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INFORME ESPECIAL

Clases de apoyo: una alternativa educativa que todavía perdura en la ciudad

La proliferación de profesores particulares explica un contexto insoslayable. El período post-pandemia. Las dificultades e inquietudes con las que llegan los chicos. Y el nivel de remuneración.

Por Leandro Grecco
[email protected] – Instagram: @leandro.grecco – Twitter: @leandrogrecco

La calidad educativa en el país es un tema de permanente discusión ya sea en las más altas esferas gubernamentales o en la mesa familiar. El aislamiento por la pandemia significó un reto y propició una crisis para la correcta incorporación de contenidos por parte de los alumnos, lo que generó enormes complicaciones para el normal desarrollo de las áreas curriculares en la presencialidad.

Apoyados en la virtualidad, los papás buscaron docentes particulares que complementen la educación de sus hijos con espacios extracurriculares. Con el regreso de los chicos a las aulas, aquella práctica previa al Covid-19 y que se potenció con la imposibilidad de abrir las escuelas por el riesgo sanitario, el trabajo de los profesores que buscan reforzar conceptos se mantuvo, incluso a niveles anteriores a marzo de 2020.

La Brújula 24 mantuvo entrevistas con tres educadores de la modalidad que abordaron el complejo entramado que deben desentrañar para contribuir en apuntalar a los chicos que debieron dejar atrás la forma de enseñanza tradicional, consecuencias que recién serán analizadas con el transcurrir de los años, para medir los daños colaterales de una etapa que, a priori, quedó atrás. Testimonios que exhiben una realidad insoslayable.

Julia Lefiú brinda clases de apoyo escolar en la complejidad de asignaturas tales como Matemática y Física para todos los niveles: “El trabajo de profesora particular no es mi principal fuente de sustento. Con él solvento parte de mis gastos pero no vivo 100% de ello. Comencé a dar clases cuando vivía sola para tener una entrada extra, mientras culmino mi carrera, (estudia Ingeniería Civil). Actualmente, soy mamá, tengo otro trabajo y mi pareja también, es por ello que podemos subsistir sin mayores problemas”.

“Aquellos meses donde las clases no eran presenciales, me manejé online. Actualmente continúo con esa modalidad, mis clases son presenciales o digitales. En ese entonces, como era todo virtual, las clases no eran la excepción al igual que el medio de pago”, consideró Lefiú, en la conversación con el cronista de este portal de noticias.

Consultada sobre las motivaciones que llevan a tantos chicos a acudir a las clases, planteó: “Creo que la falta de tiempo por parte de los padres, es un pequeño porcentaje que explica la razón por la cual los envían a clases de apoyo. El motivo principal considero que es la manera de transmitir los conocimientos, la forma de enseñar, de explicar y principalmente los conocimientos que se tienen sobre ciertos temas”.

“Doy clases tanto a niños desde los 10 años como a jóvenes/adolescentes y así también personas adultas de entre 40 y 50 años en promedio. Muchas veces sucede que son los padres de los niños los que vienen y sienten la necesidad de traerlos  ya que ellos mismos no pueden explicarles a sus hijos; ya sea porque no comprenden los temas o porque no tienen la paciencia o forma indicada para lograrlo”, resaltó, en otro segmento.

Y añadió que “lo mismo sucede con los jóvenes/adolescentes, algunos tienen ciertos tipos de materias, como por ejemplo Física acústica, que son materias que los padres jamás tuvieron o no saben, entonces por ello recurren a los profesores particulares”.

“Por otro lado, tengo como alumnos a padres, personas de 40/50 años, que están haciendo terciarios o terminando la secundaria entonces son ellos los que vienen y en un 100% el motivo por el cual recurren es simplemente porque no le entienden a sus profesores de materia o el tema en sí. Por lo tanto, yo diría que la falta de tiempo no es el motivo principal por el cual los padres acuden a los particulares”, manifestó Lefiú.

Luego, sostuvo: “En mi caso, el procedimiento que implemento al momento de planificar la clase depende de los alumnos, ya que si bien puedo plantear un mecanismo general para todos, cada alumno es diferente entonces se modifica o se plantea el artilugio acorde a la situación particular”.

“Mi metodología es la siguiente: en primer lugar, jamás doy temas que nunca ví o que no sé, y aclaro esto porque suele pasar y sé de personas que sí lo hacen (risas) entonces, doy temas de Matemáticas y Física en general, que sé y que estoy segura de ellos”, añadió quien llegó a la ciudad desde Viedma en su etapa estudiantil.

No obstante, aclaró que “por otro lado, no dedico más tiempo de lo que lleva la hora, o en ocasiones las horas, en las cuales viene el alumno; es decir, si vos me pedís una clase, yo te pido que me digas qué asignatura. Si tenés material de estudio, trabajos prácticos, consignas etc. En base a eso, yo lo veo y si sé del tema te confirmo y así coordinamos las clases”.

“Para mi es fundamental que el alumno tenga sus propios apuntes o ejercicios, ya que si bien yo puedo recomendar algún libro o información de los temas, cada profesor de materia tiene su manera de explicar, de dar la cátedra y de manejar cierto lenguaje para ello. Y muchas veces sucede que corrigen los exámenes o trabajos prácticos de acuerdo a su manera de dar el contenido, por lo cual es fundamental que al menos tengan una base de información”, reflexionó.

Sobre la manera de plantear la clase, advirtió: “Trato primeramente que se genere confianza ente nosotros; considero que la amabilidad y el respeto es lo principal para comenzar, ya que luego todo fluye mejor. Seguidamente, comienzo preguntándole al alumno sus dificultades, aquello que no entiende, qué sabe o qué no. De esa manera nos enfocamos más en ello para un mejor entendimiento”.

“Así, la clase se vuelve muy dinámica, una vez que se explica el tema y comenzamos con la parte práctica, les hago preguntas: ‘¿cómo empezarías a plantear este problema?, ¿qué datos te dan, cuál es la incógnita?’. De esa manera el alumno participa y no soy yo quién resuelve directamente los problemas”, explicitó.

Los años de experiencia le otorgaron cierta gimnasia: “Me interesa que el alumno entienda y me aseguro que lo sabe, cuando responde mis preguntas o plantea solo sin necesidad de mi intervención (o en lo mínimo) y no cuando simplemente uno hace los ejercicios y ellos “miran”. Suelo hacer siempre y muchas veces la misma pregunta.

“Dependiendo el alumno, las materias y la dificultad de entendimiento, en general muchos vienen hasta dos horas. En mi caso, la clase es individual, o máximo dos alumnos siempre que sean de la misma materia y mismo contenido. Jamás di en grupo y de distintas materias. Básicamente ese es mi mecanismo. Por suerte me viene funcionando hace ya casi siete años”, agregó Lefiú.

Al cierre, subrayó que “tengo alumnos desde hace mucho tiempo, otros nuevos gracias a recomendaciones o simplemente difusión, pero hasta el momento y gracias a Dios no he tenido ningún problema con ello”.

A su turno, Nadia Arango, docente particular de Matemática, Biología, Físico-Química e Inglés en nivel secundario y de todas las asignaturas en primaria, expuso sensaciones en este informe especial: “En general las clases de apoyo no las puedo programar porque los turnos los doy con poca anticipación y muchas veces no estoy al tanto de que temas necesita ver el alumno, me entero en el momento. Tengo alumnos que tienen turnos fijos y con ellos si puedo planificar, buscar, preparar e imprimir actividades ya que conozco su trayectoria académica y estoy en constante comunicación con sus familias”.

“La estrategia para interpretar al profesor es ver la carpeta del alumno para poder darle continuidad a las explicaciones, siempre que se pueda. Sucede que a veces el alumno no le comprende al docente entonces debo buscar otra manera para que entienda”, aseguró Arango, sobre las dificultades que pueden surgir durante el proceso.

Tal es así, que reconoció que “en general no tengo problemas para adaptarme a los docentes a cargo aunque a veces considero que complican demasiado la resolución de una problemática o desean que la resuelvan de una determinada manera. Algunos docentes son muy inflexibles”.

“La mayoría de los alumnos que van a clases particulares lo hacen porque no entienden la explicación del profesor o no les alcanza. Algunos tienen dificultades y otros son cómodos. Prefieren pagar para que les resuelvan sus tareas antes que prestar atención en el aula”, destacó, al explicar la causa más recurrente por la que su trabajo tiene sentido y cada vez más adeptos.

Pero amplió su mirada: “Los motivos son variados y muy personales, creo. Muchos chicos vienen porque de verdad se interesan y quieren llevar la materia al día y se sienten más seguros. Poniendo todo en la balanza, hay muchos docentes que no hacen su trabajo como deben y los alumnos necesitan recurrir a profesores fuera del ámbito académico”.

“La pandemia causó estragos en la educación. Es una catástrofe educativa que va a llevar años revertir. Durante el 2020 muchos alumnos no tuvieron conectividad por lo tanto perdieron la continuidad. En 2021 se arrancó como si nada hubiera pasado”, lamentó Arango.

Para el cierre, especificó que “cayó el nivel de enseñanza y muchísimo más el nivel de aprendizaje. Prácticas del lenguaje y matemática son las dos materias en las que percibo más dificultades. Los chicos no comprenden textos, escriben terriblemente mal, con muchísimos errores ortográficos y les cuesta resolver problemas. Y no veo que se haga algo para solucionar el conflicto. Simplemente se sigue”.

Maximiliano Pérez Fernández es profesor ayudante de la UNS, además de estudiante de la Licenciatura de Geofísica, pese a que se encuentra radicado en Neuquén desde la pandemia. Dicta clases online utilizando una tablet digital que, al finalizarlas, ese material se le envía al alumno en formato PDF. Sus consideraciones también quedaron plasmadas en este artículo periodístico.

“La dificultad más recurrente, en relación a los chicos, suele pasar por no tener una base sólida de conocimientos previos al material que necesitan aprender. Por ejemplo, si hablamos de matemática, intentan resolver ejercicios de cierta complejidad que les resulta difícil de entender, pero no es por la capacidad de ellos, dado que me suelo encontrar con alumnos competentes y ganas de aprender”, destacó Pérez Fernández en su primera respuesta.

Por ello, sostuvo que “en clases se repasan, e incluso se enseñan, conocimientos que se dan por sentado que ya poseen. Luego, el tiempo suele resultar complejo, por lo general los alumnos se acercan pocos días antes de los exámenes y es difícil aprender muchos temas en lapsos cortos de tiempo”.

“En relación a la remuneración, se tiene que tener en cuenta que al ser un trabajo basado en el servicio, puede ser complejo establecer precios. Lo más factible es hacer un análisis de la oferta y promediar los precios de otros colegas. En mi caso tomo como guía un gran amigo y profesor de Física”, consideró, con relación a si entiende que su labor es reconocida y bien paga.

No obstante, afirmó que “en ciertos períodos, la ganancia es suficiente para vivir, pero en otros no, dado que fluctúan mucho la cantidad de alumnos dependiendo de las fechas de examen o si se encuentran de vacaciones”.

“El impacto de la pandemia, como en muchos aspectos, considero que fue profundo, nos obligo a adaptarnos a la virtualidad, con sus ventajas y desventajas, pero creo que fue un paso hacia el camino correcto. Utilizar la tecnología a nuestro favor hace que hoy en día se pueda dar clases a chicos de cualquier lugar, sin preocuparnos por las distancias y horarios”, resaltó, al epílogo de la entrevista.

La educación es un capital intangible que torna competitivas a las futuras generaciones, en la inserción dentro del mercado laboral, tomando la posta que dejan sus antecesores. Es innegociable postergar el saber, la inquietud por aprender se adquiere y los hábitos saludables, son indispensables para pensar un mundo mejor.

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