 5 de agosto. Vendrá mucha gente invitada, todo organizado por la UNS y el Hospital Penna, actividad motorizada por Jorge Moyano, Javier Barrio y yo, quienes somos docentes del departamento de Ciencias de la Salud”.

“En la Casa de la Cultura vamos a presentar una obra plástica y otra escrita de un usuario del hospital de día que falleció hace algunos años y me la dejó a mí. También se lanzará un libro que es un proyecto de extensión del hospital de día y su taller de teatro, al igual que uno de radio, el cual es coordinado por Mariela Rígano”, sintetizó, a modo de anticipo.
Paralelamente contó que “en la Universidad mantengo dos cargos de profesora adjunta que llevan su tiempo, pero siento que mi trabajo en el Penna logré soltarlo en lo ejecutivo, en la gestión, pero como quedó gente de mi equipo, los acompañó y nos encontramos para aportarles en lo que pueda hacerlo”.
“El hospital de día fue una construcción colectiva, pero con mucho sostén ideológico y teórico, hoy hay otra gestión de gente que era parte de mi equipo, actualmente con Liliana Di Cianni que es la jefa y que tiene un ímpetu y saberes distintos a los míos, en especial por su juventud”, concluyó la entrevistada, consciente de que nada se logra de manera individual y de la necesidad de tomar distancia cuando lo amerita la situación.

Es tan real el hecho de que se ha avanzado cualitativamente en la materia, como también es cierto que restan muchos objetivos por alcanzar. Con el paso de los años, será menester tener presente que cada una de las cruzadas tuvieron un comienzo y la memoria, en Bahía Blanca, deberá remitir a la figura de Marcela Arzuaga, una militante de la salud mental como derecho humano primordial.
-
Noticias B23 horas ago"Perdón, la amaba": el último mensaje del femicida muerto
-
Noticias B23 horas agoFemicidio en Punta Alta: la mujer había denunciado a su expareja por violencia de género
-
Noticias B8 horas agoInvestigan incendio intencional de auto que estaba estacionado
-
Destacada B5 horas ago"Mi hija tenía miedo", el desgarrador relato de la mamá de Noelia Díaz tras el femicidio
-
El Tiempo9 horas agoEl clima en Bahía: la previa del fin de semana largo se presenta con mejores condiciones
-
Uncategorized20 horas agoBahía seguirá con tiempo inestable: cuándo regresan las lluvias
-
Noticias B21 horas agoLa AGN cuestionó operaciones con oro: detectan una pérdida de mil millones de dólares
-
Noticias B17 horas agoImpactante temporal en Chile: la corriente se llevó vehículos y árboles
