Opinión
¿No hay peor ciego que aquel que no quiere ver?
Por Gustavo Maldonado, comisario general retirado y licenciado en Seguridad Ciudadana
En principio debería definir la seguridad ciudadana, como aquella que nos conmina a todos los actores sociales a ejercer acciones para garantizar la vida social, respetando con ello la integridad de las personas, de sus derechos y de sus bienes. Así, cuando me pidieron hablar de seguridad, enseguida me vino a la mente todas las “seguridades” que perdimos durante todo este tiempo de pandemia que seguimos viviendo.
Así, perdimos la seguridad de disfrutar a pleno de la vida de nuestros seres queridos, y ante su partida terrenal, de poder despedirlos (pese a que algunos despidieron a sus ídolos con la anuencia de las máximas autoridades, como si el virus distinguiera entre el dolor de unos y el dolor de otros). También se perdió la seguridad de obtener a tiempo las vacunas, tan necesarias para sortear, aunque sea levemente, los efectos de la enfermedad o disminuir el escalofriante número de decesos; entre tanto que los más favorecidos económicamente, pudieron recurrir al exterior para obtenerlas.
Asimismo, estos tiempos revelaron la pérdida de seguridad de tener un empleo, o de sostener a costa de mucho sacrificio la fuente generadora de trabajo, sin que se lograra beneficio alguno al liberarse definitivamente de la carga impositiva, con la cual se mantiene a aquellos que no perdieron la “seguridad” de cobrar sus sueldos todos los meses, algunos sin siquiera concurrir a sus lugares habituales de trabajo, logrando, eso sí, que los alumnos perdieran el vínculo con las escuelas, ya que algunos pudieron sostener el mismo a través de la virtualidad, y otros no.
Esta pandemia reveló, por otro lado, que mientras algunos se preocupaban porque las personas privadas legalmente de su libertad se pudieran contagiar en sus lugares de encierro, se encerraba al resto de la sociedad con idénticos motivos, perdiendo ahí también otro componente de la anhelada seguridad.
Mientras tanto, aquellos encargados de brindarnos esa seguridad, sean ellos integrantes de los sistemas de salud, fuerzas armadas o de seguridad, perdieron sus propias seguridades, ya que tuvieron que hacer frente al virus, con escasos recursos y esperando su turno para las vacunas, exponiendo diariamente a su entorno familiar a ese flagelo, mientras otros se colaban en la fila por considerarse de otra ¨casta social¨. Hasta aquí he expuesto algunas de las seguridades pérdidas durante este tiempo de pandemia, y como habitualmente lo hago, siempre me he referido a dichos populares y en esta ocasión vale aquel que dice que no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Sin embargo, pese a esta notoria crisis de valores que “deja ver” esta pandemia, cobra relevancia nuestro comportamiento y compromiso para mejorar como sociedad, utilizando para ello todas las herramientas democráticas para demostrarlo; caso contrario volveremos a caer en este dicho popular, pero quizá modificando su final, si consideramos que quienes pretenden dirigir nuestros destinos en este tiempo estén convencidos de estar haciendo las cosas muy bien. De este modo modifican este dicho popular al exponer que no hay peor ciego que aquel que cree que ve.
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