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DE AYER A HOY

Perla Muñoz, atleta y canillita que se sobrepuso a todas las adversidades

Su mamá la abandonó casi al nacer. En la niñez, su único objetivo fue caminar. No tuvo dónde dormir, aún vende diarios y brilla como atleta. Y una muestra de gratitud: “El deporte me sacó adelante”.

Leandro Grecco / [email protected]
Instagram: @leandro.grecco – Twitter: @leandrogrecco

Las excusas suelen ser parte de un manual invisible que los seres humanos revisan cada vez que tienen que explicar una frustración o, peor aún, cuando no intentaron alcanzar un objetivo, sea por el motivo que fuere. Algo así como un salvoconducto que cumple la función de mecanismo de autodefensa para creerse una historia ficticia y así, maquillar el dolor.

Si bien cada historia guarda momentos controversiales, el recorrido de los casi 48 años de vida hace creer que cualquier problemática afrontada por la inmensa mayoría de los mortales es insignificante. Porque cuando nada hacía pensar que podría hallar la salida, se aferró a la soledad, uno de los peores estados en los que puede experimentar una persona y, luego de lamer las heridas, se sobrepuso como una heroína.

Hoy, La Brújula 24 hurga en el pasado de una mujer querida por todos. Hasta aquellos que no la conocen sienten ese cariño, el cual se explica a partir de la admiración que despierta su sonrisa, la cual brilla siempre igual, sea durante una madrugada de invierno vendiendo diarios o entrenando en la pista de atletismo pese a sus limitaciones físicas. Ella es así, simplemente Perla Muñoz, un orgullo para la ciudad.

“Dentro de todo lo que me tocó vivir, recuerdo mi niñez con felicidad. Fui construyendo momentos para que me permitieran rescatar situaciones de alegría. Mi mamá nos dejó en la puerta del Patronato de la Infancia tanto a mi, con apenas ocho meses de vida, como a mi hermano que es un año mayor que yo, a partir de la difícil situación que ella estaba atravesando por entonces luego de separarse de mi papá. Considero que no nos podía mantener económicamente”, comenzó Perla, sin guardarse nada de ese entonces.

Acompañada de su mate y el paquete de galletitas, en una mesa de la oficina de Las Tres Villas, prosiguió con su relato: “La institución se encargó de buscarlos para que nos vinculemos con ellos. Primero encontraron a mi madre (ya fallecida) y luego a mi padre, pero seguimos viviendo en el Patronato y nos iban a visitar no muy seguido. Pese a lo que implica no poder disfrutar de las actividades normales de cualquier chico de mi edad, crecimos ahí, hicimos la escuela y recién cuando fuimos más grandes papá nos quiso llevar a vivir con él, pero no prosperó y ahora hace muchos años que no tengo noticias de él”.

“Una de las pocas oportunidades en las que pude conversar con mi mamá noté que estaba preocupada por mi problema motriz. A los 13 años, luego de mucho insistir para reencontrarla, ya estaba muy mal de salud, pero llegó a sugerirme que haga el tratamiento para mejorar mi calidad de vida. La recuerdo con mucho afecto porque hay que contextualizar lo sucedido, las infancias tanto de ella como de mi papá, al menos en apariencia no fueron para nada sencillas. Por eso, no los juzgo”, mencionó, llena de amor y sin ningún rastro de rencor, el cual sería notorio si así fuera por su autenticidad.

Consultada por quien fuera su pilar en esos años, Perla sostuvo que “con mi hermano, que también partió de este mundo hace ya unos cuantos años, tuvimos una relación espectacular, porque como estábamos tan solos en el Patronato, a él le habían inculcado que me tenía que cuidar, a partir de mi discapacidad que me impedía caminar. Aquello que parecía una misión, hoy visto en perspectiva fue una carga porque era muy chiquito. Él vivía pendiente de mí”.

“Un aspecto llamativo es que tengo dos hermanas de sangre más, a las cuales conocí cuando tenían ocho años y estuvieron en el Patronato. Fue la asistente social la que nos advirtió el parentesco y con mi hermano no entendíamos nada de lo que estaba sucediendo porque eran hijas de mamá y papá y que llegaron al mundo luego de que ambos decidieran volver a estar juntos. La relación entre los cuatro hermanos no fue óptima al comienzo porque había una especie de competencia, éramos como dos bandos a los que no los unía ningún lazo afectivo”, recalcó, durante otro tramo de la charla.

Uno de los puntos de inflexión estuvo atado a una condición que la acompaña desde que Perla tiene uso de razón: “Mi discapacidad se produjo en el Patronato y en tiempos en los que era bebé, cuando una persona me estaba bañando, me resbalé de sus manos y me golpeé la cabeza con el borde de la bañera. Eso afectó la irrigación sanguínea a nivel cerebral, ocasionándome un daño en lo que respecta a la parte motriz”.

“La dificultad de no poder caminar fue detectada recién cuando tenía tres años, me decían que me pare y no podía. Y si lo hacían ellos por mí, no tenía la posibilidad de sostenerme en equilibrio. Solo gateaba y se convencieron de mi inconveniente, por lo que me llevaron a IREL, pero no me aceptaban porque era una institución privada a la que había que pagarle. La enfermera del Patronato iba todos los días conmigo, nos sentábamos en la sala de espera, hasta que un día accedieron a hacer una evaluación de mi cuadro para analizar las posibilidades que podía tener de mejorar mi situación. Al año ya caminaba, con dificultades porque me faltaba masa muscular en las piernas, pero con el correr del tiempo me sentí más segura de mi misma”, reveló orgullosa.

Esta evolución le permitió ganar cierta independencia: “Realicé mis estudios primarios la Escuela Nº 509 y, si bien pude haber ido a una común, como el tratamiento era de lunes a viernes en doble turno, lo mejor era concurrir a este establecimiento especial. Allí terminé mis estudios primarios, cuando era adolescente necesitaba de un certificado que me permita conseguir un empleo, volví a cursar pero con los adultos en la Escuela Nº 1, de calle Chiclana turno noche”.

“Cuando salí del Patronato empecé a venir a Las Tres Villas porque aún tenía muchos problemas para caminar y me caía con frecuencia. Sabía que si no mejoraba, nadie me iba a dar un trabajo, es por eso que comencé a entrenar para fortalecer la masa muscular en mis extremidades inferiores. Me vio una profesora que me consultó si quería competir, acepté y cuando me preguntó qué me gustaría hacer, le dije que mi sueño era correr, algo que jamás pensé que iba a poder lograr. Ella accedió, primero pude dar una vuelta a la pista, luego dos, hasta que un día me dijo que iba a dar cinco. Miré a la profesora, luego a la pista y no podía creerlo, pero junté coraje y lo logré, algo que me hizo ver que podía ser atleta”, recordó con nostalgia, sabiendo que era el inicio de algo grande.

En ese sentido, indicó que “para aquel entonces ya había dejado de ir a IREL porque a los 13 años el médico me había dicho que a partir de allí no se podía hacer nada más, solo que realice ejercicios para no terminar en una silla de ruedas. Mientras entrenaba representando a DUBa, empezaron a aparecer los primeros torneos, siendo mi debut en Buenos Aires. Me veía tan sola que por dentro decía ‘tengo que buscar algo que me saque adelante’ y lo encontré en el deporte”.

“Estuve viviendo en el Patronato hasta los 16 años, cuando me decidí a trabajar porque querían llevarme a un colegio de internado en La Plata para chicas con discapacidad. Incluso habían pedido mi traslado, pero internamente sabía que si me mandaban allí, no salía nunca más. Me puse firme y me negué rotundamente a aquella decisión, porque sentía que iba a convertirme en una persona desperdiciada”, enfatizó, con la certeza de haber tomado la decisión correcta.

Tras cartón, llegó un golpe de suerte, tan necesario en esa situación: “Tuve la fortuna de conocer a una chica marplatense con una discapacidad más leve que la mía y trabajaba en una casa de familia acá en Bahía. Pero se volvía a su ciudad y me recomendó para que tome su lugar. Al principio dudé porque era para cuidar a dos nenas y yo no tenía experiencia, pero me alentó y me animé. Fueron dos años viviendo con ellos, hasta que las chicas crecieron y ya no necesitaban que nadie las cuide”.

Junto a la judoca, hoy participante de Masterchef Celebrity 3, Paula “Peque” Pareto,

“En ese momento, era dificilísimo conseguir trabajo, por eso después de esa experiencia había quedado sin nada y terminé en el Hogar Mamá Margarita. Al inicio, Nela Agesta no me aceptaba porque ya tenía 18 años y creía que yo iba a alojarme ahí para poder tener un lugar para dormir después de salir de noche. Para ella era difícil asumir esa responsabilidad, tenía miedo que me ponga de novia, pero a partir de mi insistencia y para no quedarme en la calle, logré convencerla después de tres horas”, rememoró, quien en 2004 fue condecorada como mejor deportista bahiense.

Al retomar aquella charla, aclaró: “Fui clara, le dije que iba a estar ahí solo una semana, que a la mañana siguiente salía a buscar trabajo. Fueron días en los que sentía una enorme depresión, hablaba lo mínimo e indispensable y Nela creía que estaba así porque alguien me había hecho algo, pero ni siquiera podía contestarle. Corría el año 1993 y estaba muy bajoneada, me preguntaba cómo no podía recuperarme, siendo que nunca me había quedado tirada en una cama lamentándome”.

“Cumplí con mi palabra, estuve en el Hogar una semana porque fui a la Municipalidad, más precisamente a la Comisión de Discapacidad, y me dijeron que buscaban gente para cubrir cargos en la cantina del Balneario Maldonado. Estaba por comenzar la temporada de verano y me anoté inmediatamente. Volví a lo de Nela y le comenté que tenía empleo, que quería buscar un pequeño departamento para alquilar. Ella quería que me quedara, me iba a preparar una piecita para mí y que me daba todo lo que precisara. No accedí porque sentía que le estaba sacando un lugar a alguien que realmente lo necesitara, fue por eso que me fui”, manifestó, aliviada.

Respecto a esa experiencia, Muñoz puntualizó que “trabajé el verano en Maldonado, pero en el invierno se me complicó, pese a que había logrado hacer una diferencia gracias a que durante los meses de calor hacía un horario ampliado. Sin embargo, llegó un momento en el que se agotaron esos ahorros y terminé juntando diarios y cartones para vender. Con eso me mantenía e incluso hubo dos noches en las que terminé en la Plaza Rivadavia, sentada en un banco y muerta de miedo”.

“No obstante, a partir de mi trabajo en el balneario es que al poco tiempo me otorgaron un préstamo, con el cual me hice cargo del kiosco-barco de la Plaza de Villa Mitre que lo abría en horario cortado y gracias a ese dinero pude volver a alquilar otro departamento, mientras paralelamente seguía entrenando en doble turno. Sin embargo, dos veces seguidas entraron a robar y se me tornó cuesta arriba sostenerlo. Para pagar las deudas que se fueron generando no solo a los proveedores sino también a la dueña del lugar donde vivía, me puse a vender diarios. Con eso pude salir a flote y otra vez me sobrepuse al miedo, porque implicaba estar en plena calle”, confesó la atleta paralímpica.

Simultáneamente, trajo a la luz una anécdota: “Lo curioso es que la primera esquina que tenía en mente era Corrientes y Darwin, pero un señor justo pasó y me vio con los diarios. Me gritó que me cambie de esquina porque me iba a ir mejor y me ubiqué en Brandsen, en la estación de servicio. Estuve un mes sin comer porque quería saldar lo que me había quedado pendiente, pero gracias a Dios me fue muy bien con esa nueva actividad”.

“Luego de eso vino la clasificación para mi primer Mundial de Atletismo, un logro personal que me cambió la vida y me sacó a flote, pero que no me desenfocó de mi tarea diaria que era la venta de diarios. Al principio, competir no me dejaba ningún rédito económico, algo que empezó a llegar a partir de los resultados que fui obteniendo. Recién pude sentir viento a favor a mi regreso de los Juegos Panamericanos de México, donde “Cacho” Barbieri me dio mucha difusión en radio y la venta de diarios creció exponencialmente”, aseguró, estimando el invalorable y desinteresado aporte.

Pero claro está, los costos eran enormes: “Las propinas de los clientes fueron vitales para poder costear los gastos que insumía cada preparación y, como en aquel entonces no tenía beca de la Secretaría de Deportes de la Nación, guardaba cada peso porque sabía que me iba a servir para el próximo viaje. Luego, la obtuve, pero te pagaban dos o tres meses juntos y si no sabías administrarte correctamente te podías perder una convocatoria, salvo que te tocara estar en el Cenard. Si decías que no ibas porque no tenías el dinero para pagar el pasaje, no te llamaban nunca más”.

“Haber disputado distintos Juegos Paralímpicos como atleta adaptada me abrió la cabeza y me hizo descubrir lo que quería para mi vida. Cada cuatro años son 20 días en un lugar en el que no te falta nada, lo único que tenés que hacer es entrenar, competir y descansar. Como consecuencia de esa experiencia me propuse trasladar esa rutina a mi vida cotidiana, siendo disciplinada, priorizando la alimentación y teniendo todo al día. Mucho de eso que me había puesto como objetivo hoy lo pude poner en práctica”, admitió la atleta local con proyección mundial.

Sobre el presente, Perla hizo primar su optimismo: “La pandemia la llevé bien; pude seguir con mi rutina diaria en cuanto a lo estrictamente laboral con la venta de diarios, gracias a Dios no tuve que padecer el encierro como le ocurrió a otras personas que quedaron muy afectadas. Como el Complejo Las Tres Villas estaba cerrado, salía a trabajar en bicicleta para mantenerme en actividad”.

“Soy empleada municipal desde 2004, lo que me permitió mirar la vida de otro modo, con mi casa edificada de la forma en la que la había soñado, parte de lo que te decía, salvando las distancias, eso de trasladar lo que conocí en una Villa Olímpica a mi día a día, lograr la comodidad que durante mucho tiempo no tuve. Vivo con mis dos perros que son mi compañía, más allá de que soy muy amiguera y siempre estoy rodeada de gente que me acompaña en las buenas y en las malas”, rescató, sobre el último segmento de la amena charla.

Más reflexiva y analítica, afirmó: “Pienso que lo peor de mi vida ya pasó, entonces también me pasa de pensar que puedo sola con cualquier contingencia que surja. Tengo un techo, un plato de comida todos los días, qué me puede derrumbar si hoy accedí a lo que en determinada etapa me faltó. Uno tiende a sentir tristeza cuando no sabe realmente el valor de las cosas, el hecho de estar bien de salud para mi es primordial porque con todo lo que pasé tranquilamente me podría haber enfermado”.

“Nunca tuve la imagen de familia y haber formado la propia hubiese sido un desafío, al punto que a veces me pregunto cómo sería como esposa o madre, porque tengo una personalidad que me define como una mujer inquieta y curiosa. Y en lo que respecta al atletismo, siento que aún me queda hilo en el carretel. Clasifiqué a los últimos Juegos de Tokio logrando la marca en lanzamiento de bala y por la pandemia la organización redujo el cupo de las delegaciones de todos los países, por eso me quedé afuera”, planteó.

Las últimas frases de la dulce Perla antes de que se apague el grabador fueron las siguientes: “Todavía me queda el sabor agridulce de lo que pasó en Sydney, cuando batí el récord del mundo en los 400 metros llanos, pero al unificar la categoría no me entregaron la medalla. Mi sueño es ganar una medalla paralímpica, que es la única que me falta en mi carrera y creo que mientras hay vida, hay oportunidades. Es por eso que nunca dejo de entrenar, en definitiva, es lo que me hace bien y me mantiene en estado”.

El sol del atardecer de las últimas jornadas de la primavera empezaba a caer, después de un día caluroso en Bahía Blanca. Tiempo de tomar algunas fotos, de valorar lo honesto de su testimonio y de volver a la imagen inicial. Perla sentada sola, en el hall de entrada de las oficinas de la Subsecretaría de Deportes, acompañada de sus implementos para entrenar minutos después. Pero lejos de sentir tristeza por la ausencia de personas en torno a ella, es uno de sus lugares en el mundo. La soledad, en su vida, ya quedó atrás.

Perla y Manu, dos de los mejores atletas de la historia de la ciudad.

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