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Por Ramiro Linares

Pandemia y resiliencia

Por Ramiro Linares, médico especialista en Neurología

Sin entender de regiones o fronteras y de la mano de la globalización, la pandemia nos impactó. Súbitamente, nuestras libertades más elementales se transformaron en riesgos y fue fuertemente golpeado el narcisismo de nuestra sensación de invencibilidad y control de situación. Aprendimos que dependemos unos de otros, y que la solidaridad puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Se alteraron hábitos y rutinas, como así también la forma de educarnos, relacionarnos, alimentarnos, trabajar y comunicarnos. Y sufrimos pérdidas, el mayor costo de esta pandemia.

En este contexto, observamos dos situaciones desarrollándose en forma dinámica: por un lado y particularmente al inicio, grupos de personas adaptándose a un nuevo entorno cargado de incógnitas. Y, por otro lado, un sistema que paulatinamente tuvo que adaptarse a esas personas. Nuestro cerebro se vio bombardeado por situaciones de estrés sostenidas en el tiempo que crearon un riesgo de afectar nuestra salud mental.

Cuando en neurociencias pensamos en cómo cuidar al cerebro, coincidimos en considerar a la actividad física, una adecuada alimentación, al control de los factores de riesgo, al estímulo cognitivo, y al contacto social cómo los pilares fundamentales de dicha tarea. Prácticamente todos ellos fueron abolidos en esta pandemia. Aun no somos capaces de medir con certeza el impacto que esto provocó o sus consecuencias de largo plazo. Pero el cerebro busca caminos.

En todo este contexto de cambios negativos existe también una constelación de características que permiten que un individuo y una sociedad se adapten a las circunstancias que le son adversas: la resiliencia. Término que define la capacidad que poseen ciertos elementos de recuperar su forma luego de haber sido afectados (pensemos, por ejemplo, en un resorte que vuelve a su forma previa luego de ser estirado). Aplicado a los cambios que suceden ante la necesidad de subsistir, tiene un rol fundamental en proteger nuestra salud mental, acelerar la recuperación y mitigar los efectos negativos de una crisis. La plasticidad neuronal es la principal efectora de esa resiliencia, mediante un complejo proceso que involucra a innumerables aspectos neurobiológicos: cambios en neurotransmisores, hormonas y conexiones sinápticas que nos ayudan a adaptarnos al entorno.

La resiliencia no es solo la actitud pasiva de adaptarse. Es imaginación y creatividad. Se expresa en la transformación y en la capacidad de generar nuevas estrategias que nos brinden la facultad de reestructurarnos y adaptarnos para transformarnos, ya no en individuos, sino en una sociedad resiliente. 

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